lunes, 3 de marzo de 2008

Maniática de la última palabra (V)

- A veces, cuando releo las cosas que he escrito, me sorprenden algunas frases que utilizo, ciertas formas de expresar lo que siento que ignoro de dónde salen, porque nunca he pensado conscientemente las cosas usando esos términos. Hay ideas que sí flotan en mi cabeza y las reproduzco más o menos con la forma que la intención o el momento han tenido a bien que surjan. Pero hay impresiones que debían estar en mi subconsciente sin yo saberlo, y han salido en tropel a través de mi bolígrafo para convertirse en tinta sobre el papel. A eso puede que se le llame inspiración, que no talento, que es otra cosa con la que nacen sólo unos cuantos privilegiados.

- ¿Quién puede matar a un ruiseñor?. Hay muchos que lo hacen todos los días, sin pestañear.

- Llevo una temporada larga que no oigo más que cantos de sirenas. Voy a tener que hacer caso omiso, porque si no seré yo quien termine entonando el canto del cisne.

- Por quién doblan las campanas. Doblan por todos los que no han sido capaces de hace realidad sus sueños. No quiero que doblen nunca por mí.

- Hay que ver los americanos lo que les gusta matar a su presidente en el cine. Casi todos los años estrenan alguna película donde lo secuestran, lo maltratan o directamente se lo cargan, para regocijo internacional parece ser. Jesús, qué fijación.

- Mis hijos cada vez que me desobedecen cometen un delito de lesa majestad. Todavía es pronto para que me derroquen. Tiempo tendrán de abandonarse a la anarquía, o a la autoarquía si lo prefieren.

- En España nunca nos declararemos en huelga a la japonesa. Será por el clima, que nos hace así. Aquí las huelgas y las manifestaciones son casi como un carnaval, con risas, cánticos, baile, y un poco de botellón si la cosa se anima un poco. Las quejas no son nunca un drama, sino una chirigota. Si un ministro comete irregularidades no se suicida como en Japón, sino que se reafirma en su puesto, y se le disculpa diciendo que ha sido un desliz institucional, o un exceso de celo en el ejercicio de sus cometidos. La madre que los parió a todos, como diría Reverte.

viernes, 29 de febrero de 2008

La gala de los Oscar


Da igual el tiempo que pase que siempre supondrá para mí un momento especial la retransmisión de la entrega de los Oscar de Hollywood, una ceremonia intemporal que es sin embargo el crisol de los gustos, la moda y el pensamiento de la sociedad de cada momento, el espejo donde parece que nos miramos el resto del mundo.
Desde la llegada de los artistas luciendo sus mejores galas, atravesando la famosa alfombra roja bajo los focos, los flashes y las cámaras de televisión, hasta el impresionante plano general que nos llega del interior del Kodak Theater lleno hasta la bandera, es cada año un espectáculo digno de ver.
Independientemente de la elección que los organizadores hagan cada año del maestro de ceremonias que presente la gala, pues los eligen siempre del mismo estilo, chistosos con poca gracia, el transcurso de la ceremonia es dinámico y glamouroso, no aburre pese a las muchas horas que dura. Se suceden los pequeños trozos de las películas que están nominadas, las personas que suben al escenario con sus palabras de agradecimiento, y los números musicales. Este año me gustó un coro de espirituales negros, que además tenía una niña entre sus solistas. Pero recuerdo muy especialmente un número que hubo hace muchos años en el que la música se hacía abriendo y cerrando un montón puertas. Fue un prodigio inesperado de coordinación, ritmo e ingenio que aún rememoro con verdadero placer.
Es curioso la expresión que aparece en la cara de los actores cuando están pasando algunas de las escenas de las películas para las que están nominados. Parece que se impresionaran a sí mismos al verse por un momento en una gran pantalla, como si salieran otra vez de su realidad concreta para meterse en el papel que les haya tocado representar, como si recordaran lo que sintieron mientras estaban haciendo esa escena, que suele ser la más importante, la que determina el desarrollo de la historia que el film está contando.
Y cuando suben al escenario para agradecer el galardón, no sólo se emocionan ellos si no que contagian su emoción a la mayoría de los presentes. Y es que a veces dicen cosas maravillosa y sorprendentes....” gracias por confiar en mí”, “sois mi inspiración”, “ésto ha sacudido mi existencia” ......, o lo que ha dicho Barden este año: “Éste es un premio que ha traido el orgullo y la dignidad a nuestro oficio”.
Es emocionante ver la satisfacción tan grande que todos parecen mostrar cuando les entregan la estatuilla, el reconocimiento público a un trabajo determinado o a toda una trayectoria profesional. Siempre que veo al público del Kodak Theater puesto en pie para ovacionar a un intérprete, me estremezco, no lo puedo remediar, pocas cosas hay en este mundo que me lleguen a la fibra sensible de esa manera. Quién pudiera tener alguna vez en la vida sus cinco minutitos de gloria, sería la mejor de las terapias para casi todos los males del alma.
Hay actores y directores que cuando los ves subidos al escenario, te das cuenta de lo pequeños que son físicamente algunas veces. A lo mejor es que se sienten de repente abrumados por tanto reconocimiento público, y parece que se encogieran. Pero cuando están haciendo su trabajo es como si se crecieran, se transforman, son otros, y nos parecen más grandes de lo que son en realidad.
Hay papeles que marcan la carrera de algunos actores de por vida, de forma que hagan lo que hagan después, ya sólo se los recuerda por aquella interpretación, y entonces tienen que superarse a sí mismos con cada nuevo reto que emprendan. Eso ocurría mucho antaño. Cuántas de esas personas que aparecen en películas hechas hace años ya no existen, y sin embargo dejaron su impronta precisamente por esos papeles y por su forma de actuar, pasando a la posteridad, como un legado que alimentará los sueños de generaciones futuras, y seguirá ayudándonos a conocer el mundo y entender mejor la vida.
Muchos han criticado esta ceremonia argumentando que es un ejercicio de autocomplacencia muy típico de los norteamericanos, una forma de sustentar el star-system como una industria que mueve mucho dinero, un gran negocio que no repara en gastos y que realiza siempre un gran despliegue de medios, y contra el que no han podido ni el video primero ni el DVD después.
Y sin embargo he de decir un par de cosas en su favor: una que también ejercen la autocrítica en un momento dado, como un documental que se presentó hace algún tiempo en contra de Guantánamo, o antaño contra la guerra de Vietnam. La otra mención positiva es que hasta ahora la sociedad americana era un mundo cerrado donde lo extranjero apenas tenía cabida, donde no se entendían otros estilos y otras formas de contar la vida, pero este año nos han sorprendido otorgando los Oscar de interpretación sólo a actores europeos.
Y mientras, van surgiendo todos los años nuevas caras que se mezclan y confunden con otras ya muy conocidas y populares, que han formado parte de nuestras vidas desde hace décadas. Porque las películas son la referencia de determinadas épocas de nuestra existencia. Cuando estrenaron tal o cual film, estabas haciendo o te pasaba algo en concreto que te viene a la memoria en cuanto la ves.
Las películas hacen realidad nuestros sueños, son la materia de la que están hechos, nos llevan a lugares que nunca antes habíamos visto, nos hacen pensar en cosas que nunca antes nos habíamos planteado, nos dan a conocer otros mundos, otras vidas.
La creatividad, el talento, el eco del sentir general, la expresión de la belleza o del horror como en cualquier otro arte, el sacudimiento de las conciencias, el lujo y el buen gusto.... todo se mezcla en la gala de los Oscar como en una gigantesca coctelera para que bebamos una copa de fantasía y glamour, aunque ya se va dando paso cada vez más al realismo, al reflejo fidedigno y auténtico de lo que acontece en el mundo, dejando la imaginación en un segundo plano.
El cine siempre me ha apasionado, me ha conmovido, me ha hecho estremecer.....

miércoles, 27 de febrero de 2008

Maniática de la última palabra (IV)

- Últimamente a mis hijos, cuando juegan en casa, les ha dado por meterse por dentro del pijama los cojines que tengo de adorno en los sillones del salón, y dicen que están “gorditos”. Entonces se ponen muy mimosos y empiezan a hacer el ganso: bailan moviendo su improvisada obesidad de un lado para otro (me recuerdan a los Morancos cuando hacías “Omaíta”), o chocan entre ellos como si fueran sumos en miniatura. Mis hijos no sólo se disfrazan en carnaval, sino que lo hacen todo el año. Y lo de ponerse “gorditos” pareciera que es que quieren asemejárseme. Sólo sé que cuando hacen esa tontería, si estaba enfadada con ellos dejo de estarlo, y si me piden cualquier cosa consiguen de mí todo lo que se propongan.

- Estoy sorprendida por cómo se está desarrollando la campaña electoral de esta nueva legislatura: apenas hay propaganda de los candidatos en televisión, ni folletos tirados al aire desde los coches, ni carteles pegados en las fachadas, y pocos colgando de las farolas. Por un lado se agradece la falta de bombardeo político, pero por otro lado parece que faltara ilusión, como si lo que vaya a acontecer en el futuro nos diera igual, como si cundiera el desencanto, el aburrimiento y el cansancio democrático. No sabemos valorar lo que tenemos. La democracia, aún con todos sus fallos, fundamenta la vida en este país, nuestra vida.


- He leído una mención hecha a Schopenhauer sobre las raíces del mal, y señala dos factores que lo motivan: primero el instinto de supervivencia, que arrastra consigo lacras como el egoísmo, la envidia y la mentira, y después el tedio. Yo sería capaz de hacer el mal sólo en defensa propia o de los míos, ahí puedo ser malísima, mefistofélica.

