martes, 14 de abril de 2015

Viaje de Semana Santa 2015 (y II)

 
La cafetería era un local enorme con una decoración moderna y lleno de gente mayor. Pedimos, entre otras cosas, unas croquetas de “pushero”. El camarero me miró como si fuera una extraterrestre cuando le pregunté en qué consistía eso. Es como la carne del cocido. En una mesa cercana una familia estaba comiendo un pisto con huevos fritos encima con un aroma delicioso. El camarero nos miró aún más extrañado cuando para terminar Miguel Ángel y yo pedimos un Cola Cao. Nos gusta tomar algo caliente por la noche, qué le vamos a hacer.
Miguel Ángel de espaldas, en el centro de la imagen
Al día siguiente fuimos a Gibraltar. Nos habían advertido en la residencia de que allí todo es más caro porque los precios están en libras, que tienen más valor que el euro. Si se pagaba con tarjeta no había ese problema. Llegamos en un autobús de línea regular a la Línea de la Concepción y desde allí, a pie, cruzamos la aduana sólo enseñando el carnet de identidad. Los no europeos tenían que mostrar más documentación. Los que iban en coche tenían que aguantar una larga cola. Tras pasar el control lo 1º que te encontrabas es una cabina telefónica roja típica inglesa. Atravesamos una pista de aterrizaje, dándonos prisa en el último tramo por indicación de una agente de policía, pues un avión hacía maniobras para despegar. Tras una pequeña cancela unos cuantos turistas esperábamos como niños curiosos el momento en que el avión tomara altura frente a nosotros, rumbo al mar, para hacer fotos. Miguel Ángel vio un caza aparcado a un lado que le encantó.
Los edificios que se veían me recordaban los de Chernobil por lo feos y abandonados que parecían. Tras atravesar un pasadizo el paisaje cambió como por ensalmo. Una gran plaza llena de tiendas y terrazas típicas inglesas nos recordó a Mª José y a mí nuestra visita a Londres, que hicimos hace tiempo cada una por nuestra cuenta con nuestros hijos. Pasé frente a los comercios de souvenirs pensando comprar algo a la vuelta, pero luego ya estaban cerrados.
Enfilamos una larga calle llena de comercios, y al cabo de un rato topamos con una iglesia en una plaza, que en un lateral tenía una entrada de estilo andaluz, con azulejos blancos y azules, y vegetación exuberante. Por dentro apenas tenía adornos, nada en el altar mayor. Seguimos y pasamos debajo de la Puerta de Southport, especie de puente de piedra vestigio de una antigua fortificación. A continuación el pequeño Cementerio de Trafalgar, donde están enterrados algunos de los contendientes de aquella batalla. Es como un jardín o un parque diminuto a pie de calle, rodeado por una verja de hierro.
Tras un cruce la calle se hizo cuesta arriba y llegamos a la zona de los teleféricos, desde donde subimos a lo alto de las montañas para ver a los monos. Donde más están es en una zona intermedia en la que el teleférico no paraba, pues desde abril hasta octubre sólo sube a la parte más alta, para evitar colapsos por la mayor afluencia de turistas, pero los monos se iban multiplicando en el tiempo que estuvimos allí, pues donde está la gente allá que van ellos dispuestos a quitarles alguna vianda. Miguel Ángel vio en internet con su móvil qué especie era aquella, un macaco que también hay en los Montes Atlas del Norte de África. Había muchas hembras. Una de ellas, muy vieja, fue el primer ejemplar que nos encontramos. Nos miraba a todos con ojos entornados, y una mezcla de cansancio y desdén. Cerca otra hembra, más joven, estaba sentada en la rama de un árbol y su cría la miraba y se acercaba a ella para mamar, pero cuando lo hacía no tardaba en darle un bocado en el cuello, lo que provocaba que perdiera pie y se quedara colgando de la rama, mientras emitía agitados sonidos de protesta, reprochándole a su madre, que no le hacía caso.
Puerta de Southport
Subiendo a lo más alto había unas magníficas vistas del mar y de una pequeña playa que parecía acotada sólo para disfrute de los habitantes de los adosados construídos abajo. El agua en la orilla tenía tonos turquesas y se veía muy limpia. Las gaviotas no dejaban de volar sobre el precipicio en gran número, quedándose paradas en el aire a los 426 m. que estábamos. Entramos en la zona de cafetería y souvenirs, un edificio muy moderno, con cristaleras enormes. Compramos un hojaldre relleno de una carne guisada muy rica a modo de aperitivo, que pude calentarme en un microondas industrial. Había incluso paella con bonito, como la que hace mi madre, pero aquí la llamaban ensalada de arroz. Los alimentos ingleses se mezclaban con los españoles. Los souvenirs eran muy curiosos, había de todo: monos de madera que colgaban unos de otros por la mano, pequeñas reproducciones plateadas de aviones de la 2ª Guerra Mundial, monedas inglesas, muñecos que eran bobbys, la policía inglesa, camisetas y calcetines que apenas eran un paquete del tamaño de la palma de una mano y que adquirían su tamaño original mojándolos con agua… Los monos sabios, aquellos que no ven, no oyen y no hablan, están tomados de una leyenda japonesa, pero en Gibraltar la usan como un recuerdo más de la visita.
Miguel Ángel con ademán de conquistador de ultramar,
como él mismo quiso posar
Bajamos a un mirador, desde donde se podía ver otro promontorio lleno de hierba verde, cuya parte más alta cubrían las nubes. Había algunos monos de gran tamaño, que yo creo que si se subieran encima de alguien lo tirarían al suelo con su peso. Al bordear el edificio el viento hizo que me cayera en un brazo y un poco en la cara la cagada de una gaviota, abundante, blanca y semilíquida. Por mucho que la quise limpiar en los servicios se quedó una mancha. Cuando bajábamos hacia el teleférico para regresar uno de los monos le cogió inesperadamente la mochila a un chico de unos 13 años que se iba a hacer una foto a su lado, como si se la quisiera abrir. Parecía una persona. Se produjo una gran algarabía, y a partir de ese momento al resto de los monos que había por allí les cambió el gesto y la actitud, y de estar tranquilos e indiferentes pasaron a ponerse nerviosos y a acechar a los turistas. Uno se subió al brazo de un hombre que llevaba una bolsa de pipas en la mano, pero no le dio nada. Había carteles que anunciaban 500 libras de multa a quien les diera de comer, que en euros es mucho más. Mª José, entusiasmada, dijo que los recordaba así de la vez que estuvo allí hace años con su familia, y que le extrañaba que hubieran estado tan apagados hasta ese momento.
Ya en el pueblo comimos, en una terraza cerca de los teleféricos, unas hamburguesas muy ricas con patatas fritas metidas en unos canastillos metálicos con un papel. El día se iba despejando y lucía un sol magnífico y una brisa fresca. Había empezado nublado y luego las nubes grises se fueron, como en Ceuta el día anterior. Las gaviotas se posaban sobre un muro cercano porque estaba cerca el mar. Había gente de todas las nacionalidades en las mesas. Nos atendió un camarero con mucho gracejo andaluz, que nos dijo una cosa muy bonita, que hacía mucho tiempo que no oía hablar un castellano tan perfecto. Ahí empezó la conversación, salpicada de chascarrillos: que los españoles que vivían en Gibraltar eran unos "renegaos" porque tenían la nacionalidad británica, que tenía que aguantar “de tó” desde que trabajaba allí, “y ya estoy hablando bastante” decía mirando de reojo a la dueña, una sargento treinteañera vigoréxica con un teñido rubio muy feo que andaba por allí cerca, que si él era de Ceuta y allí tuvo muchos años un bar hasta que con la ley de rentas antiguas ya no pudo seguir pagando el alquiler y lo tuvo que dejar… Cuando le dije que mi padre era de allí enseguida supuso que tenía familia militar, y dijo que con alguno había tenido mucha amistad de cuando iba a tomarse algo a su local. Ahora se había construido una casa en Estepona, desde donde iba y venía todos los días a Gibraltar. Nos sorprendió al final cuando afirmó que prefería que La Roca no fuera española porque así ganaba más.
