viernes, 20 de junio de 2008

En honor a la verdad


- Qué afán de propiedad tiene siempre todo el mundo: mi casa, mi coche, mi pareja, mi todo. Nos creemos que estamos más aferrados a la vida porque un papel diga que algo o alguien nos pertenece. Si no es así parece que no somos nadie, que pasamos por la vida como las maletas por la estación. Qué gran mentira: no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra propia existencia, porque por decidir no decidimos, salvo en caso de suicidio, ni la hora en que dejamos este mundo en el que nos creemos tan afianzados.
No somos propietarios de personas, porque no somos quién, ni de cosas, porque se extinguen, ni de sentimientos, porque se diluyen y desaparecen. Fugacidad.

- Es curiosa la capacidad de orientación en movimiento que tienen algunas especies animales: si contemplamos una bandada de pájaros o un banco de peces, se comportan de forma muy similar, desplazándose sincronizadamente a gran velocidad sin chocar nunca entre ellos, formando grupos numerosos, como si entre los individuos existiera una comunicación casi telepática que hiciera posible esa coreografía perfecta. Armonía y destreza, que a veces tenemos los seres humanos sólo tras mucho entrenamiento.

- Frase llamativa del taxista blogero: “Soy taxista porque necesito vivir muerto de miedo”. La inseguridad ciudadana: mal común en la gran ciudad, mal de todos.

miércoles, 18 de junio de 2008

Yves




Qué se puede decir de Yves Saint Laurent que no se haya dicho ya: que era una persona extremadamente frágil, un ser atormentado e inestable que solía castigarse a sí mismo, cálido y tímido en público, apasionado tanto en su trabajo como en su vida privada, un torrente de ideas y de creatividad durante toda su vida, trabajador incansable, coleccionista de antigüedades y amante de las artes en general, exquisito, adorador de la mujer desde la sensibilidad que su condición homosexual le proporcionaba.
Precisamente esta característica suya fue motivo de escarnio para él, pues en el colegio le maltrataron por ello. El apoyo de su madre fue fundamental. Para ella fueron sus primeros diseños cuando aún era adolescente, ella fue la que cosió sus bocetos ayudada por otra mujer contratada al efecto. Más adelante, cuando consiguió situarse, en sus desfiles se sentaba en la primera fila y vistió siempre sólo las creaciones de su hijo.
Sus padres querían que estudiase leyes, pero él decidió ir a París y estudiar diseño, que no tardó en dejar porque le aburría. Con 17 años el boceto de un traje de cóctel con corte asimétrico le supuso un premio del Secretariado Internacional de la Lana.
Por entonces el director del Vogue francés pidió a su amigo Christian Dior que le recibiera, posponiendo las vacaciones que estaba a punto de comenzar. Se inició así una colaboración que duró sólo dos años por el repentino fallecimiento de Dior de un ataque al corazón, pero durante la cual se entendieron casi sin palabras, tal era la timidez de ambos, sólo con el intercambio de miradas.
Tras la muerte de Dior se hizo cargo de la dirección de la empresa y creó la línea trapecio, que revolucionó el mundo de la moda y acaparó el 50% de la exportación de alta costura de Francia en aquel momento.
Al ser llamado a cumplir el servicio militar, comenzó una etapa de su vida absolutamente devastadora que le dejaría secuelas para siempre. Tuvo que ser recluido en un hospital psiquiátrico con delirium tremens y una profunda depresión. Lo que pudo ver allí en los dos meses y medio que duró su internamiento no hizo sino recrudecer su situación. Yves siempre atribuyó al exceso de medicamentos que le administraron por entonces su adicción posterior a las drogas, que le duraría 20 años. Cuando salió su deterioro físico era importante, pues apenas pesaba 35 kgs. para su 1,80 de estatura.
A su vuelta a París otro diseñador había ocupado su lugar y, aconsejado por su socio y amante, demandó a la casa Dior por daños morales y fundó su propia casa.
Con el tiempo abriría su primera tienda de prêt-à-porter, con lo que ponía modelos originales al alcance de la gente de la calle. Fue la socialización de la moda. Las mujeres se disputaban sus saharianas, inspiradas en su infancia en Argelia, donde nació, y sus blusas transparentes y trajes pantalón. Hasta entonces estaba prohibida la entrada en los mejores locales del mundo a las mujeres que llevaran pantalones, por lo que se dio el caso que una multimillonaria que vestía uno de sus smokin femenino a la que se le impidó la entrada a uno de estos clubs, decidió quitarse la parte de abajo y entrar sólo con la chaqueta.
Fueron aquellos años locos en los que Yves y su amante llevaban una vida noctámbula al límite.
La impresión que le causó el fallecimiento de una amiga, por una sobredosis de heroína, provocó que iniciara una interminable sucesión de crisis nerviosas que le llevaron a ser cliente habitual de centros médicos y clínicas de reposo. Cuando las lograba superar solía aparecer en público visiblemente avejentado, frágil y con la mirada perdida. También cualquier mala crítica a su trabajo le conducía a la depresión y la inestabilidad.
Durante su trayectoria profesional ideó colecciones con inspiraciones exóticas: africanas, marroquíes, chinas, siempre con gran éxito. Hizo en una ocasión una inspirada en los ballets rusos, que fue muy elogiada y que él consideró la más bella.
Pintores como Picasso, Van Gogh o Matisse le inspiraron.
Apasionado de la ópera, el teatro y la literatura, creó decorados para espectáculos de música y danza, y para el cine.
Diseñó joyas y complementos, y lanzó a mediados de los setenta una línea de perfume, “Opium”, que supuso un escándalo porque se dejó fotografiar desnudo para la campaña publicitaria. Yves le dio mucha importancia a la creación de perfumes, al contrario de lo que se hacía en otras casas de moda.
Tras el abandono de su amante, tocó fondo, aunque siguieron siendo socios y amigos. Sólo salía para presentar sus desfiles o ir a la ópera.
Yves Saint Laurent dio rienda suelta a su creatividad a lo largo de su periplo laboral y creó colecciones rompedoras que revolucionaron la estética de la moda. Siempre tuvo un toque personal en todo lo que hacía que lo distinguía de los demás diseñadores, como su costumbre de regalar personalmente a cada modelo cinco minutos antes de que empezaran sus desfiles un bouquet de rosas blancas, su flor favorita.
Recibió innumerables premios por su trabajo, aunque él siempre se comportó de forma sencilla y agradecía mucho todos los reconocimientos públicos de que le hicieron objeto. Posiblemente fue eso lo que le permitió seguir adelante, pese a sus avatares personales.
Alguien que le conoció muy de cerca le describió a la perfección: "Era de una exquisitez absoluta [.....], su delicadeza, su educación [......], su fragilidad [......], su entusiasmo por su trabajo".
Una vida intensa, un hombre muy particular. Yves.

