viernes, 12 de abril de 2013

Lo que le sale del bolo a Mercedes Milá


Estuve viendo recientemente a Mercedes Milá en el infame programa de Sálvame de Luxe, donde estuvo para presentar su libro, Lo que me sale del bolo. Lo cogí cuando ya estaba acabando, y si lo dejé es porque salía ella.

Siempre es un placer oírla hablar, e impactante verla en acción. Inteligente, divertida, con mucho carácter y personalidad, y un cáustico sentido del humor. Pocas veces he visto a una periodista tan cómoda, tan segura y tan a gusto frente a una cámara. Estaba a punto de concluir la entrevista, lidiando con aquella gente con mucho arte (desde que presenta Gran Hermano se ve que está acostumbrada a tratar con toda clase de personas), y de repente le afeó la conducta a María, una de las lamentables colaboradoras del programa, por algo que había hecho y por lo que suele hacer en general. La aludida se defendió como pudo, pero no estuvo a la altura. Mercedes Milá era demasiado para ella y para todos los que estaban allí.

Dijo las cosas tal cual son, como es su costumbre, con una claridad y un acierto meridiano, no se podía haber dicho mejor. Ni siquiera entró en el juego habitual en ese programa del grito y la interrupción constante de los turnos de palabra, auténtico patio de verduleras, ella habló lo que creyó que debía hablar y se mantuvo a un nivel que está muy por encima de los que la rodeaban. Su voz es la voz justiciera que se deja invadir por la ira sólo lo preciso, sin perder los papeles, con un control absoluto de la situación, indignada por las prácticas que la telebasura ha propagado por la programación televisiva como una peste.

Me compré su libro. El título es bastante chocante, o chusco, según se mire. Está hecho con una selección de los posts que aparecen en su blog, que tiene el mismo nombre que el libro, y que lleva escribiendo desde hace 5 años. En él trata de todo lo que solemos tratar los que escribimos un blog, de cosas personales, de temas de actualidad, etc. He descubierto la sensibilidad extrema que tiene esta mujer hacia los niños, aún no habiendo tenido hijos, y hacia las personas mayores.

Pone muchas fotos suyas, aunque la edición no es muy buena, pues el papel es amarillento y las imágenes aparecen en blanco y negro y con poca resolución. Me gustó especialmente una que le hizo a las manos de sus padres durante un viaje en coche. Se las veía muy arrugadas, porque tienen ya una edad, pero tiernamente entrelazadas, después de tantos años de casados. Dice envidiarles las profundas raíces de su amor, su complicidad, incluso sus enfados.

Me parece curiosa la imagen que sale de ella en la cabecera del blog, con una bolsa plastificada al hombro en la que aparece una foto suya de niña junto a su abuelo. Estuvo muy de moda hace un tiempo adornar los bolsos con imágenes personales.

Diserta sobre los dos programas que presenta, y utiliza el mismo tono combativo y de denuncia que emplea cuando sale en televisión. Escribe como habla, de forma directa, clara, sin muchos adornos. Tan sólo se permite alguna imagen poética si el tema la inspira, y puede ser muy sentimental y metafórica. Me admira el lenguaje tan cercano que usa, es igual que el empleado cuando trabaja. Se dirige de tú a tú a sus lectores, y los conmina a hacer cosas, a reflexionar, a tomar posturas. Es una gran comunicadora, conecta con todo el mundo de una forma extraordinaria, y lo consigue con una aparente gran facilidad.

A pesar de las polémicas que levanta, algo que en realidad le encanta, y de las críticas que recibe, ella continúa fiel a sí misma con su forma de hacer las cosas y de ver la vida. Admiro esa capacidad para hablarle a todos, telespectadores y lectores, con esa calidez, esa fuerza, con esa desfachatez suya. Yo no puedo hacer eso, el tono de mi escritura es más distante, no soy capaz de escribir en 2ª persona ni dar esa confianza. Muchas veces he pensado en cómo hacerlo, pero no me siento a gusto así.

Me encantan su fuerza, su valor, su apabullante humanidad, su clarividencia. A muchos no les gusta porque no tiene pelos en la lengua y dice siempre lo que piensa, sin importarle la opinión ajena. Sin embargo creo que su extrema franqueza es un valor en sí mismo, algo poco corriente. Podremos estar más o menos de acuerdo con ella, pero nunca nos dejará indiferentes.

Si trabajara en EE.UU. hace mucho que tendría un programa de repercusión internacional a lo Oprah Winfrey, habría arrasado. Como le han dicho más de una vez, es una creadora de opinión, y aunque se la ridiculiza por el excesivo celo que emplea en sus intervenciones, como si fuera demasiado lejos o estuviera fuera de lugar, en realidad está haciendo un periodismo auténtico, real, como debiera ser siempre.

Su labor en Gran Hermano es lo único interesante del programa, en el que lleva demasiados años y que no ha hecho más que degenerar. Como es sumamente idealista (cómo me identifico con ella en ese sentido), lo quiere ver como lo que se decía al principio de él cuando empezó a emitirse, un experimento sociológico, un estudio del comportamiento humano a pequeña escala. No se da cuenta o no quiere reconocer que la representación social es limitada, pues en el casting se selecciona siempre al mismo tipo de gente, macarras y chonis.