Ya casi llegando a la plaza donde empezamos nuestro recorrido gibraltareño, una comitiva muy larga de ingleses ancianos iba en sentido contrario siguiendo una gran cruz de hierro negro, con dos sacerdotes de negro riguroso a la cabeza, uno de ellos recitando salmos en inglés. Todos iban diciendo en voz alta lo que leían en unas hojas. Como era Viernes Santo imaginamos que sería una pequeña procesión, porque en Gibraltar hay una mezcla de algecireño y británico muy peculiar. No nos dió tiempo a visitar la Línea de La Concepción.
Siempre que volvíamos de alguna de estas excursiones descansábamos una hora u hora y media en la residencia, en nuestras habitaciones, hasta la hora de la cena. Estaba yo tumbada en la cama poniendo mensajes con el móvil y Miguel Ángel se acababa de lavar la cabeza, cuando empezó a sonar un ruido fuerte, como una presa cuando está saliendo el agua. Pensé que igual los de la habitación de al lado habían abierto mucho el grifo para ducharse, cuando Miguel Ángel sale del baño y exclama: “¡Mira mamá, el suelo! ¡Qué es esto!”. Al sentarme en la cama y poner los pies en el suelo noté que chapoteaba, y al ponerme de pie vi que un montón de agua salía a gran velocidad de debajo del armario empotrado, junto a la puerta. Me puse los zapatos, que se estropearon porque eran de ante, y sin darme tiempo a coger el sujetador, que me había quitado para estar cómoda, me lancé al pasillo corriendo hacia el ascensor para avisar a Juan en recepción de lo que estaba ocurriendo. Salió escopetado él también y como le dije que a lo mejor era cosa de los de la habitación de al lado entró con una llave que tienen ellos y vio que no había nadie y que en su baño todo estaba bien. “Es en vuestra habitación”, dijo. Tardó un rato en cortar la llave de paso, lo cual me recordó una de las cosas que nos dijo cuando nos conoció, al preguntarle cuánto se tardaba en llegar a los sitios. "Depende de si es paso madrileño o paso andaluz", afirmaba, dando a entender que este último era más lento. Dejó por fin de inundarse nuestra habitación, que a esas alturas tenía varios dedos de agua y una nube de vapor flotando en ella porque era agua caliente, además de haber salido al pasillo y llegado a las puertas de los dos lados. Luego nos contó Juan que el presupuesto que tenían asignado sólo dió para reformar la mitad de los cuartos de baño de la residencia, el resto seguía antigüo.
Enseguida me dio otra habitación, en el piso de arriba, más grande y que daba a la parte de atrás en lugar de a la carretera, con lo que había menos ruido. Nos fuimos a cenar a una terraza con precios muy económicos, en las inmediaciones de la calle Alfonso XII, donde estuvimos el día anterior, que es la zona de más ambiente de allí. Al día siguiente, gracias a la insistencia de Mª José, nos abrieron el comedor temprano, aunque aún no era la hora de abrir, para que pudiéramos desayunar, y vimos desplegada una puerta de acordeón corredera que dividía la sala, para tapar los cubos con los que recogian el agua que se filtraba por el techo, justo donde estaba la que fue mi habitación. Nos dijeron que Juan había recogido lo menos 20 cubos, y la persona que le siguió cuando acabó su turno a las 10 se pasó recogiendo agua toda la noche porque no había dejado de salir. La residencia estaba llena, pero siempre dejaban libres un par de habitaciones para cualquier eventualidad. Los de la habitación de al lado, un matrimonio con niños pequeños, no se quisieron cambiar hasta el día siguiente, a pesar de tener la llave de paso cortada. Nos despedimos de Juan con dos besos, y Miguel Ángel con un apretón de manos, pensando seguro el hombre que menos mal que ya se iban esas pesadas que la iban armando allá donde fueran.
A la estación marítima se llegaba en taxi en 5 minutos. Aunque íbamos un poco justos de hora aún nos sobró tiempo. Da gusto cuando se está en un sitio donde las distancias son cortas. El viaje nos había sabido a poco, por lo que al día siguiente, domingo, para aprovechar lo que quedaba de las vacaciones, y mientras Miguel Ángel se iba con su padre a una finca que tiene uno de sus tíos, Mª José y yo nos fuimos al Escorial. Jornada de campo para todos. Ya habíamos estado hace años cuando hacíamos senderismo y visitamos la Silla de Felipe II, pero ella no conocía La Herrería. Compramos magdalenas en una panadería del pueblo, que tenía cola porque todo lo que hacen allí es delicioso, que era donde comprábamos el pan cuando iba con mi familia de pequeña. Las terrazas estaban llenas. Vi que habían abierto negocios nuevos, uno de ellos en la plaza del Ayuntamiento, una cafetería muy bonita que lucía en sus expositores unos dulces y unas empanadas con una pinta increíble.
El campo estaba verde pero aún había pocas flores. Hasta mayo no empezarán a salir. Había gente diseminada por las mesas con bancos, y nosotras nos pusimos en el que suelo ocupar cuando voy con mi familia. Yo me tumbé al sol después de comer y lo debí coger todo yo porque luego estaba como un cangrejo, cosa que me pasa siempre que voy allí. Miguel Ángel también volvió rojísimo de la finca de su tío, porque también le estuvo dando bien el aire y el sol.
Un perro de caza muy juguetón apareció por allí y sin darme tiempo a reaccionar se llevó en sus fauces mi botella de agua. El dueño, que estaba con su mujer y otra pareja cerca de allí, se disculpó y me trajo otra, pero ya estaba empezada y la tiré a la basura en cuanto pude. El monasterio dejaba oir sus campanadas de vez en cuando, y escuchar el canto de los pájaros era muy relajante.
Por la tarde hicimos una breve visita al Monasterio. En el control de entrada hice una broma con la vigilante acerca de mi bolsita de magdalenas que pasaba por el escáner, y ella siguió la guasa señalando a otra compañera, metida en un chiscón acristalado, que decía tener hambre, aunque se estaba comiendo unas galletas. En el interior tuvimos la suerte de coincidir cuando estaban tocando el órgano, aunque había pocas personas allí para disfrutarlo. Volvimos deprisa por el atajo hacia la estación, pues casi perdemos el tren. Un niño de unos 4 años nos dio la serenata durante el trayecto, llorando y gritando muerto de sueño porque quería estar con su mamá y su papá.
Estaba preocupada antes de este viaje por si Miguel Ángel se fuera a encontrar mal mientras estuviéramos por ahí, pero lo cierto es que lo ha pasado bien y le ha sentado mejor. Se rió mucho con los piques de Mª José y Juan, y con sus ocurrencias. Ella le trata con afecto y él está a gusto. Miguel Ángel era como un osito amoroso, cariñoso, atento y dulce. No sé cuándo será la siguiente escapada, habrá que recuperar un poco el cash, pero espero que sea tan estupenda como esta como poco. Las vacaciones pasan demasiado deprisa. 



