jueves, 12 de junio de 2008

Territorio Comanche


Se suele decir que un lugar es un “Territorio Comanche” cuando entras en una zona que se considera peligrosa, que sabes que pertenece o está vigilada por otros que normalmente son salvajes, y en la que no vas a ser bien recibido en la mayoría de los casos. Si hay un territorio así que yo conozca es la habitación de mi hijo.
Desde que nació su hermana, cuando él tenía casi dos años, convirtió su dormitorio en un lugar particular al que sólo podían entrar quienes él decidiera.
Aún tengo en la memoria lo chiquitito que parecía cuando estrenó su cama para dejar el sitio que él ocupaba en la cuna a su hermana. Parecía que se iba a perder en aquella inmensidad de sábanas.
Siempre ha sido muy poco cuidadoso con sus cosas, por lo que los juguetes le duraban poco. Le compré un baúl enorme de mimbre con forma de casa para que los metiera, pero hasta el baúl destrozó, y el siguiente que le compré, ya de madera, de momento sólo tiene rota la tapa, que arrancó de sus bisagras.
Cuando empezó a ir al colegio, tuvo un pupitre desmontable de plástico en el que hacía sus deberes, parecía tan formal y tan bonito cuando se sentaba allí.....
Ya siendo más mayor le compré mesa, sillón giratorio y ordenador. Por imitación de su hermana colgó un tablón de corcho en la pared para poner las cosas que le gustaran, pero la verdad es que hasta que su padre no se marchó de casa no tuvo nunca muchas ganas de poner nada en él. Este año sin embargo que empezó el instituto, tiene dos paredes llenas de trabajos suyos en los que le pusieron buena nota o que le gustó hacer, clavados con chinchetas y en los que se pueden ver mapas, dibujos de animales, redacciones....
Miguel Ángel, cuando quería decir algo y no le apetecía hablar, hacía un dibujo muy significativo y lo pegaba en su puerta por fuera para que lo viéramos al pasar. Una de las veces en que su padre le regañó mucho por algo que había hecho, dibujó un hombre musculoso con un brazo doblado en el que se marcaba mucho el bíceps, y escribió algo que no recuerdo muy bien y que venía a decir que no tenía miedo de nadie porque él era lo bastante fuerte para defenderse, y como que tuviéramos precaución.
A veces pinta calaveras con huesos cruzados y pone “Peligro”, o el símbolo de las áreas radiactivas para indicar que se entra en zona nociva para la salud.
Últimamente pega dibujos que se baja de Internet sobre juegos de ordenador que le interesan y que representan bichos feísimos.
A su hermana, hasta hace poco, ni siquiera la dejaba entrar en su habitación, por lo que la pobre se sentaba en el dintel de la puerta si quería charlar un rato con él o jugar. Esta manía, que siempre he intentado evitar que tuviera, parece que ya va remitiendo. Ahora deja que ella se eche sobre su cama, o se quede mirando lo que hace en el ordenador, pero algunas veces al cabo de un rato la costumbre regresa y le dice que se vaya.
Nunca he visto a alguien que fuera tan particular con sus cosas y que desde tan pequeño defendiera su parcela de intimidad tan celosamente. Miguel Ángel no se da por aludido cuando le digo que igual que él entra y sale libremente de todas las habitaciones de la casa, la suya no es una excepción para los demás.
La habitación de Ana es un Territorio Comanche muy femenino. Tiene las mismas cosas que su hermano, sólo que aún le dura en casi perfecto estado el baúl de mimbre para sus juguetes. Tiende a ser desordenada, aunque desde que ya se va haciendo mayor procura de vez en cuando ordenar un poco sus cosas. Ella siempre tuvo su tablón de anuncios lleno de trabajos suyos, fotos, colgantes y todo lo que le gusta o le llama la atención. Por todas partes hay frasquitos de perfume, y un ramito de margaritas de tela adorna su mesa. Ana nunca ha impedido el paso a nadie a su habitación, pero a su hermano lo echa con cajas destempladas y algún que otro portazo cuando se pone pesado o la hace rabiar. A veces pone post-it en su puerta con dibujos para recordar cosas que tiene que hacer al día siguiente. Su habitación siempre ha tenido mucha personalidad, como es ella.
Un dormitorio es como un microcosmos que representa el universo particular de una persona, y su evolución a lo largo de los años. Y en algunos casos, como el de Miguel Ángel, son un auténtico Territorio Comanche.