Lo que más molesta de ella quizá sea esa forma de decir las cosas como si su palabra fuera la única verdad. Pero también tiene el polo opuesto, el de la humildad, pues cuando cree haberse equivocado pide perdón, algo que tampoco suele hacer casi nadie. Su blog es una mezcla de todas esas peculiaridades, ternura, idealismo, indignación, justicia, amistad, familia.

Su libro, Lo que me sale del bolo, deja una impresión distinta en el alma a cualquier otra conocida. El título, que nos hace pensar en alguna grosería, aunque no sé si con razón porque bolo tiene muchas acepciones pero no la que nos viene a la mente, es en realidad muy representativo de lo que es ella, alguien independiente, que hace lo que cree más conveniente sin importarle las convenciones. Una libertad que ella siempre ha tenido, y a la que pocos consiguen llegar a pesar de los años, atrapados como estamos por las exigencias ajenas y las situaciones preestablecidas.

Recomiendo su lectura, interesante, fácil, apabullante. 


jueves, 11 de abril de 2013

En el campo


Hacía mucho tiempo que tenía ganas de ir al Escorial. No había vuelto allí desde hacía 4 ó 5 años, ocasión en que me acompañaron mis hijos, aún niños.

Es siempre grato retornar a los lugares donde un día fuimos felices. En realidad nunca me he movido de allí, está en mi pensamiento y en mi corazón en todo momento, y lo revisito con frecuencia a través de mis recuerdos.

Aunque muchas cosas han cambiado. La estación de Villalba, donde hago el transbordo que me llevará a mi destino, ya no es la que era. En el lugar donde antes había casas de planta baja y las oficinas del jefe de estación, hay ahora un edificio con una extraña forma circular, muy moderno, desde el que sale un paso elevado que conecta unos andenes con otros.

Mucho tuve que esperar allí, y el tiempo no acompañaba mucho. Esta Semana Santa ha tenido, como siempre, cielos despejados y lluvia alternados locamente, como suele pasar en primavera. Sentada en uno de los bancos de la estación, el sol me daba en las piernas y notaba un alivio placentero en mis rodillas, castigadas por la artrosis y mi sobrepeso. Me di cuenta de lo poco que estamos en contacto con la Naturaleza y al aire libre los que vivimos en la ciudad.

La estación del Escorial también ha sufrido muchos cambios, aunque ya los conocía de mi visita anterior. Junto a las oficinas del jefe de estación y la consabida sala de espera, ahora clausuradas, han puesto un restaurante con pinta de ser caro, y bajo el paso subterráneo han abierto otro, decorado con mucho gusto, en el que me compré un bocadillo que no era normal. Sólo ver esa barra de pan entera rellena de tortilla de patata me pareció una aberración. Además la tortilla estaba insípida. Si lo sé pido otra cosa.

Ya no hay autobuses que suben de la estación al pueblo, como siempre había habido. En su lugar han puesto una línea de autocares verdes, de los que van a los pueblos de Madrid. Como no vi ninguno cogí uno de los pocos taxis que esperaban. Algunos ni siquiera son del gremio, usan su coche particular y te cobran un precio fijo estipulado de antemano para ganarse un dinerito. El que cogí sí era taxista, y la tarifa de estación que te clavan hizo duplicar los poco más de 3 € que habría tenido que pagar.

Los autocares que llevan al pueblo ya no paran en los soportales que hay junto a la plaza del Ayuntamiento. Ahora han hecho una pequeña estación pasado un poco el hotel Victoria. La zona de los soportales y alrededores es ahora peatonal, y los bares y restaurantes la han inundado con sus terrazas, donde a las horas que pasé la gente daba cuenta de suculentas raciones. El sol lucía en todo su esplendor y corría un viento que hacía que no se pasara calor.

La panadería donde solía comprar mi familia el pan y las diminutas y deliciosas magdalenas estaba cerrada porque era tarde. Me habría gustado volver a saborear aquellos placeres de infancia.

Es una gozada pasar junto al monasterio, imponente. La fachada de piedra devolvía la luminosidad del día. El estanque que hay a continuacuón no tenía patos ni cisnes, como otras veces, pero sí unos peces grandes como un brazo y rollizos. Uno de ellos lo cruzó mientras lo contemplaba, dejando una estela parecida a la que dejan los tiburones. El agua nunca había estado tan limpia, daba gusto.

Me trajo mucha nostalgia pasar junto a la casa del guardabosques, a la entrada de la Herrería, que veo siempre cerrada últimamente. En verano las zarzas de los lados del camino se llenan de moras rojas y negras, dulces y reventonas, que en mi niñez solía disfrutar con delectación.

El árbol bajo el que me ponía con mi familia hace tiempo que se secó y ya da poco cobijo bajo sus ramas. La casa abandonada que había allí cerca, a la que todo el mundo iba a hacer sus necesidades, fue derruída hace mucho, y en su lugar han puesto un banco con asientos, justo al borde de una pendiente, una zona alta desde la que se denomina buena parte de la Herrería. Las vistas desde ese lugar son incomparables.