- No he estado nunca de acuerdo con la célebre frase de Descartes “Pienso, luego existo”. A ver lo que piensa un mosquito, o un hincha de fútbol, y mira si existen. Debería ser “Siento, luego existo”, y al decir “siento” no me refiero a los sentimientos si no a las sensaciones físicas. Aunque nos falte uno de los cinco sentidos, o casi todos como ya he conocido a alguien que le pasa, siempre queda alguno por el que nos sabemos vivos.

martes, 26 de febrero de 2008

Un lugar en el mundo


La marcha de una compañera de trabajo, por jubilación, me ha hecho recordar que yo también, una vez más, me voy a marchar, sólo que para cambiar de puesto de trabajo e intentar mejorar un poco. Cuántas personas se conocen a lo largo de una vida, y más en el ámbito laboral. Por cuántos sitios se pasa, y en cada uno dejando un pequeño trozo de ti mismo. Qué recuerdos quedarán en mi memoria de los lugares en los que no sólo me he ganado el pan, sino en los que además he compartido una parte de mi vida, y me han hecho partícipe de retazos de otras vidas.
La vida es, al fin y al cabo, como una enorme estación de tren, donde las personas estamos de paso, mientras van y vienen los trenes de la existencia de cada cual, unas veces demasiado pronto, otras demasiado tarde, en pocas ocasiones a su hora. Y en ese tránsito hay gente a la que ves con frecuencia, y gente a la que no vuelves a ver nunca más. Sólo unos pocos viajan contigo en los mismos trenes que tú coges, por un tiempo o para siempre, sólo unos cuantos llevan el mismo equipaje o parecido que el que llevas tú. Mi equipaje se ha aligerado mucho últimamente, y ya me cuesta menos viajar, pero hubo un tiempo en que se fue llenando de cosas que no me hacían falta y se hizo muy pesado.
Una tía mía que escribía poemas, que ya he mencionado otras veces, tenía también como yo un agudo sentido de la temporalidad de las cosas, de lo fugaz que es el tiempo que nos toca vivir. Ella siempre volvía la vista atrás, enferma de nostalgia, y como era una pesimista sentimental, en todas sus poesías se translucía un sentido determinista de la vida, como si estuviéramos avocados a la soledad, el desamor y la tristeza, sin que nada pudiéramos hacer para remediarlo.Yo, que también soy una sentimental sin remedio, no sé si optimista o pesimista, ya estoy sintiendo la pérdida de las personas y las cosas mucho antes de que suceda, y de niña era aún peor. Si existiera un antídoto contra este mal, yo lo querría para mí.
Sin embargo, no puedo evitar ser ave de paso. Del primer sitio en el que trabajé me fui obligada después de estar allí muchos años, y creyendo que era el lugar en el que tendría una estabilidad laboral, y donde echaría raíces.
Mi mente dio entonces un giro de 180 grados y desde entonces he desembarcado en unas cuantas costas y me he vuelto marinera de muchos mares, para terminar no perteneciendo a ninguna tierra. Pararme en un lugar determinado mucho tiempo me desazona, empiezo a sentir que me estoy perdiendo otros mundos, otras experiencias, y sé que si me quedo mucho más terminaré aborreciendo lo que antes me gustaba. No entiendo a los que se agarran con uñas y dientes a su asiento, y quieren pasar de este modo el resto de sus vidas, sobre todo en trabajos en los que he estado en los que había un ambiente laboral que dejaba mucho que desear. Estas personas hacen suyo el refrán aquel de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, y suele ser extensible al resto de los ámbitos de su vida. Son pájaros enjaulados que, aunque les abran la puerta, no saldrían nunca por miedo a lo que les pudiera pasar fuera. Prefieren obviar la libertad de elegir y conformarse con la rutina que machaca. Cuánta gente he visto con el alma aniquilada por culpa de esa enfermedad crónica que es el hacer siempre lo mismo.
Para ser persona de afectos constantes y costumbres más o menos fijas, adoro los cambios. Y así pasó que cuando empecé a ver que mi marido cambiaba, y cada vez a peor, yo también cambié y de esposa complaciente y solícita me torné en esfinge. Y pude por fin sacudir las miserias que atenazaban mi vida.
Conclusión: así no hay quien eche raíces ni en lo profesional ni en lo personal, pero es que tampoco soy un árbol.
No sé si alguna vez dejaré de sentirme desarraigada y si encontraré un lugar en el mundo. Aún lo sigo buscando, aunque quizá no exista.
Mi hogar será siempre el lugar donde estén los que me quieren.

Prefiero tener las alas de los pájaros,
aunque me conozcan en muchos sitios
y en ninguno.
Prefiero ser el barco empujado por el viento,
aunque no tenga capitán,
porque sé que no navegaré a la deriva.
Y en todas partes dejaré un trocito de mi ser,
un pequeño recuerdo que se borrará con el tiempo,
como se borra todo lo demás.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Sarkozy y Bruni: vive y deja vivir


No deja de producirme mucha curiosidad Nicolás Sarkozy, que no morbo, como despierta en la mayoría de la gente por las cosas a las que últimamente se dedica. No es ningún recién llegado, no nos era desconocido, y sin embargo nunca se ha hablado tanto de él.
He mirado en su pasado, que no es ningún secreto, como hombre público que es, y he comprendido algunos aspectos de su vida que otros sin duda ya habrán censurado sin intentar hallar un por qué.
Fue un niño abandonado por su padre, un noble húngaro sin fortuna, ex legionario, mujeriego, un hombre de maneras elegantes y gran belleza. Su madre fue la tercera esposa que tenía, y aún se casó una vez más. Él nunca se lo perdonó, e incluso se vieron en los tribunales por negarse a pasarles la manutención tras la separación.
Lo crió entonces su abuelo materno, que ejerció una gran influencia sobre él, sobre todo en cuanto a pensamiento político.
Se hizo abogado, como su madre, y ya en el primer año de carrera se afilió al partido conservador y empezó a participar activamente en política.
No fue un estudiante brillante, pero sí un trabajador incansable. Su trayectoria profesional le revela como un hombre ambicioso y vehemente, con notables dotes oratorias (que también tenía su padre), verbo punzante y polemista, persona enérgica y de acción..... y con las ideas muy claras.
Juega a las cartas de la política no siempre limpiamente, como cuando dio la espalda a Chirac, que había sido su mentor, en un momento en el que no le convino apoyarle. Sarkozy no debe tener la palabra “fidelidad” escrita en su diccionario particular.
Admirado y odiado a un tiempo, es alguien que no deja indiferente. Recibió duras críticas cuando fue ministro del Interior por una ley que promulgó muy represiva, y también por los duros métodos que empleó para sofocar los disturbios del 2005, en los que fue acusado de intolerante y durante los que no dudó en dedicar gruesas palabras para los causantes de la revuelta.
Un escándalo en el 2006, que resultó ser un montaje para desacreditarlo, afianzó aún más su popularidad.
Cuando el año pasado batió en las urnas, había presentado un programa basado en la “mano dura contra la delincuencia urbana, la inseguridad ciudadana y la inmigración ilegal”, que desde luego parece gustó a la mayoría.
Y mientras Sarkozy, la versión fea pero atractiva de su progenitor, el bajito orejón y narigudo que parecía poca cosa, le ha dado tiempo a publicar cinco libros, llegar a presidente de su país, casarse tres veces y tener tres hijos. Y es que, muy a su pesar, ha seguido en muchos aspectos los pasos del padre odiado, ambicioso y seductor.
Y como amante del lujo y la buena vida, su última esposa es una ex modelo y cantante archiconocida y millonaria. No podía ser menos: riqueza, belleza y glamour... Estos franceses no tienen remedio.
Parece que, así como en política todo el mundo sabe a qué atenerse con él, ya que su forma de actuar es muy explícita y no tiene secretos para nadie, en las cosas del corazón resulta un hombre contradictorio: un conservador relacionado con una mujer de izquierdas, que apoyó a Segolène Royal durante la campaña electoral, y que afirma cosas tan poco conservadoras como que “la monogamia es aburrida”.
A lo mejor es lo que parece: cincuentón en pleno subidón de poder y lujuria se deja cautivar por bella mujer mucho más joven, novia de un amigo para más inri, y en menos de tres meses se casa con ella. Se suele decir en estos casos que se le han subido las ingles a la cabeza.
Si miramos un poco en el pasado de Carla Bruni, se puede apreciar que tienen más cosas en común de lo que pudiera parecer: también fue abandonada por su padre, al que conoció el año pasado en una visita a Brasil, y tampoco tiene la palabra “fidelidad” escrita en su diccionario particular, pues en sus relaciones amorosas ha tenido algunos episodios escabrosos, incluido un intento de suicidio de una esposa despechada.
Y por la tranquilidad que exhibe, se diría que es cierto lo que ha afirmado cuando dijo “no he calculado nada”, “no he previsto nada”. Se toma la vida como viene. Carla Bruni resulta a la postre una mujer sensual, felina, delicada, la mirada dulce y azul de ojos rasgados, voluptuosa y refinada a un tiempo, con una apariencia de frescura e ingenuidad que la hace parecer mucho más joven, alguien capaz de seducir a cualquier hombre que se cruce en su camino.
De repente Sarkozy se ha vuelto como ella, una persona sin prejuicios ni tabúes, cuando afirma que quiere marcar una ruptura con la “deplorable tradición de nuestra vida política: la hipocresía y la mentira”. ¡Voilà!, Sarkozy se ha tornado liberal.
Y mientras, no faltan como siempre las voces de la moral y las buenas costumbres que hablan de “el comportamiento de un jefe de Estado que nadie sabe si calificar como vulgar play boy, o como un gran artista de la comunicación audiovisual”. Puede que Sarkozy sea las dos cosas, además de un hombre enamorado.
El circo está servido: exhibición a tutti plen del amor que parecen profesarse, ríos de tinta en torno a la larga lista de romances con famosos de la que Bruni casi tiene a gala (desafía a los que pretenden juzgarla), sucesión interminable de fotos de ella cuando posaba en las que aparece desnuda (algo de lo que presumir en su caso, porque son muy bellas), publicidad que se hacen mutuamente.....
Ellos pasean su amor por los cuatro puntos cardinales, mientras se publica en la prensa que “no hacen vida conyugal”. Por lo visto para algunos no se hace esa vida si no se vive bajo el mismo techo, aunque se esté casado. Una peroguyada más.
Cuando se les ve juntos parecen actores que estuvieran rodando una película, por su naturalidad. La presión mediática no les debe afectar mucho, y eso es algo inusual y motivo de envidia. Bruni contesta a la prensa con su sempiterna sonrisa, y parece burlarse de los problemas que los demás tienen con su forma de vivir. Sarkozy parece un adolescente al que le hubieran puesto en la boca el manjar más apetitoso del mundo.
Pero lo que sí es cierto, como se ha publicado en algún que otro medio, es que “este vendaval está modificando el arte de hacer política en Francia”.
Sarkozy y Carla Bruni pasan por encima de esa horrible figura a la que últimamente ha dado en llamarse “familia desestructurada”, con matrimonios e hijos anteriores a sus espaldas, y sin volver la vista atrás procuran hacer que ese momento que viven, su momento, sea intenso e irrepetible, como cualquier otra pareja. Porque el amor no entiende de clases sociales, edades ni ideologías. Y en este sentido, que cunda el ejemplo.
Vive y deja vivir.

martes, 19 de febrero de 2008

Maniática de la última palabra (III)

- He leido en Internet a un blogero que afirmaba que si supiéramos lo que nos iba a pasar en el futuro, la vida ya no tendría gracia y no merecería la pena ser vivida. “Es como si vas al cine y ya has visto la película”, dice. No estoy de acuerdo. La vida merece siempre la pena ser vivida, lo único que si supiéramos de antemano lo bueno y lo malo que nos va a suceder, viviríamos ilusionados y aterrorizados a un tiempo. De todas formas no hace falta tener una bola de cristal para adivinar lo que nos acaecerá de aquí en adelante: salvo imprevistos accidentales, se ve por cómo funcionamos en el presente lo que nos va a acontecer en años venideros. Somos más previsibles de lo que queremos reconocer.