 
 
 


lunes, 13 de abril de 2015

Viaje de Semana Santa 2015 (I)

 
Me había propuesto mi amiga Mª José un viajecito para esta Semana Santa, y aunque en un principio barajamos Málaga y Sevilla, la saturación que sobre todo ésta última tiene en esa época del año, y la subida de precios que experimenta, hizo que barajáramos otras posibilidades. Mi amiga, que trabaja en Defensa y puede pedir plaza en residencias militares, vio que en la de Algeciras tenían unas cuantas habitaciones libres aún. Con mi hijo Miguel Ángel, que se sumó encantado a la troupe, emprendimos viaje hacia uno de los extremos más alejados de la península, un día antes de lo previsto, porque cuando saqué los billetes de tren por internet me los dieron con la salida y la llegada invertidas, y cuando me di cuenta 2 días antes del viaje ya no me los pudieron cambiar porque estaba todo repleto. La única solución fue cancelarlos y sacar otros para empezar el viaje un día antes y terminarlo un día antes también. Por cierto, aunque tuvimos que cogerlos en Preferente porque ya no quedaban clase Turista, no nos dieron ni un cacahuete durante el trayecto. ¿En qué se diferenciaba una de otra al final, salvo por el precio? Un timo.
Yo de Andalucía sólo conozco Málaga y Granada, y poco, pues las visité en breves escapadas con mi familia de niña. El paisaje que atravesamos con el tren era muy distinto al que estoy acostumbrada cuando voy al Levante, que es mucho más árido. La hierba tiene un verde destellante que se extendía como un suave manto por praderas y lomas, me recordaba a la ventana de inicio de Windows.
En la residencia nos atendió en recepción Antonio, con el que Mª José había hablado para hacer las reservas. Educado y solícito, mi amiga porfió con él un poco para que nos pusieran las habitaciones al precio de las de los Suboficiales, pues según él al personal civil se le ponían (absurdamente) el de los Oficiales. Ella no se corta un pelo, y gracias a eso nos ahorramos un dinero. Luego supimos que la calidad de los alojamientos no hacía distinción según la categoría de los militares que se alojaban en ellos: la que estuviera disponible era la que se asignaba al que llegaba en cada momento.
Comimos en el comedor de la residencia, la única vez que lo hicimos, pues el resto del tiempo estábamos fuera, a pesar de lo cual tuvimos que pagar la media pensión porque era obligatoria. Y menos mal porque era un menú único y el primer plato, una crema de verduras, estaba buena, pero el 2º, un pollo picantón, nos lo sirvieron entero, sin cabeza, y más duro que una piedra. Puesto boca arriba parecía estar en el ginecólogo, y boca abajo se le veía un ojete tieso y parecía que le iban a dar por ahí mismo. Estuvimos un rato riéndonos con esto.
Yo en la playa del Rinconcillo
Por la tarde dimos un paseo por Algeciras, por la playa del Rinconcillo. Para llegar había que ir por la Avenida del Carmen, el paseo marítimo de allí, que en algún tramo tenía un aroma a alcantarilla, pues el puerto estaba lleno de cargueros y a lo lejos se veía una construcción metálica pintada en azul de lo más industrial. Las aguas estaban muy sucias, pero al llegar a esa playa estaba todo más limpio y había gente bañándose. Dos treintañeros hacían equilibrios circenses, el más corpulento tumbado sobre la arena y sujetando en el aire al otro. Dos chicos que jugaban al fútbol se les quedaron mirando y no tardaron en ser ellos los que eran alzados a pulso. Según paseábamos descalzos nos íbamos encontrando conchas muy grandes, y yo me quedé con una que me señaló Miguel Ángel. Un Yorkshire nos acompañó zalamero un rato para luego volver con su dueña, que leía y no le hacía caso. Mª José se extrañó de que no hubiera chiringuitos, que parece que van asociados las playas andaluzas. Después nos sentamos en una terraza y Miguel Ángel se pidió un bocadillo de tortilla francesa con rodajas de tomate que estaba delicioso. Allí, por sencillo que sea el manjar, no sé cómo lo cocinan que está exquisito.
Al regresar había otra persona en recepción, Juan, que resultó ser el que más de contínuo estaría allí, y con el que más hablamos. Era uno de esos andaluces enjutos, alto y delgado, con mucho sarcasmo, con el que Mª José disfrutó lanzándole todo tipo de pullas, porque le gusta picar a la gente a ver cómo reacciona y estar un rato de broma. El otro las cogía al vuelo y contraatacaba sin pensarlo. Como todos los de la tierra eran de los que dicen cosas hilarantes y se quedan luego muy serios aunque todo el mundo se parta de risa. Pronto nos cogió afecto, porque también era muy educado, y tuvo algunas deferencias con nosotros que contaré más adelante.
Contratamos a través de la residencia el ferry que nos llevaría a Ceuta, pues trabajan con una agencia de viajes y nos hacía el 50% de descuento. Pensábamos hacer una excursión a Tánger-Tetuán, pero cambiaron el día en que iba a realizarse y coincidió con el de nuestra marcha, por lo que no pudo ser. Hacerla por nuestra cuenta nos hubiera costado 200 y pico € por persona, mientras que a través de la residencia eran 69 € cada uno.
Por la noche nos fuimos a cenar a una terraza de Lizarrán, cerca del puerto. Yo solía desayunar de vez en cuando en una de las que hay en Madrid cuando trabajaba en Justicia, pero aquí me tuvieron que explicar cómo funcionaban porque era distinto: los camareros-as salían y entraban constantemente con platos llenos de montados y cazuelitas y las iban ofreciendo por las mesas. El desfile era incesante, variado y delicioso, nunca vi tal cantidad de cosas para picar diferentes y sorprendentes. Miguel Ángel estaba ya casi mareado de tanto como preguntaban, pues no cesaban de interrumpir en la conversación y en la degustación.
Miguel Ángel y Mª José en el ferry
Y a Ceuta fuimos al día siguiente. Casi lo consideré una señal, porque es la tierra de mi padre, de mi abuela paterna y toda su familia, y toda la vida quise conocerla. No estaba previsto pero surgió así. Desayunamos en la estación marítima, un bar con barra semicircular que en una pared tenía dos grandes relojes con un letrero al lado de cada uno de ellos: en uno indicaba que esa era la hora en Madrid y en el otro la de Marruecos, una hora menos.
El ferry, de la línea Balearia, era grande y por dentro parecía la sala de un casino de Las Vegas, con sillones color café con leche y granate, y techos de espejo. Tenía un aire a café decadente. Una pequeña cubierta en un lateral fue el sitio al que nos dirigimos Miguel Ángel y yo a mitad de trayecto, dando bandazos aquí y allá como borrachos por el vaivén del barco. Surcar el mar a esa velocidad, con el viento azotándote la cara y los pelos locos, me produce una extraña felicidad. Íbamos dejando una estela enorme de espuma blanca a nuestro paso, y el aire se notaba limpio y fresco.
En mi anterior trabajo revisábamos billetes de todas las compañías marítimas de ferrys de España. Tenía curiosidad por ver cómo era una de ellas. Y la verdad es que están muy bien equipadas, con tienda de comida y bebida, un Telepizza en el que podías comprar café, y una tienda acristalada de joyas y perfumes que no vi abierta. Un expositor ofrecía gratis prensa local y La Razón que, curiosamente, estaba por todas partes. Las empleadas igual atendían en las tiendas o el Telepizza, como empujaban las sillas de ruedas de los pasajeros con poca movilidad que llegaban o se iban. Una chica joven se mareó y puso perdido los lavabos del servicio vomitando. Un par de personas vi que se encontraron mal pero sin pasar a mayores. Yo, que me he mareado mucho en cualquier transporte años ha, me sorprendí de que ya no fuera así. En realidad sólo hay un pequeño tramo en el que el mar está más movido, y ya nos lo advirtieron.
Gran Casino de Ceuta