Fui a la zona del merendero, donde más bancos con asientos pueblan el campo junto a los árboles. Éstos no tenían hojas aún, y apenas había flores. La hierba rabiosamente verde había crecido lo justo para notarse mullida bajo el cuerpo, pero sin atosigar. Echarse sobre esa hierba es el principal motivo de mi visita. Hacía mucho que no me tumbaba así a contemplar el paso de las nubes, con sus formas extrañas. Hay costumbres que no deberían perderse nunca.

Apenas vi animalitos, a excepción de unos pájaros negros y blancos de cola larga, urracas supongo que serían, que también se ven mucho por Madrid. Hasta que no llegue mayo no se dejarán ver las mariposas, que tanto me asustaban cuando era pequeña, ni las hormigas, ni las mariquitas, ni las lombrices. Hundí mis manos en la hierba fresca y las cerré, en un intento de atrapar mis recuerdos y aprisionar el tiempo que pasa inexorable, escurriéndoseme de entre los dedos.

El viento no dejaba de soplar, y aunque era fresco yo iba bien abrigada con el mismo plumas largo que me pongo a diario. Escasos paseantes, con niños o con perros, se dejaban caer por allí. Escuchaba el silencio, algo tan difícil en la gran ciudad, tan sólo interrumpido por las rachas de aire que soplaban y agitaban las copas de los árboles con un rumor de mar estremecido.

Inevitablemente vinieron las imágenes de mis padres, mi hermana, mi abuela y mi tía, hace más de 35 años. Lo pasábamos muy bien, íbamos en cualquier época del año, daba igual que hiciera frío o calor, tengo muy buenos recuerdos de entonces.

Luego fui con mis hijos cuando eran pequeños. A Miguel Ángel le pregunté hace poco qué era lo que más recordaba de sus visitas al campo, y me dijo que el color y el olor de la hierba, sobre todo el olor. Nos llama la atención todo aquello de lo que normalmente no disfrutamos.

Fuente del Seminario

La nostalgia es realmente una enfermedad. Precisamente el libro que me había llevado para leer, Cada palabra es una semilla, de Susanna Tamaro, hablaba sobre ella justo mientras la estaba experimentando: viva añoranza y exaltación de personas y lugares del pasado que se querría recuperar.

Sin embargo me quedo con lo que decía el director de Howards End a Harry Potter cuando se empeñaba en ver en un espejo mágico a sus padres fallecidos. En el espejo podías contemplar aquello que más desearas que se hiciese realidad, por imposible que pudiera parecer. El director le aconsejó que no se aferrase al pasado, pues eso le impediría vivir el presente y ser feliz.

He puesto una foto de la fuente a la que iba con mi familia a beber, agua fresca que venía de la montaña. Estaba al lado del quiosco de cafés, refrescos y helados que hace muchos años está cerrado.

Al regresar ya no se puede volver a la estación siguiendo las vías del tren, hace tiempo que toda esa zona está vallada, para evitar accidentes. En su lugar volví por una de las salidas que está detrás del monasterio. El ocaso trajo enormes nubes violáceas y blancas que medio cubrían el sol, y la luz vespertina se derramaba en suaves rayos sobre una bruma que cubría el campo. Era como un vapor que se recortaba contra las montañas. Una imagen sumamente bucólica y relajante para dejar en mi retina, a modo de despedida hasta mi próxima visita, cuando la primavera se haya instalado en todo su esplendor.

El atajo que usábamos antaño para llegar antes a la estación, tan solitario normalmente, estaba concurridísimo. Dos canalones de hierro oxidado a ambos lados del camino de tierra eran la novedad, además del montón de chalets nuevos que han edificiado de la mitad hacia abajo, todos preciosos. La casa abandonada a la que mi padre solía tirar piedras para romper los cristales de las ventanas es ahora un solar cubierto de hierba. Produce cierto placer oir chascar el vidrio cuando se rompe, no sé por qué. Me pasa cuando voy a deshacerme de los envases de cristal en los contenedores de mi barrio. Campanillas blancas crecían preciosas sobre el musgo que trepaba por el muro del lado derecho del camino.

Los trenes tampoco son lo que eran, pero es que han cambiado varias veces a lo largo de los años. Primero fueron como los que llevaban a Harry Potter a Howards, compartimentos con asientos corridos a ambos lados y cerrados con puertas correderas. Luego fueron vagones diáfanos con asientos de skay granate y pequeñas mesas abatibles bajo las ventanas. Recuerdo el calor que se pasaba en invierno cuando ponían la calefacción a tope y los vagones se llenaban de gente y olía a humanidad. El servicio tampoco olía mejor, el aroma era inconfundible, se me ha quedado grabado en la memoria para los restos.

Ahora se llevan vagones corridos, sin sucesión de continuidad, donde la vista se pierde hasta el infinito, y el aseo es una cabina en mitad del paso de pasajeros que se abre y se cierra como las de teletransportación que aparecen en las películas. Asientos duros con reposacabezas.