- Qué niña más diferente debí ser: no jugaba casi con las muñecas para no estropearlas, porque quería que duraran siempre, y lloraba si pisaba la hierba porque creía que le hacía daño. Tanto afán de eternidad y tanta sensibilidad no pueden conducir a nada bueno.

- Tengamos un pensamiento alegre, como decía Peter Pan, para poder volar. Sólo con un pensamiento alegre podremos despegar los pies del suelo, podremos flotar, podremos volar. Y así, tomando distancia, todo se ve de forma distinta.

- Desde que hago senderismo me he familiarizado con cierta terminología relacionada con los sitios por los que va el ganado, que son por los que yo transito en esas ocasiones: cañadas, cordeles, coladas, descansaderos..... Hay que ver esos caminos de Dios qué nombres tan distintos tienen. Y es que todos los caminos conducen a Roma...... incluso para el ganado.

- Hace poco leí en un e-mail que me mandaron una frase de John Ruskin que me ha gustado y que reproduzco: “Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.
Ellos son como arcilla en nuestras manos.

lunes, 18 de febrero de 2008

Dedicado a Adrián







Hace unos días fue el cumpleaños de Adrián, y mi hija le llamó con su móvil para felicitarlo. Cumplía 3 años. Puso el manos libres para que su hermano también le oyera y le deseara un buen día. Y escuché de nuevo su voz, que hacía mucho que no oía.
Adrián es el único miembro de la familia de mi ex marido al que echo de menos. La última vez que le vi le quedaba poco para cumplir los 2 años, y todavía no hablaba gran cosa, pero él sabía hacerse entender de maravilla. Ahora pude comprobar lo bien que ya pronuncia las palabras, y que sigue siendo un gamberrillo al que le gusta dar voces y llamar la atención. No pude remediar el que me invadiera una profunda tristeza porque sé que seguramente ya no se acordará de mí y es bastante probable que no le vuelva a ver nunca más. Y si en el futuro nos viéramos, no nos conoceríamos.
Recordé cuando nació, lo pequeño que era, con aquel gorro de punto que en la maternidad de O’Donnell tienen la costumbre de poner a los bebés, parecía un pitufo. Y luego, cuando fue creciendo, bajito de estatura pero de complexión fuerte, nadie podría negar que era todo un chavalote.
Yo solía sentarme en el suelo a jugar con él, porque a los niños les gusta que nos pongamos pequeños, como ellos. Su familia no lo hacía nunca. Se limitaban a colocarlo encima de una mesa para que hiciera sus monerías y entretener a todo el mundo, y le inundaban de cosas materiales como primer hijo y primer nieto que era, pero no le enseñaban a comer sentado, ni a dormir a sus horas, ni a aceptar un no por respuesta sin tener que organizar una pataleta.
Adrián está creciendo entre personas mayores, pero él quiere estar con niños, lógicamente, y cuando ve a mis hijos se vuelve como loco, anhela pasar el tiempo con ellos, los quiere casi más aunque sean sólo primos de su madre que a los primos carnales que tiene por parte de su padre. Mi hijo está muy celoso de él y siempre le está fastidiando, pero él no se da cuenta y parece no importarle.
Mi hija se encarga de él como lo haría una madre, pero es tarea muy pesada para una niña y a veces reniega un poco, y más Adrián que es muy inquieto.
Cuando lo sentaba en mi regazo, con su cabeza apoyada en mi pecho, y veíamos un poco la televisión, todos se quedaban sorprendidos de su repentina calma, era como si yo le hubiera dado un sedante. Es cierto aquello que dicen que los adultos transmitimos a los niños tanto nuestro nerviosismo como nuestra tranquilidad, sus biorritmos se acompasan a los nuestros.
Adrián comía sólo lo que le venía en gana, y bastaba que le forzaran para que se negara a abrir la boca. Siempre tuvo mucha personalidad y mucho genio. Pero yo le daba un trozo de la manzana que comía, si en ese momento pasaba por mi lado, y él lo cogía, como sin darse cuenta, mientras jugaba, y se lo comía, cuando normalmente no lo hubiera querido.
Adrián es un niño que tiene mucha fuerza y poca contención por parte de los que le tienen que educar. Le gusta subirse a los sitios altos, y abrir ventanas, y......, bueno, todo lo que está prohibido y es peligroso. Creo que hay niños con un ángel de la guarda al que dan mucho trabajo y gracias al cual llegan a mayores.
Me gustaba acariciarle el pelo a Adrián, y estrecharle de vez en cuando entre mis brazos, no tanto como hubiese querido porque mis hijos se ponían celosos. No sabía dar besos, sólo daba un golpe seco con la cabeza y te rozaba la cara con los labios un poco abiertos. Cuando nos tocaba regresar a Madrid, se abrazaba a mis piernas para que no me marchara.
Ahora que le he vuelto a oir cuando mi niña le ha llamado por su tercer cumpleaños, compruebo que sigue siendo un muchachote bullicioso y alegre, y probablemente seguirá siendo siempre también una persona inteligente y cariñosa.
Por ser su cumple este post va dedicado a Adrián, y porque es el único miembro de aquella familia al que aún sigo queriendo, el único al que voy a echar siempre de menos.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Maniática de la última palabra (II)

- Cuando mi hija me habla con toda naturalidad de la fotosíntesis mientras riega el bonsai que le regalé por Navidad, o mi hijo me da una disertación sobre las características de Júpiter que aprendió cuando hizo su último trabajo-castigo de clase, pienso que aún no está todo perdido en cuanto al nivel de enseñanza en este país. Hoy estoy optimista.

- Hace tiempo supe que aunque veamos brillar una estrella en el firmamento, posiblemente esa estrella no exista ya, porque su luz tarda mucho en llegar hasta nosotros, y observamos el reflejo de su fulgor aunque ella se haya apagado. Así pasa con los seres queridos que ya no están entre nosotros. Y con algunas ilusiones también.


- Años atrás le regateé el precio de una pulsera a un negrito de los que se ponen a vender en las calles más comerciales de Madrid. Aquel hombre, alto como una torre, puso por un momento cara de niño apenado y angustiado, y supe que no estábamos jugando a un juego en el que estuviéramos en igualdad de condiciones. Nunca antes había regateado al ir a comprar una cosa, y nunca lo he vuelto a hacer. Siempre cabe la duda de que el que te vende se aprovecha de ti, o tú de él si regateas. Siempre me timan de todas maneras. En todo. Pero ya me da igual. No quiero regatear nunca más, en ningún orden de la vida.

- A las mujeres nos ponen mucho los hombres que nos saben escuchar. Y si encima nos hacen reir, mejor que mejor. Y si además nos ríen las gracias aunque no tengan gracia, para qué te voy a contar. Esta rara cualidad sólo la tienen hombres que gozan de paciencia, sensibilidad e inteligencia. Creo que voy a poner un anuncio en Internet: “Se busca oyente-chistoso que sea también risueño”. A lo mejor contesta Woody Allen.


- Mi hija dice que es un rollo todo lo que escribo. Pues también tiene razón.

- Ahora, con las elecciones generales ya próximas, los candidatos nos ofrecen el oro y el moro para que les votemos, como siempre. Y nosotros, los electores, parece que tenemos que ofrecernos al mejor postor. Ésto es como en una subasta, a ver quién da más, sólo que con mentiras.

