jueves, 29 de mayo de 2008

Maniática de la última palabra (XV)


- Me da envidia cuando oigo al vecino que vive pared con pared conmigo cómo festeja a su hija cada vez que está en casa. La niña, que tiene poco más de cuatro años, es autista, y pronuncia palabras que no se entienden, reacciona con llanto y violencia cuando vienen visitas, y constantemente se tropieza y cae con gran estrépito por todos los rincones de la casa. Pero se la oye reir, a su manera, cuando su padre le dice cosas cariñosas y juega con ella.
Pienso en mi ex marido, al que nunca le salió de dentro tratar con tanto cariño y dulzura a sus hijos, que al fin y al cabo no tenían ningún problema como esa pobre niña.
Mi vecino no es el típico drogadicto que ya se va quedando sin dientes y se va consumiendo poco a poco, aunque desde que supieron el problema que tenía su hija se vió que su adicción se agudizaba. Cualquiera, incluso un drogadicto, es capaz de sentir el amor de padre, el afecto profundo y no comparable a ningún otro que le nace a un hombre cuando tiene un hijo. El autista era mi ex marido en este caso. Lucía, a pesar de su tara y de la adicción de su padre, es en este sentido más afortunada que mis hijos, porque mi vecino se morirá seguramente antes de tiempo por culpa de las drogas, pero con el nombre de su hija en los labios.

- Cómo me sigue gustando “Encuentros en la 3ª fase”, da igual las veces que la vea y los años que pase desde que se estrenó, me sigue provocando las mismas emociones siempre. Las películas de Spielberg son intemporales. Todo, desde el barco que aparece inexplicablemente abandonado en mitad de un desierto, hasta la primera aparición de las naves extraterrestes en una carretera durante la noche, llenando la oscuridad con una luz cegadora y provocando gravedad cero en el interior del vehículo del protagonista, pasando por la música que utilizaban los expertos para comunicarse con los visitantes espaciales, y la base montada en una planicie, tras una montaña, para recibirlos. La imagen de Richard Dreyfuss moldeando esa montaña sin saber lo que hacía, primero con la espuma de afeitar por la mañana al levantarse, después con el puré de patatas a la hora de comer, más tarde en el salón de su casa reproduciéndola a gran escala con tierra y arbustos recogidos del jardín. Esa obsesión irremediable, la aparente locura a la que puede llegar un hombre corriente con una vida anodina, nos hace pensar que a cualquiera de nosotros nos puede sacar de la rutina cotidiana el suceso más imprevisto e inimaginable que hallarse pueda. Las películas de Spielberg producen ese efecto, el que llegues a creer a pies juntillas que todos somos lo suficientemente especiales como para que nos puedan llegar a ocurrir cosas tan extraordinarias como que nos visiten seres de otros mundos, por ejemplo. Así me pasa que desde entonces no puedo circular de noche por una carretera larga, solitaria y oscura sin pensar que una luz cegadora va a pasar por encima de mí a gran velocidad para perderse en la línea del horizonte, y además no me canso de mirar el firmamento, sobre todo en las noches de verano, para ver si alguien que no es como nosotros quiere venir a saludarnos. Luego me dicen que estoy en la luna. Y con razón.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Gallardón o la fuerza del sino


Qué le pasa a Gallardón que no parece él últimamente.
Sojuzgado por miembros de su propio partido, que le tachan de “progresista”, y criticado desde todos los ámbitos del panorama nacional a raíz de las polémicas obras de soterramiento de la M-30 y la instalación de parquímetros, no dudó en apoyar el matrimonio homosexual oficiando él mismo uno. Curiosamente, Manuel Fraga, conservador donde los haya, salió en su defensa.
Parecía lógico que, tras una brillante carrera profesional como la que ha tenido hasta el momento, el broche de oro lo pusieran las últimas elecciones generales en las que iba a presentarse como número dos del partido, pero Rajoy no quiso.
La reacción tan mala que ha tenido Gallardón está disculpada a la vista de todos sus logros anteriores. Las tensiones tan grandes que tienen que soportar los cargos públicos acaban con los nervios de cualquiera, y cuando el esfuerzo no se ve recompensado como uno quisiera, llegan la ira, la frustración y el desencanto.
Alberto Ruiz Gallardón ha demostrado ser una persona de mente muy abierta, y transparente, algo inusitado en un político. Todos sus estados de ánimo, sus intenciones, todo absolutamente se deja traslucir en su rostro, no es hombre dado al disimulo ni el engaño. Con los años se ha vuelto más niño todavía en sus actitudes, pues todo parece afectarle sobremanera, es como si no hubiera sabido fabricarse corazas para el alma como las que el resto de los mortales solemos defendernos de las agresiones externas.
Se le ve eufórico cuando recibe el cariño y el apoyo del ciudadano de a pie que quiere estrecharle la mano, abrazarle o hacerse una foto con él, no parece molestarle que cualquier desconocido se le pueda acercar y se tome tantas confianzas. Agradece mucho las palabras de aliento y apoyo de la gente.
Cuando recibió tantas críticas por lo del soterramiento de la M-30, se le veía al borde de la depresión. Yo pensé que como aquello durara mucho más iba a perder la cordura. Las situaciones le sobrepasan. Me recordó a Clinton, cuando fue elegido presidente, y se enfadaba con los periodistas y con la gente porque se le echaban encima, a duras penas contenidos por sus guardaespaldas. Se ponía rojo como la grana e increpaba y empujaba a todo el mundo. La viva imagen del agobio, pero no era para menos, en ese momento representaba la cabeza visible de una nación que se supone son los dueños del planeta. Quizá el cargo le venía grande.
La compostura no se debe perder nunca, y menos si se es un político. Hay que mantener la imagen pública y dar la impresión de ser una suerte de Superman capaz de aguantar el tipo hasta en los peores momentos, y parecer siempre dueño de la situación y de tu persona. El lamentable caso de Sarkozy es ejemplo de todo lo contrario, ya que insulta a la gente que le increpa por la calle. Eso es inadmisible.
A nuestro alcalde le pierden su falta de madurez y su poquito de ambición. Con la trayectoria que ha tenido hasta ahora le tenía yo por hombre más sentado. Demasiado trabajo, necesita unas largas vacaciones, dedicarse a otras cosas, cambiar los horizontes personales, si no corre el riesgo de perder el norte. Aunque luego regrese, porque el gusanillo de la política lo lleva metido en la sangre, le viene de familia. Me hizo gracia cuando amenazó con retirarse, no puede, no está escrito en su código de barras genético.
Cualquier persona que se dedique a servir a los demás, da igual en qué trabajo sea, no puede esperar nada a cambio más allá de su sueldo, si realmente el fin que persigue es el bienestar público. Los intereses personales quedan para los que trabajan en su propio beneficio.
La recompensa más gratificante debería ser el reconocimiento público, y si éste no llega porque incomprendidos somos legión, por lo menos la satisfacción de haber puesto lo mejor de nosotros mismos en el empeño.
Nada hay que dar por sentado de antemano, y cuando se monta en un caballo tan imprevisible y salvaje como el de la política, más aún. Ya es bastante con intentar permanecer sobre la montura el mayor tiempo posible sin caer al suelo estrepitosamente.
A veces nos vemos sobrepasados por las circunstancias, por el devenir de la vida, por la fuerza del sino, pero todos estamos embarcados en la misma nave, y esperamos llegar a buen puerto. Lo que no cabe duda es que Gallardón es un hombre valiente, con ideas propias, que se atreve con cosas que otros nunca emprenderían.
Gallardón, sabes que ésto de la política, y más si es en Madrid, es como una verbena, y no precisamente la de San Isidro. Tú mismo.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Maniática de la última palabra (XIV)


- Hace poco he leído que cuando el ejército norteamericano invadió la zona de la antigua Babilonia, hace cinco años, levantó una base de helicópteros, aparcó blindados junto a las ruinas de la ciudad y cavó profundas trincheras, además de que tuvieron lugar interminables combates. Destruyeron yacimientos arqueológicos valiosísimos. Parece que son como Atila, que por donde pasaba ya no volvía a crecer la hierba. A los pueblos sin Historia les suele pasar esto, que no sólo no valoran el pasado de los demás sino que incluso les produce envidia.

- Me gustó una entrevista que he leído hace poco a Concha Buika, la negrita que canta flamenco. Dijo cosas muy bonitas, desgarradas y profundas, pero de todas ellas me gustó especialmente la que reproduzco: “A raíz de tener a mi hijo dejas de regalar el tiempo, empiezas a tener miedo por tu vida [.....]. Ahora mi vida es más vida”.

- Por fin me decidí a ver “Tesis”, una película que me había negado a visionar hasta ahora por lo siniestra, muy en la línea de su director, Amenábar. Y lo hice sólo por su protagonista, Ana Torrent, que me encantaba cuando de niña protagonizó algunos de los films más interesantes que se hicieron en nuestro país en los años 70. Guardo en mi memoria su imagen de entonces, sobre todo cuando hizo “Cría cuervos”, debía tener yo en aquel momento más o menos la edad que tiene ahora mi hija. Me impresionó, por mi edad, el tema tan escabroso que planteaba, y me encantó la banda sonora que tenía, “¿Por qué te vas?”, de la dulce Jeannette, que no me cansaba de cantar. Me hipnotizaba la mirada de la niña, oscura, enorme, melancólica, inocente, abismada y llena de incertidumbre. Algo de eso conserva aún ahora.

- Últimamente mi hijo, que está con el pavo total, le da por coger a su hermana entre sus brazos, quiera ella o no (a veces se niega, pero con poca convicción), y le cuenta cuentos a los que pone un final un poco esperpéntico, en plan guasón. Al de Blancanieves lo abrevió sobremanera haciendo que fueran los enanitos del bosque los que liquidaran a la protagonista, no sabemos cómo, con lo que la madrastra disfrazada de viejecita con manzana ponzoñosa se encontró cuando llegó que ya habían hecho su trabajo. Otras veces cuenta cuentos que aprende en el instituto y que yo no había oído nunca, muy bonitos, y lo hace con mucha dulzura y fluidez, como una persona adulta. Yo estoy esperando, cada vez que se decide a contar alguno, para ver si me vuelve a sorprender. Bendita imaginación, para el que goce del privilegio de tenerla.