A veces me asaltan los deseos de comprarme una casa allí e hipotecarme de por vida, algo que he conseguido evitar hasta ahora. Estaría bien en el centro del pueblo, o cerca de la Herrería. Pienso que el lugar ideal para mí para vivir sería aquel en el que hubiera campo y el mar. Un sitio como Maine, o las costas de Irlanda. Baltimore tampoco estaría mal. Respiraría otro aire, sería otro el clima, mucho más sano. La gente que vive en la costa tiene otro temperamento, otra forma de mirar, como si su vista estuviera acostumbrada a abarcar el infinito azul del mar, el verde infinito del campo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Ninguna piedad


Albert Casals es una fuente constante de admiración y de inspiración, para mí y creo que para todos. Hace tiempo que lo conocí cuando lo entrevistaban en televisión, siendo aún un adolescente, y me impresionó profundamente. Ahora, con unos añitos más, continúa su recorrido por el mundo entero, ya hecho un hombre, en su silla de ruedas, con un look nuevo, el pelo teñido de azul, y su simpatía de siempre.

Casi todos, cuando viajamos, hacemos miles de planes, los lugares en los que nos alojaremos, los transportes que tomaremos, las rutas que queremos seguir, el dinero de que disponemos, el equipaje... Pero Albert es tan libre que no necesita nada de eso, pese a que su invalidez pudiera hacer pensar que incluso necesita más cosas que la mayoría de la gente. Duerme a la intemperie, apenas lleva dinero encima, y por equipaje usa tan solo una bolsa con algo de ropa y unas herramientas para el mantenimiento de su silla.

Ha escrito un libro para contarnos sus experiencias. Seguro que terminaré comprándomelo, porque me pica la curiosidad por saber cómo conseguía subsistir con 20 € en el bolsillo y un montón de kilómetros por delante. Dice que ha hecho muchos amigos, que la gente es más solidaria de lo que se pueda pensar dados los tiempos que corren. Ha tenido ayuda casi siempre que la ha necesitado, y muchas veces sin apenas pedirla.

Y no es porque despierte piedad en los demás. Si hay algo que Albert no nos inspira precisamente es lástima. Antes al contrario, en una persona que no conoce fronteras, al que nada se le pone por delante, un espíritu libre, la prueba viviente de que los obstáculos que creemos encontrar en la vida están sólo en nuestra cabeza.

Pienso en que si yo fuera la madre de Albert me hubiera resultado casi imposible permitir que con 15 años saliera a recorrer el mundo, no sólo por su minusvalía física, sino por su edad. Aunque hubiera sido un chico sano, me parecería que es demasiado joven y estaría expuesto a muchos peligros. Y no me considero una madre sobreprotectora en realidad.

Sólo sus padres sabrán lo que les pasó por la mente cuando su hijo les propuso esa escapada en solitario, ellos son los que mejor le conocen y saben de lo que es capaz, lo que necesita y hasta dónde puede llegar. En este sentido, Albert es un joven muy afortunado, porque tuvo quien confiara en él plenamente, quien le respaldara, quien pusiera la mano en el fuego por él, amor incondicional. Se tragaron su preocupación y sus miedos y le dieron alas para que, como deberían hacer todos los progenitores, puediera llevar una vida plena a pesar de que su invalidez hacía presagiar lo contrario.

Parece que actualmente tiene novia. Por qué no, es una persona encantadora, su manera de ser ha sido fundamental para poder superarse a sí mismo. Se ha enfrentado a los clichés, a los prejuicios de los demás, que presuponen, al ver una silla de ruedas, que detrás hay alguien que no se puede valer y que es una carga para los que le rodean. Cuán equivocados están los que así piensan.

Su caso me trae a la memoria el de una chica que pasaba el verano en la playa en los mismos apartamentos en los que yo veraneaba hace muchos años. Ella estaba acompañada por sus padres y un hermano menor. Debía tener por entonces unos 13 ó 14 años. Eran franceses. La muchacha tenía un problema locomotor que hacía que caminara a trompicones con las piernas torcidas hacia adentro. Apenas tenía fuerza para sostenerse, y tanto cuando llegaba a la playa como cuando se marchaba, se sentaba en el bordillo del paseo marítimo, con mucha lentitud, y poco a poco, apoyándose como podía en sus débiles manos y brazos, se iba irguiendo hasta ponerse de pie o se agachaba despacio hasta sentarse, según lo que necesitara hacer. Su padre siempre estaba cerca de ella, por si tenía que ayudarla. Pero nunca lo hizo, se limitaba a observarla con un gesto muy serio, y algunas veces incluso la regañaba si tardaba demasiado o no lo hacía bien.

Me parecía muy cruel la actitud de ese hombre, aunque imaginaba que no quería facilitarle las cosas para que no se relajara demasiado y fuera perdiendo movilidad. La tendencia natural que todos tenemos es tomar el camino más fácil, hacer la menor cantidad de esfuerzos posible, y la mayoría de las veces, ante situaciones personales duras, a dejarnos llevar por el victimismo. No hay nada peor.

Yo nunca sería capaz de un comportamiento como el del padre de esta chica, aunque lo hiciera por su bien. Ninguna piedad. No sé hasta qué punto tanta dureza sería buena para ella, si no se endurecería ella también. Para quién puede ser bueno eso. Además de disciplina también hace falta un abrazo, unas palabras de aliento, amor.