Mª José había hablado por teléfono con un antiguo jefe suyo, un coronel, que había pedido destino a Ceuta desde Madrid hacía tiempo, para ver si nos hacía de guía, pero estaba en su tierra, Zaragoza, aprovechando las vacaciones para visitar a su familia. Lo que sí hizo fue contactar con uno de sus compañeros de trabajo, Pepe, un civil amigo suyo, para que nos enseñara un poco la ciudad. Esperamos a Pepe junto a la cafetería Manhattan, cerca de la estación marítima, regentada por árabes, lugar de degustación de tés morunos y dulces que él por lo visto frecuentaba. Nada más verlo me recordó a uno de los hermanos de mi padre, el que es militar. Son los rasgos de la zona, heredados de mi abuela paterna, que era oriunda de allí desde muchas generaciones atrás. Vimos muchos ojos azul muy claro, y pocos moros, a pesar de que Pepe nos dijo que la población árabe había aumentado mucho en los últimos años.
Parque Marítimo del Mediterráneo
Fue muy amable con nosotros. Nos dio una pequeña vuelta en el coche de su hija, pues el suyo nos dijo que se lo había dejado a un sobrino, y luego nos sentamos en una terraza de la calle Real, donde charlamos de nuestras cosas y nos explicó peculiaridades de la tierra. Nos llevó hacia la playa de la Ribera, que es Mediterráneo, pasando junto al casino militar, y luego al Parque Marítimo del Mediterráneo, un complejo enorme donde está el Gran Casino, varios restaurantes esparcidos a lo largo y ancho de un gran parque, y una piscina de agua salada de dimensiones colosales que ocupaba casi todo el recinto rodeando las zonas de ocio. En aquel momento estaban limpiándola para llenarla de cara al verano. Pepe nos dijo que unas canalizaciones traían el agua de mar desde la parte más alejada del puerto, donde está más limpia. Nos dejaron pasar sin cobrarnos, para que pudiéramos echar un vistazo. La entrada costaba 6 € al día, y también había abonos mensuales.
Playa de la Ribera de Ceuta
Pepe decía ir con su mujer y sus amigos a la playa del Chorrillo, mucho más familiar que la de la Ribera, que consideraba de pijos. La 1ª se la he oído mencionar muchas veces a mi padre, que también iba allí con su familia. Pepe decía que incluso asaban sardinas haciendo un pequeño fuego para que no se viera mucho y no les llamaran la atención.
Al comentarle la historia de mis abuelos viviendo allí, cuando nació mi padre, Pepe dijo que a la gente ajena al estamento militar le resulta extraña la vida que llevaban, su integración en la zona y su buena convivencia con los árabes, quizá porque es una forma de vida diferente que ya está casi extinguida.
Catedral de La Asunción de Ceuta
Cuando se acercaba la hora de comer le liberamos de su compromiso de acompañarnos y continuamos nuestro paseo. Había sido educadísimo y amable, sin conocernos de nada nos había hecho algunas confidencias personales, y creo que se sintió a gusto con nosotros igual que nosotros con él. Nos hicimos fotos frente a la Comandancia General y junto a la catedral de la Asunción (los edificios allí están pintados en tonos mostaza). Miguel Ángel fotografió con su móvil una estatua dedicada a los legionarios, que le gustan tanto.
A comer nos fuimos a un sitio que nos recomendó Pepe, asegurándonos que todo allí era muy fresco, El mentidero, una tasquilla junto a la calle Jáudenes, una de las pocas que conservan su nombre primigenio, cerca del mercado central. De camino vimos sentado en una plazoleta al único árabe con la auténtica chilaba, fez y babuchas que pudimos ver en nuestro recorrido. Su ropa era blanca, sus ojos azul claro, su piel más bien clara, y su actitud de absoluta contemplación meditativa, no se movía ni un ápice, como si fuera una estatua viviente.
Esa zona estaba entre dos mares, como la composición musical de Paco de Lucía: si mirabas a un lado veías a lo lejos el Atlántico, si mirabas al otro el Mediterráneo. Miguel Ángel se tomó unos montaditos de lomo y salsa a la pimienta, y nosotras unas raciones de pescaíto frito. El lugar era demasiado pequeño para la cantidad de mesas que tenía, y sus paredes estaban llenas de cosas muy nuestras: pósters de la Semana Santa del año pasado, dibujos taurinos, dos banderillas, y una bandera de España enorme con una frase impresa que muchos dirían que es fachosa, y otros patriótica, algo sobre Dios, la patria, la bandera y no sé qué más, entre muchos signos de admiración.
Iglesia de la Virgen de los Remedios de Ceuta
Luego fuimos dando una vuelta, calle Real arriba, hacia la iglesia de la Virgen de los Remedios, que me había dicho mi padre que visitáramos porque fue donde a él le bautizaron. No pudimos entrar porque sólo abrían en horario de Misas, pero por fuera me pareció grande y muy bonita. Bajamos por una calle que la bordeaba, una cuesta muy pronunciada que iba hacia el puerto, y pasamos junto a la estatua de Hércules, un coloso que no sé si empuja o sujeta las dos columnas que le flanquean. Terminamos otra vez en la cafería Manhattan, donde compré pastas típicas árabes cuyos nombres no logré memorizar. Nos quedamos sin ver muchas cosas, entre ellas el parque S. Amaro, el Monte Hacho, y el castillo del Desnarigado, en honor a un rey antiguo que tenía la nariz cortada. Pepe nos dijo que para estos 2 últimos sitios se necesitaba coche, porque están en lo alto de la montaña y no hay transporte público para llegar allí. Las vistas desde esos lugares debían ser magníficas, sitios que mi padre me había recomendado.
A última hora me acordé de Tere, una prima de mi padre que conocí el año pasado cuando coincidí con ella y sus hermanas en El Escorial. Muy cariñosa, le habría encantado acogernos en su casa. Por las fotos que pone en su Facebook debe vivir en esa zona entre dos mares que mencionaba antes. Otra vez será. Por donde no se nos ocurrió ir es por el barrio del Príncipe, famoso últimamente porque el yihadismo lo ha cogido como lugar de captación de adeptos. Pepe nos comentó que los chicos que salieron en el programa de t.v. hablando de este tema tenían una “cebolleta”, que allí debe ser algo así como estar fumados, que no dijeron más que tonterías.
En el ferry de vuelta abrí la caja de pastas morunas y compré unos cafés para compartir. Mientras estuve en Ceuta le decía a Mª José que me tenía que pellizcar para saber que no estaba soñando, que me parecía mentira estar allí después de tanto tiempo deseándolo.
Por la noche cenamos en una cafetería que estaba en la Plaza Alta de Algeciras.  Había una gran iglesia blanca con la fachada resplandeciente por los focos que la iluminaban, la de Nuestra Señora de La Palma, una fuente central muy bonita y asientos hechos con azulejos de colores, muy al estilo andaluz. Al ser de noche no la pudimos contemplar en toda su belleza.
Para llegar recorrimos la calle Alfonso XII, a cuyos lados se agolpaba la gente esperando la llegada de los costaleros con los pasos. Algunas procesiones ya habían desfilado por delante de la residencia, dejándonos su estela de música solemne y Manolas con vestidos cortos, muy distinto a Madrid, que llevan faldones largos. Pasamos frente a la Casa Consistorial, donde las autoridades de la ciudad esperaban solemnes sentados en las tribunas, muy empingorotados, a que llegaran los pasos. A pesar del tumulto se podía circular bien, la gente era respetuosa y educada.
Virgen de Nuestra Señora de La Palma de Ceuta
A la altura de la iglesia de Nuestra Señora de La Palma vi un paso magnífico, una Virgen preciosa con manto púrpura rodeada de velas, seguida de un Jesús Nazareno portando la Cruz ayudado por Simón de Cireneo. La figura de Cristo reflejaba su sombra sobre la blanca fachada de la iglesia, mientras era desplazado lentamente. Estos pasos desfilaron después junto a la cafetería mientras cenábamos, momento que aproveché para salir a hacer unas fotos, como muchas otras personas allí. Los que estaban dentro dejaron de comer y casi de hablar para contemplar respetuosos el desfile de las figuras a través de los grandes ventanales.
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martes, 7 de abril de 2015