lunes, 19 de mayo de 2008

El cuarteto de Alejandría

De todos los compañeros de trabajo que he tenido a lo largo de mi vida, y han sido unos cuantos, guardo un recuerdo imborrable de aquellos a los que he dado en llamar “El cuarteto de Alejandría”: Helios, Víctor, Bartolo y Paco. Nunca hubo seres tan dispares y peculiares trabajando juntos: en un despacho enorme en el que llegamos a ser entre siete y ocho personas, ellos cuatro marcaban un punto y aparte, todos hombres mayores.
Helios, con el que quizá menos simpaticé, se pasaba el tiempo subiendo a los despachos de los jefes que le mandaban cuadrantes enormes hechos a mano en los que ponía toda clase de datos que sólo él conocía, y unas veces los tenía que poner en sentido horizontal y otras en vertical. Un compañero le gastó una broma una vez poniéndole al revés las hojas que tenía sobre la mesa y en las que fijaba siempre la vista como si estuviera muy concentrado. No se dio cuenta, ante la rechifla general. Ahora creo que si no fue una buena persona muchas veces era porque no se quería, algo faltaba en su vida, no estaba contento consigo mismo. En los ratos que tenía amables le gustaba recordar sucesos de su juventud, cuando se ganaba un dinero haciendo de extra en películas, pasando una y otra vez al fondo de una escena como de gente que pasea. O cuando en la mili, que por entonces era muy larga, enseñaba a los compañeros que eran analfabetos a leer y escribir. Poco antes de jubilarse supimos que era ludópata, y cuando ya se marchó no duró ni año y medio, porque tenía leucemia. Si él sabía de su enfermedad, nunca lo dijo, aunque solía quejarse de dolor en las cervicales. El trabajo era lo que daba sentido a su vida.
Víctor era hermano suyo. Siempre estaban discutiendo, era muy cómico verlos llevarse la contraria por casi todo. Víctor era un hombre extremadamente educado y culto, un autodidacta. Daba gusto hablar con él de cualquier cosa. Se había quedado viudo en los mejor de su vida debido a un fallo médico, y había tenido que criar a su hija solo. Padecía de estómago y seguía una dieta estricta que no dudaba en mostrar sobre su mesa todos los días a eso de las doce, con una puntualidad meridiana. Metódico, ordenado, incansable, se planificaba de forma que tenía tiempo para el trabajo y la conversación. Yo fui la encargada de comprarle su regalo con el dinero que recaudamos entre todos cuando se jubiló, una colección de libros sobre Madrid que recibió con gusto y emocionado. Aún nos vemos de vez en cuando por el barrio, aunque se marchó a vivir lejos con su hija, su yerno y sus nietos, y me apena verle en cada ocasión un poco más cargado de espaldas, con lo alto y lo elegante que siempre fue.
Bartolo era el dueño del cotarro. Con pocos compañeros me he reido tanto. Solía decir que él no era murciano, sino del cantón de Cartagena, que por lo visto debía ser otro mundo. Tenía anécdotas a montones sobre los tiempos en que trabajaba en la zona de máquinas de buques mercantes con los que viajó por todas partes. Se metía en todo tipo de líos, como cuando él y unos compañeros quisieron ligar con unas en uno de los puertos en los que recalaron (eran prostitutas, aunque él nunca empleó esas palabras), y cuando descubrieron que eran transexuales y apareció su chulo para obligarles a que hubiera trato, salieron todos corriendo, unos persiguiendo a otros, en medio de un gran revuelo. Solía justificar su afición a la bebida por aquella época de marinero, porque decía que el agua potable se acababa pronto en el barco y siempre quedaba el alcohol para calmar la sed. Era muy zalamero hablando, le gustaban las mujeres más que comer con los dedos. A mí me decía cosas muy agradables, pero como se ponía nervioso tartamudeaba un poco: “Pilar, tú eres maa-ravillosa”. Si alguien le caía mal lo hacía notar enseguida. A Víctor le decía que no fuera tan educado, que no hacía falta dar tanto las gracias por todo. Con Helios era uña y carne.
Paco fue, de todos ellos, del que guardo un recuerdo más entrañable. Cuando le conocí acababa de incorporarse de una de sus muchas y largas bajas por enfermedad. Antes de que llegara me previnieron en contra suya, pero hice caso omiso porque tengo costumbre de juzgar por mí misma. Cuando empezamos a hablar la 1ª vez surgió enseguida a colación la tierra de mi padre, Ceuta, que también era su tierra. Simpatizamos al momento. Alegre, hiperactivo, emprendedor, siempre ilusionado, con mucho carácter y mucha personalidad, entrañable, cariñoso, enamorado de su mujer hasta el tuétano (conmovía oirle hablar de ella incluso cuando tenía algo que reprocharle), y con unas ganas de vivir que he visto en muy pocas personas. Solía contar que nunca conoció a su padre porque él nació después de que una bala perdida lo matara atravesándole la cabeza durante la guerra. Hijo único, se crió delicado de salud en manos de su madre, a la que veneraba como a una santa y de la que siempre llevaba una foto en su cartera junto a una imagen de la Virgen, y también al cuidado de una tía. Casi no tenía familia, y presumía de haber estado con muchas mujeres hasta que conoció a la que luego hizo su esposa. Ella, según decía, le había dado todo lo que más necesitaba en la vida, lo que nunca antes había podido conseguir. Sus hijos le traían de cabeza, quizá porque les había dado todo lo que él no tuvo y los había consentido demasiado. Formaba parte, junto con su mujer, de un coro rociero que no sólo cantaba en Misa sino también en salones de celebraciones. Todos los años iba al Rocío, donde lo pasaba en grande. No sé, con sus crisis bronco-asmáticas, cómo podía soportar el polvo del camino.
A veces se quedaba afónico y entonces Bartolo y Helios le hacían rabiar aprovechando que no podía responder. Parecían niños.
Vendía joyas, y a él le compramos las alianzas cuando me iba a casar, y los compañeros unas medallitas que regalaron a mis hijos cuando nacieron.
Paco y yo nos encargábamos de adornar el despacho cuando llegaba la Navidad: él trajo un árbol muy bonito de su casa y yo lo decoraba con cosas que compraba en la plaza Mayor. Disfrutábamos mucho.
Recuerdo que tenía problemas con una vecina que vivía encima de él y que le hacía la vida imposible denunciándole cada dos por tres con chifladuras. Casi siempre estaba de juicios por su culpa, y decía que le condenaban porque le tocaban juezas y las mujeres se confabulaban contra él. Contaba las cosas con mucha gracia y hacía bromas incluso con sus problemas.
Aunque traía mala fama de otros sitios en los que había trabajado y en los que a lo mejor no siempre hizo lo más correcto, lo cierto es que a mí me cautivó y fue uno de los compañeros más queridos que he tenido. No llevaba ni un año jubilado cuando, pintando la fachada de una casa en su tierra que acababa de obtener por una herencia, se cayó del andamio al que se había subido sin tomar las debidas precauciones, y se mató.
Mientras estuvimos juntos tuvimos nuestros más y nuestros menos, como suele suceder cuando conviven personas tan distintas como nosotros, pero recuerdo una ocasión en que la jefa que teníamos, una mala persona, quiso hacerme un mobbing apoyándose en ellos para predisponerlos en mi contra, y a pesar del mal genio que gastaba la señora no la secundaron de ninguna manera. Bien por mis chicos.
Ahora pienso en aquel tiempo que pasé con ellos como una época importante de mi vida, no sólo por las cosas que viví cuando trabajamos juntos sino también por las que me sucedieron fuera de allí, un tiempo que es ya irrepetible.
“El cuarteto de Alejandría”, algo especial.

martes, 6 de mayo de 2008

Maniática de la última palabra (XIII)

- Estoy horrorizada con la forma de hacer concursos que hay en la televisión hoy en día. Todos tienen un formato similar, como si se hubieran puesto de acuerdo: un montón de gente a la que se le priva de su libertad durante unos cuantos meses, visitada por sus familiares sólo de vez en cuando, como en la cárcel, con profesores que los maltratan de palabra hasta límites más que vejatorios, y a los que sin embargo terminan adorando como si se tratara de una suerte de síndrome de Estocolmo. Esporádicamente se les da alguna compensación (un viaje, una visita interesante, una buena comida cuando están en una isla) para que no lleguen a amotinarse. Luego hay montado un tribunal al lado del cual el de la Inquisición empalidecería, encargado de torturarlos un buen rato al prolongar la agonía de saber si permanecerán o no en el concurso. Es como una gran representación teatral en la que los sentimientos y las ilusiones de las personas importan sólo en apariencia. Se trata de ofrecer un entretenimiento previamente diseñado para que el público disfrute viendo el sufrimiento ajeno, igual que se hacía en los espectáculos de los cristianos con los leones en el circo romano. Estos programas están basados en buenas ideas, pero llevados a cabo de esta manera se convierten en inmensas máquinas trituradoras de personas.

- Hace unos cuantos años estando yo en el café Central, que por entonces frecuentaba mucho, presencié una escena que se me quedó grabada en la memoria: un señor de no más de treinta y muchos años sentado solo en una mesa, se dedicaba con un mechero a quemar billetes de cinco mil pesetas. Estaba bebido, y la debía tener llorona por la cara triste y desencajada que exhibía. La gente se le quedaba mirando, el café estaba abarrotado a esas horas, pero nadie hizo ni dijo nada. Deseé que me diera alguno de aquellos fajos que tan poco parecían importarle. Me sorprendió ver lo que se puede llegar a hacer para llamar la atención, y también llevado por la desesperación. Es evidente que aunque se tenga dinero, cuando faltan esas cosas que no se pueden comprar porque no tienen precio y que no se venden en las tiendas, todo lo demás importa poco. En este sentido, la verdad es que le hacía poca falta el dinero.

- Me he enterado hace poco de lo que es el “síndrome de Ulises”: una especie de depresión nostálgica o estrés que padecen los que no se adaptan a su nueva vida. Suele afectar a los emigrantes. Muchas veces he pensado lo que sentirán todas estas personas que vienen de sitios tan lejanos y distintos al nuestro para quedarse a vivir aquí. No tiene que ser fácil, acabar con una etapa de tu vida para empezar otra bien distinta, dejar atrás muchas cosas. Será como Ulises, que siempre añoró regresar a Ítaca.

lunes, 5 de mayo de 2008

Fragilidad


Reivindico la fragilidad para el sexo femenino. Parece que desde hace tiempo las mujeres renegamos del calificativo que se supone nos han puesto los hombres cuando nos empezaron a llamar el “sexo débil”.
Fragilidad, no como algo quebradizo que termina rompiéndose, sino como algo delicado, sensible, aunque la delicadeza y la sensibilidad no sean monopolio exclusivo de la mujer.
Todas tenemos una cierta fragilidad, en mayor o menor grado, incluso las mujeres que parecen más fuertes albergan dentro de sí un pequeño reducto frágil al que nadie más que ellas, y quienes ellas quieran, tiene acceso.
Siempre me viene a la memoria cuando pienso en todas estas cosas la imagen de Marilyn. Ella representa el topicazo de la rubia tonta y explosiva cuya única y principal finalidad en la vida es conquistar hombres. Hay veces que el físico de una persona la condiciona para el resto de su vida, y más si piensa que le puede sacar partido. Marilyn, que era pura fragilidad, fue beneficiaria y al mismo tiempo víctima de su imagen, tan artificial y tan alejada de su realidad. Muchas mujeres ha habido con un físico tan impresionante o más que el de ella, y rubias de bote explosivas y tontas ni se sabe. Pero ella destacó por encima de todas por algo especial que transmitía, distinta del resto, una exuberancia coquetona, provocativa e ingenua que se mezclaba con una gran vulnerabilidad, una especie de temor que asomaba a veces a sus ojos y que hacía que pareciera como un animalillo asustado al que había que proteger y cuidar.
De ser una niña criada entre orfanatos y hogares adoptivos en los que nunca la trataron bien, pasó a ser en poco tiempo una sex-symbol mundial cuya imagen permanece en el ideario masculino muchos años después de que nos dejara tan trágicamente. En su caso la fragilidad pudo más que cualquier otra cosa.
Pero el caso de fragilidad femenina que más me ha dado que pensar siempre es el de las lolitas. Recuerdo cuando ví la película, la versión primigenia que protagonizó James Mason, y mucho después cuando me leí el estupendo libro de Vladimir Nabokov en el que se basaba. En él las llamaba “nínfulas”, adolescentes muy atractivas que vuelven locos a los cincuentones. Sorprende que la versión cinematográfica no escandalizara más en su momento por tratar un tema tan escabroso. En el film se ve a Lolita, con sus quince ó dieciséis años, comiendo palomitas o chupando una piruleta, junto a un hombre maduro que la acapara con la única finalidad de obtener de ella lo que la mayoría quieren de las mujeres, pero cuando son un poco más mayores. Lolita, aunque también tiene su malicia y sabe utilizar sus encantos para manejar a los hombres, conmueve comprobar cómo aún es una niña en la mayoría de las cosas, y que sólo quiere hacer cosas propias de la gente de su edad. Se ve la crueldad del hecho de aprovechar su ingenuidad, su falta de experiencia y el que su personalidad aún no está formada, para conseguir lo que de forma natural tendría que venir más adelante.
La fragilidad de Lolita, de todas las lolitas que en el mundo han sido y son. Al señor que la sedujo supongo que hoy en día lo llamarían pedófilo.
Aunque parece que hoy en día se han cambiado las tornas y es la mujer la que toma la iniciativa en su relación con los hombres, a veces avasalladoramente la verdad, creo que perdura la fragilidad femenina por encima de modas y costumbres.
Que nuestra fragilidad no sea nunca algo que el hombre quiera destruir, si no respetar y cuidar. Ellos también la tienen, aunque a veces no lo parezca, y nosotras no querríamos nunca violentarla.

martes, 29 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (XII)

- Hace poco, durante una de las clases de baile del programa “Fama”, una profesora le dijo a una de las alumnas a la que no terminaba de salir bien un movimiento, que primero tenía que sentirlo (interiorizar la música) y luego tenía que bailarlo. No se puede hacer bien una cosa sin haber antes pasado por la otra. Me gustó la forma como lo explicaba, y creo que ocurre lo mismo con el resto de las Artes: primero hay que sentir una cosa y después ya se puede escribir sobre ella, pintarla, esculpirla, tocarla con un instrumento musical o, como en este caso, interpretarla con el cuerpo. Si no hay sentimiento, se convertiría en un acto mecánico, vacío.