martes, 12 de febrero de 2008

Llámame srta. Escarlata


Es difícil, con los tiempos que corren, mantener unos modales aceptables y un mínimo de educación en nuestro desenvolvimiento cotidiano. Sólo con ir por la calle a una hora concurrida, o en el transporte público, la paciencia y la propia educación son puestas a prueba una y otra vez. Desde la persona que te pisa sin compasión y casi no se disculpa, pasando por el que ha olvidado ducharse y te toca justo al lado, o el que no se quita la mochila de la espalda y va dando golpes a diestro y siniestro, o el que se apoya en ti para no tener que ir agarrado a la barra, y el que se propasa aprovechando el mogollón, aunque esto último no es un problema de educación sino de sexualidad desviada.
Observo que para los extranjeros que nos habitan, no tiene la buena educación el mismo significado que para nosotros, los autóctonos. No sé si es que ellos tienen otros valores o que simplemente carecen por completo de ellos.
Y ésto se hace extensible a la gente joven, que muchas veces parece ostentar malos modos como si de una seña de identidad se tratara: sentarse (los chicos) con las piernas demasiado abiertas, hablar dando voces, mascar chicle con la boca abierta.... Si lo que pretenden es escandalizar, como suele ser lo normal en la época adolescente, pobres recursos emplean. Puede ser que la moda underground incluya, además de la exhibición de la ropa interior e ir pisándose los bajos de los pantalones, hablar a base de palabrotas y contonearse por la calle como los simios, imitando lo que hacen los raperos en los video clips. Hace poco en el autobús escuché sin querer un retazo de conversación que mantenían dos chicos jóvenes: “ Tío, estoy harto del cabrón de mi viejo. A ver si la liña de una vez y me deja en paz”. La pureza de su léxico, la profundidad de sus palabras, me produjeron una mezcla de inquietud y estupor inenarrables. Si mis hijos hablaran alguna vez así de mí, en el caso de que tuviera algo que dejarles les desheredaría.
La gente mayor tampoco se queda atrás muchas veces. Yo no sé si es porque ya se vuelven impacientes o irascibles, pero con frecuencia hacen uso de su status de 3ª edad, a la que se supone se le debe un respeto, para ir atropellando al personal. Se ve sobre todo al ir a entrar en el autobús, donde pretenden pasar los primeros aunque hayan llegado los últimos. Espero no llegar a la ancianidad así, que la educación que me dieron siendo niña no me abandone nunca.
Intento enseñarle a mis hijos qué es eso de la buena educación, o la educación a secas, aunque a veces mis intentos resultan infructuosos, sobre todo con mi hijo que, no sé si será porque se acerca a la edad rebelde, no le gusta que le corrija sus maneras y su forma de hablar.
El tema de los modales en la mesa es un punto y aparte. Qué difícil es inculcarles un mínimo de comportamiento en la mesa: desde no meterse el cuchillo en la boca para limpiar los restos, hasta no usar las manos con la comida, y no digamos eructar, que en otros países se considera de buen tono porque así se demuestra lo mucho que te está gustando lo que comes y lo bien que te está sentando, pero que aquí de momento es todo lo contrario. Chuparse los dedos, sorber la sopa con ruido, limpiarse la boca con la mano, hablar con la boca llena, accionar con los cubiertos mientras se está charlando como si fueran espadas o pararrayos, comer el pan a bocados sin ser un bocadillo..... son algunas de las menudencias que pretendo enseñarles que no se deben hacer, más que nada para que no terminen pareciendo unos trogloditas.
Luego está el extremo opuesto, el de los que quieren parecer tan finos que ya se pasan, como cierta señora muy conocida que ya pasó a mejor vida y que en los ágapes sociales solía partir los guisantes con cuchillo y tenedor. O mi madre, sin ir más lejos, que en el internado de monjas donde estudió la obligaban a comer las patatas fritas con tenedor, acrobacia degustativa digna de ser vista que el que llegue a dominar merece toda mi admiración.
Y dejando a un lado los modales en la mesa, la educación que le quiero dar a mis hijos pasa, entre otras cosas, por no mirar el pañuelo después de haberse sonado la nariz, o no escupir, costumbre que ha adoptado mi hijo últimamente, a modo de machadita o yo qué sé qué.
Por la calle, cuando no hay educación, puedes ser víctima de todo tipo de tropelías: desde que te quemen con un cigarrillo de esos que se llevan en la mano como al descuido, hasta pisar excrementos de animales cuyos dueños carecen de sentido cívico y no han querido recogerlos, pasando por la gente que se queda hablando parada en mitad de la acera y no dejan pasar. Y qué decir tiene de los conocidos que te asaltan por detrás para saludarte dándote un palmetazo en la espalda, algo que detesto profundamente.
Los programas de televisión enseñan poco en ésto de la buena educación, más bien todo lo contrario, y la gente en general, y sobre todo los niños, aprenden cosas que son incorrectas pensando que están bien hechas. Sobre todo las series de humor, que pretenden conseguir la risa fácil a base de regocijarse en lo chabacano.
Si tuvieran que impartir ahora en los colegios e institutos una asignatura que en los tiempos de mi madre se llamaba “Urbanidad”, sería la rechifla general, nadie le daría la importancia que tiene, cuando lo único que pretendía era enseñar lo que a cada uno en su casa le tendrían que haber inculcado ya, es decir, buena educación. Porque se puede ser muy culto y erudito y al mismo tiempo un auténtico patán, que el conocimiento es una cosa y el saberse comportar otra muy distinta.
La próxima vez que alguien me diga en forma amistosa-coloquial “qué jodía” o “qué cabrona”, le diré: “Por favor, llámame srta. Escarlata”. Qué menos.

viernes, 8 de febrero de 2008

Hippies: la vida por delante








El término hippie, según puedo ver en Google, proviene de “hip”, que significa “popular, de moda”, y que derivó a “hipster”, que viene a ser algo así como “bohemio”, que se aparta de los usos y convencionalismos sociales.
En un primer momento surgió el movimiento hippie en EEUU tras la 2ª Guerra Mundial como consecuencia de las profundas alteraciones que sufrió la sociedad y la cultura norteamericana tras la contienda. Pero fue en los años 60-70 cuando, a raíz de la guerra de Vietnam, alcanzó su máximo desarrollo.
Aparece, pues, como antídoto a una enfermedad, pues una sociedad que promueve y participa de una guerra es una sociedad enferma a la que la única medicina posible que se le puede administrar es la paz.
Esta revolución ideológica alcanzó a todos los demás ámbitos de la vida, hasta convertirse en una especie de nihilismo, la negación de todo principio religioso, político y social, de toda creencia preestablecida.
El concepto tradicional de familia entró en crisis, ya que dejó de ser el núcleo esencial de la sociedad al representar unos valores que ya no eran aceptables. En la religión, ya no hay una sola forma de ver a Dios si no que se toman aspectos de otras religiones, y en la economía, en mitad de una etapa de prosperidad, se apela al no materialismo y se opone al consumismo, al stablishment y al paternalismo gubernamental.
Y así, una vez aparcados la guerra y el nacionalismo, los valores tradicionales y la intolerancia, el movimiento hippie se desarrolló como un estilo de vida nómada basado en las comunas, algo parecido a lo que sucedió en el cristianismo primitivo, en su afán por compartirlo todo.
Aquí se celebraba la vida y el amor, con una liberación sexual absoluta que promovió abiertamente el uso de los métodos anticonceptivos, y con el respeto a la Naturaleza y al medio ambiente en general, ya que de ella formamos parte y en ella estamos integrados.
Esta actitud iconoclasta, inconformista y no convencional, que se plasmaba en la moda, el arte, la música y el cine, se llevó a sus últimas consecuencias con el consumo de drogas, para unos una forma de evasión de un mundo que no les gustaba tal y como estaba concebido, para otros un medio para crear.
Los hippies no querían cambiar la sociedad, sino que querían formar una sociedad aparte, con unos valores propios que hicieran posible dar sentido a una vida que hasta entonces estaba vacía, que no era auténtica y plena. La frase que he visto en Internet que creo que mejor lo define es “anarquía no violenta”, basada en la libertad y la justicia por medios pacíficos.
Una de las costumbres que se adoptaron en aquel momento y que para mí representa uno de los gestos más bonitos y significativos que se hicieron fue lo que dio en llamarse “Flower Power”, que consistía en regalar flores a las autoridades o introducirlas en sus armas en las manifestaciones pacíficas.
Fueron famosos algunos de los conciertos al aire libre que se celebraron, como el de Woodstock, que reunían a cientos de personas que “acampaban” literalmente durante varios días allá donde tuviesen lugar. En ellos, solistas y bandas que por entonces empezaban a darse a conocer cantaban unas letras y tocaban melodías distintas a todo lo anteriormente conocido, para goce del personal, y que luego se convirtieron en símbolos de toda una generación, figuras importantísimas e irrepetibles en la historia de la música contemporánea.
El cine que se hizo en aquella época también marcó un hito en la evolución del celuloide. Algunas de las películas de entonces, como “El regreso”, constituyen mi referente humano y cultural imprescindible, algo así como una escala de valores elaborada a partir de aquellos principios.
Al socaire de la buena onda que promovió el movimiento hippie, se sumaron otras tendencias reivindicativas como el feminismo y la lucha contra la discriminación racial, que también tuvieron su acogida y su repercusión en la sociedad del momento.
Dicen que el movimiento hippie degeneró por los excesos y por la falta de grandes ideólogos que lo fundamentaran. Se ha hablado también refiriéndose a él de contracultura y hasta de subcultura. Quizá se trató sólo de una válvula de escape a una situación de crisis, un soplo de aire puro en medio de un ambiente que estaba viciado. Y la prueba de que no sólo fue una moda pasajera sino una forma de vida es que, casi 50 años después, aún sigue habiendo reductos de vida hippie en todo el mundo.
Últimamente se está volviendo a poner de moda todo lo de aquella época. Resulta extraño ver por la calle a la gente joven con trazas parecidas a las que se llevaron entonces, y fascinada por aquella música, pero creo que se quedan sólo en lo externo, no profundizan en su esencia.
Aunque yo era una niña cuando tuvo lugar el movimiento hippie y hay muchas cosas que no recuerdo, y otras que sí recuerdo y no supe apreciar por mi edad, tengo una cierta nostalgia de ese tiempo que ya ha pasado, y me queda un sabor agridulce en la boca al comprobar cómo terminó todo y lo que hemos perdido desde entonces, valores como el idealismo con el que afrontaron la vida, el ecologismo, un permanente optimismo y vitalidad, una cierta ingenuidad, la frescura y la casi absoluta falta de prejuicios. Nunca la mente estuvo más libre y más desinhibida, sin ningún temor. Esa es la clave de la felicidad, como leí por ahí una vez: la ausencia de miedo.
El movimiento hippie se identifica con la juventud, y se echa un poco en falta que no abarcara también a la gente de más edad. Puede que los cambios personales y sociales sean más propios de los que aún tienen toda la vida por delante.

martes, 5 de febrero de 2008

Maniática de la última palabra

- Quizá las lágrimas son saladas porque dicen que venimos del mar.

- La libertad es quitarse de encima el yugo de los padres, y después hacer lo mismo con el yugo del marido. Sólo faltaría que mis hijos me pusieran un yugo también. Que no se les ocurra. A ellos les dejo sólo que me subyuguen.

- Mi madre casi no se acuerda de nada de mi infancia, pero sí de la de mi hermana. Amnesia selectiva: eliminamos de la memoria sólo lo que no nos gusta. Voy a tener que ejercer mis derechos de primogenitura. O a lo mejor la vendo por un plato de lentejas. Para lo que me sirve.......

- Creo que tengo la lengua tan suelta porque de niña mi padre censuraba mucho todo lo que decía. Ahora me he pasado al bando contrario, pero tampoco es bueno no tener pelos en la lengua. Con la pluma aún no me pasa. El día que me de el vértigo tampoco tendré pelos en la pluma (¿?).

- Quisiera saber por qué en ésto del amor la cabra siempre tira al monte. Sobre todo si ese monte es de los que no dejan ver el sol. Aparta de mí ese cáliz.