Jamie Oliver


Creo que ya he comentado alguna cosa sobre Jamie Oliver en alguna ocasión. Me llama mucho la atención su forma de poner en escena algo en principio tan convencional como es cocinar, es cuando menos original.

Jamie tiene el aspecto del típico inglés de barrio obrero, hincha de algún equipo de fútbol, bebedor de grandes jarras de cerveza. Pero no se ajusta al perfil de cocinero que estamos acostumbrados a ver en televisión. A sus casi 40 años, parece un niño grande y travieso siempre dispuesto a transgredir las normas establecidas, algo con lo que se ve que disfruta enormemente. Descarado, simpático, espontáneo, con aspecto rubicundo y a medio camino entre fuerte y gordito, mira a la cámara con absoluta falta de pudor y un poco de guasa, como si se dirigiera en persona a cada uno de nosotros y se colara en nuestras casas. Su seguridad y, al mismo tiempo, su naturalidad y sentido del humor hace que tenga una gran audiencia, que también puede seguirle con los libros y DVD’s que edita, y en su página web. Todo un negocio bien montado el suyo.

Y el caso es que sus performances pueden parecer caóticas. Es difícil tomar nota de sus recetas porque va a una velocidad vertiginosa, quizá para darle ritmo a sus programas y no aburrir. Su especialidad son los platos que se pueden cocinar en 15 minutos. Puede que me parezca sólo a mí que en su cocina reina el caos. Hay demasiadas cosas alrededor, demasiada comida, demasiadas cacerolas y sartenes. Todo tipo de alimentos se trocean, se fríen, se trituran, se mezclan en amalgamas imposibles, utilizando productos de otros países, con lo que sus comidas tienen siempre un toque exótico. Algunos de ellos son típicos de Inglaterra, y aquí sería muy difícil conseguirlos. La fusión de sabores tan distintos tiene que ser muy excitante, y de su gusto nos tenemos que fiar si queremos creer que lo que está cocinando es bueno. Le gusta además revolver la comida con las manos. Está ciertamente lejos del glamour que se asocia a los chefs tradicionales.

Al comenzar o al finalizar cada programa, e incluso intercaladas, aparecen escenas rodadas a cámara lenta que son realmente espectaculares. Jamie se asemeja en ellas a un artista de circo, o a un prestidigitador. Fogones que se van prendiendo de un fuego azul gradualmente, alimentos que se elevan por encima de las sartenes a gran altura, tapas de cacerola que hace girar sobre sí mismas de forma desenfrenada, cubiertos de madera con los que golpea los pucheros simulando tocar la batería, patada hacia atrás para cerrar un cajón mientras cocina, palmada llena de harina que desprende una polvareda blanca en un primer plano frente a la cámara… En fin, las cosas que se le ocurren para llamar la atención y marcar la diferencia son tan variadas como las recetas que crea, todo pura imaginación.

Y el color. Amarillos, verdes, rojos, naranjas intensos. No sólo con la batería que utiliza, de gran variedad cromática y con tapas de cristal. Jamie juega con la vista para despertar el apetito, utilizando variedades de verduras o frutas poco habituales, como tomates o pimientos amarillos. Nos enseña a cortar una fruta tropical con precisión para no deshacerla, despacio (es la única vez que se ralentiza), y es poco amigo del corte diminuto, trocea en pedazos grandes y no del mismo tamaño. Dice que no le gusta que todo sea uniforme, o la rigidez a la hora de crear recetas, para qué complicarse la vida. Su cocina da la impresión de funcionar siempre a tope: salsas humeantes borbotean en las sartenes, el horno encendido con algo delicioso dorándose dentro, el cuchillo en constante movimiento… Es como una fábrica de febril actividad.

Y como colofón final, la degustación. Jamie con un gran plato repleto de lo que acaba de cocinar se mete frente a la cámara grandes cantidades de comida en una boca más grande aún de lo que ya se ve que es. Son fauces degustadoras, babosas, de labios carnosos. Hay algo libidinoso en esa boca. Cierra los ojos deleitándose, emite sonidos guturales de placer (es un poco animalesco), como si dijera que nos unamos a su fiesta, una bacanal de instintos desatados a la que sería tonto renunciar. Quizá ese puntito ordinariote, vulgar, de chef sin refinamientos, es la clave de su éxito, porque le hace parecer muy familiar, como si le conociéramos de toda la vida o formara parte de nuestra familia o amigos. Nada de divismos, de aires de afectación, incluso a pesar del reconocimiento público.