- Ya están mis hijos otra vez con sus juegos. Ahora les ha dado por jugar a la guerra, aunque ojalá las guerras funcionaran así. Mi hijo ha hecho una trinchera apilando todas las cintas de video de dibujos animados que tenemos en casa. Ha dejado un pequeño hueco para meter un cilindro de papel que dice que es como un catalejo, y se ha armado con un montón de conos que ha hecho también con papel a los que llama dardos, que lanza al enemigo metiéndolos en un tubo y soplando.
Su hermana ha construido su trinchera con cajas grandes de juegos que nunca utiliza y también ha puesto un catalejo, pero lo ha sofisticado todo mucho más, porque ella no va a la guerra de cualquier manera: se ha colocado una alfombra, unos cojines, una manta, un ordenador portátil de juguete y un teléfono con forma de labios rosas. Se puso unas gafas de sol para protegerse los ojos de los ataques. Ella es muy “chic”.

- Me quedé gratamente sorprendida hace poco con la película de la hija de Coppola, “Mª Antonieta”. Cómo se puede reflejar así el color, es un impacto para los sentidos, no parece real, tanta nitidez. La mirada se relaja y disfruta con los decorados, el vestuario y los paisajes. La cámara se interna en todos los rincones, entre las telas de los ropajes, se mete encima de las tartas, los merengues, las frutas, las copas de champán, parece que se va a dar un festín. Sigue a la protagonista cuando pasea por el campo, y casi se puede oir el “frufrú” suave de su vestido al deslizarse sobre la hierba, se detiene en la mano de ella cuando roza con los dedos las flores al pasar, o en su brazo de piel tan blanca cuando lo saca por la ventanilla del carruaje para sentir la brisa. Se recrea en un amanecer dorado sobre un estanque, en las praderas de un verde casi irreal y salpicadas de margaritas, en la leche vertida en un maravilloso juego de tazas de porcelana cuando Mª Antonieta y sus amigas disfrutan de una merienda en el porche de su casa de campo.
“Estallido de color”, “femenina y placentera”, son algunos de los calificativos que he visto en Internet sobre la película.
El placer de la recreación visual.

viernes, 25 de abril de 2008

Madre Teresa: en los límites de la dignidad. La revolución del amor





Hubo una mujer en la India, una monja occidental, a la que durante cincuenta años se la pudo ver entre la muchedumbre actuando sin descanso, vestida con un sari blanco ribeteado de azul, y con una cruz prendida sobre un hombro.
Madre Teresa había llegado desde muy lejos a aquel país, y durante un tiempo fue directora y profesora en un colegio muy exclusivo, pero aquel trabajo no era suficiente para ella. Sabía que fuera de allí había un pueblo hambriento y enfermo, que vivía en los límites de la dignidad humana. Sabía que la muerte estaba presente constantemente en las calles, que había miles de moribundos abandonados medio devorados por las ratas, niños comiendo basura, sin que nadie hiciera nada para remediarlo. Hay un hedor en todo Calcuta que difícilmente se percibe en ninguna otra parte del mundo.
Entonces dijo que quería salir y ayudar. Las autoridades eclesiásticas le negaron el permiso aduciendo que una monja europea no debía internarse por las calles en una época de grandes disturbios sociales, políticos y religiosos. Sólo se le permitiría si dejaba de ser monja. Madre Teresa tuvo que pedir la autorización al Vaticano, y le fue concedida.
Siguió un corto curso de enfermería y alquiló una cabaña en un barrio marginal para comenzar enseñando a los niños, a los que también bañaba, y para cuidar de los enfermos. Algunas personas le donaron enseres para su vivienda.
Los voluntarios no tardaron en llegar. “Queremos ayudar”, le decían. Un sacerdote donó un dinero con el que pudo levantar la primera escuela. Empezó a visitar los barrios de los leprosos, abandonados por sus propias familias. Según pude leer en Internet “la Madre Teresa llamó a todas las puertas para reclamar con amabilidad y firmeza todo tipo de ayudas. Su mirada penetrante, la dulzura de su sonrisa y su rostro, prematuramente surcado de arrugas, se hicieron en poco tiempo famosos en todo el mundo”. No siempre fue bien recibida, antes al contrario, fue insultada y despreciada más de una vez. Pero también recibió donaciones altruistas procedentes de todos los estratos sociales.
Fundó una orden religiosa que aún hoy en día, a pesar de la sequía vocacional que existe, no deja de aumentar en número, a pesar de la vida espartana que tienen que llevar y la dureza de la misión a la que se dedican. Viven de la caridad y por la caridad.
A unos budistas japoneses que les visitaron les transmitieron la costumbre de hacer ayuno todos los primeros viernes de mes, y el dinero que ahorraron se lo dieron a la Madre Teresa, que lo empleó en la construcción de un centro para las muchachas que estaban en la cárcel.
Hoy en día tienen casas repartidas por todo el mundo que acogen a todos aquellos que no importan a nadie, con independencia de cuál sea su religión: leprosos, niños abandonados, enfermos de SIDA.... Hace años algunas personas llegaban a suicidarse cuando recibían la noticia de que tenían esta enfermedad. En estos centros van a morir sin desesperación ni angustia. “Lo que más hiere a los necesitados es el estado de exclusión que su pobreza les impone”.
Llegaron a tirarles piedras cuando quisieron establecer en un barrio un centro para leprosos. “El milagro no es que hagamos este trabajo, sino que nos sintamos felices de hacerlo”.
Coincidiendo con los primeros tiempos de su labor en las calles, surgió en ella una profunda crisis de fe. A través de las cartas que durante décadas escribió a varios confesores, describe su sentimiento como “un enorme vacío y oscuridad”. Esto fue algo que le acompañó el resto de su vida y la hizo sufrir mucho.
Cuando una vez un hombre la criticó diciendo que en lugar de darles pescado a los pobres lo que tenía que hacer es enseñarles a pescar, ella contestó que “cuando recogemos a nuestros necesitados, carecientes y enfermos, no pueden siquiera mantenerse en pie. Yo les daré el alimento y después se los enviaré a usted para que les enseñe a pescar”.
Conoció durante varias décadas a personajes célebres, y en 1979 se le concedió el Premio Nobel de la Paz, entre otros muchos que recibió a lo largo de su vida. En esa ocasión convenció a los organizadores de la ceremonia para que renunciasen a organizar la clásica recepción y le entregasen el dinero que hubiera costado para obras benéficas. Su humildad, a pesar del reconocimiento público, fue enorme: “Líbrame Jesús mío del deseo de ser alabada [....], honrada [....], aprobada [.....], del temor de ser despreciada [....], calumniada, olvidada.....”
Cuando hablaba en público no preparaba discursos, decía sólo las cosas que le salían del corazón. Nunca se metió en cuestiones políticas, ni hizo denuncias sociales. No tenía tiempo. Sólo pedía ayuda.
Escribió seis libros, en los que dejó sus reflexiones personales acerca de todo lo que veía, y sobre Dios. Algunas de sus frases han dado sentido a muchas vidas:
“No hay peor pobreza que la soledad, el no sentirse amado, el verse abandonado”.
“El amor y la paz empiezan en el seno de la familia”.
“Los pequeños detalles, hechos con gran amor, llevan a la alegría y a la paz”.
“No hay barreras físicas para llegar con el espíritu a donde uno desea”.
“Es algo muy grande dejar de temer”.
En alguna ocasión se le reprochó que aceptaba donaciones sin tener en cuenta de quién procedían. Podía más su enorme sentido práctico.
Cuando tomaba una decisión, la llevaba adelante costase lo que costase, era muy difícil que diera marcha atrás. En ella se mezclaban una serena dulzura y humildad con una voluntad de hierro. Sólo así podemos entender cómo una mujer tan aparentemente frágil pudiera hacer tantas cosas y vivir hasta tan avanzada edad.
Madre Teresa hizo realidad las Bienaventuranzas: tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, no tenía casa y me diste posada. Trataba de hacer con amor lo que otros sólo hacían con dinero.
Ella llevó a cabo una auténtica revolución del amor, y elevó la dignidad del ser humano hasta cotas nunca antes alcanzadas.

miércoles, 16 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (XI)

- Es increíble a lo que se puede llegar para publicitar una liga de fútbol. He visto en el Digital un anuncio en el que unos jugadores se pasaban un balón, y cuando uno de ellos chutaba, según iba subiendo la pelota, en lugar de elevarse hacia un firmamento estrellado, se vislumbraba nada menos que el techo de la capilla Sixtina. Se podían ver los frescos que pintó el genial Miguel Ángel. Vamos a terminar creyendo que el fútbol es comparable con el Arte, y del más sublime, o que roza casi lo divino. Ni hartos de vino se lo creen.

- Cómo he detestado siempre los corazones atravesados por varios puñales que se ven en las estampas y figuras religiosas. La imaginería católica está plagada de vísceras y de sangre. No sé a qué conduce esta afición a la casquería. Y lo de las reliquias es el colmo, venerar miembros amputados de santos. Cuanto más bueno has sido en vida, menos te dejan descansar después de muerto, qué manía de hacer pedacitos a la gente.