- Qué injusto es que haya especies que viven muchísimo tiempo mientras nosotros, los seres humanos, vamos desapareciendo unos detrás de otros sin remisión. Hay seres vivos que si no los matas, no terminan de morirse. Acabemos con la secuoya.

- Cuando moceaba usaba el carné joven, y ahora sólo espero llegar a mayor para tener algún carné o tarjeta dorada que me reporte algún beneficio. Mientras tanto pululo en una edad intermedia que no tiene carné. Los de mi edad vivimos marginados.

- Como dice Carmen Posadas, “un egoísta es todo aquel que no piensa en mí”.
Pues eso.

lunes, 4 de febrero de 2008

A mis pequeñas sobrinas

Son dos lindas hermanas
mis pequeñas sobrinas.
Una tiene la gracia
de las flores nacidas
a la orilla del mar.
La otra de las palmeras
tiene el talle juncal.

Una tiene por ojos
dos estrellas del cielo.
La otra en sus pupilas
bella serenidad.

Pili es como un remanso
de aguas cristalinas.
Susi es como el suave viento
que anuncia un huracán.

Una es claro de Luna.
La otra girón de nube.
Ambas tienes unidas
belleza de querube.

Sin embargo, entre ellas
hay una inmensidad.
Este poema nos lo dedicó a mi hermana y a mí mi tía Carmen, de la que hablé en otro sitio de este blog, que publicó libros de poemas y relatos cortos. Todo lo que en él se refiere a serenidad hace referencia a mí. Tendría yo unos 8 años cuando lo hizo. Si me viera ahora la pobre......

viernes, 1 de febrero de 2008

Nacida libre


Animales. Así denominamos a una parte de nuestra zoología, en la que no solemos incluirnos los seres humanos.
Gran error. Los griegos decían que el hombre es un “zoon politikon”, es decir, una animal político, entendiendo ésto último como social, un ser vivo que necesita relacionarse con los demás para desarrollarse.
Posteriormente se habla del hombre como “animal racional”, en cuanto que se le atribuye inteligencia y capacidad de razonamiento. En ésto hay grados también.
Dentro del reino animal, no somos la especie que mejor parada sale, pues muchas otras nos dan cien mil vueltas y de ellas tendríamos mucho que aprender. Animales como el delfín, que son tan inteligentes y dulces, capaces de un gran valor cuando la ocasión lo requiere, o el mono, nuestro antecesor y al que en el fondo seguimos pareciéndonos, con gestos y comportamientos muy similares a los nuestros, desde la forma de mirar hasta la manera de coger los objetos o apoyarse en el regazo de la madre cuando son pequeños. O la memoria de algunos especímenes, que recuerdan durante mucho tiempo quién los ha ayudado o quién les ha hecho daño.
La mayoría de la gente no da valor a la vida de los animales, o consideran que su derecho a vivir es inferior al nuestro, por eso los maltratan y los abandonan, y con razón salía en el anuncio publicitario aquel lo de que “él nunca lo haría”, cosa seguramente cierta pues su capacidad para el mal o su falta de fidelidad son prácticamente inexistentes. Y además tendríamos que aprender de su forma de organizarse socialmente, del cuidado y protección que tienen las hembras con sus crías, y los machos con sus familias. Sólo se mueven por instinto, nunca por maldad.
A mí es difícil verme en un zoológico. La única vez que visité uno, el de Madrid, para que mis hijos vieran a los animales en vivo, pasé un mal rato: sólo de verlos encerrados en jaulas, o metidos en una pequeña extensión de terreno, hacinados y rodeados de zanjas, me producía una tristeza inmensa.
Recuerdo especialmente un tigre blanco, que precisamente por ser distinto del resto de los de su especie lo habían colocado en un habitáculo diferente. A través del cristal se le podía ver mirando hacia el muro del fondo, inmóvil, de espaldas a todos los intrusos y mirones que estábamos allí. Me pareció la viva imagen de la soledad y la tristeza.
Algo parecido a lo que me contó mi hermana una vez sobre un monito que vió en el escaparate de una tienda de música y que tenían allí como reclamo. Era todo desolación, parecía que se preguntara el motivo por el que se le inflingía aquella tortura, el por qué lo habían aislado del resto de sus congéneres para traerlo a un espacio pequeño y cerrado sólo iluminado con luz artificial.
Detesto también los circos que tienen animales: ningún ser vivo debería ser adiestrado para entretener a nadie, obligado hasta la extenuación a repetir una y mil veces los mismos movimientos que en ellos son antinaturales y ponen en peligro su integridad física. A cambio de un lugar donde vivir y comida, como si ellos no tuvieran sitios mejores donde estar y alimentos más suculentos con que alimentarse. La esclavitud.
Ni siquiera los parques naturales, con las posibilidades de espacio y Naturaleza que ofrecen me parecen sitios adecuados para ellos. Qué manía de sacarlos de su hábitat de origen para llevarlos lejos y exhibirlos sin pudor. Que nos llevaran a nosotros al polo Norte o al desierto, a ver cómo nos sentaba.
Qué gusto da acariciar el lomo de un gato y ver cómo arquea su cuerpo y levanta la cola de placer, o rascarle la panza a un perrillo que sólo quiere jugar y dar unas cuantas vueltas en el suelo, retozón.
Me viene a la memoria un cachorro de perra que vivía en la casa del guardabosques que hay en la entrada a la Herrería, en El Escorial, cuando íbamos a pasar al campo los fines de semana. Mora se llamaba, por el color tan negro de su piel. Era preciosa. La cogía en brazos como si fuera un bebé y le daba el biberón, así hasta que se hizo mayor.
También me acuerdo de un pajarito que tenía una amiga del colegio, que colocaba sus patitas en uno de mis dedos y se subía a otro dedo si lo colocaba un poco más alto, como si se tratara de una escalera.
Pero el animal que más impresión me causó fue una perrita que tenía una amiga de mi hija. En una ocasión que fuimos a su casa, se escondió cuando llegamos debajo de la cama de su dueña, asustada porque no nos conocía. Salió al cabo de un rato para acercarse lentamente y observarme con unos ojos enormes y tristísimos, como intentando saber cómo era yo y qué intenciones tenía. Al poco, depositó su cabeza y una pata sobre mi muslo, sin dejar de mirarme. Me dijo su dueña que la había sacado de un centro de acogida de animales maltratados. Entendí su desconsuelo y la necesidad constante y nunca satisfecha de recibir afecto. Probablemente nunca tendría bastante por mucho amor que quisiéramos darle. La acaricié largo rato, y no dejé que la apartaran alegando que quizá molestaba. Cerca, un poco retirados, dos gatos de la casa muy ceremoniosos observaban distantes la escena desde un balcón abierto.
Yo nunca tendré un animal en casa, porque no puedo dedicarle la atención y el espacio que necesita.
Nacida libre, como el título de aquella serie que en los años 70 gustó tanto en televisión. Sólo recuerdo que trataba de una leona joven y del dilema de si debía vivir en cautividad o en su medio natural. La búsqueda de la libertad era la sensación que transmitían aquellas imágenes. Lo mismo que buscamos los seres humanos.
El mundo entero es una gigantesca Arca de Noé. Respetemos a todos los animales, grandes y pequeños.

miércoles, 30 de enero de 2008

Sin noticias de Dios




Hace muchos siglos que no nos visita el Hijo de Dios reencarnado en Hombre, o en Mujer, que los tiempos han cambiado, para hablarnos de su Padre, transmitirnos fe, paz y confianza, que buena falta nos hace, y de paso hacer unos cuantos milagros de los que aparecen en la Biblia, que fueron tan espectaculares. No consentiríamos que volviera a morir por nosotros, ni en la cruz ni con ningún otro martirio de los que tantos hay hoy en día.
Actualmente, con todos los efectos especiales que existen y la tecnología, quizá sería menos llamativo que hiciera cosas fuera de lo común, seguramente nadie le haría ni caso.
Lo cierto es que el que parece no hacernos ni caso desde hace mucho tiempo es Dios.
Hubo una época en que sólo existía la armonía, el equilibrio. A eso se le llamó Paraíso. Aquel estado de cosas idílico en la Tierra dicen que se perdió por causa de la Mujer, cosa que también es muy discutible, porque dos no pueden si uno no quiere, y además la serpiente aquella tentadora tengo entendido que era macho. Pero aun así, desde entonces los hombres nos han dado nuestro merecido, para culminar con lo que ahora se ha dado en llamar “violencia de género”. Todavía queda por ahí algún rincón perdido que se puede considerar Paraíso natural, aunque no sé por cuánto tiempo.
Extinguido ese estado de gracia maravilloso, nos hemos quedado con lo que se supone nos tenemos merecido: no hemos sabido aprovechar los dones que Dios nos dio en su momento, y ahora somos como las piezas de un inmenso ajedrez que El no mueve, creando nuestras propias reglas para jugar, y sálvese el que pueda. O quizá seamos como esos animales de laboratorio que son introducidos en un medio previamente estudiado para que un experto observe sus reacciones, como en un gran experimento.
En este juego entra todo: el libre albedrío del ser humano, y los fenómenos naturales, menos predecibles, y que nos sacuden con fuerza de vez en cuando. Vivimos sobre un polvorín y a merced de los cuatro vientos. Y encima dicen que con el tiempo se organizarán viajes a la luna. Pues que cuenten con mi ausencia, que con lo de aquí ya tenemos bastante.
El caso es que Dios hace oidos sordos a nuestras plegarias, o quizá sea que tiene tanta confianza en nuestra capacidad que nos deja solos con el convencimiento de que nos bastamos y sobramos para solucionar nuestros problemas. Y mientras tanto, todo está del revés, pocos están satisfechos con lo que les ha tocado en suerte, y nos contentamos diciendo que siempre hay alguien que está peor. O lo que sería el colmo: que Él haya decidido retirarnos la palabra, indignado por tanta barbaridad.
Pienso en esa utopía que es que a la voz de “ya” todos nos pongamos de acuerdo, si no al unísono sí gradualmente, hasta establecer una filosofía de vida similar que permita un cierto equilibrio. Es cierto que a lo que unos parece bien, a otros no tanto, y viceversa, pero seguro que tiene que existir una escala de valores básica universalmente aceptada, el término medio en el que se supone que está la virtud esa de la que tanto hablan. Y luego, rezumando todos bondad por doquier, que cada cual tenga su forma de vida, que en la variedad está el gusto.
La Justicia es la clave de todo: si los bienes están repartidos por igual, si las cargas de la vida cotidiana se comparten entre todos, otro gallo nos cantaría. Ningún proceso natural quedaría detenido, ningún derecho alienado, ninguna petición justa en el olvido.
Se trata al fin y al cabo de hacer justicia, cambiar las leyes para hacerlas más flexibles y que puedan adaptarse mejor a la realidad que vivimos.
Dios, sin duda, se cansó de castigar nuestro mal proceder mandándonos diluvios y plagas, pues se ve que no tenemos remedio. El caso es que sigue habiéndolos, pero ahora a los diluvios se les llama inundaciones, y a las plagas males endémicos que se pueden atajar con vacunas. Cuando surge una nueva plaga, como pasó con el SIDA en su momento, ya se alzaron prestas las voces agoreras de que Dios volvía a las andadas, exterminando a tanto pecador como hay. Nadie ha pensado que los virus también tienen derecho a vivir y también actúan con libre albedrío, para nuestra desgracia.
Si el Hijo de Dios volviera alguna vez a la Tierra para recordarnos lo que ya sabemos sobradamente, seguro que saldría a escape al ver en qué nos hemos convertido: a su Paraíso inicial lo estamos calentando globalmente, ya no queremos ser como niños para entrar en el Reino de los Cielos, nos gusta vivir en Sodoma y Gomorra, y no nos importa habitar en una torre de Babel tan alta que alcance al mismo Dios, aunque se confundan nuestras lenguas, porque la ambición y la soberbia siguen sin conocer límites. No dejamos que los niños se acerquen a Él, no todos se ganan el pan con el sudor de su frente, y la mujer sigue pariendo con dolor, aunque últimamente este castigo bíblico por hacer caso a la serpiente demoníaca va teniendo remedio con alguna que otra inyección. Seguimos sin ser el guardián de nuestro hermano, y necesitamos meter los dedos en la llaga para creer. Y los males van en aumento.
Mientras tanto, seguimos sin noticias de Dios.