miércoles, 11 de junio de 2008

Maniática de la última palabra (XVI)



- Es increíble lo que hace la droga con las personas. Viendo el caso de gente conocida como Whitney Houston o Amy Winehouse, al contemplar las fotos que aparecen de ellas últimamente, me hago cruces de cómo se mantienen en pie todavía. Whitney Houston, que empezó desde muy joven en el mundo del espectáculo y nos tenía acostumbrados a una imagen de belleza y glamour, con esa voz tan maravillosa que tenía, símbolo absoluto de la feminidad y la sensibilidad, es quizá quien más me impresiona. Es un dolor ver así a estos seres que nos han transmitido tantas cosas bellas, y que sufren un proceso de autodestrucción que no tiene retroceso. Cuántas personas hay así, que no han sentido el amor de los demás lo suficiente, y sobre todo que no se han querido a sí mismas.
- Qué sentimental es mi hijo con sus cosas. Hace unos días le cambié su cama porque la que tenía estaba ya muy vieja, y se puso triste al saber que se la habían llevado al vertedero. Yo de niña llegué a rescatar de la basura, sin que nadie me viera, un plato de loza que se había partido por la mitad y en el que comía todos los días. Lo lavé, lo metí en una bolsa y lo puse en lo más alto del armario de mi habitación, en el lugar más escondido posible, hasta que algún tiempo después lo descubrieron. A mi hija, cuando era más pequeña, le pasaba con las cosas que le gustaban o le llamaban la atención, y así una Navidad ví que fueron desapareciendo poco a poco los adornos del árbol, hasta que un día los encontré en su dormitorio ocultos en un lugar secreto. Mi hijo habría escondido su cama vieja si hubiera podido.
- Frase del taxista blogero que me ha gustado: “Le saco a la vida todo el jugo que me permite el Código Penal”.
- ¿Será cierto lo del Síndrome de China?. Algunos piensan que no: “Cuando el núcleo de un reactor se funde por falta de refrigeración el combustible nuclear, uranio enriquecido o natural o plutonio en los nuevos reactores de generación rápida, la masa derretida del combustible y acero del núcleo caerá al suelo, continuará con la reacción de fisión y el calor generado irá quemando lo que encuentre a su paso, formando un agujero hacia el interior de la Tierra, y saliendo eventualmente por el otro extremo del planeta, es decir, China.”
Pues lo que les faltaba a los chinos.