- Y luego llega Almodóvar y utiliza lo de los corazones apuñalados para retratar a un sector de la población nacional que representa lo más granado y selecto de la horterez y lo friki, imagen que exporta al resto del mundo para nuestra desgracia. Menuda proyección internacional tenemos. La estética de este hombre incluye además las flores de plástico de colores chillones metidas en pequeños jarrones, la decoración a base de tapizados de piel de cebra o leopardo, y otras menudencias por el estilo. También cultiva la afición por hacer aparecer a las mujeres como marujas, histéricas o locas. Dicen que hay una cierta clase de homosexuales que nos odian a las mujeres porque no pueden ser como nosotras. Almodóvar está dentro de esta categoría. Pero luego hay otro sector que nos adora porque precisamente se identifica con nosotras. Almodóvar no deja de ser un paleto muy original.
“Spanish is different”, que dicen los angloparlantes de nosotros.
“Cognum íberos”, que diría el inefable Forges.
“Hombreya”, que suele decir Lorza girl en su blog.
“¡Qué atroz!”, que diría Mafalda.

martes, 15 de abril de 2008

Mi habitación

Siempre hay un lugar al que echamos de menos porque en él pasamos muchos momentos de nuestra vida, y al que ya nunca volvemos o si lo hacemos no lo encontramos igual. En mi caso es la habitación que compartía con mi hermana cuando aún vivía en casa de mis padres.
La primera vez que dormí en ella tenía yo año y medio y me pusieron en una cama enorme en la que casi me perdía para dejar el que era mi sitio en la cuna en la habitación de mis padres, cuando nació mi hermana. Me cuentan que sufrí celos tristones porque, aún siendo tan pequeña, me debí sentir desplazada, y se me quitaron las ganas de comer y dormir.
Recuerdo cuando más tarde pusieron la cuna de mi hermana junto a mi cama, y que le tuvieron que colocar una malla por encima para que no se escapara. Yo la veía escurrirse, no sé cómo, y bajar al suelo deslizándose por los barrotes. “¿Pero tú no has visto nada?”, me decía mi madre un poco enfadada, y yo ponía cara de inocente.
Luego a ella le pusieron otra cama como la mía, con una mesilla en medio de las dos. Yo le hacía perrerías: alguna vez que se sintió mal, si estaba en la cama medio incorporada vomitando en un recipiente puesto en el suelo, yo le decía cosas repugnantes para que vomitara más.
El día que hacíamos la Comunión, mi hermana se despertó pronto porque debía estar nerviosa, y no se le ocurrió otra cosa que intentar despertarme a mí. “¡Pilar, Pilar, que ya es de día, que hoy hacemos la 1ª Comunión!”, recuerdo que me dijo. Aunque no suelo tener mal despertar, aquel día, con mis incipientes ocho años, la mandé a la mierda. “Ya no puedes comulgar, has dicho una palabrota y eso es pecado”, me dijo compungida.
Tiempo después nos pusieron camas abatibles para que hubiera más espacio, y un secreter en el que pasé años y años estudiando. En las paredes teníamos puesto de todo: un gran póster de la película “La familia”, una tarjeta en la que se veía a un elefante y un ratón viajando juntos en globo y en la que se podía leer: “La amistad no depende de cosas como el espacio y el tiempo”. También teníamos fotos de actores americanos: James Dean, Marlon Brando, Warren Beaty cuando hizo “Reds”...
En la cabecera de la cama, mi hermana tenía fotos de chicos guapos, algunos haciendo windsurf. Yo tenía fotos de series de televisión que seguía por entonces y que me encantaban: “Kunta Kinte”, “Los Roper”, “Starsky y Hutch”.... También imágenes de nebulosas de colores que recorté de un reportaje precioso del “Hola”, y el perfil del dibujo de un hombre vuelto de espaldas, atlético, con una cazadora negra y el pelo azabache muy bien peinado. Anunciaba una colonia de hombre, “Jules”, y me parecía que tenía un estilazo impresionante. Para rematar hice una estrella de David en dos tonos de azul en cuanto ví la serie “Holocausto” y me hice consciente por primera vez del problema judío. Todas las causas perdidas han sido siempre mías.
Yo seguía haciéndole trastadas a mi hermana. En una ocasión en que nos marchábamos de vacaciones a la playa, la desperté de madrugada haciéndole creer que ya era hora de levantarse para irnos. La pobre se lo creyó y se puso tan contenta, y qué desilusión cuando le dije la verdad.
En otras ocasiones le metía los dedos en la nariz. Tardaba bastante en abrir la boca. O se ponía a hablar en sueños y yo le preguntaba cosas, que ella me respondía. Luego no se acordaba de nada.
Cada vez que me ponía mala, pues pasé todas la enfermedades infantiles posibles, ella se acercaba a mi cama para que la contagiara y así no tener que ir al colegio, pero fue en vano porque siempre tuvo una salud de hierro.
A veces, si nos costaba dormirnos, nos poníamos a decir palabras malsonantes, la mayoría un poco marrones, y nos reíamos hasta que se nos saltaban las lágrimas. Mis padres nos mandaban callar desde la habitación de al lado.
Las dos éramos muy distintas. Yo siempre fui muy ordenada y ella todo lo contrario. Había dos zonas en la habitación separadas por una línea imaginaria, y se veía claramente a cuál pertenecía cada una de ellas.
Cuando mi hermana empezó a fumar, sólo una vez lo hizo en la habitación. Yo no dije nada, pero por la cara que puse supo que no estaba bien y no volvió a repetirlo jamás.
Me gustaba tumbarme en mi cama, que estaba junto a la ventana, cuando entraba el sol a raudales, y sólo aquello bastaba para que me quedara dormida, sentía una tranquilidad interior muy grande.
Echo en falta también cuando nos cogíamos de la mano mi hermana y yo en la oscuridad de la habitación, poco antes de dormirnos.
Qué a gusto dormía en mi cama. Ya no he vuelto a dormir así. El día que me casaba, recuerdo que me senté nada más incorporarme y ví mi vestido de novia por la puerta entreabierta, colgando de lo más alto de la librería del salón. Pensé que era mi último día en mi habitación, y no fue así porque cuando llevaba tres meses casada volví en una ocasión para dormir allí y no quedarme sola en mi casa, pues mi suegra se había puesto mala y mi entonces marido pasaba la noche en el hospital. Yo estaba embarazada de no más de dos ó tres semanas, pero aún no lo sabía.
Aquella fue la última vez que descansé a gusto. Luego mi hermana cambió la habitación y la adaptó para ella sola. No volvió a ser la misma.
Aún me gusta estar allí alguna vez, cuando entra el sol por la ventana, y sigo sintiendo una sensación de paz.
Allí pasé años jugando, estudiando, leyendo, escribiendo, escuchando música..... y soñando.

viernes, 11 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (X)

- Sabiduría oriental: si un problema tiene solución, ¿por qué sentirnos desgraciados?. Y si no tiene solución, ¿qué sentido tiene sentirse desgraciado?.

- Pensamos en la familia como en una roca, fuerte e inexpugnable, y nos lamentamos cuando las circunstancias de nuestra vida la deshacen. Pero no nos damos cuenta que de todas formas no es eterna ni indestructible, porque ya sólo el paso del tiempo la desgasta y la merma, cuando van desapareciendo algunos de sus miembros. Las estructuras familiares son cambiantes, unos nacen, otros se van, nunca permanecen inalterables. Decía mi profesor de Filosofía que una familia es un microcosmos irrepetible, puede haber unas que se parezcan a otras, pero nunca serán la misma. La familia nos aporta identidad, valores, raíces, nos fundamenta. Es tan importante tener una familia que los que no la tienen se la inventan, porque necesitamos pertenecer a alguien. Las experiencias que en ella vivimos desde que venimos al mundo nos marcan para el resto de nuestra vida, todo lo que nos inculcan desde niños nos determina para siempre. Nos creemos libres para elegir nuestro destino, y lo somos sólo en parte, porque llevamos con nosotros el bagaje que nos aporta nuestra familia.

- Me pareció curiosa y admirable la iniciativa de un matrimonio, que tenía ya una niña china adoptada y ahora han adoptado trillizas, chinas también. Pienso en la de tiempo y dinero que se necesitan para adoptar un hijo. Cuando se inician los trámites, aún no ha nacido en la mayoría de los casos. Es como si compraras un proyecto, un sueño, algo que aún no es real. No debería existir más obligación que la de demostrar que tu hogar es acogedor. Si hay dinero por medio, parece que se trata de un negocio. La generosidad que se demuestra al hacer algo así debería ser pago suficiente.

jueves, 10 de abril de 2008

Brando




Si hay un personaje que ha merecido pasar a los anales de nuestra Historia más reciente por su trayectoria es Marlon Brando. Camaleónico hasta su máxima expresión, conozco a pocas personas que hayan sufrido tantas transformaciones a lo largo de su vida, desde que comenzó a ser conocido, hasta el final de sus días, ya en la vejez.
Con su controvertida personalidad, es un ser humano que no dejó de sorprender a todo el mundo a lo largo de su vida, siempre imprevisible, muchas veces polémico y escandaloso.
Desde que hizo su primera película llamó poderosamente la atención. Con un físico atlético y un rostro bello que parecía esculpido en piedra, dio muestras de un talento para la interpretación fuera de lo común. Si alguna vez resultó inexpresivo, siempre terminabas hallando en su mirada el sentimiento que la escena requería, daba igual lo intensa que fuera. El resto de las veces en su rostro aparecían todas las emociones de que es capaz el ser humano, llevadas a su máxima expresión si llegaba el caso, desde la felicidad más intensa hasta el dolor más desgarrador. Todo su cuerpo emanaba una fuerza y una sensualidad que a nadie pasaba desapercibida.
Hace poco, en un documental que ví sobre él, se hablaba del magnetismo que ejercía sobre las mujeres. Las conquistaba con una conversación, en la que las dejaba hablar a ellas, pareciendo poner todo su interés en lo que decían, mientras las miraba fija e hipnóticamente y sacaba a relucir la más sugerente de sus sonrisas. Dicen que conquistó a cientos, aunque sus gustos a la hora de elegir esposas fueron muy concretos y bastante exóticos.
Hizo películas de muchas clases, y cuando fue alcanzando la madurez se decantó por la lucha antirracista y el ecologismo, dedicando a ello buena parte de su vida, y llegando a sufrir amenazas de muerte por ello. Su generosidad no tuvo límites. Había que darle un sentido y una utilidad a la vida.
La primera vez que fue galardonado con un Oscar, dice que se sintió ridículo y absurdo, objeto de una atención masiva que le sobrepasó, dejándose fotografiar mil veces y posando con una sonrisa fingida porque se encontraba fuera de lugar, y se juró entonces que si volvían a premiarlo no acudiría a una ceremonia como aquella, y así fue.
Su forma de prepararse para rodar era muy peculiar, porque aunque la cámara hubiera empezado a rodar, él permanecía aún cinco o diez minutos divagando hasta que se decidía a decir sus frases, pero cuando lo hacía todos los que estaban en el estudio seguían atentos su intervención, sin poder apartar la mirada.
También tenía sus pequeños trucos, como cuando se quedaba mirando hacia arriba, callado, como si estuviera meditando sobre lo siguiente que iba a decir, cuando en realidad era que no se acordaba de la frase que le tocaba.
En un rodaje que transcurría en las montañas, le gustaba apartarse del resto del equipo para bañarse en un río cercano con los caballos. El contacto con la Naturaleza era vital para el.
De algunas de sus películas abominó después de verse en ellas, como en “El último tango en París”. En otras fue contratado cuando ya todos creían que estaba acabado para su profesión, como en “El padrino”.
Hay veces, como en “Apocalipsis now”, que su interpretación me ha dado incluso miedo. Algo dentro de su cabeza empezó a funcionar de forma distinta a partir de un cierto momento de su evolución personal. Era muy inquietante, una mezcla de tristeza, desencanto, escepticismo, y una violencia sorda, latente, con tintes siniestros, rayanos en la locura. El caso es que dicen los que le conocieron que disfrutaba de las cosas como un niño, con una capacidad para entusiasmarse por todo que se acrecentó en la vejez.
Dejando a un lado su tormentosa vida privada, fue un padre tierno y sentimental, al que le gustaba hacer reir a sus numerosa prole a la hora de la comida cuando, sentados todos a la mesa, les hacía cada día trucos de magia distintos que les sorprendían y entretenían y que nadie supo nunca de dónde sacaba. Los problemas que algunos de sus hijos tuvieron con la justicia con el paso del tiempo, ensombrecieron sus últimos años.
Ya al final, con la imagen que nos dejó de su absoluto abandono físico, con una obesidad galopante a la que no puso freno y que contrastaba terriblemente con la perfección de su cuerpo cuando fue joven, sólo pienso en que se trató en realidad de una persona humilde, que tuvo en su mano todo lo que cualquiera podría desear pero sin ostentación, que se dejó llevar por la pasión y que disfrutó de lo que le rodeaba al máximo. Si podía comprar una isla paradisíaca en un remoto rincón del mundo que le había cautivado por su belleza, lo hacía, se le considerara o no extravagante.
Marlon Brando creo que fue, ante todo, un ser humano, con sus grandezas y sus miserias, alguien que nunca se escondió de nada y al que le importó muy poco la opinión ajena. Él siempre se mostró tal cual era, sin temor, se expuso a la mirada pública sin protección, sin barreras, y manteniendo su dignidad personal. Se entregaba en cuerpo y alma a todo aquello que emprendía, hasta el último momento.