miércoles, 23 de enero de 2008

La casa de la Alameda


Aún recuerdo la enorme manzana de casas en las que vivían las tías y la abuela de mi madre, en la calle de la Alameda, al lado del Pº del Prado. Era un edificio señorial, construido en el siglo XIX, que cuando yo frecuenté de niña se encontraba ya al final de una época, prácticamente abandonado, sólo una sombra de su pasado esplendor.
El portal, enorme, conservaba aún su estacionamiento de carruajes. El ascenso hacia los pisos superiores era una subida suave a través de esas escaleras anchas que se hacían antiguamente, con peldaños de madera que gemían quejumbrosos cuando se los pisaba y pasamanos de hierro forjado. En los recodos había un asiento triangular adosado en el rincón para el descanso de los que se cansaran en la subida.
Las puertas, de gran tamaño, dos en cada piso, se hallaban a uno y otro lado una frente a otra a gran distancia, con mirillas grandes, redondas y metálicas adornadas con arabescos.
En medio de las puertas un gran ventanal a través del cual se veía un patio vecinal que tenía al menos las dimensiones de un campo de fútbol. En aquella época casi todos los cristales estaban rotos, las ventanas desvencijadas y las persianas prendidas en algún punto, como a punto de caer.
El bloque se encontraba en este estado porque el dueño del inmueble quiso hacer el negocio del siglo vendiéndolo a una constructora para hacer viviendas. Para provocar el desalojo del edificio lo apuntaló por fuera para que desde la calle pareciera que estaba en ruinas, y luego fue ofreciendo indemnizaciones a los inquilinos para que se marcharan. Las tías de mi madre fueron las únicas personas que no se quisieron ir, por lo que el dueño del inmueble se dedicó a hacerles la vida imposible, llegando a cortarles el agua y la luz en alguna ocasión, pero nunca consiguió echarlas de allí.
Cuando llegábamos al portal, me asustaba un poco la apariencia fantasmagórica que tenía el edificio, sin apenas luz y con la fachada llena de puntales. Luego, ya en la puerta, al timbre de llamada acudían corriendo tres perros que ladraban furiosos porque estaban poco acostumbrados a la gente, mientras ellas quitaban una especie de tranca que tenían colocada contra la puerta y descorrían un montón de cerrojos. Las tías solían recoger animales abandonados, y tenían en casa además de los perros, tres gatos y varios pájaros. La casa parecía un zoológico, no sé cómo podían convivir en paz todos juntos, quizá porque era muy grande, como todas las viviendas que se hacían en aquella época, que parecían auténticas mansiones, con pasillos muy largos y montones de habitaciones, además de dos terrazas, una interior, más pequeña, que parecía un invernadero y siempre que se entraba allí se percibía un aroma a plantas semi podridas y una humedad constante, donde crecían rosas enormes y preciosas de muchos colores. La otra terraza, exterior, mucho más grande, era donde nos reuníamos en verano para celebrar el día del Carmen. Las tías solían comprar una tarta de yema y nata que siempre estaba medio derretida por el calor, y servían refrescos. Los perros, que querían participar del bullicio, hacían lo posible por subir los peldaños que conducían a la terraza, pero las tías cogían un spray que tenían al efecto y se lo echaban en la cara para que retrocedieran y se quedaran quietos.
En invierno nos sentábamos en el saloncito, y los perros se conformaban con sentarse y mirarnos de reojo, dando gruñidos y bufidos de vez en cuando. Estaban muy gordos porque los alimentaban demasiado y casi no los sacaban a la calle, y tenían los ojos estrábicos y como fuera de las órbitas.
La casa se resintió del abandono general del inmueble, de hecho en una de las habitaciones se había hecho un tremendo agujero en el suelo por el que se podía ver el piso de abajo.
Las tías y la abuela de mi madre vivían rodeadas de muebles antiguos, viejos tapices y fotos en sepia. La abuela, mi bisabuela Carmen, estaba siempre sentada en un sillón de orejas, porque ya casi era centenaria y prácticamente no se podía mover. Desde allí controlaba la vida de la casa: las dos tías, el marido de una de ellas, la criada y la hija de ésta a la que habían acogido como si fuera una hija, además de los animales. Recuerdo su pelo blanco recogido con elegancia en un moño alto, dicharachera, muy conversadora, inteligente, cariñosa y con temperamento a un tiempo. Decía mi madre, aunque yo no lo ví nunca, que cuando sus hijas le pedían dinero decía que el sonotone no le funcionaba bien. A mi hermana y a mí nos daba caramelos que sacaba de un cajón al que sólo ella parecía tener acceso.
Mientras permanecía la televisión encendida, como ruido de fondo, ellas nos regalaban su conversación culta y amable, y nos hacían reir con sus sutilezas y su fino sentido del humor. A pesar de su avanzada edad sus cabezas funcionaban perfectamente, no así al final de sus días por desgracia.
El edificio sólo se quedó vacío cuando ellas fueron falleciendo, y para entonces lo habían declarado monumento histórico-artístico y ya no se podía demoler. Estuvo así muchísimo tiempo, hasta hace poco que pasé por allí y ví que por no sé qué extraño cambalache habían conseguido por fin salirse con la suya y habían construido en esa manzana viviendas y aparcamientos.
Pero ellas ya no fueron testigos de esa felonía. Mientras vivieron constituyeron el último reducto de una época que ya no volverá, un símbolo de la independencia y la rebeldía frente al abuso y la especulación, la manifestación anónima pero no por ello menos grandiosa del coraje y la firmeza de principios de que podemos ser capaces los seres humanos.