Igual aparece cocinando en compañía de sus hijos, que disfrutando de sus platos en el precioso y enorme jardín de su casa junto a los niños y su mujer, que charlando mientras comen sentados en un poyete su padre y él, o confeccionando menús mano a mano con su madre, aunque aquí se le ve un poco cortado, como si estuviera pendiente de lo que ella pueda opinar, le cuesta ser él mismo. El ascendiente de la progenitora, que no se puede eludir ni en toda una vida. Ella a veces le echa miradas de extrañeza como diciendo ¿de verdad va a estar bueno esto? Pero él hace como que va a lo suyo. También ha aparecido con un grupo de amigos, sentados al aire libre, casi en el suelo junto a una arboleda, haciendo bromas y agasajándoles con las viandas que ha preparado. Lo que más me llama la atención es la forma como ha llamado a sus hijos, utilizando excéntricas acepciones delante de nombres normales (éstos los omito): Petal Blossom Rainbow (arcoíris flor de pétalos), Buddy Bear (oso amistoso), Poppy Honey (miel de amapola).   

La única vez que ha tenido algún problema fue cuando viajó hace 5 años a un pueblo de Virginia, de los de la América profunda, que tiene un índice de obesidad enorme, e intentó grabar allí algunos de sus programas. Incluso montó un comedor social para enseñar a comer bien, y visitaba guarderías para acostumbrar a los niños a tomar verduras en lugar de comida basura, pues no sabían ni lo que era un tomate. El pueblo se le echó encima alegando que no iba a venir un extranjero a decirles lo que tenían que comer, ni a hacerles quedar como unos paletos. Jamie, que ha logrado en su país importantes cambios en la comida que se sirve en las escuelas, vio cómo fracasaba después de 5 meses de estancia allí y en una ocasión, cuando le entrevistaban, hasta se echó a llorar ante las cámaras por la agresividad con la que era tratado. 

 
Otras veces se ha ido a otros países a cocinar sin ningún problema, y entonces vemos cómo escoge los productos en los mercados al aire libre, nos explica qué es cada cosa y sus beneficios para la salud, o cómo lo podemos aprovechar en la cocina. Le gustan los lugares remotos y exóticos, cuyos sabores fuertes tan diferentes a los de su país le llamarán sin duda la atención. Luego los introduce en sus comidas usando muchas especias, y nos los sirve con delectación, porque es un hombre que disfruta mucho con su trabajo, y esa alegría y optimismo son contagiosos. 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

Me encanta su enorme cocina rodeada de grandes cristaleras, semejante a un invernadero, por las que el sol se filtra a través de los vapores, creando una atmósfera cálida y acogedora. Jamie desprende luz frente a la cámara, pero no se queda sólo en su posición de tipo exitoso sino que nos mira con cierta sorna, como dando a entender que nada ha cambiado, que sigue siendo el mismo de siempre, y nos reta a que le sigamos, a ver si somos capaces. Da la impresión de ser un tipo despreocupado que se ocupa sólo de sus propios asuntos. A su lado, gente como Arguiñano, con sus canturreos infantiles y sus chistes malos, nos parece trasnochada y aburrida. Nunca hubiéramos pensado que alguien tan aparentemente desenfadado y poco común como Jamie fuese además miembro de la Orden del Imperio Británico. Lo que sí nos creemos es que tenga en su haber varios premios Emmy por sus programas de televisión. Aquí hace poco que se está dando a conocer, pero en su país ya lleva 17 años deleitando a la concurrencia.

No sé si haré alguna vez una de sus recetas, pero verlo en acción es ya un placer en sí mismo. “Comfort food” llama a sus comidas. Para los que no nos gusta demasiado cocinar puede llegar a resultar algo realmente cómodo.

 