martes, 8 de abril de 2008

De amor y de sombra

La verdad es que no me suelo parar a pensar mucho en la relación que tienen mis padres como pareja, supongo que porque ya tengo bastante con mis propios abatares sentimentales, pero no deja de ser una cosa más de mi vida que me gustaría poder cambiar para que fuera de otra manera.
Los recuerdo de niña siempre tiernos el uno con el otro. Se llamaban por apelativos cariñosos que sólo ellos conocían, y se prodigaban abrazos aquí y allá cuando estaban en casa. Mi padre solía poner su cabeza sobre el pecho de mi madre, y ella le acariciaba el pelo con una mano mientras la otra la depositaba sobre su cara. Reían juntos con frecuencia, y si alguna diferencia hubo entre ellos, la solventaron cuando no estábamos mi hermana y yo delante.
Aunque sus formas de ser siempre han sido muy distintas, tenían la misma educación y la misma forma de educarnos a nosotras. No solía haber desacuerdos entre ellos en casi ningún tema.
Si bien mi madre siempre se quejaba de soledad, porque mi padre estuvo muchos años pluriempleado. Cuando él dejó su trabajo de la tarde, el que más le gustaba, donde la verdad es que le pagaban nunca, mal y tarde, fue como si una sombra planeara sobre ellos.
Con dos empleos o sólo con uno, nunca tuvimos en casa una economía muy boyante, cosa que no nos impidió ser felices, ni tampoco nos creó ningún complejo. Pero mi padre, desocupado por las tardes, comenzó a aburrirse. Vagaba por la casa sin encontrar nada que hacer que le gustase. Sólo escuchar música clásica ha sido su principal hobby, además de dar largos paseos. Mi madre tampoco pareció mucho más contenta por el hecho de tenerlo al lado más tiempo.
Un desacuerdo entre mi abuela paterna y mi madre durante unas vacaciones, que terminó con malas palabras de ésta hacia aquella (el eterno dilema de las suegras), fue el comienzo del deterioro en la relación de mis padres, que tampoco pasaba por su mejor momento. Como además mi abuela enfermó al poco tiempo, posiblemente por el disgusto que tuvo, mi padre guardó este hecho en su corazón como una herida abierta que nunca dejó de sangrar.
Su relación con nosotras, sus hijas, también fue a peor. Ya éramos mayores y reclamábamos una lógica libertad que nunca terminaba de llegar. Pienso a veces que perdieron los papeles tanto en lo relativo a ellos como pareja como en lo concerniente a nuestra educación.
Mi madre comenzó a llorar por cualquier cosa. Algunas veces lo hacía cuando estábamos sentados todos a la mesa a la hora de comer. A ella se le mezclaban las lágrimas con la comida, mientras mi padre ponía cara de pócker , como si no pudiera hacer nada para evitarlo o se sintiera impotente.
Lo peor era ver que casi nunca reían ya juntos, ni se abrazaban, y dejaron de llamarse por los apelativos cariñosos que había inventado el uno para el otro.
Un día, haciendo limpieza, descubrimos un vestido de mamá de cuando era joven, que estaba escondido debajo de uno de los asientos de los sillones del salón. Cuando le preguntamos a mi padre puso cara de apuro pero no dijo nada. Posiblemente quiso retener un retazo del pasado de ellos cuando aún eran felices, enfermo de nostalgia por una época de su vida que él añora y que ya no volvería a repetirse jamás.
Desde que se casó mi hermana y se quedaron solos en casa, discuten por cualquier cosa. Cuando hablan conmigo, el uno le quita la razón al otro, y si es un tema relacionado con mi divorcio, mi padre le manda callar a mi madre si insiste mucho, lo que a ella le saca de quicio.
Por las noches ven la televisión en habitaciones separadas, porque a cada uno les gustan programas distintos.
Tan sólo alguna vez, cuando nos reunimos todos para celebrar algún cumpleaños o santo, parecen contentos de nuevo y hasta mi madre se permite el lujo de acariciar la cara de mi padre o de cogerle del brazo, y él se deja hacer un poco a regañadientes. Hasta se me hace raro cuando los veo cariñosos entre ellos otra vez.
Mi madre me solía contar que cuando yo era niña (muy pequeña debía ser porque no lo recuerdo), si les veía un poco serios y distantes les cogía de las manos, se las juntaba y les decía “amoraros”, término de mi cosecha que supongo que significa que se tuvieran amor, y que aún empleo alguna vez cuando los veo enfadados para que se rían un poco.
Si bien es cierto que la convivencia y el paso del tiempo minan mucho la relación de pareja, a lo que nunca se tendría que llegar es a la animadversación mutua y la falta de respeto. La ausencia de comunicación es la clave de todo, porque aunque cada uno piense de forma diferente sobre una determinada cosa, siempre hay un punto de convergencia, como en un tira y afloja o una transacción comercial, en el que se puede llegar a un acuerdo aunque sea mínimo. De otra manera vienen los malos entendidos, el pensar mal del otro antes que bien y a veces injustificadamente, y todo ello se va acumulando y es como una pirámide cuyo vértice nunca llegas a ver, porque el desamor lo mismo que el amor no tiene límites.
Creo que mis padres se han envejecido antes de tiempo, y no sólo físicamente si no también psíquicamente, por esa falta de amor, algo que día a día produce un desgaste enorme.
Por propia experiencia sé que a veces se llega a un punto de absoluta oscuridad en la pareja, cuando lloras más veces que ríes, cuando empiezas a perder tu dignidad como persona y tu autoestima, cuando te horrorizas ante la idea de tener que envejecer al lado de una persona así. Entonces es como una enfermedad, un cáncer que te va destruyendo poco a poco, todo lo contrario del amor que es algo que te reconstruye por dentro y te da vida.
En el caso de mis padres, como en el de tantas parejas que llegan a mayores juntos, lo suyo sería que cuidaran el uno del otro más que nunca, porque la salud es más precaria y porque parece que el final está más cerca. Pero como los humores se agrían y el desgaste es muy grande, suele pasar justo lo contrario.
Para mí es como una pesadilla, cuando al principio hay amor, y luego sólo hay sombra.

lunes, 7 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (IX)

- Hay que ver los niños qué capacidad de sugestión tienen, y qué imaginación. Mi hija cada vez que ve una película que le ha gustado o le ha impactado por el motivo que sea, se apresura a recrearla con su estilo, que es un estilo muy personal. Hace poco cuando vió “Memorias de una geisha”, ya estaba poniéndose una especie de túnica negra brillante que tiene (creo que pertenece al uniforme de Harry Potter que le regalaron los Reyes Magos hace tiempo), se recogió el pelo a la manera oriental, y se hizo con un abanico tras el cual escondía su cara de forma muy sugerente. Lo más curioso es que consiguió que su hermano se convirtiera por un rato en su vasallo, adoptando una actitud imperativa, y haciendo que él se postrara todo el tiempo a sus pies y juntara la manos mientras hacía reverencias, con la vista baja, obedeciendo a todo lo que ella decía. “Lo que tú digas, Ana-shan”, le decía a su hermana. “Así me gusta Miguel-shan”, le respondía ella. De vez en cuando le atizaba con su abanico cerrado, como para someterlo aún más. Yo creo que como normalmente es al revés, que es ella la que recibe, aprovecha esas raras ocasiones para vengarse un poco.
Otro día vió “Límite vertical”. Pues ya era una esquiadora-alpinista perdida en las altas cumbres. Se puso una cazadora de mucho abrigo, una bufanda, guantes, gafas de sol y un walkie talkie colgando de la cintura que tiene y que siempre intercepta la frecuencia de la policía. Cada vez que oía voces por el aparato, ya estaba diciendo que iban a venir a rescatarla.
Los niños pueden ser todo lo que se les pase por la imaginación, y lo viven intensamente.

- Hace un tiempo un jefe muy sapiente que tuve nos dijo que nuestro lugar de trabajo es el “nicho biológico”. Era la primera vez que oía hablar de un “nicho” sin tratarse de un lugar de enterramiento. Nos explicó que en este caso se trata de la posición o el espacio concreto que una especie ocupa en un ecosistema. En el caso de los seres humanos, el lugar donde más tiempo pasamos, el sitio en el que vivimos.

- Cuando se habla del “efecto mariposa”, se dice que si uno de estos insectos “agita hoy con su aleteo el aire de Pekín, puede modificar los sistemas climáticos de Nueva York el mes que viene”. Se suele utilizar como símil para hacer referencia a los hechos y decisiones del pasado que, por insignificantes que puedan parecer en un primer momento, afectan sobremanera a lo que nos acontecerá en años venideros. ¿Qué sería ahora de nosotros si tiempo atrás hubiéramos actuado de una manera y no de otra, o hubiéramos conocido a una u otra persona?. Como leí en Internet “¿hasta qué punto puede influir en nuestras vidas el más pequeño cambio en el pasado?”.