miércoles, 4 de junio de 2008

Cuestión de pelos


Dicen las lenguas de triple filo que a las mujeres nos encanta ir a la peluquería, pero hay algunas que no sólo no nos gusta si no que nos ha resultado en ocasiones muy accidentado intentar ponernos un poco bellas.
La primera peluquería que pisé en mi vida estaba en mi barrio y se encontraba en un semisótano. No me gustaba ir porque pensaba que allí se quedaban con una parte de mi persona que sólo a mí me pertenecía. Con ocho años yo tenía una melena que me llegaba por el trasero, y mi madre decidió un día que mi hermana y yo teníamos que ir más fresquitas. Cuando mi padre vió la media melena que nos dejaron, que en realidad tampoco estaba mal, estuvo sin hablarle a mi madre una semana.
Más tarde empezamos a ir a otra, no lejos de la anterior, donde te encontrabas a un montón de vecinas que habían hecho de la peluquería la sala de estar de su casa. Como también se dedicaba a las depilaciones, un día vimos a un niño pequeño que, sentado en el suelo sin que nadie le hiciera caso, se metía en la boca un trozo de cera reseca que tenía pegados un montón de pelos negros. Aquello, y el hecho de que a mi hermana le metieron en una ocasión un tajo en una oreja con las tijeras que a poco no lo cuenta, hizo que decidiéramos cambiar nuestros horizontes.
En la época universitaria iba a una academia, de la cadena Rizo’s, donde a cambio de no cobrarte nada tenías que dejar que experimentaran contigo como si de una cobaya se tratase. Allí, alumnos venidos de todas partes de España, la mayoría con peluquerías propias, practicaban contigo las últimas tendencias. A mí me hicieron alguna que otra escabechina, como una vez que me lo cortaron casi al uno, pero como era jovencita tampoco me quedaba mal. En una ocasión uno de los profesores, un chico joven y muy enérgico, me escogió al azar, me sentó en una especie de asiento de barbería de diseño, y me estuvo cortando el pelo frente a un montón de personas, mientras me hacía girar en el asiento en todas direcciones a gran velocidad para ir mostrando cómo iba quedando. Debió ser todo un éxito porque hubo muchos aplausos al final.
Luego durante años estuve probando el resto de las peluquerías que fueron inaugurando en mi barrio y las de varios kilómetros a la redonda, pero cuando en alguna ocasión me veían aparecer por allí por segunda vez debían creer que me tenían segura como cliente y entonces se esmeraban mucho menos, por lo que dejaba de ir.
Una vez me encontraba por la zona de Goya haciendo unas compras, y decicí meterme en una que parecía un poco antigua pero por lo menos no tenía casi gente. Maldita la hora en que se me ocurrió entrar allí. Una colección de seres de apariencia siniestra, con visibles taras físicas, me recibió con aparente amabilidad inicial. Pero el remate fue el peluquero jefe. Nunca antes me habían cortado el pelo sin usar tijeras, pero más que a navaja me lo hizo a navajazos, mientras soltaba todo tipo de improperios a una de las que trabajaba allí, a voz en grito y sin importarle la impresión que pudiera causar. En una de esas, viéndole tan agresivo, temí que me fuera a rebanar el cuello. La nuca me la remató con maquinilla eléctrica, con lo que me sentí oveja trasquilada. El caso es que no me dejó del todo mal, pero el susto que pasé, yo sola allí en aquella especie de casa de los horrores, no lo sabe nadie. Muchas veces crees que una peluquería tiene que estar bien sólo por encontrarse en una zona inmejorable, pero es evidente que no siempre es así.
Últimamente me he hecho asidua, algo extraño en mí hasta el momento en lo que al asunto capilar se refiere, a una peluquería que está cerca de donde trabajaba antes, y en donde me tratan siempre de película da igual las veces que vaya. Los sillones en los que te sientas cuando te lavan la cabeza dan masajes, mientras te ponen imágenes de Naturaleza en una pantalla de video y con música relajante. Para amenizar el tiempo que allí se pasa, te ofrecen revistas y un café con un bombón. Como sólo voy cuatro veces en el año, son momentos que dedico única y exclusivamente a mi persona y los agradezco enormemente.
Y es que a la cabellera no se le da a veces la importancia que tiene, porque según cómo se lleve te cambia la fisonomía por completo.
En cuestión de pelos no hay nada escrito.

jueves, 29 de mayo de 2008

Maniática de la última palabra (XV)