Y así, me viene también a la memoria una película (cómo no), Intocable, en la que un hombre paralítico contrata los servicios de un inmigrante negro para que le cuide. Cuando alguno de sus allegados le pone al corriente de los antecedentes penales del cuidador y del ambiente tan difícil en el que se ha criado, contesta que es precisamente eso lo que necesita, pues no muestra compasión hacia su problema y le trata como trataría a alguien que no estuviera en una silla de ruedas. Ninguna piedad de nuevo.

Nos preguntamos dónde tenemos realmente las minusvalías las personas, si en el cuerpo o en la mente. En ésta última sin lugar a dudas.


martes, 9 de abril de 2013

Astronomía (VI): los objetos Herbig-Haro


Los objetos Herbig-Haro (denominados comúnmente objetos HH) son nebulosas asociadas con estrellas recién formadas. Estas nebulosas son de muy corta vida. Se forman por la interacción entre el gas expulsado por la estrella central, y nubes de material gaseoso y polvo interestelar, colisionando a velocidades de varios kilómetros por segundo, ionizando el gas. Los objetos HH son fenómenos altamente variables en el tiempo y pueden evolucionar de manera perceptible en escalas de unos pocos años, tal y como ha sido revelado por las observaciones del Telescopio Espacial Hubble.

Estos objetos fueron observados por primera vez a finales del siglo XIX por Sherburne Wesley Burnham, pero no se reconocieron sus peculiaridades entre las nebulosas de emisión hasta la década de 1940. Los primeros astrónomos que los estudiaron en detalle fueron Guillermo Haro y George Herbig. Haro y Herbig trabajaban independientemente en investigaciones sobre formación estelar y fueron los primeros en identificarlos.

lunes, 8 de abril de 2013

Kung Fu. Las enseñanzas del Maestro (IV): dónde está el mal


Está Wuai Chang con el Maestro ciego. Ha visto cómo una rata se comía el grano de la despensa y cómo luego un gato le ha dado caza. Entonces han surgido dudas en su cabeza y le pregunta al Maestro sobre el origen del mal. Éste le responde:

"¿Dónde está el mal, en la rata cuya naturaleza es robar el grano, o en el gato, cuya naturaleza es matar la rata?"

"La rata roba, pero para ella el gato es el maligno", dice Wuai Chang.

"Igual que la rata para el gato", le contesta el Maestro.

"Pero uno de los dos debe ser el maligno", dice el discípulo.

"La rata no roba y el gato no asesina. La lluvia cae, el río fluye, la montaña permanece. Cada uno actúa según su naturaleza", afirma el Maestro.

"Entonces ¿no hay maldad en el hombre? Cada hombre dice que lo que hace es bueno, al menos para él mismo", colige Wuai Chang.

"Pequeño saltamontes, un hombre puede decir muchas cosas, pero está su universo compuesto sólo por él mismo".

"Si un hombre me hace daño y yo le castigo, tal vez no vuelva a hacer daño", responde el niño.

"¿Y si no haces nada?", dice
el maestro.

"Pensará que puede hacer lo que quiera", contesta Wuai Chang.

"Tal vez, o tal vez aprenda que algunos hombres reciben heridas pero devuelven bondad".

viernes, 5 de abril de 2013

Un poco de todo (XV)


- Me hicieron mucha gracia las tomas falsas del programa de José Mota en el que estuvo haciendo un sketch el Cigala. Me gusta mucho cómo canta este hombre, es un gitano de raza, pero muy honesto, muy comunicativo y cariñoso, y sobre todo muy risueño. Siempre que aparece en televisión se pasa casi todo el tiempo riendo sin parar, con esa gran boca dentona que tiene, sin poderlo remediar. Y si está en algo de humor con más motivo, su risa es aún más incontrolable. Mientras daba la réplica a Mota, con sólo mirarlo a la cara no podía reprimir la carcajada, y hasta se retiraba de la escena casi avergonzado, para que se le pasara antes.

El Cigala es una delicia allá donde vaya, un hombre que vale mucho. Me encanta.

- Y el programa que también me gustó mucho ver fue el del Hormiguero ayer que invitaron a Luis del Olmo. Es una presencia escénica ese hombre, tiene un saber estar y una clase impresionantes. Le hicieron las preguntas típicas de estos espacios de medio pelo, en los que se suele meter los dedos en las llagas sacando a relucir las miserias ajenas. En esta ocasión no dejaban de preguntarle su opinión sobre la situación de la infanta Cristina, y más sabiendo sus tendencias ideológicas y su conocimiento personal de la Familia Real.

Pero Luis del Olmo está por encima de esas marrullerías. Él no hace juicios personales sobre temas que atañen al buen nombre de otras personas. Traer a un programa de televisión a alguien así para hacerle el mismo tipo de preguntas que suelen hacer siempre me parece muy desafortunado, aunque supo capear el temporal y estuvo comedido y muy acertado, cómo no.