viernes, 4 de abril de 2008

Mi jefe

Tuve un jefe hace tiempo que fue, de todos los que he tenido en los muchos años que llevo trabajando, el único que recuerdo especialmente por su forma de ser y lo peculiar de su persona.
Era de mi edad, muy inteligente, hiperactivo y con un delirante sentido del humor. Antes de que él llegara, las dos compañeras que tenía en el despacho por entonces y yo, vivíamos en un remanso de paz, algo aburridas si bien es cierto, e informáticamente muy atrasadas.
Cuando él llegó la situación cambió radicalmente, y nos vimos sacudidas por un auténtico huracán. Experto en ordenadores, nos consiguió unos equipos nuevos e ideó un programa para gestionar uno de los asuntos más laboriosos y aburridos de los que allí teníamos que llevar: el control horario del personal. Aquel programa facilitó enormemente nuestra labor, abreviándola y haciéndola más sencilla. Estaba hecho a la manera de ser tan original que tenía este hombre: cada persona tenía su propio registro, con datos no sólo horarios sino también personales y laborales. Incluía una foto del interesado. Con su extraño sentido del humor, le daba por reirse de las caras de la gente, y solía decir que a lo mejor un día las imprimía y hacía “tazos” con ellas para que jugara su hijo.
Tanto el nuevo formato que dio a los escritos como aquella curiosa base de datos, estaban hechos para nuestro entretenimiento: todo eran ventanas de colores, y su manejo era muy sencillo. Yo más de una vez le dije que más que trabajar parecía que estábamos jugando.
Mientras cumplíamos con nuestras tareas cotidianas, él supervisaba nuestra labor y nos alentaba a aprender cosas nuevas. Quería que nos promocionáramos laboralmente y nos enriqueciéramos en lo personal. Con él la informática parecía cosa de niños.
También le gustaba hablar de cualquier cosa de actualidad o de la vida, y organizábamos pequeños debates en los que se mezclaban opiniones muy profundas y trascendentales con otras llenas de humor.
Lo mejor eran los café bombón con los que iniciábamos la jornada. Compramos una cafetera eléctrica entre todos, y procurábamos que la despensa nunca estuviera vacía: leche condensada, café, filtros, cucharitas y vasos.... Estas pequeñas tertulias atrajeron a más de un compañero o jefe, y fueron la envidia de otros departamentos. Aún después de que él se marchara, continuamos con esta costumbre.
Lo cierto es que a él nunca le gustó aquel trabajo, llegó allí de rebote para suplir a la persona que era hasta entonces nuestro jefe, pero sin embargo cambió nuestra forma de trabajar y formamos todos un equipo en el que se mezclaba lo laboral con lo sentimental, pues a nuestras ganas de trabajar y de hacer las cosas lo mejor posible se unió el gran afecto que le profesamos desde entonces y que él correspondía sobradamente. Él nos conocía perfectamente, y a cada una nos sabía tratar como mejor correspondía a nuestra forma de ser. Nosotras también sabíamos sobre su vida personal por pequeñas cosas que nos contaba.
Pero aquel trabajo no era para él, que estaba preparado para tareas muy diferentes y más cualificadas. Su disgusto creciente con la empresa hizo que empezara a cogerle manía a algunos de los jefes que estaban por encima de él, y un buen día no se le ocurrió otra cosa que colgar en Internet una especie de “gacetilla”, que no recuerdo cómo tituló, en la que escribía a diario por la noche en su casa y en la que se burlaba de buena parte de la jefatura del centro, poniéndoles motes para no comprometerse pero lo suficientemente significativos para que todos supiéramos a quién se estaba refiriendo. Me acuerdo especialmente del que le adjudicó al Director, “Corleone” creo que fue. Y para más inri le fue dando a todo el mundo la dirección en Internet para que lo vieran.
No contento con eso, colgó también la base de datos que había hecho para todo el personal, con lo cual cuando estalló el escándalo se montó la de San Quintín al ver la gente sus datos personales y sus caras expuestas de esa manera.
El expediente disciplinario que le metieron no fue a mucho más por las consecuencias que ésto tuvo para él, pues se vió obligado a acudir a un psiquiatra y seguir un tratamiento para superar la depresión y el estado de ansiedad que le sobrevino a raíz de todo aquello, y por el que tenía que tomar un montón de pastillas. Le relegaron al ostracismo en un despacho sin casi trabajo, y cuando íbamos a visitarle allí se volvía de espaldas de cara a la pared para que no le viéramos llorar como un niño.
Poco tiempo después consiguió un destino en otro centro y sólo le vimos en una ocasión que vino para saludar a la gente, y en la que comprobamos que volvía a ser él mismo.
Con el tiempo piensas en las situaciones tan rocambolescas en las que nos vemos metidos algunas veces en la vida, y cuyo alcance no sabemos valorar hasta que no tomamos distancia.
Dicen que a las personas con un coeficiente intelectual muy alto se les suele ir la pinza bastante en determinadas situaciones. Puede ser que ese fuera el caso de mi jefe, su reacción ante una situación de frustración, pero para mí será siempre una persona muy especial, inteligente, sensible y muy vital, alguien a quien mereció la pena conocer.
Ese fue mi jefe.

miércoles, 2 de abril de 2008

Los Sims


Tienen mis hijos un juego de ordenador, “Los Sims”, que merece un capítulo aparte dentro de la amplia oferta de videojuegos que existe en el mercado. En este juego se pueden crear personas, como si de un laboratorio se tratara, y les eligen desde el color del pelo o los ojos hasta su edad, su sexo y su complexión, pasando por su ropa e incluso el signo del zodiaco y los rasgos de la personalidad.
Pueden crear familias, conseguirles amigos y mascotas, y montarles una casa al gusto de cada uno.
En la casa suena la cisterna, el equipo de música, el llanto de un bebé, la alarma del horno o el microondas, etc. Si se produce un accidente, como un incendio por ejemplo, si pones alarma vendrán los bomberos, y si no morirán los personajes, momento en el que aparece un espectro con una guadaña y el individuo en cuestión queda reducido a un montón de cenizas. Si algún personaje sobrevive, llora desconsoladamente junto a los restos. Si hay un robo, vienen los policías y se pelean con el ladrón en medio de una gran polvareda.
Los miembros de una familia pueden discutir entre ellos o simplemente jugar. Las parejas que se aman aparecen con una especie de nube distorsionante sobre ellas porque esas escenas requieren un “Sims” para edad más avanzada, lo mismo que si se están bañando o haciendo sus necesidades.
Con una llamada telefónica pueden encargar una pizza, contratar a una asistenta para que les limpie la casa, a una señora que cuide de los niños, y hasta a un jardinero.
Chatean con los amigos, ven televisión, sacan la basura, miran el correo y observan las estrellas cuando cae la noche.
La casa se construye sobre un solar cuyo tamaño eliges, y puedes incluir una piscina con las dimensiones y la forma que quieras, iluminación subacuática y trampolín. En el jardín también puedes añadir columpios y toboganes, mobiliario, árboles, fuentes y hasta la caseta para el perro.
El tiempo libre se puede ocupar pintando con tu propio caballete y un gran lienzo, dejándose dar un masaje o disfrutando de sauna y jacuzzi.
Tienes que pagar los recibos del agua y la luz, y mis hijos se tenían que ajustar a un presupuesto dado de antemano hasta que una de sus primas les pasó un truco para que su fuente de financiación fuera inagotable (el sueño de todos).
También se pueden construir edificios de un montón de plantas, y ponerles ascensor y escaleras para moverse entre los pisos.
Un coche de empresa aparece por un extremo de la pantalla moviéndose por una carretera solitaria, y recoge al personaje para llevarlo al trabajo. A medida que asciende laboralmente, el coche va haciéndose cada vez más grande, caro y sofisticado. Las profesiones son variadas y no siempre recomendables, y se eligen en el periódico o en Internet.
Los hombres se declaran a las mujeres rodilla en tierra, como antigüamente, y les ponen un anillo, con lo que quedan casados automáticamente. Los embarazos duran dos ó tres días (dulce ficción), y los hijos llegan enseguida y crecen muy rápido. Se ve cómo estudian y cómo se los lleva un autocar al colegio o al instituto.
Acabo de ver al perro que mi hijo incluyó en su juego atacando los muebles de la casa y haciéndose pis en el suelo. Todo lo más que puede hacer es regañarle. Luego se ha puesto a escarbar un agujero en el jardín. A perros y gatos se les elige también los rasgos de la personalidad. A los hamsters, loros y peces del acuario no.
Se pueden montar fiestas, con globos y champán, y hasta hay un ratito para el yoga y la meditación trascendental, que tienen lugar en una alfombra sobre la que el personaje levita. Quizá sea ésto lo único que se sale de la cotidiana normalidad que se respira durante el desarrollo del juego. Una concesión a la fantasía.
Puedes montar un negocio en casa, siempre de tipo comercial.
Los vecinos no hace falta que los crees porque vienen solos. Mi hija los echa con cajas destempladas, porque dice que si no terminan metiéndose en la casa y comiéndose lo que tengas en el frigorífico, o usando el servicio a discreción (como la vida misma).
Lo que más me llama la atención de todo ésto es cómo se manifiesta la personalidad de cada uno por la forma de jugar. Aquí puedo ver los gustos que tienen mis hijos a la hora de decorar, de vestir, o de idear situaciones, y compruebo lo distintos que son.

Lo que no entiendo es qué es lo que puede entretener en un juego así, porque no es más que la representación de la vida en una casa, con sus rutinas y sus actos sin mayor trascendencia. Quizá para ellos se trata de la posibilidad de disfrutar, aunque sea sólo virtualmente, de unos lujos de los que carecen en la realidad. O puede que sientan una extraña sensación de poder al erigirse en los únicos artífices de la vida, como jugar a ser Dios, manipulando a unos y otros a su capricho.
Yo sin embargo no encontraría aliciente en este juego, porque me parece que hay en todos sus personajes una rigidez y una inexpresión, a pesar de lo logrados que están sus movimientos y sus cuerpos, que me inquietan mucho.
Sólo espero que ellos distingan siempre entre ficción y no ficción, que estos videojuegos son simuladores de la realidad (su mismo nombre SIM lo indica), y que sólo les permite por un rato experimentar otros mundos.

martes, 1 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (VIII)

- Qué curioso me ha resultado siempre eso de tenerse que meter en una cabina y echar la cortinilla cada vez que hay que ir a votar en las elecciones generales. Yo he visto gente que se mete con papeletas de todos los partidos para despistar. Parece que hay miedo, que no existe la libertad ideológica sin temor a ser criticado o algo peor. O quizá es pura paranoia: quién se va a fijar, a quién le va a importar, aunque sí es cierto que en los sitios donde se vota te encuentras a todos tus vecinos. A mí esas cabinas me recuerdan a las de los sex-shops, imagino que deben ser una cosa así . Seguro que es más entretenido que lo de ir a votar, y no sólo se puede hacer una vez cada cuatro años.

- Odio a mi abogado. Es una persona siempre muy atenta, pero cada vez que le llamo o tengo que ir a verle, se me queda temblando el bolsillo. Y siempre por cosas desagradables que no he podido solucionar de otra manera. Entre lo costoso que es y lo tétrico del asunto, no puedo evitar tenerle manía. Además que la pela la quiere siempre por anticipado. Si todos hiciéramos lo mismo.....

- Pocas cosas hay tan aburridas como los concursos de belleza. Ese desfile interminable de mujeres que tienen que sonreir sin ganas, tener unas medidas que otros deciden, y vestirse, peinarse y maquillarse exageradamente. Para ellas mismas debe ser un vía crucis. Lo peor son los concursos de belleza infantiles, tan corrientes en EEUU. Las niñas parecen monitos de feria. Es una forma de explotación que no sé cómo puede estar permitida legalmente. A las pobres criaturas no las dejan alimentarse y descansar en condiciones. Nos creemos que las conductas aberrantes sólo proliferan en el Tercer Mundo, pero en los países supuestamente civilizados las hay igual o mayores.