- Me da envidia cuando oigo al vecino que vive pared con pared conmigo cómo festeja a su hija cada vez que está en casa. La niña, que tiene poco más de cuatro años, es autista, y pronuncia palabras que no se entienden, reacciona con llanto y violencia cuando vienen visitas, y constantemente se tropieza y cae con gran estrépito por todos los rincones de la casa. Pero se la oye reir, a su manera, cuando su padre le dice cosas cariñosas y juega con ella.
Pienso en mi ex marido, al que nunca le salió de dentro tratar con tanto cariño y dulzura a sus hijos, que al fin y al cabo no tenían ningún problema como esa pobre niña.
Mi vecino no es el típico drogadicto que ya se va quedando sin dientes y se va consumiendo poco a poco, aunque desde que supieron el problema que tenía su hija se vió que su adicción se agudizaba. Cualquiera, incluso un drogadicto, es capaz de sentir el amor de padre, el afecto profundo y no comparable a ningún otro que le nace a un hombre cuando tiene un hijo. El autista era mi ex marido en este caso. Lucía, a pesar de su tara y de la adicción de su padre, es en este sentido más afortunada que mis hijos, porque mi vecino se morirá seguramente antes de tiempo por culpa de las drogas, pero con el nombre de su hija en los labios.

- Cómo me sigue gustando “Encuentros en la 3ª fase”, da igual las veces que la vea y los años que pase desde que se estrenó, me sigue provocando las mismas emociones siempre. Las películas de Spielberg son intemporales. Todo, desde el barco que aparece inexplicablemente abandonado en mitad de un desierto, hasta la primera aparición de las naves extraterrestes en una carretera durante la noche, llenando la oscuridad con una luz cegadora y provocando gravedad cero en el interior del vehículo del protagonista, pasando por la música que utilizaban los expertos para comunicarse con los visitantes espaciales, y la base montada en una planicie, tras una montaña, para recibirlos. La imagen de Richard Dreyfuss moldeando esa montaña sin saber lo que hacía, primero con la espuma de afeitar por la mañana al levantarse, después con el puré de patatas a la hora de comer, más tarde en el salón de su casa reproduciéndola a gran escala con tierra y arbustos recogidos del jardín. Esa obsesión irremediable, la aparente locura a la que puede llegar un hombre corriente con una vida anodina, nos hace pensar que a cualquiera de nosotros nos puede sacar de la rutina cotidiana el suceso más imprevisto e inimaginable que hallarse pueda. Las películas de Spielberg producen ese efecto, el que llegues a creer a pies juntillas que todos somos lo suficientemente especiales como para que nos puedan llegar a ocurrir cosas tan extraordinarias como que nos visiten seres de otros mundos, por ejemplo. Así me pasa que desde entonces no puedo circular de noche por una carretera larga, solitaria y oscura sin pensar que una luz cegadora va a pasar por encima de mí a gran velocidad para perderse en la línea del horizonte, y además no me canso de mirar el firmamento, sobre todo en las noches de verano, para ver si alguien que no es como nosotros quiere venir a saludarnos. Luego me dicen que estoy en la luna. Y con razón.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Gallardón o la fuerza del sino