Sabe que impresiona a los que le rodean, por su prestigio profesional labrado a lo largo de tantos años, pero en programas como estos toma una actitud complacida pero un poco distante. Se lo pasó bien, como cabe suponer en un programa de entretenimiento de estas características, e hizo gala de su sentido del humor tan socarrón, de su exquisita educación y de su inteligencia. Dio mucho gusto escucharle hablar, porque su voz profunda, tan cautivadora, y todas las anécdotas que contó, que no tenían desperdicio, interesaban a todos, fue de las pocas veces en que el presentador no intentó chupar cámara, como hace siempre, interrumpiendo al invitado cada dos por tres.

Luis del Olmo tiene un bagaje vital como pocos, una profundidad emocional extraordinaria, y habla muy bien. Todo lo que dice tiene unas resonancias y un significado preciso, no es algo baladí. Contrasta enorme, terriblemente, con lo que los medios de comunicación nos tienen acostumbrados hoy en día, esa vacuidad, esa eterna y tonta palabrería. Ahora no hay más que insustancialidad y grosería, con pocas excepciones.

El periodista dijo que aún tenía actividad profesional para rato, a pesar de sus años. Algo que todos podemos celebrar.

- Increíble las cotas de amarillismo a las que está llegando el 20 minutos. Ayer la portada la acaparaba un titular enorme y horrendo, “Jaque al Rey”, ilustrado por un cómic en el que aparecía un tablero de ajedrez en el que las figuras representaban a algunos de los miembros de la Casa Real: D. Juan Carlos de pie, y frente a él la infanta Cristina en el suelo junto a su marido, y la Reina a un lado de espaldas, como no queriendo mirar.

Si la infanta ha cometido un delito, ya se demostrará y será sancionada por ello, pero el juicio popular (o del populacho) hace que nos remontemos a la época de la guillotina, cuando en Francia se decapitaba a los monarcas y sus parientes a instancias de la plebe. Involucionamos, y más con este tipo de prensa sensacionalista. Como siga así al final va a ser un periódico que valdrá nada más que como papel higiénico.

- El caso de la actriz Mariví Bilbao es un ejemplo de que cuando se llega a mayor la vida no se acaba. A mí no me gustaba en muchas ocasiones sus papeles en las series que la hicieron famosa, en las que le tocó interpretar a mujeres con mucho desparpajo y sarcasmo pero también muy ordinarias hablando. Ella le echó narices al asunto: a una edad en la que casi todo el mundo está retirado ella alcanzó la fama, y nos hizo reir mucho. Por eso, viéndola, nadie podrá decir nunca más que la 3ª edad es el fin de todo. La vida sigue, hasta el último momento. Ahora que ella ya no está, nos damos cuenta de cuánta fue su fuerza. La echaremos de menos.

jueves, 4 de abril de 2013

Fotos de Ana (V)



Aquí está mi hija Ana en la portada de su móvil, muy misteriosa con ese pañuelo.



Collage de fotos sobre la pobreza infantil que formó parte de un trabajo que Ana tuvo que hacer en el instituto. La selección me pareció impresionante.

martes, 2 de abril de 2013

Entrevista a Álvaro Pombo


Pombo es un escritor en estado puro e incorrectamente lúcido. Y es que el exceso acompaña al último Nadal, por El temblor del héroe, allá donde va. Pombo sin miedo a abusar, tanto de la vida como de las palabras.

XLSemanal. A sus 72 años, ¿necesitaba realmente ganar el premio Nadal?

Álvaro Pombo. Bueno, vamos a ver. A los 72 años, uno tiene que continuar la vida. Un escritor nada sospechoso de ser moderno, como era Henry James, daba una gran importancia a vender sus relatos. Y lo pasó bastante mal cuando, en 1906, edita unas obras completas y no vende ninguna. Una cosa es el proceso inventivo, de ocurrencias, y otra muy distinta es cómo demonios coloco mi historia. Y ahí es donde se responde su pregunta.

XL. Se presenta entonces al Nadal para vender su historia.

Á.P. Así es. Exacto. Para vender mi historia.

XL. Ya. Y ahora me dirá que se enteró de que era suyo el mismo día en que se entregó el premio.

Á.P. [Muy serio]. No voy a hacer comentarios sobre eso.

XL. Pero yo sigo haciendo preguntas. ¿Se imagina que, cuando usted empezaba, Ignacio Aldecoa, por poner un ejemplo, se hubiese presentado a todos los premios?

Á.P. Es que eso de presentarme a todos los premios ha ocurrido cuando ya soy un viejecito que no vale para otra cosa [sonríe irónico]. En aquellos tiempos, los escritores consagrados apenas se presentaban a premios.

XL. A eso iba, porque tradicionalmente el Nadal era un premio destinado a descubrir nuevos talentos.

Á.P. Sí, sí. Lo sé. De hecho, yo me presenté en mis años jóvenes. Y también al Alfaguara. Y al Planeta. Me presenté a todos cuando aún estaba en Londres. A primeros de los 70. Estaba convencido de que me los iban a dar. Pero no fue así.