miércoles, 16 de enero de 2008

Aborto


Tema escabroso y controvertido donde los haya, y más últimamente con la polémica que ha levantado el cierre de varias clínicas. Es sin duda un asunto sobre el que casi nadie se pone de acuerdo. Decisión personal, problema de conciencia, no sabemos muy bien cómo calificarlo.
Pero se trata, al fin y al cabo, de la esencia de la vida: traer o no traer un nuevo ser a este mundo. Independientemente de las circunstancias de cada cual, parece que nos hemos erigido en administradores de almas, como si fuéramos Dios y decidiéramos con poder absoluto sobre la vida y la muerte de los demás.
Aún recuerdo con horror una clase que nos dio uno de los profesores de religión que tuve en el instituto: nos llevó a la sala de audiovisuales y nos enseñó un montón de diapositivas en las que se veían restos de abortos. Uno de los compañeros empezó a vomitar y todo el mundo protestó por la crudeza de las imágenes, alegando que aquello parecía más una clase para estudiantes de Medicina que una clase de religión. Quizá es cierto que el profesor, que además era sacerdote, quiso aleccionarnos sobre este tema de la única manera posible: mostrándonos la cruda realidad.
El caso de motivo de aborto más sangrante, el de una mujer que ha sido violada y queda embarazada ¿es víctima y a su vez verdugo?, ¿víctima de un hecho violento y verdugo de sus consecuencias?, entonces hay dos víctimas aquí, inocentes ambas, y más violencia.
Hoy en día, en un mundo en el que se ha llegado a tantos avances científicos para facilitar la fecundación de los que no pueden tener hijos, hay también sitios donde a diario se acaba con la incipiente existencia de cientos de pequeños seres que han tenido la desgracia de aparecer en un lugar y un momento inadecuados. Esas clínica son como campos de concentración a pequeña escala, con máquinas trituradoras que deshacen cualquier resto de la masacre. He leído hace poco que se han encontrado incluso fetos de siete meses. ¿A dónde vamos a llegar?. ¿De qué clase de aberraciones va a ser capaz el ser humano?. ¿Es que el mundo se va a convertir en una película de terror?.
Lo que yo no entiendo ahora mismo es el creciente índice de abortos entre las adolescentes, con la cantidad de información que hay actualmente sobre sexualidad y la enorme gama de métodos anticonceptivos que existen. Quizá sea el aumento de la permisividad sexual, pero mal entendida, y en esto me parece que estamos al nivel del Tercer Mundo: ningún país verdaderamente desarrollado tiene en sus estadísticas esa cantidad de embarazos a edad temprana. El grado de civilización se mide, entre otras cosas, por el autocontrol de las propias necesidades, y entre ellas el apetito sexual. A este paso vamos a acabar como los monos en la selva, todo el santo día con lo mismo y sin discriminar, todo vale.
Tan sólo en algunos de los casos tipificados por ley, como la malformación del feto que haga imposible una mínima calidad de vida, o cuando corren peligro madre e hijo si se sigue adelante con el embarazo, puedo entender que se practique un aborto.
Mi abuela materna se vio en uno de esos casos: después de tener a mi madre se volvió a quedar embarazada al poco tiempo, y como su salud se había resentido terriblemente del primer embarazo, el médico le dijo que si no lo interrumpía no sobrevivirían ninguno de los dos. En aquella época, años 40 en España, en que el aborto no estaba permitido en ningún caso, suponía un riesgo en cuanto se consideraba un delito. Ella nunca nos habló de eso, lo supimos por mi madre cuando ya había muerto. No sé cómo se sintió, me imagino que muy mal, pero luego tuvo más hijos, y sin problema para su vida ni la de ellos.
Yo personalmente, aunque supiera que un hijo mío no nato tuviera un retraso mental, no abortaría jamás. De hecho no me quise hacer la amniocentesis en ninguno de mis dos embarazos, a pesar de que me dijeron que era práctica habitual en los hospitales. Simplemente no me interesaba saber si mi futuro hijo tenía el coeficiente intelectual adecuado, y de paso no me tuve que someter a una de las muchas y desagradables pruebas por las que nos vemos obligadas a pasar las mujeres en estas circunstancias.
Creo que todos tenemos derecho a la vida, y nadie puede anticipar a un ser vivo que aún no ha nacido cuál va a ser su futuro, si va a ser feliz y capaz de desenvolverse por sí mismo, o si va a ser desgraciado, el hecho de nacer en perfectas condiciones no garantiza nada de eso. Dicen que las personas que tienen deficiencia mental viven felices porque no se dan cuenta de nada. Pero hoy en día, en que el culto al cuerpo y la mente exige una perfección casi absoluta, no está permitido nacer con defectos, y entonces hacemos una nueva selección de la raza, como en su momento quisieron llevar a cabo los nazis, vamos a crear un prototipo de persona que se ajuste al estándar aceptado por todos.
Por desgracia, el motivo más usual para abortar es simplemente el embarazo indeseado: los hijos son una responsabilidad y si encima no se tenía intención de traerlos al mundo, está claro que estorban. Como se supone que con unas pocas semanas de vida aún no se es persona, en realidad nos deshacemos de un pequeño trozo de carne.
Pero ¿quién puede asegurar cuándo se es sólo una cosa y a partir de cuándo se empieza a ser persona?. ¿De qué se trata entonces, de un animal, de un vegetal?. Porque algo tiene que ser. ¿Cuál es el problema?, ¿qué aún no tiene forma humana?. Pero ahí está, un conjunto de células que contienen ya todas las características del nuevo ser.Nunca podría vivir con una cosa así en mi conciencia, sabiendo que he provocado el fin de un ser que es mi carne y mi sangre, incluso en los casos tipificados por la ley en que parece que no queda más remedio. Quién soy yo para hacer eso, quién es nadie.

lunes, 14 de enero de 2008

Querido Jack


Viendo hace unos días una de las maravillosas películas que hizo Jack Lemmon, me vienen a la memoria tantas otras que llevó a cabo a lo largo de su vida, a cual mejor.
La primera vez que lo vi, me resultó un poco repelente, con ese manoteo constante que tiene, esos tics nerviosos, esa forma de mirar de soslayo cuando está contrariado.... Pero luego viene todo lo demás, la fragilidad, la ternura, la esquizofrenia, la autenticidad, el valor, toda una amalgama de sentimientos encontrados, y al final consigue meterte en el bote, en su torbellino sentimental, terminas formando parte de su causa.
Fue un actor que abarcó todo el espectro de emociones de que es capaz el ser humano, pero dándole su toque personal: la impotencia en “El apartamento”, el amor y los celos en “Irma la dulce”, la honestidad en “Primera plana”, el miedo y la desesperación en “Missing” y “El síndrome de China”, el humor en “Esa extraña pareja” y "Con faldas y a lo loco", donde se disfrazaba de mujer y trabajaba junto a una conmovedora Marilyn, por decir unas cuantas.
Representaba al hombre común, zarandeado por los abatares de la vida, víctima involuntaria de toda clase de malos entendidos, pero que tras un montón de miedos e incertidumbres, termina sacando lo especial que lleva dentro de sí para enfrentarse a todos los contratiempos y salir más o menos airoso. Al final terminas convencida de que casi todo lo que se propone, casi todo lo que decide emprender y consigue llevar a cabo, no ha sido en vano.
Generoso, desinteresado, lleno de bondad, es difícil imaginarlo haciendo de “malo”, aunque a veces se vea sometido a tentaciones que están a punto de hacerle sucumbir, al borde de malicias infantiles, pequeñas travesuras que él sabe hacerse perdonar, arrepentido.
Cuando ríe, cuando llora, en cualquier situación nos transmite una sensación de enorme humanidad y confianza, como si fuera alguien de quien siempre te pudieras fiar, alguien a quien le entregarías lo más importante que tuvieras con la seguridad de que quedaría bien guardado.
Mucha gente se sintió identificada con él en cuanto que representaba al ciudadano de a pie del que todos se aprovechan, siempre indignado, al borde de un ataque de nervios, un poco en el límite de la locura, y al que sólo le queda el derecho al pataleo.
Parece que sus películas tienen una moraleja, una enseñanza para la vida, como en esa película tan curiosa que hizo del eterno dilema hombre-mujer, mujer-hombre en “Guerra entre hombres y mujeres”, en la que al final vemos que la guerra de los sexos es absurda, que en el fondo no somos tan distintos, que somos sólo seres humanos y estamos todos metidos en el mismo barco.
Idealista, cabal, exasperado, tan pronto valiente como apocado, un cúmulo de contradicciones adorables. Se trata al final de vivir con pasión, de no ser indiferente a nada.
Al contrario que en las películas antiguas, en las que los temas y los personajes tocaban suavemente el corazón, él lo tocaba con fuerza.
Con esa forma tan directa y abierta de mirar, por sus ojos podían pasar en un solo momento todos los estados de ánimo imaginables, para terminar pareciendo al final lo que en realidad era, sólo un niño que está un poco desvalido.
Con sus colaboraciones con otra gran actor, Walter Matthau, explotó su lado más cómico. Era increíble verlos juntos, sacándole punta a todo. Yo he pasado con sus diálogos algunos de los mejores y más hilarantes momentos de mi vida.
En el drama se desenvolvía también magníficamente, sobre todo en los años 70 cuando trató en sus películas algunos temas controvertidos, desplegando todos sus recursos interpretativos más inquietantes y emotivos a un tiempo.
Por su forma de actuar se puede decir que Jack Lemmon fue un actor singular, irrepetible. Verlo en acción es siempre una gozada.
Querido, mi querido Jack.

jueves, 10 de enero de 2008

Benazir Bhutto


Cuántas personas más valerosas y buenas van a tener que sucumbir bajo la tiranía de la violencia. La muerte de Benazir Bhutto abre de nuevo una brecha en el frágil muro de la paz, y nos produce otra herida sangrante en nuestras conciencias y en nuestra alma por lo injusto y lo cruel del hecho.
Ella sigue el trágico e inexorable destino de tantas otras sagas que han dedicado su vida, y hasta la han sacrificado, en aras del bien común: lo sucedido a la familia Gandhi se me vino enseguida a la cabeza en cuanto supe lo que le había pasado a Benazir Bhutto, y ahora su hijo va a ocupar su lugar, como respondiendo a una terrible llamada del destino, sabiendo que es un auténtico suicidio, que su vida correrá peligro ya para siempre.
Ser el líder de un país entraña sus riesgos, sobre todo si se es una persona honesta, algo poco corriente en el mundo de la política, y además fiel a unos principios éticos: es el caso de Luther King, o más recientemente de Olof Palme. Pero si además se es mujer, y en un país como Pakistán, la cosa tiene su enjundia: lo raro es que a Benazir no le haya pasado ésto antes.
Recuerdo la primera vez que tuve noticia de ella, leyendo una larga entrevista que le hicieron con motivo de su elección como presidenta de su país, allá por 1988. En esa ocasión me impresionaron sus palabras, la firmeza y contundencia de sus opiniones, la enorme personalidad que se reflejaba en todo lo que decía, y la belleza de sus rasgos, muy típica de las mujeres pakistaníes, y que se exhibía profusamente con numerosas fotos que ilustraban la entrevista. Una mujer que ha estudiado en Harvard y Oxford, que hablaba varios idiomas, que escribía libros, que daba conferencias, y que entre otros premios se le otorgó uno relacionado con los Derechos Humanos, no es algo que se pueda despreciar. Eso, en un país como Pakistán, con unas tradiciones tan retrógradas y un índice de analfabetismo tan grande como el que tienen, debió ser imperdonable. ¡Cuánto atrevimiento!. Y aunque su padre se dedicara también a lo mismo, ¡cómo se atreverá ella a tener aspiraciones!.
Así le pasó en su vida: siempre luchando por lo que creía, soportando la cárcel en varias ocasiones, contra viento y marea. Admiro su tesón, su dedicación, y su valor.
Cuántas veces más vamos a tener que sufrir el espanto que supone contemplar en la televisión el horror de las escenas de muerte y destrucción que suceden a un atentado: pistoleros que descerrajan tiros a bocajarro, suicidas que se inmolan llevándose por delante a todo el que tenga la desgracia de estar cerca..... Cuánta rabia produce entre cierto tipo de individuos y grupos las personas que son constructivas y procuran vivir en paz consigo mismas. Es más, creo que cuanto más buenas sean esas personas, más terriblemente se las aniquila, como si quisieran volatilizarlas, que no quedara absolutamente nada de ellas, nada que nos las pueda recordar.
Pero se equivocan, al convertirlas en mártires, esas personas adquieren una dimensión que antes no tenían, y pasan a formar parte de la Historia y de la memoria colectiva con fuerza renovada. Y siempre habrá otras que las sustituyan, como en un acto heroico, o temerario quizá, porque casi siempre saben que el final que les aguarda suele ser trágico. Personas así surgen pocas, porque el sitio que han de ocupar es peligroso y la existencia que deben llevar muy dura, pero siempre hay, desafiantes ante la adversidad.
¿Sabría Bezanir que su hijo la sucedería si algo le pasaba a ella?. Yo, en su lugar, como madre que soy también, no lo querría, por muy elevadas que fueran mis convicciones y pensase que merece la pena entregar la vida por ellas. Pero supongo que eso el ago muy personal.
Qué espanto el mundo que vivimos, qué aburrida la repetición del mismo tipo de truculencias siempre una y otra vez: el lugar del atentado bañado en sangre, la colocación de flores, fotos, mensajes y velas encendidas los días siguientes en ese sitio..... El Mal carece de imaginación, y por lo que se ve la forma de responder a él también. Es hora de que cambie el menú de sus horrores, ya que es imposible que desaparezcan. El terrorismo es como un disco rayado, produce una desazón y un tedio infinitos. No hay cosa peor que la perversidad de los que son tontos y malos.