Qué le pasa a Gallardón que no parece él últimamente.
Sojuzgado por miembros de su propio partido, que le tachan de “progresista”, y criticado desde todos los ámbitos del panorama nacional a raíz de las polémicas obras de soterramiento de la M-30 y la instalación de parquímetros, no dudó en apoyar el matrimonio homosexual oficiando él mismo uno. Curiosamente, Manuel Fraga, conservador donde los haya, salió en su defensa.
Parecía lógico que, tras una brillante carrera profesional como la que ha tenido hasta el momento, el broche de oro lo pusieran las últimas elecciones generales en las que iba a presentarse como número dos del partido, pero Rajoy no quiso.
La reacción tan mala que ha tenido Gallardón está disculpada a la vista de todos sus logros anteriores. Las tensiones tan grandes que tienen que soportar los cargos públicos acaban con los nervios de cualquiera, y cuando el esfuerzo no se ve recompensado como uno quisiera, llegan la ira, la frustración y el desencanto.
Alberto Ruiz Gallardón ha demostrado ser una persona de mente muy abierta, y transparente, algo inusitado en un político. Todos sus estados de ánimo, sus intenciones, todo absolutamente se deja traslucir en su rostro, no es hombre dado al disimulo ni el engaño. Con los años se ha vuelto más niño todavía en sus actitudes, pues todo parece afectarle sobremanera, es como si no hubiera sabido fabricarse corazas para el alma como las que el resto de los mortales solemos defendernos de las agresiones externas.
Se le ve eufórico cuando recibe el cariño y el apoyo del ciudadano de a pie que quiere estrecharle la mano, abrazarle o hacerse una foto con él, no parece molestarle que cualquier desconocido se le pueda acercar y se tome tantas confianzas. Agradece mucho las palabras de aliento y apoyo de la gente.
Cuando recibió tantas críticas por lo del soterramiento de la M-30, se le veía al borde de la depresión. Yo pensé que como aquello durara mucho más iba a perder la cordura. Las situaciones le sobrepasan. Me recordó a Clinton, cuando fue elegido presidente, y se enfadaba con los periodistas y con la gente porque se le echaban encima, a duras penas contenidos por sus guardaespaldas. Se ponía rojo como la grana e increpaba y empujaba a todo el mundo. La viva imagen del agobio, pero no era para menos, en ese momento representaba la cabeza visible de una nación que se supone son los dueños del planeta. Quizá el cargo le venía grande.
La compostura no se debe perder nunca, y menos si se es un político. Hay que mantener la imagen pública y dar la impresión de ser una suerte de Superman capaz de aguantar el tipo hasta en los peores momentos, y parecer siempre dueño de la situación y de tu persona. El lamentable caso de Sarkozy es ejemplo de todo lo contrario, ya que insulta a la gente que le increpa por la calle. Eso es inadmisible.
A nuestro alcalde le pierden su falta de madurez y su poquito de ambición. Con la trayectoria que ha tenido hasta ahora le tenía yo por hombre más sentado. Demasiado trabajo, necesita unas largas vacaciones, dedicarse a otras cosas, cambiar los horizontes personales, si no corre el riesgo de perder el norte. Aunque luego regrese, porque el gusanillo de la política lo lleva metido en la sangre, le viene de familia. Me hizo gracia cuando amenazó con retirarse, no puede, no está escrito en su código de barras genético.
Cualquier persona que se dedique a servir a los demás, da igual en qué trabajo sea, no puede esperar nada a cambio más allá de su sueldo, si realmente el fin que persigue es el bienestar público. Los intereses personales quedan para los que trabajan en su propio beneficio.
La recompensa más gratificante debería ser el reconocimiento público, y si éste no llega porque incomprendidos somos legión, por lo menos la satisfacción de haber puesto lo mejor de nosotros mismos en el empeño.
Nada hay que dar por sentado de antemano, y cuando se monta en un caballo tan imprevisible y salvaje como el de la política, más aún. Ya es bastante con intentar permanecer sobre la montura el mayor tiempo posible sin caer al suelo estrepitosamente.
A veces nos vemos sobrepasados por las circunstancias, por el devenir de la vida, por la fuerza del sino, pero todos estamos embarcados en la misma nave, y esperamos llegar a buen puerto. Lo que no cabe duda es que Gallardón es un hombre valiente, con ideas propias, que se atreve con cosas que otros nunca emprenderían.
Gallardón, sabes que ésto de la política, y más si es en Madrid, es como una verbena, y no precisamente la de San Isidro. Tú mismo.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Maniática de la última palabra (XIV)


- Hace poco he leído que cuando el ejército norteamericano invadió la zona de la antigua Babilonia, hace cinco años, levantó una base de helicópteros, aparcó blindados junto a las ruinas de la ciudad y cavó profundas trincheras, además de que tuvieron lugar interminables combates. Destruyeron yacimientos arqueológicos valiosísimos. Parece que son como Atila, que por donde pasaba ya no volvía a crecer la hierba. A los pueblos sin Historia les suele pasar esto, que no sólo no valoran el pasado de los demás sino que incluso les produce envidia.

- Me gustó una entrevista que he leído hace poco a Concha Buika, la negrita que canta flamenco. Dijo cosas muy bonitas, desgarradas y profundas, pero de todas ellas me gustó especialmente la que reproduzco: “A raíz de tener a mi hijo dejas de regalar el tiempo, empiezas a tener miedo por tu vida [.....]. Ahora mi vida es más vida”.

- Por fin me decidí a ver “Tesis”, una película que me había negado a visionar hasta ahora por lo siniestra, muy en la línea de su director, Amenábar. Y lo hice sólo por su protagonista, Ana Torrent, que me encantaba cuando de niña protagonizó algunos de los films más interesantes que se hicieron en nuestro país en los años 70. Guardo en mi memoria su imagen de entonces, sobre todo cuando hizo “Cría cuervos”, debía tener yo en aquel momento más o menos la edad que tiene ahora mi hija. Me impresionó, por mi edad, el tema tan escabroso que planteaba, y me encantó la banda sonora que tenía, “¿Por qué te vas?”, de la dulce Jeannette, que no me cansaba de cantar. Me hipnotizaba la mirada de la niña, oscura, enorme, melancólica, inocente, abismada y llena de incertidumbre. Algo de eso conserva aún ahora.