XL. ¿Y qué hay de nuevo talento en Álvaro Pombo?

Á.P. La pregunta es pertinente, porque yo me considero un viejo talento, pero no acabado. No he decidido aún retirarme. Pero es que yo, aparte de esta puñetera cojera y de la artrosis multiarticular que padezco, me encuentro perfectamente (...)Por suerte la artrosis no me impide trabajar. Escribo muchos poemas, que publicaré en breve. Y estoy en un momento en que concentro mi narración. La acción es lo que me interesa.

XL. O sea, que con la edad le han entrado las prisas.

Á.P. [Ríe]. No, tanto como eso, no. ¿O sí? Me gusta esta pregunta, porque me parece que no tengo ninguna prisa ahora mismo. Aunque mi literatura diga lo contrario. No tengo prisa en el amor. Me he hecho, con los años, mucho más paciente de lo que era. La paciencia me ha costado toda una vida de duro trabajo. Y ahora dirás: «¡Claro, como está viejo!». Y lo harás con toda la razón del mundo.

XL. No sea tan duro consigo mismo. Yo no lo veo tan viejo.

Á.P. Vamos a ver. No me veo abusando a estas alturas de las nuevas tecnologías. No soy el rey del twitteo. Entro en Internet y trato de estar al día, pero con compañeros. No puedo hacerlo solo, porque no me divierto. No me gusta, en realidad, estar solo. La soledad me parece estéril.

XL. ¿Qué le queda por ganar: el Cervantes, el Nobel...?

Á.P. Quita, quita [sonríe]. Vamos despacito. Ahora, me gustaría llevarme el Nacional de Teatro. Pero ese me lo tengo que currar. Ahora se acabó. Pleguem. Esta es la última entrevista que voy a dar. Me retiro a escribir teatro. Se acabó. Estoy harto, además, de tanta entrevista. No te imaginas la de tontadas que tengo que decir. Es horrible.

XL. ¿Es tiempo, hoy por hoy, para héroes de carne y hueso?

Á.P. Estamos en una sociedad degradada por culpa de la crisis. La gracia de todo héroe consiste en vivir de tal manera que tenga una ingenuidad casi impostada en la reflexión. Y eso sería la santidad.

XL. ¿Aspira usted a llegar a santo?

Á.P. Claro que sí. ¡San Álvaro Pombo!

XL. ¿Patrón de...?

Á.P. ¡Los maricones! [carcajada]. ¡Santo patrón de los homosexuales de España! Suena bien. ¿Y por qué no? ¿Era san Francisco de Asís consciente de que arrastraba a la gente? ¿Por qué no iba a ser yo el santo de los mariquitas? Pero esto no me lo pongas en titular, por favor.

XL. No se preocupe. Confíe en mí.

Á.P. Tampoco es que me importe mucho. Pero es que ha salido redondo, ¿verdad? [sonríe irónico].

XL. ¿Ese san Álvaro Pombo es el que se declara «homosexual homófobo»?

Á.P. ¡Pero si lo dije en broma! El problema es que en España no tenemos sentido del humor. ¿Quién puede pensar a estas alturas que yo pueda ser homófobo?

XL. Nadie. A no ser que esa homofobia sea una forma de dar con el mazo a cierta parte del colectivo.

Á.P. Así es. No puedo soportar a la gente que se empeña en celebrar el Día del Orgullo Gay. No entiendo por qué se sienten orgullosos de enseñar, cada año, sus culos y demás vergüenzas por la calle.

XL. ¿Cosas así son las que le hacen querer `entrar en el armario´ de nuevo?

Á.P. Así es. San Álvaro Pombo `entrando en el armario´.

XL. ¿Pero ha estado usted alguna vez `dentro del armario´?

Á.P. Nunca. En mi vida. Es que no he tenido `pluma´. Y eso, al parecer, me ha salvado. Pero, aunque no tenga `pluma´, los sé imitar perfectamente. Aunque no soy Sissi.

XL. Afirma que es más cursi una boda gay que una `hetero´.

Á.P. Yo no estoy en contra de que las parejas homosexuales tengan todo el reconocimiento jurídico, social y, a ser posible, personal del mundo. Pero lo que hay aquí es una nostalgia del matrimonio. Y eso es, en realidad, la nostalgia de la estabilidad emocional. Y ya sabemos que el matrimonio real no produce ese efecto. Ahí está la cantidad de separaciones que hay cada día para corroborarlo. Lo que sí produce es un efecto de vínculo. Por eso, los gays quieren casarse, ya sea por la Iglesia, a través de Pedro Zerolo o del mismísimo Gallardón. Pero es por la nostalgia del vínculo.

XL. ¿Es usted creyente?

Á.P. Soy cristiano. ¿Eso significa que creo en el credo tal como aparece en el canon de la misa? Pues no. Ni mucho menos. El caso es que me ha dado por leer ahora a muchos teólogos como José Antonio Pagola, que han escrito de Jesús de Nazaret desde la perspectiva desmitologizada de su historia. Y de lo que estoy en contra es de lo que dijo Benedicto XVI cuando vino a España. Eso de que solamente a través de la religión católica se puede alcanzar a Jesús. Eso no es cierto.

XL. Álvaro Pombo podría acabar siendo una entrada del Diccionario Biográfico Español, ¿no le da miedo?

Á.P. [Sonríe]. No, al contrario. Espero ser una entrada y también una `salida´ de ese diccionario.