lunes, 30 de marzo de 2015

La modernidad líquida

 
Estaba leyendo un reportaje sobre los nombres ilustres que han pasado por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, cuando tropecé con Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista polaco, y un concepto, modernidad líquida, que ya sólo por su denominación me llamó poderosamente la atención.
¿Qué significaba aquello de “modernidad líquida”? De entre todo lo que encontré en Internet me pareció especialmente completo el estudio que sobre este concepto ha hecho Adolfo Vásquez Rocca, filósofo y profesor de Antropología y Estética en la UNAB. Aunque finalmente se revela como un pensamiento oscuro, pesimista, ¿realista?, acerca de nuestra sociedad y lo que nos espera en años venideros.
La modernidad líquida es una figura sociológica que tiene que ver con el cambio y la transitoriedad, y desde el punto de vista económico con la liberalización de los mercados. Para Bauman, además, refleja “la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones.
El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la web. Surfeamos en las olas de una sociedad líquida, siempre cambiante, incierta y cada vez más imprevisible, en la decadencia del Estado del bienestar.
Zygmunt Bauman
La modernidad líquida es un tiempo sin certezas, donde los hombres que lucharon durante la Ilustración para poder obtener libertades civiles y deshacerse de la tradición, se encuentran ahora con la obligación de ser libres asumiendo los miedos y angustias existenciales que tal libertad comporta; la cultura laboral de la flexibilidad arruina la previsión de futuro.
El olvido y el desarraigo afectivo se presentan como condición del éxito. Esta nueva (in)sensibilidad exige a los individuos compartimentación de intereses y afectos, se debe estar siempre dispuesto a cambiar de tácticas, a abandonar compromisos y lealtades. Hay un miedo a establecer relaciones duraderas y una fragilidad de los lazos solidarios, que parecen depender sólo de los beneficios que generan. Es mejor desvincularse rápido, los sentimientos pueden crear dependencia.
Bauman se vale de conceptos tan provocadores como el de “desechos humanos” para referirse a los desempleados (parados), que hoy se consideran “gente excluída, fuera de juego”. Hace medio siglo los desempleados formaban parte de una reserva del trabajo activo que aguardaba en la retaguardia del mundo laboral una oportunidad.
El amor, y también el cuerpo decaen. El cuerpo no es una entelequia metafísica de nietzscheanos y fenomenólogos. No es la carne de los penitentes ni el objeto de la hipocondría dietética. Es el jazz, el rock, el sudor de las masas. No es posible evitar los flujos, no se pueden cerrar las fronteras a los inmigrantes, al comercio, a la información, al capital. Hace un año miles de personas en Inglaterra se encontraron repentinamente desempleadas, ya que el servicio de información telefónico había sido trasladado a la India, en donde hablan inglés y cobran una 5ª parte del salario.
Las sociedades posmodernas son frías y pragmáticas. Si bien hay expresiones ocasionales de solidaridad estas obedecen a lo que Richard Rorty llamó “una esperanza egoísta común”. Piénsese, por ejemplo, en lo que ha sucedido en España después del terrible atentado en Madrid. La nación solidarizó con las víctimas. Fue una reacción mucho más “sensible” que la de los americanos después del 11-S, en donde tuvo lugar sin duda una mutación del terrorismo. Ellos expresaron miedo y reaccionaron de manera individualizada, cada cual portaba la foto de su familiar o amigo fallecido. Aquí, en cambio, todos sintieron que una bomba contra cualquiera era una bomba contra ellos mismos, una bomba contra cualquiera de “nosotros”. Ese “nosotros”  ampliado que se transforma en una empatía egoísta es la base de la “esperanza egoísta común”, una peculiar clase de ética de mínimos.
En cambio, cuando el otro es un “radical otro”, es decir, no es uno como nosotros, o si se quiere, no es uno de nosotros, entonces no surge la identificación con la cual se gesta un lazo espontáneamente simpatético, más bien se trata de alguien con quien no nos identificamos proyectivamente. Tal es el caso, por ejemplo, de las reacciones en Europa Occidental frente a la llegada de un importante contingente de personas procedentes de África; esta migración provocó reacciones de miedo, brotes de xenofobia, pero no parece haber generados cuestionamientos serios sobre el hecho, incontrovertible, de que el continente africano ha quedado marginado de la globalización, y de que su población llega al Norte (Europa) buscando aquello de lo que el Norte ya goza, como derechos adquiridos, prerrogativas sobre las cuales ya ni siquiera se repara.
Antes existían estructuras sólidas, como el régimen de producción industrial o las instituciones democráticas, que tenían una fuerte raigambre territorial. La apropiación del territorio ha pasado de ser un recurso a ser un lastre, por las inacabables y engorrosas responsabilidades que inevitablemente entraña la administración de un territorio.
Nuestras ciudades son metrópolis del miedo, lo cual no deja de ser una paradoja, dado que los núcleos urbanos se construyeron rodeados de murallas para protegerse de los peligros que venían del exterior. Nos hemos convertido en ciudadanos adictos a la seguridad pero siempre inseguros de ella, lo aceptamos como si fuera lógico, o al menos inevitable, hasta tal punto que contribuimos a normalizar el estado de emergencia.
El miedo es más temible cuando es difuso, cuando no tiene una causa concreta, cuando la amenaza puede ser entrevista en todas partes y no se puede hacer nada para detenerla o combatirla. Los temores son muchos y variados: un ataque terrorista, plagas, violencia, el desempleo, terremotos, hambre, enfermedades, accidentes, el otro… Gentes de muy diferentes clases sociales, sexo y edades se sienten atrapados por sus miedos, personales e intransferibles, pero también existen otros globales, como el miedo al miedo.
Los miedos nos golpean sucesivamente, desafían nuestros esfuerzos por hallar su origen, que es la única manera de hacerles frente cuando se vuelven irracionales. El miedo ha hecho que el humor del planeta haya cambiado de manera casi subterránea.
La amenaza fundamentalista, que parecía una amenaza periférica, se ha desplazado hacia el centro, rumbo a una hegemonía que a los ojos de muchos resulta pavorosa. Hoy un grupo, monitoreando artefactos desde las montañas más remotas y miserables del mundo, es capaz de hacer estallar el icono más importante del poderío económico global como son las Torres Gemelas. 
Frente a esto las reacciones neoliberales contra el terror son siempre inadecuadas, puesto que magnifican el fantasma insustancial de Al Qaeda, ese conglomerado de odio, desempleo y citas del Corán, hasta convertirlo en un totalitarismo con rasgos propios”.
Es, en fin, esta una teoría muy interesante cuyo desarrollo nos lleva a confines del pensamiento nunca imaginados. Quizá sea también una visión del mundo actual demasiado sombría, aunque trata ciertos acontecimientos que han acaecido y nos acaecen con asombrosa agudeza. Hasta cuándo durará esta modernidad líquida en la que nos hallamos, que no es sino consecuencia de la fragilidad humana, de sus contradicciones, de sus luchas internas, nadie lo sabe.
 


viernes, 27 de marzo de 2015

La trayectoria académica de nuestro sistema educativo

Creo que merece la pena transcribir aquí a grandes rasgos cómo es la trayectoria académica que podemos tener en nuestro actual sistema educativo, tal y como nos la explicó el director del centro al que posiblemente vaya mi hija el próximo curso, que utilizó unas hojas para ilustrarnos con siglas, recuadros y círculos conectados entre sí con flechas. Una disertación la suya clara y ordenada como profesor que es. Una información que el Ministerio de Educación debería tener impresa o colgada en su página web para que no quedara lugar a dudas y nadie se llevara a error. Cuántos son los que, mal asesorados en su instituto por falta de datos suficientes, escogen asignaturas al llegar el Bachillerato que luego no les van a puntuar cuando lleguen a la Universidad. Mi hija entre ellas, y el conocido de una compañera de trabajo, que me ha contado hace poco.
Aparte de la Educación Infantil, la Primaria y la Secundaria, que está claro para todo el mundo, la cosa se complica al llegar a los 16 años, en los que se puede escoger entre hacer Bachillerato o Formación Profesional de Grado Medio. Ambos duran 2 años. A continuación de la F.P. de Grado Medio se puede cursar la de Grado Superior, que son otros 2 años. También se puede dar este paso desde el Bachillerato.
Para acceder a la Universidad la nota de corte es diferente si se hace desde la F.P. de Grado Superior, que requiere menos nota, que si se hace desde el Bachillerato, en el que se necesita más nota. Asímismo no hay Selectividad en la F.P. de Grado Superior. En la Universidad privada no hay nota de corte.
Las asignaturas se dividen en 3 grupos:
1)      MEC= se imparten a nivel nacional y las establece el Ministerio de Educación.
2)      CA= llamadas P.M., son propias de modalidad, se imparten a nivel autonómico y las establece cada Comunidad Autónoma. Las llaman “el pozo negro”.
3)      DU= llamadas VIN, son vinculantes, de examen obligatorio en Selectividad.