- Últimamente mi hijo, que está con el pavo total, le da por coger a su hermana entre sus brazos, quiera ella o no (a veces se niega, pero con poca convicción), y le cuenta cuentos a los que pone un final un poco esperpéntico, en plan guasón. Al de Blancanieves lo abrevió sobremanera haciendo que fueran los enanitos del bosque los que liquidaran a la protagonista, no sabemos cómo, con lo que la madrastra disfrazada de viejecita con manzana ponzoñosa se encontró cuando llegó que ya habían hecho su trabajo. Otras veces cuenta cuentos que aprende en el instituto y que yo no había oído nunca, muy bonitos, y lo hace con mucha dulzura y fluidez, como una persona adulta. Yo estoy esperando, cada vez que se decide a contar alguno, para ver si me vuelve a sorprender. Bendita imaginación, para el que goce del privilegio de tenerla.

lunes, 19 de mayo de 2008

El cuarteto de Alejandría

De todos los compañeros de trabajo que he tenido a lo largo de mi vida, y han sido unos cuantos, guardo un recuerdo imborrable de aquellos a los que he dado en llamar “El cuarteto de Alejandría”: Helios, Víctor, Bartolo y Paco. Nunca hubo seres tan dispares y peculiares trabajando juntos: en un despacho enorme en el que llegamos a ser entre siete y ocho personas, ellos cuatro marcaban un punto y aparte, todos hombres mayores.
Helios, con el que quizá menos simpaticé, se pasaba el tiempo subiendo a los despachos de los jefes que le mandaban cuadrantes enormes hechos a mano en los que ponía toda clase de datos que sólo él conocía, y unas veces los tenía que poner en sentido horizontal y otras en vertical. Un compañero le gastó una broma una vez poniéndole al revés las hojas que tenía sobre la mesa y en las que fijaba siempre la vista como si estuviera muy concentrado. No se dio cuenta, ante la rechifla general. Ahora creo que si no fue una buena persona muchas veces era porque no se quería, algo faltaba en su vida, no estaba contento consigo mismo. En los ratos que tenía amables le gustaba recordar sucesos de su juventud, cuando se ganaba un dinero haciendo de extra en películas, pasando una y otra vez al fondo de una escena como de gente que pasea. O cuando en la mili, que por entonces era muy larga, enseñaba a los compañeros que eran analfabetos a leer y escribir. Poco antes de jubilarse supimos que era ludópata, y cuando ya se marchó no duró ni año y medio, porque tenía leucemia. Si él sabía de su enfermedad, nunca lo dijo, aunque solía quejarse de dolor en las cervicales. El trabajo era lo que daba sentido a su vida.
Víctor era hermano suyo. Siempre estaban discutiendo, era muy cómico verlos llevarse la contraria por casi todo. Víctor era un hombre extremadamente educado y culto, un autodidacta. Daba gusto hablar con él de cualquier cosa. Se había quedado viudo en los mejor de su vida debido a un fallo médico, y había tenido que criar a su hija solo. Padecía de estómago y seguía una dieta estricta que no dudaba en mostrar sobre su mesa todos los días a eso de las doce, con una puntualidad meridiana. Metódico, ordenado, incansable, se planificaba de forma que tenía tiempo para el trabajo y la conversación. Yo fui la encargada de comprarle su regalo con el dinero que recaudamos entre todos cuando se jubiló, una colección de libros sobre Madrid que recibió con gusto y emocionado. Aún nos vemos de vez en cuando por el barrio, aunque se marchó a vivir lejos con su hija, su yerno y sus nietos, y me apena verle en cada ocasión un poco más cargado de espaldas, con lo alto y lo elegante que siempre fue.
Bartolo era el dueño del cotarro. Con pocos compañeros me he reido tanto. Solía decir que él no era murciano, sino del cantón de Cartagena, que por lo visto debía ser otro mundo. Tenía anécdotas a montones sobre los tiempos en que trabajaba en la zona de máquinas de buques mercantes con los que viajó por todas partes. Se metía en todo tipo de líos, como cuando él y unos compañeros quisieron ligar con unas en uno de los puertos en los que recalaron (eran prostitutas, aunque él nunca empleó esas palabras), y cuando descubrieron que eran transexuales y apareció su chulo para obligarles a que hubiera trato, salieron todos corriendo, unos persiguiendo a otros, en medio de un gran revuelo. Solía justificar su afición a la bebida por aquella época de marinero, porque decía que el agua potable se acababa pronto en el barco y siempre quedaba el alcohol para calmar la sed. Era muy zalamero hablando, le gustaban las mujeres más que comer con los dedos. A mí me decía cosas muy agradables, pero como se ponía nervioso tartamudeaba un poco: “Pilar, tú eres maa-ravillosa”. Si alguien le caía mal lo hacía notar enseguida. A Víctor le decía que no fuera tan educado, que no hacía falta dar tanto las gracias por todo. Con Helios era uña y carne.