martes, 8 de enero de 2008

Shopping

Qué fama tenemos las mujeres de ser adictas al shopping, sobre todo en lo que a moda se refiere, y qué verdad es en general, con el gusto que da: pocos placeres se pueden igualar al encuentro inesperado de una prenda que hacía tiempo estaba esperando a que tú la encontrases para ponértela y lucirla.
Pero llegados a estas fechas y, tras los estragos que la Navidad deja en el cuerpo, me las veo y me las deseo no ya sólo para encontrarme bien con ropa alguna, si no también para podérmela probar cuando voy de compras: intentar meterse un jersey por la cabeza sin arrancarse las orejas con los pendientes ya tiene lo suyo, pero bajar la prenda por encima del pecho es toda una odisea por el aplastamiento, mas luego superar la rebosidad grasácea del viente y comprobar cómo sobresalen las lorzas por delante y por detrás. Si es un pantalón, algunos no me suben ni por la pierna, que es lo único que siempre se mantiene delgado en mi cuerpo, venga a mirar la talla por si me he equivocado. Me asalta la duda de si es la ropa o soy yo la que está mal hecha.
¿Y los probadores?. Ahora casi todos tienen sólo unas cortinas, y los que tienen puertas, como en Tintoretto, carecen de pomo, picaporte o pestillo, por lo que si te olvidas de este pequeño detalle y te apoyas por un momento en ellas ten por seguro que acabarás en mitad del pasillo en ropa interior o como Dios te trajo al mundo, según lo que te estés probando. Y la iluminación, sobre todo en El Corte Inglés, que come los colores y aturde la vista: cuando crees que has comprado una cosa de un color determinado, luego al salir a la calle con la luz natural es otro distinto.
La música es lo único bueno de estos sitios, muy trepidante y discotequera, que dan ganas de ponerse a bailar en lugar de a mirar ropa.
Y lo peor son las empleadas, la mayoría chicas muy jóvenes con poca educación y con pocas luces, que con este trabajo se sacan un dinero pero que ni saben vender ni tratar a un cliente ni ganas tienen de saberlo. Si les haces cualquier pregunta, te atienden como de pasada, como si las estuvieras molestando, porque casi siempre o están colocando ropa o charlando entre sí sobre el último novio que les ha salido o lo mala que es cualquiera de las compañeras que en ese momento no está presente en la conversación, o pelándose entre sí por los turnos o la cantidad de trabajo que tienen. Si hay que hacer cualquier cambio o devolución, te escrutan con desconfianza, mientras mascan chicle con la boca abierta, y parece como si quisieras darles gato por liebre, le dan mil vueltas a las prendas buscando algún desperfecto que impida hacer el cambio, y le dan otras mil vueltas al ticket de compra, que sólo falta que lo pongan al trasluz como se hace para saber si un billete es falso. Luego llaman a otra compañera, normalmente una encargada, y cuchichean entre ellas mientras te miran, como si fuera un tribunal de la Inquisición y estuvieran decidiendo si quemarte o no en la hoguera. Cuando por fin se deciden a hacer lo que les pides, muy a su pesar, mascullan algo entre dientes, pasándose el chicle de un lado a otro de la boca. Es ahí cuando parecen brillar con repentino fulgor todos los piercing que lleva repartidos por la cara (ceja, nariz, labio, lengua, orejas), y cuando resaltan aún más los rubios amarillentos y los caobas zanahoria de sus pelos teñidos chabacanamente, cuando no los colores casi negros de las uñas demasiado largas, casi siempre postizas, o demasiado cortas, que hacen manos que parecen muñones, con los dedos abarrotados de sortijas.
Hoy en día no se distingue mucho una empleada de boutique de la dependienta de un puesto de verduras en el mercado. Antes se conformaban con decirte mientras te atendían “chata-bonita-maja” o “cielo-tesoro-corazón”, cualquiera de estas dos retahílas, aunque no te conocieran de nada, y luego se asomaban casa dos minutos por las cortinas del probador aún sabiendo que te iban a pillar medio desnuda, para ver si te habías puesto ya algo y si te lo ibas a llevar.
Lo peor son las boutiques que tienen tallas limitadas: si se te ocurre preguntar por una talla mayor, aunque esté dentro de la media razonable, te miran de arriba abajo y con una media sonrisa te dicen: “Para usted no tenemos talla aquí”, y te vas con el cartel de vaca pegado a la espalda.
Quién dijo que hacer shopping no tenga sus riesgos e inconvenientes, puede llegar a ser una auténtica odisea, pero la emoción de encontrar el trapito de tu vida puede compararse, y es mucho más probable que se produzca, a la emoción de encontrar al hombre de tu vida: lo descubres, te gusta, te lo pruebas, ves si te queda bien y no tiene ningún defecto, y te lo llevas.
En rebajas no se admiten devoluciones.

viernes, 4 de enero de 2008

Navidad, dulce Navidad

Es una lástima que la Navidad se haya convertido con los años sólo en un negocio: parece obligada la compra desenfrenada de regalos y comida en cantidades ingentes.
El sentido de la Navidad, como celebración religiosa, prácticamente ha desaparecido en nuestro país: se ve el portal de Belén y los Reyes Magos como meras figuras decorativas que están ahí siempre cuando llegan estas fechas, y ya no se valora la historia, el sentido que hay detrás de todo ésto.
Recuerdo con nostalgia la devoción con que de niña ayudábamos a mi padre en casa a montar el belén cada año, pues él se erigía en encargado exclusivo de esta tarea. Sacaba las cajas con las pequeñas figuras de plástico, que eran muy bonitas por cierto, no como las que se venden ahora, sacaba el portal de belén hecho con un corcho que imitaba madera, lo mismo que el pozo, sacaba las casas del pueblo, el puente, un río que hacía él con papel de plata, las montañas hechas con papel de embalar que estrujaba estratégicamente para darle forma, y donde colocábamos el castillo de Herodes en lo más alto, y el “cagonet” detrás, para que no se viera mucho. Luego un firmamento estrellado de fondo, pegado en la pared.
En la plaza Mayor lo compramos todo un año, incluido el serrín verde que repartíamos por todas partes, y alguna vez poliuretano rallado sólo por algunos sitios y que hacía las veces de nieve.
Mi padre colocaba luces ocultas tras las ventanas de las casas y el portal de belén, y alguna figura se incorporó de las que tocaban en los roscones que, por su color o su tamaño, desentonaba un poco del resto, pero que tenía también su lugar.
Este año mi hijo se dedicó a lanzar sobre el belén proyectiles de gomaespuma con una araña gigante que le han traido los Reyes ( me niego a decir que ha sido Papá Noel, aunque mis hijos siempre reciben sus regalos en Navidad, como hicieron a su vez conmigo).
Mi padre ha optado por ponerle papel celo por detrás al ángel que está sujeto sobre el portal porque siempre se está cayendo, y no hay nada que desentone más en un belén que un ángel caído.
Me viene ahora a la memoria una anécdota que solía contarme mi madre y de la que yo no guardo ningún recuerdo en mis archivos cerebrales, a propósito de una foto en la que salgo yo, con cuatro ó cinco años, sentada sobre la pierna de un Rey Mago magníficamente ataviado para la ocasión. Yo, tan tímida como era (y lo sería ahora también si tuviera que sentarme sobre la pierna de un Rey Mago, qué pinta también), no fui casi capaz de articular palabra cuando me preguntaba aquel señor qué era lo que quería por Navidad, y estuve a punto de echarme a llorar: aquellas ropas tan espléndidas y aquella corona tan brillante me impresionaron sobremanera.
En estas fechas se suceden las cosas bonitas y las feas sin solución de continuidad: es muy agradable ver las calles con esa iluminación de fantasía, los belenes que se montan aquí y allá como exposiciones y que compiten en grandiosidad y perfección, la música tan festiva (aunque hay ciertos villancicos que son tan machacones que hartan ya un poco), la reunión familiar.... Pero también está lo lamentable: la ausencia de los seres queridos o la existencia de problemas personales, cosas que parece que en estos días se llevan peor, o el encarecimiento de los alimentos (debería estar prohibido por ley), o un chico que ví hace poco con un pendiente disfrazado de Papá Noel repartiendo caramelos de propaganda junto a una óptica (en EE.UU. es aún peor porque los hay a cientos y encima tocando una campana en mitad de la calle). También cuento entre lo lamentable esa costumbre reciente de colocar Papás Noel en las fachadas de las casas como si estuvieran trepando hacia las ventanas (parece una iniciativa a seguir para los ladrones), o a mi hermana poniéndose ciega de langostinos con mayonesa, o yo misma agarrada a la botella de moscatel y dándole a las hojaldrinas, que es que ni conozco.
Yo creo que habría que retomar el espíritu tradicional de la Navidad, y si no en el sentido religioso, que es lo suyo en realidad, para el que no tenga creencias de esa clase, en el sentido más humano posible: aprovechar la ocasión para intentar llevarnos todos un poco mejor, para replantearnos las cosas de nuestra vida que no nos gustan e intentar cambiarlas de cara al Año Nuevo que se acerca. Es la ocasión para acordarnos de aquellos de los que nadie se acuerda nunca, y darles lo que a nosotros nos sobra: todo lo que está previsto que comamos y bebamos de más en estas fechas deberíamos dárselo a ellos. Que sea un derroche de generosidad, no de dinero. Que sea de verdad una dulce Navidad para todos, dulce por el turrón, dulce por el amor a los demás.
 
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