XL. ¿Sigue pensando que otro Premio Nadal, Nada, de Carmen Laforet, es la mejor novela que ha leído?

Á.P. Lo sigo pensando porque volví a leer todo Carmen Laforet hace un par de años. Releí Nada, La isla y los demonios y La mujer nueva, que a mí me impresionaba muchísimo. Sobre todo cuando Carmen Laforet entra en relación con Lili Álvarez, la condesa de Valdéne, y cambia, digámoslo así, entrando en una fase de conversión católica.

XL. Se dio un caso ahí de sexualidad reprimida, ¿no cree?

Á.P. Yo no... [sonríe irónico]. Yo no estaba entonces en ese tema. A mí me parecía otra cosa. Eran otros tiempos. Eran tiempos prefreudianos. ¡Mira, no hay nadie en el mundo que se encuentre más al filo de la sospecha que yo! Pero, sin embargo, en mi juventud no veía esas cosas en Laforet. No usaba este lenguaje de `pasarse un poco de listo´.

XL. ¿Me está recriminando eso?, ¿que me `paso de listo´?

Á.P. [Sonríe] Pues sí. Te lo recrimino. Pero sin maldad.

XL. Ah, eso me tranquiliza. Si es sin maldad...

Á.P. Vamos a ver. Me explico mejor. Se han dicho muchísimas cosas sobre Alicia en el País de la Maravillas. Se ha hablado de que su autor era pederasta o que la propia Alicia era así o asá. Pero es que yo, cuando vuelvo a leerla, no veo más allá de un cuento inocente y delicioso. Hay un intento de elogio de la intención no recta. De la intención segunda u oblicua. Clarísimamente. Pero yo, que tengo un temperamento salvaje, comprometido y heróico, no caigo en teorías torcidas. Y lo he leído todo, lo sé todo.

XL. Lo que está claro es que, premiándole a usted, vuelve el Nadal a ganar prestigio literario.

Á.P. ¡Mira, me alegro mucho de que digas algo así!

XL. ¿Sirve el prestigio en el mundillo literario de hoy?

Á.P. Es que yo he seguido el consejo de Rilke desde hace muchos años. Aquel que consiste en no frecuentar el mundillo literario. No lo frecuento. Voy a la Academia, donde coincido con algunas personas tan mayores como yo. Y nos respetamos unos y otros. Nunca discutimos, y menos por asuntos tan baladíes como el mundo literario. Puedo hablar de la obra de quien sea. De Javier [Marías], de Arturo [Pérez-Reverte] o de la mía. Pero no hay nada que discutir. Yo he participado en muchas tertulias televisivas, pero no tengo instinto de tertulia. Jamás he ido al Gijón.

XL. ¿Cuál es la primera lección que se aprende enseñando a escribir en un taller de Proyecto Hombre?

Á.P. Buena pregunta. Vamos a ver. La primera lección que se aprende es que yo también soy un drogadicto. Todos somos drogadictos. Uno trata de convertirse en Dios mediante una sustancia. Recuerdo que eso mismo es lo que decía, antes de morir como murió, con solo 50 años, Antonio Vega, el cantante de Nacha Pop. Él decía que, cuando empezaba con el `caballo´, en los turbulentos tiempos de la Movida, se sentía como un dios. Yo también he querido ser Dios.

XL. ¿Cuál diría que es su adicción?

Á.P. La amistad, aunque trate con pocas personas.

XL. ¿En qué es diferente comparado con el Pombo niño?

Á.P. Era muy guapo [ríe]. He sido muy atractivo, y casto. He cambiado muy poco, como podrás comprobar [sonríe]. Como decía Rilke: «Ni la niñez ni el futuro menguan, existir invulnerable me brota en el corazón».

XL. ¿Cuándo hizo usted el amor por última vez?

Á.P. ¡Buuuuuuf! No hagas hablar de eso a alguien que, desde joven, ha tenido vocación de solterón empedernido. Es mejor que os quedéis sin respuesta [sonríe].

XL. ¿Ha hecho alguna vez `egosurfing´?

Á.P. ¿...?

XL. ¿Se ha buscado, con su propio nombre, en Internet?

Á.P. Lo he hecho, pero siempre con amigos que me ayudan. Donde sí me he buscado es en el índice de algunos manuales literarios, como los de Francisco Rico, para ver si salgo. También miro en Google para ver si salgo guapo en las fotos. Pero ya te digo que siempre lo hago acompañado.

XL. Dicen que el porno es lo que más consumen los cibernautas.

Á.P. He visto mucho porno de joven, en Inglaterra. El porno es una adicción masturbatoria y hay que tener cuidado. Yo tengo una personalidad adictiva. Y compulsiva. Fui un adicto al alcohol, las pastillas y el tabaco. Pero pude con ello. Lo que me da miedo es la soledad. Me desquicia. Y eso que no soy una buena compañía. Lo sé. Por eso he vivido solo muchos años. Muy solo. Muy aislado.


(Entrevista aparecida en XL Semanal el 11/3/2012)

 
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