viernes, 28 de marzo de 2008

Fe

Hace poco ví una película en la que a un sacerdote católico se le encomendaba la difícil misión de desentrañar unos extraños sucesos que los miembros de una pequeña comunidad calificaban de milagro. Con las averiguaciones que él llevase a cabo tenía que esclarecer los hechos y ver si la Iglesia los calificaba o no de milagrosos, y a la persona que los motivaba, una antigua feligresa ya fallecida, de santa.
Durante este proceso, este sacerdote ve tambalearse su fe, su creencia en Dios y en una vida más allá de la muerte. Además siente amor por una mujer, sin que ese sentimiento pueda llegar a fructificar debido a sus circunstancias.
Me ha dado qué pensar siempre el tema de la fe. Cuán frágil es ese don que Dios da sólo a unos cuantos. Se diría que son personas predestinadas, tocadas por la mano divina desde el mismo día de su nacimiento, y que tarde o temprano desarrollan ese amor por el Señor, aunque no siempre lleguen a emprender una carrera eclesiástica.
Algo especial deben llevar dentro de sí, porque aunque los miembros de una misma familia se críen en el mismo ambiente, sólo uno quizá sienta que esa Luz toca su alma, por lo que no debe ser sólo la influencia del medio en el que nacemos cada uno y en el que nos toca vivir.
Los hay que descubren repentinamente su fe, dormida sin saberlo en algún lugar recóndito de su ser, cuando pasan por experiencias que ponen a prueba la resistencia física y moral del ser humano. La religión, en estos casos, es quizá la dulce anestesia del dolor, el consuelo último de los que no quieren abandonarse a la desesperación. La promesa de un mundo perfecto, de una vida maravillosa más allá de la muerte, de un paraíso aún mejor que el que un día perdimos llamado Cielo, son la meta a alcanzar por todos los que creemos sin ver.
No quiero imaginar el sufrimiento enorme por el que sin duda pasa aquel que se ve asaltado por las dudas. Un sacerdote, o una monja, que se contemple a sí mismo y se vea investido por un hábito al que de pronto no encuentra sentido, por una forma de vida que casi sin querer le resulta extraña....., debe ser devastador. No creo que sea fácil recuperar una fe perdida, aunque sólo haya disminuido en pequeña proporción.
Conocí a una chica en el instituto que no veía el momento de acabar el último curso para ingresar en una orden religiosa de monjas de clausura. Me contaba sus anhelos llena de una extraña felicidad y de una paz como sólo he visto en personas que han decidido emprender ese camino. Yo no hacía más que horrorizarme al imaginar a una muchacha en su plenitud existencial enterrada en vida, sin poder ver el mundo exterior ni hablar con nadie fuera de su congregación. Es como la cadena perpetua del presidiario que está en una cárcel, sólo que sin haber hecho nada malo, encerrada por propia voluntad. Pensé que más que fe, lo que la mayoría de estas personas siente es una especie de fanatismo, como si tuvieran un lavado de cerebro típico de las sectas para anular la personalidad y la capacidad de pensar. Creí que su familia debería estar angustiada al no poder volverla a ver nunca más, pero enseguida comprendí que estas personas provienen de ambientes donde estas actitudes no sólo están bien vistas sino que incluso son motivo de orgullo.
¿Exige Dios un sacrificio tan grande para demostrar la propia fe?. Para mí era como el cordero que se mata para ofrecerlo a la divinidad y así conseguir su beneplácito. Su fe me aterrorizó, porque la ví como algo irracional que conducía a un laberinto oscuro en el que iba a desaparecer para el mundo.
Y sin embargo qué beatitud parecen transmitir, las monjas sobre todo, con una existencia pacífica entregada a la oración y las buenas obras. Esa alegre conformidad, ese regocijo interior, esa extraña felicidad sólo se consiguen con meditación, como en otras muchas religiones, con recogimiento y aislamiento, y con lecturas piadosas que alimentan el espíritu. O simplemente tratando de vivir en paz con uno mismo.
El caso extremos de los santos merece un capítulo aparte. Imaginar a santa Teresa levitando, sangrando por las manos, los pies y el costado, es algo que sobrecoge. Ella decía albergar en su corazón una gran ternura, un amor limpio y puro que la inundaba por dentro, y al mismo tiempo sentía un gran sufrimiento, un cúmulo de sentimientos y sensaciones contrapuestas que sin embargo la habitaban por igual y la colmaban de satisfacción. La fe es, en estos casos sobre todo, una experiencia solitaria, aterradora vista desde fuera, y que sin duda acorta la vida, pues no creo que haya muchos santos que lleguen a mayores, unos porque los martirizaban, y otros porque se martirizaban a sí mismos con tanto estigma y tanto trascender el propio cuerpo.
Cuando pienso en la fe, siempre me viene a la cabeza Melchor, al que ya dediqué uno de mis primeros posts. Él también se dejaba arrastrar por una alegría interior infinita, y transmitía una luz que casi no he vuelto a ver en nadie después de él. No hablaba mucho de su fe, pero tenía una fuerza y una convicción en todo lo que hacía y decía que movían montañas. Parecía como si viese más allá que el resto de la gente. Conmovía, siendo tan joven, verlo seguir con tanta pasión un camino que muy pocos eligen, renunciando a cosas de las que la mayoría de nosotros no podríamos prescindir.
Lo importante es tener fe en todo lo que uno emprende en la vida, da igual a qué puerto te pueda conducir: si las cosas se hacen con el corazón, esa fe hace el resto. Y si además conseguimos alcanzar ese don que es la fe en Dios, mucho mejor.

jueves, 27 de marzo de 2008

Maniática de la última palabra (VII)

- Sólo se sabe que la lectura ha alcanzado el grado de placer personal cuando leer sea lo mismo que degustar un plato exquisito. La degustación de la palabra escrita, el gusto por lo literario.

- Oí una vez en un diálogo de una película que no me canso nunca de ver una frase que me ha llamado siempre la atención, y que me parece hilarante y patética a un tiempo: “Lo mejor que tienes a tu favor es tu disponibilidad para humillarte”. Puede que haya ocasiones en que perder la propia dignidad suponga algún beneficio, pero espero no tener que pasar por ello nunca.

- “Una constante felicidad de la evocación”. Frase que, como nostálgica que soy, celebro y corroboro.

- La “biodiversidad”, palabra que no dejo de oir últimamente. ¿Estamos todos incluidos en ella?. Nunca había pensado en mí como biodiversa.

- Después de las elecciones, vendrá Paco con las rebajas. Es lo que se suele decir cuando llega la época de las vacas flacas. Y quien dice Paco, que pobre hombre lo que haría para que se acuerden así de él, dice por ejemplo Zapatero o Rajoy. Lo malo es que las rebajas son siempre para los mismos, es decir, para la mayoría de nosotros.

- “Hasta cuándo Catilina abusarás de nuestra paciencia....”, le dijeron a este hombre en el senado romano, acusándolo de conspirar para acabar con la república en Roma. Fue una frase que se me quedó grabada de cuando estudiaba Latín. Desde entonces se la he tenido que repetir a más de uno-a cuando me tenían hasta las narices, conspiraciones aparte.

- Me gustaría ser como Nicole Kidman, que dijo en una ocasión hace años que quería llegar a ser una mujer “enigmática y sofisticada”, y mira, lo ha conseguido. O eso creo.

viernes, 14 de marzo de 2008

De curas y fútbol


- El otro día vi una curiosa película sobre la vida de un grupo de lamas budistas. Giraba en torno a un niño monje, muy inquieto, fanático del fútbol, que hasta que no se hizo con una antena parabólica gigantesca y un aparato de televisión no paró. Allí es un deporte desconocido, y todos se quedaron maravillados cuando la congregación asistió a la retransmisión del primer partido. Pero antes de verlo, el abad le pregunta a su mano derecha que qué era eso del fútbol: “Dos naciones civilizadas se enfrentan entre sí por una pelota”, le contesta. Qué simples debemos parecerles a los orientales. La película, además de descubrirnos cómo es la vida en un monasterio budista, mucho más natural y menos rígida de lo que imaginaba, nos muestra la mentalidad tan diferente que existe de unas culturas a otras. Viviendo todos en el mismo planeta, cómo nos sorprendemos unos a otros.

- Estoy recordando una anécdota que le sucedió a uno de los sobrinos de mi ex marido. Andaba el chico preocupado porque el equipo de fútbol donde él jugaba se tenía que enfrentar a otro equipo compuesto por presidiarios. Si bien ya estaba acostumbrado a las salvajadas que tenían lugar siempre que jugaba con los equipos de los pueblos vecinos, pensó que al tratarse esta vez de gente convicta podría acabar incluso asesinado. Pero fue justo lo contrario: aquellos hombres daban las gracias por todo y todo lo pedían por favor, haciendo gala de unos modales que para sí querrían muchos jugadores profesionales de los que ahora están en el candelero. Y es que el hábito no hace al monje.

- También recuerdo otra anécdota que me contó una vez un vecino, bastante anticlerical por cierto, que rememoraba casi con lágrimas en los ojos a un sacerdote que en su infancia no se limitaba sólo a dar el sermón dominical desde el púlpito de su iglesia parroquial o a reconvenir a la gente por sus pecados, sino que se remangaba la sotana y jugaba con auténtico entusiasmo al fútbol con él y todos los demás chicos del barrio. Es la divina humanidad.


- He visto en Internet por casualidad un curso básico de budismo. No estaría de más hacerlo, junto con un curso básico de fútbol.

jueves, 13 de marzo de 2008

Fast food


Hay que ver la cantidad de restaurantes de fast food que hay hoy en día. Da igual el nombre que tengan, todos tienen el mismo tipo de accesorios, máquinas, uniformes para los empleados, publicidad e instalaciones.
Cuando vas a un Burger King, por ejemplo, si no te ciñes a los menús standard que tengan vas listo. Si dices que no quieres pepinillo o lechuga, te ponen mala cara y se tiran media hora tecleando tu pedido, como si hubieses formulado una solicitud extraña o disparatada. Antes era más sencillo porque se limitaban a decirlo por un micrófono.
Luego viene una sucesión de trozos de carne saliendo del congelador, panes redondos, chorros de refresco y de helado (no sé con qué harán esa crema blanquecina que no sabe a nada en particular pero que está riquísima), surtidor de lacasitos e hilos de chocolate, botes de caramelo, fresa y chocolate para añadir al helado, patatas con ketchup, palitos de todas clases (mozarella, pollo....), etc. Los menús infantiles son engañosos porque parece que te ahorras dinero, pero las cantidades son más pequeñas. Y todo envuelto en cajitas de todas las formas y tamaños, vasos de cartón, bolsas de papel o de plástico, cucharitas, pajas, servilletas, mantelitos para las bandejas, muñecos de regalo para los niños .... Es una estética de lo desechable, tanto como la comida que sirven.
Y no te quiero contar cuando se está celebrando una fiesta de cumpleaños para los más peques, todos con su corona dorada en la cabeza, dando gritos como descosidos y correteando por todas partes sin control. La tarta se la comen al final sólo dos ó tres, los que sean más golosos.
A mí me hace gracia ver a mi hijo disfrutando como un enano de una hamburguesa, cuanto más grande mejor, rara vez le veo comer con tanto gusto. Y mientras, su hermana y yo le miramos siempre atónitas, pensando en cómo le puede gustar eso, y si somos nosotras las que tenemos un paladar diferente al de la mayoría de la gente.
En las pizzerías por lo menos puedes contemplar cómo le dan vueltas a la masa con un dedo cuando la están haciendo, y hasta cómo la lanzan a lo alto, no sé si por alarde o porque tiene que ser así. Hace años ví una enorme colgada de un ventilador de techo, quizá el cocinero se había excedido en el cumplimiento de su labor. Me recordó los relojes blandos de Dalí.
Últimamente el único sitio de esta clase que no me importa frecuentar son los Pans and Company, porque los bocadillos me parece que están ricos, y además tienen café, cosa que en la mayoría de los otros sitios no. En cambio los Kentucky me dan grima, con esos trozos de pollo reseco metidos en vasos de cartón gigantes. Si no tienes algo para beber a mano es seguro que mueres, porque eso no hay quien lo haga pasar por la garganta, hay que tragarlo como los avestruces.
Cuando mis hijos eran pequeños los llevaba al McDonald o al Burger por las zonas recreativas que tienen para los niños, en las que parece que se lo pasaban bien. A veces me daban ganas de meterme yo también en los tubos y laberintos, y nadar en las bolas de gomaespuma de colores, pero el sentido del ridículo en los adultos es lo que tiene, que no te deja hacer todo lo que quisieras porque parece que ya no te pega.
Hay gente que come y cena en estos sitios, como si su gusto ya no encontrara placer más que con estos sabores. Tiene que causar auténticos estragos en el organismo abusar de estas comidas.
Lo que sí recuerdo es el gusto que me daba ir cuando tenía 13 años con una amiga que tenía por entonces a uno de los primeros Burger que ya por entonces se empezaban a montar en España. Cogíamos el autobús para ir al centro (incipiente libertad), y nos pedíamos una hamburguesa con mucho tomate y lechuga. El pepinillo se lo pasaba a ella. El caso es que nunca le encontré mucho gusto a comer aquello, lo hacía por la novedad, no así mi amiga, que parecía encantarle. Desde entonces no he vuelto a probar ninguna.
Los restaurantes de fast food no han hecho más que proliferar, y han surgido además otros con otro tipo de comidas pero que básicamente funcionan igual. Y en la mayoría de los restaurantes, aunque no pertenezcan a ninguna de estas cadenas, también sirven menús que dejan mucho que desear. Parece que el cuidado y la calidad con el que se cocinaba antes ha desaparecido.
Pues eso, que quiero una doble Whooper con extra de queso y mucho ketchup, por favor. Que sarna con gusto no pica.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Maniática de la última palabra (VI)

- Es muy sorprendente ver a dos personas haciendo “rap”. Es una especie de careo en el que improvisan insultándose y soltando toda clase de obscenidades y palabrotas. En una película de Eminen que vi, como eran gente del mismo barrio y se conocían, se dedicaban a sacar a relucir sus trapos sucios y a burlarse unos de otros. Podría ser la discusión de dos verduleras pero al ritmo de una música machacona e hipnotizante. Cuentan, al fin y al cabo, trozos de sus propias vidas de una forma aparentemente anárquica, cosas muy duras a veces. Se trata de un duelo verbal salpicado de exabruptos en el que gana el que improvise la barbaridad más gorda dicha de la forma más alambicada y original posible, de la manera que llegue a lo más hondo de los que escuchan por lo sorprendente e inesperado. Cada moda tiene su propio lenguaje, su propio código de conducta y su estética, y elegimos la que más nos cuadre, hay para todos los gustos.