En Madrid hay 7 universidades privadas y 6 públicas, con 162 carreras diferentes.
La nota de corte tiene un cálculo complejo. Hay una fórmula general (FG), una nota de corte (NC) y una fórmula específica (FE):
FG= Inglés + Lengua +nota de una de las asignaturas optativas + nota de una de las P.M.   > 4
                                                                                              4
Se suman las notas de todas esas asignaturas, se divide entre 4, y el resultado debe ser igual o superior a 4.
NC= (0,6 x B + 0,4 x FG) > 5
La nota de Bachillerato se multiplica por 0,6, y a la puntuación obtenida en la FG se la multiplica por 0,4. Ambas cantidades se suman, y el resultado debe ser igual o superior a 5.
FE = (0,6 x B + 0,4 x FG) + PM 0,2 + PM 0,1 + PM 0 + PM 0,2
Es un complemento a la NC, cuando se necesita un poco más de puntuación para determinadas carreras con nota de corte muy alta. A la NC se le suman las PM. Unas tienen más valor que otras, como se puede ver, y en esto está la clave para poder acceder a la carrera que se desea cuando no se ha tenido nota suficiente al calcular la NC. Por eso es tan importante saber elegir antes de empezar el Bachillerato las asignaturas adecuadas a la carrera que se va a hacer.
Cada Universidad pública tiene una nota de corte diferente, dependiendo de la cantidad de plazas que oferte. Cuantas más haya menos nota exige. Hay 5 grupos con notas de corte diferentes, dependiendo de si se es de nuevo acceso, mayor de 25 años, mayor de 40, mayor de 45 o si se tiene ya una carrera hecha. Cada grupo se subdivide en 2, junio y septiembre. En septiembre hay titulaciones que no tienen nota de corte porque ya no les quedan plazas. He visto en Internet las que pedían para el presente curso, y me ha sorprendido ver carreras como Informática o Geofísica, que sólo se necesitaba un 5. Yo pensaba que era porque tenían poca demanda y era una forma de atraer estudiantes, pero no, es porque tienen disponible un volumen de plazas importante. En las facultades con mucha demanda, la admisión sigue un riguroso proceso descendente, de los que mejores notas tengan hacia abajo, hasta completar la totalidad de las plazas. Muchos se quedarán fuera, al menos en esa Universidad.
Hay posibilidad de dobles Grados, hacer 2 carreras a la vez, opción que según el director se está solicitando cada vez más.
El alumno, mientras está haciendo la Selectividad, debe solicitar en Internet la carrera o carreras que quiere y en las diferentes Universidades públicas que hay. Antes se hacía con lo que se llamaba “la sábana blanca”, que se compraba en los kioscos y era un desplegable en el que se rellenaban todos los datos y se entrega de forma presencial.
En la inscripción on line se pone, por orden de preferencia, el nº que corresponde a cada carrera en cada Universidad. La misma carrera tiene diferente nº en cada Universidad, hasta completar 12 opciones. Hay que tener cuidado de no equivocarse porque puedes pedir lo que no quieres o te pueden mandar a una Universidad que no deseas. Los códigos de cada carrera y Universidad se consultan en Internet.
Se me ocurrió comentarle al director que este sistema era un poco complicado, que era más sencillo lo que se hacía cuando yo estudié mi carrera, pero él no estuvo de acuerdo: ahora se afina más con las elecciones, y a partir del tercer año de carrera tienes la posibilidad de ir a una Universidad extranjera y el 4º año a otra, con Erasmus o sin él.
En fin, lo que habría que valorar es si la enseñanza ha mejorado su calidad o ésta ha ido en descenso en los últimos años, pues el proceso que hay que seguir para llegar a donde uno quiere es largo y complejo. Con la reforma de la ley Educativa que está pendiente hay asignaturas como Filosofía que pasarán a un 2º plano. Según el director desde hace tiempo hay materias que se están eliminando, como el Latín y el Griego, lo que le parece, con razón, un crimen.
Desde fuera uno tiene la impresión que, a la hora de elegir carrera profesional, te sumerges en una maraña intrincada de normas, modalidades, plazos ajustados y continuos cambios legislativos que convierten nuestro sistema educativo en una suerte de selva en la que no es difícil perderse. Más calidad y menos enrevesamiento. Copiemos los sistemas de los países nórdicos, con los que a buen seguro mejoraremos drásticamente. Los modelos están ya hechos, sólo hay que seguirlos, no hay nada nuevo que inventar. 


jueves, 26 de marzo de 2015

El mapa del cielo

 
Me daban el otro día por la calle un folleto azul, junto con una piruleta de fresa con forma de corazón, envuelta en un plástico con la misma foto que la de la propaganda: la portada de un libro flotando en medio de nubes blancas, cuyo título en amarillo rezaba El mapa del cielo. En la otra cara del folleto había, también en azul, un mapa cartografiado del firmamento, un gran círculo dividido en segmentos por cada mes del año. Una mancha blanca de un lado al otro de esta esfera, supongo que la Vía Láctea, manchaba algunas de las constelaciones. Sin duda esta es una forma de hacer publicidad imaginativa y con buen gusto.
Libro escrito por Eben Alexander, neurocirujano y profesor de Medicina norteamericano, que abunda en el tema de las experiencias más allá de la muerte, cuenta lo que vio en la semana que permaneció en coma: un lugar donde el tiempo y el espacio no se experimentan de la forma como los conocemos, pero donde percibió un amor infinito. “Nada está alienado, nada está abandonado, y a nadie se les permite la desesperación”, explica. El autor describe un bosque lleno de árboles, flores, animales, riachuelos, en el que reina la paz y la belleza, y también a Dios, que nos ama y hacia el que confluye el Universo entero. También se encontró con su hermana biológica, a la que nunca había visto.
Afirma que hay que dar la importancia debida a estas vivencias, y que no son simples procesos bioquímicos del cerebro. Tampoco se debe ver desde el punto de vista del antagonismo entre ciencia y fe, sino sencillamente como algo que está más allá de todo condicionamiento y comprensión humanos.
Antes de este libro había escrito hace 3 años otro, La prueba del cielo, en el que describió sólo una parte de lo que vivió. Esta 1ª obra suya tuvo muchas críticas de la comunidad científica, que rechazó de plano las afirmaciones de Eben Alexander acerca de lo sobrenatural del fenómeno que le aconteció. Él las ha rebatido con diversos artículos publicados en algunas de las más prestigiosas revistas científicas. “La muerte del cuerpo y del cerebro no supone el fin de la conciencia, la experiencia humana continúa más allá de la muerte", dice.
Según he leído en Internet, “el libro narra cómo, en el cielo, obtuvo respuestas existenciales que le permitieron perdonar y sanar heridas muy profundas de su infancia, pues fue hijo adoptivo y, ya de adulto, su familia biológica no quiso tener gran contacto con él, por lo que se sumió en depresiones severas que ni la brillantez de su mente racional pudo ayudarle a elaborar”. Eben extrae sus propias conclusiones: “Sé que nuestra conciencia no se limita a nuestro cuerpo físico sino que se extiende más allá de la muerte física. Saber eso me protege ante el dolor que causa ver las tragedias del mundo”.
El neurocirujano cree que su mente no pudo producir esa experiencia porque la meningitis bacteriana severa que padeció, y que le llevó al estado comatoso, destruye la parte más importante del cerebro, el neocórtex. Los médicos que le trataron se mostraron escépticos respecto a su relato, y él mismo quiso serlo también, pero las evidencias le terminaron de convencer. “En esas primeras semanas después de haber emergido de una larga semana de coma, cuando trabajé para poner todos mis recuerdos sobre el papel, paraba y pensaba “Fue demasiado real para ser real”. Se sintió tan real, tan ultra real, que la experiencia de recordarlo resultaba un shock en sí misma”.
Antes era ateo, y muy escéptico respecto a estas experiencias ultraterrenas. El haber experimentado una le ha cambiado la vida: ahora cree en Dios, valora hasta las más pequeñas cosas de la vida, y ya no le tiene miedo a la muerte. Hasta la fecha ninguno de los doctores que lo trataron han podido explicar su milagrosa recuperación.
Eben tiene ahora una certeza: “Eres amado y apreciado profunda y eternamente. No tienes nada que temer (… ) La muerte del cuerpo no es el fin”. 


 
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