- Me gustó el monólogo de una mujer que oí hace poco en una curiosa película que contaba muchas historias, y con el que daba su opinión sobre el suicidio reciente de otra mujer: “Estaría harta de callejones sin salida, de hacer llamadas que nunca tenían respuesta, de promesas incumplidas, de tropezar siempre con la misma piedra”. Es una forma muy concisa y significativa de ver el proceso vital y mental que debió seguir esa persona hasta llegar a ese final.

- Los compañeros del trabajo han dicho en alguna ocasión que soy escritora. Éste es para mí un calificativo que me parece gigantesco, es demasiado grande para atribuírmelo a mí. Es un honor inmerecido. Escribir es crear algo vivo, y crear produce a su vez una satisfacción inmensa.

- Viendo actuar a Barbra Streisand me doy cuenta de que, siendo una mujer más bien fea, resulta en su conjunto muy atractiva. Su belleza reside, más que en la perfección del cuerpo o los rasgos de la cara, en la fuerza que transmite. Como actriz no tiene cualidades fuera de lo común, aunque sus interpretaciones están llenas de matices y de sensibilidad. Con los años se ha vuelto más frágil y femenina. Y en sus conciertos es un privilegio escuchar su voz, y ver lo exquisita que es en el escenario. Su garganta sin duda está tocada por la mano de Dios.

martes, 11 de marzo de 2008

ETA: la violencia que no tiene fin

Parece que la violencia en nuestro país tiene fechas señaladas, como sucede con el terrorismo integrista. También ETA se ha dejado envolver por este fetichismo, y ahora le da por planificar sus atentados en días y horas fijos.
Se acercaba el terrible aniversario del 11-M, que también por entonces fue periodo electoral, y algo tenía que pasar. No podían dejar transcurrir esta fecha en paz, sólo con el inevitable dolor que produce el recuerdo de lo que aconteció en Atocha. Es como si los etarras hubieran establecido un pique con el terrorismo islamista de a ver quién hace más daño, a ver quién puede más. A lo mejor les tocaba a ellos dar la campanada siniestra, o quizá se reparten el trabajo para que no les coincidan las fechas. El caso es no dejar vivir.
En esta ocasión a quien no le han dejado vivir es a un ex concejal socialista. Cinco tiros a bocajarro cuando se acababa de meter en su coche. Como siempre, se trataba de un hombre desarmado, desprotegido. Le habían amenazado de muerte en varias ocasiones, osea que no se llamara a andanas que ya estaba avisado. Peor para él por no haber salido corriendo. Cómo debe ser el calvario de una persona que sabe que tiene los días contados, como una espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza, sabiendo que los sicarios que van a acabar con él andan por ahí acechándole. Manada de lobos.
Así se puede explicar la reacción de la hija mayor del asesinado, contestataria, desafiante, casi eufórica. La tristeza deja paso a la rabia, no quiere dar el gusto a los matarifes de verla derramar una sola lágrima. Antes al contrario, exhibe una sonrisa, casi siniestra diría yo, mientras dedica insultos de todo tipo a los culpables cada vez que se le acercan los periodistas con sus cámaras y micrófonos: “Sois unos cobardes, unos hijos de puta”. No tiene pelos en la lengua, no tiene miedo.
ETA atenta indiscriminadamente contra todo tipo de personas, da igual a qué clase social pertenezcan, ni cuál sea su ideología, su edad o su sexo. Todo el que no esté metido en su mundo, ese extraño y macabro mundo de ciencia-ficción terrorífica, merece el secuestro, la tortura y la muerte.
Y para llevar a cabo tan tortuosos designios, valen todos los medios que tengan a su alcance: bombas, ametrallamientos, tiros por la espalda, en la nuca o de frente y a bocajarro, como ahora ha sucedido. Sólo falta que usen catanas, y así se pondrían en sintonía con el mundo oriental y las artes marciales que están tan de moda ahora. O que la emprendan a cañonazos. Desde luego están lejos de la sofisticación y el poder apocalíptico y destructor de Al-Qaeda, con sus mochilitas y sus potentísimas bombas accionadas a distancia.
¿Y por qué no se inmolan como hacen ellos?. Queda muy espectacular esta moda extendida por los países árabes, tendrían el éxito mediático asegurado, vendrían las cámaras de televisión para filmar en vivo y en directo sus atentados, sería como un concurso de esos que proliferan en EEUU donde el impacto de las imágenes y la descarga de adrenalina estarían aseguradas.
Pero para llegar a eso hay que estar muy loco, o con un nivel de fanatismo al que los etarras aún no han llegado a pesar de todo, o dejar de ser unos cobardes y atreverse a lo que haga falta por salvaje y demencial que sea.
Y mientras sentiremos vergüenza de tener una lacra como ésta en nuestra sociedad. ¿Cómo se puede tener un cáncer como éste en un país que se considere avanzado?.
Una panda de matones y alimañas, que eliminan incluso a miembros de su propia organización cuando han tenido el atrevimiento de salirse de sus filas, como le pasó a Yoyes, que fue asesinada delante de su hijo. El mundo de los terroristas es un mundo deshumanizado, implacable, hermético, donde sólo ellos tienen derecho a la vida, donde sólo sus familias y su entorno importan.
Ciertamente, los epítetos que les ha dedicado la hija del último asesinado son certeros, pero aún así se quedan cortos. Cobardes, cabrones, hijos de puta.
Violencia verbal contra su violencia total. Hoy, que es el 4º aniversario de los atentados de Atocha, una vez más hablamos de violencia, una vez más nos tenemos que lamentar de lo mismo. Nada ha cambiado, seguimos estancados en el lugar que estábamos entonces. Y parece no tener fin.....

viernes, 7 de marzo de 2008

Omayra: ese ángel del cielo

Cuántas veces Omayra ha aparecido ante mis ojos al hojear una revista o navegando en Internet. La última vez hace poco, mientras buscaba otra cosa. Me sorprendió la cantidad de años que hace que se fue, en noviembre hará 23, porque al haberla reencontrado tanto y al causarme tan honda impresión su tragedia cuando tuvo lugar, parece que nunca se hubiera ido del todo, que siempre ha estado ahí.
Omayra tenía 13 años cuando allá en Colombia el volcán Nevado del Ruiz entró en erupción, borrando casi por completo del mapa el pueblo en el que ella vivía.
Ni qué decir tiene de la facilidad con que cualquier desastre natural acaba con los bienes y la vida de las personas en ciertos lugares del mundo.
Omayra vivía modestamente, pero esta precariedad no le alcanzaba al alma.
El por qué ella y no otra persona acaparó los medios de comunicación durante aquel suceso, no se sabrá nunca, porque dramas no debieron faltar, pero el azar se ocupa de los hechos y las personas a capricho, y es por ésto que Omayra se convirtió de la noche a la mañana en noticia.
Atrapada durante tres días en el fango, con los restos de su casa bajo ella atenazándole las piernas, y sus familiares sepultados allí también. Pronto se vió que nada se podía hacer para salvar su vida: si se le amputaban las extremidades moriría desangrada y con infecciones por la falta de asepsia. Si se intentaba traer una moto-bomba para succionar el agua y el barro, que cada vez subían más de nivel, se tardaría muchísimo tiempo porque la máquina más cercana estaba a cientos de kilómetros.
Mientras una nube de rescatadores impotentes y de periodistas eran testigos de su desgracia, ella cantaba canciones populares y contaba chistes para forzar unas risas que ahuyentaran su miedo y el miedo que seguramente vió en los ojos de los que la observaban. Dijo muchas veces que tenía que salir de allí porque no quería perder sus clases, que aún había muchos examenes pendientes por hacer en el colegio.
Omayra no sabía o no quería saber que no tenía salvación, pero la foto que nos ha llegado de ella, y que dio la vuelta al mundo, nos muestra un ser pequeño y maravilloso, lleno de entereza y resignación, unos ojos enormes abiertos a una realidad devastadora, a la locura, al sin sentido.
Omayra niña, Omayra hija, Omayra hermana. Todos querríamos que alguien así formara parte de nuestras vidas, que fuera alguna de esas cosas para nosotros. Esa entereza, esa aceptación final y demoledora del destino tortuoso y oscuro, es un atributo del alma que pertenece sólo al ámbito de los adultos, y muchas veces ni siquiera eso. Omayra mujer.
Ya cuando el blanco de sus ojos se volvió marrón, cuando se empezó a hinchar su cara, cuando le pudo la gangrena y cayó en las tinieblas del delirio y la agonía, por qué no hubo una inyección que paliara su sufrimiento, mientras era el espectáculo involuntario de lo que es una muerte en directo, servida en primer plano por el cámara de turno para los telediarios a la hora de comer. Cómo se puede tomar esa imagen, cómo se puede hacer una foto así y seguir viviendo como si nada. Para lo que sí sirvió fue para denunciar al gobierno de aquel país por la desatención que tiene con las víctimas de las catástrofes naturales que allí suceden con relativa frecuencia.
El pueblo fue reconstruido tiempo después, y en el lugar donde ella estuvo se alzó una valla que cuenta su historia, porque aunque tuvieron lugar muchas desgracias aquellos días, le tocó a ella ser el símbolo de la abnegación, la humildad y el valor que todos deberíamos tener y muy pocos seríamos capaces si nos viéramos inmersos en una tragedia semejante.
Nunca se vió a una persona con tanta gente alrededor y al mismo tiempo tan sola. Siento rabia por la impotencia que supuso aquello para todos, el no poder hacer nada para remediarlo, parecía que era tan fácil liberarla de su prisión, sólo con alargar los manos hacia ella. Yo a veces he imaginado que la cojo en mis brazos y la consuelo, que aparto todos sus miedos y ahuyento todos los peligros que la pudieran acechar. Posiblemente como era así, sería ella la que me consolaría a mí. Su recuerdo permanece tan imborrable en la memoria de todos que parece que nunca se hubiera ido en realidad.
Se preguntaban en la prensa del momento que quién era aquel ángel que estaba metido en el fango. De qué cielo se había caído, me pregunto yo, y por qué ese infierno al que se tuvo que someter.
Ella representa el dolor, el sufrimiento de todos los niños que en el mundo han sido y serán, esa injusticia tan grande que es la enfermedad y la muerte en la infancia.
Omayra es la madurez temprana, tan propia de los pequeños que viven precariamente y se tienen que acostumbrar pronto a cosas por las que nuestra acomodada infancia nunca tendrá que pasar.
Omayra está con nosotros aún.
 
MusicaServicios LocalesContadorsAnuncios ClasificadosViajes