Paco fue, de todos ellos, del que guardo un recuerdo más entrañable. Cuando le conocí acababa de incorporarse de una de sus muchas y largas bajas por enfermedad. Antes de que llegara me previnieron en contra suya, pero hice caso omiso porque tengo costumbre de juzgar por mí misma. Cuando empezamos a hablar la 1ª vez surgió enseguida a colación la tierra de mi padre, Ceuta, que también era su tierra. Simpatizamos al momento. Alegre, hiperactivo, emprendedor, siempre ilusionado, con mucho carácter y mucha personalidad, entrañable, cariñoso, enamorado de su mujer hasta el tuétano (conmovía oirle hablar de ella incluso cuando tenía algo que reprocharle), y con unas ganas de vivir que he visto en muy pocas personas. Solía contar que nunca conoció a su padre porque él nació después de que una bala perdida lo matara atravesándole la cabeza durante la guerra. Hijo único, se crió delicado de salud en manos de su madre, a la que veneraba como a una santa y de la que siempre llevaba una foto en su cartera junto a una imagen de la Virgen, y también al cuidado de una tía. Casi no tenía familia, y presumía de haber estado con muchas mujeres hasta que conoció a la que luego hizo su esposa. Ella, según decía, le había dado todo lo que más necesitaba en la vida, lo que nunca antes había podido conseguir. Sus hijos le traían de cabeza, quizá porque les había dado todo lo que él no tuvo y los había consentido demasiado. Formaba parte, junto con su mujer, de un coro rociero que no sólo cantaba en Misa sino también en salones de celebraciones. Todos los años iba al Rocío, donde lo pasaba en grande. No sé, con sus crisis bronco-asmáticas, cómo podía soportar el polvo del camino.
A veces se quedaba afónico y entonces Bartolo y Helios le hacían rabiar aprovechando que no podía responder. Parecían niños.
Vendía joyas, y a él le compramos las alianzas cuando me iba a casar, y los compañeros unas medallitas que regalaron a mis hijos cuando nacieron.
Paco y yo nos encargábamos de adornar el despacho cuando llegaba la Navidad: él trajo un árbol muy bonito de su casa y yo lo decoraba con cosas que compraba en la plaza Mayor. Disfrutábamos mucho.
Recuerdo que tenía problemas con una vecina que vivía encima de él y que le hacía la vida imposible denunciándole cada dos por tres con chifladuras. Casi siempre estaba de juicios por su culpa, y decía que le condenaban porque le tocaban juezas y las mujeres se confabulaban contra él. Contaba las cosas con mucha gracia y hacía bromas incluso con sus problemas.
Aunque traía mala fama de otros sitios en los que había trabajado y en los que a lo mejor no siempre hizo lo más correcto, lo cierto es que a mí me cautivó y fue uno de los compañeros más queridos que he tenido. No llevaba ni un año jubilado cuando, pintando la fachada de una casa en su tierra que acababa de obtener por una herencia, se cayó del andamio al que se había subido sin tomar las debidas precauciones, y se mató.
Mientras estuvimos juntos tuvimos nuestros más y nuestros menos, como suele suceder cuando conviven personas tan distintas como nosotros, pero recuerdo una ocasión en que la jefa que teníamos, una mala persona, quiso hacerme un mobbing apoyándose en ellos para predisponerlos en mi contra, y a pesar del mal genio que gastaba la señora no la secundaron de ninguna manera. Bien por mis chicos.
Ahora pienso en aquel tiempo que pasé con ellos como una época importante de mi vida, no sólo por las cosas que viví cuando trabajamos juntos sino también por las que me sucedieron fuera de allí, un tiempo que es ya irrepetible.
“El cuarteto de Alejandría”, algo especial.

martes, 6 de mayo de 2008

Maniática de la última palabra (XIII)

- Estoy horrorizada con la forma de hacer concursos que hay en la televisión hoy en día. Todos tienen un formato similar, como si se hubieran puesto de acuerdo: un montón de gente a la que se le priva de su libertad durante unos cuantos meses, visitada por sus familiares sólo de vez en cuando, como en la cárcel, con profesores que los maltratan de palabra hasta límites más que vejatorios, y a los que sin embargo terminan adorando como si se tratara de una suerte de síndrome de Estocolmo. Esporádicamente se les da alguna compensación (un viaje, una visita interesante, una buena comida cuando están en una isla) para que no lleguen a amotinarse. Luego hay montado un tribunal al lado del cual el de la Inquisición empalidecería, encargado de torturarlos un buen rato al prolongar la agonía de saber si permanecerán o no en el concurso. Es como una gran representación teatral en la que los sentimientos y las ilusiones de las personas importan sólo en apariencia. Se trata de ofrecer un entretenimiento previamente diseñado para que el público disfrute viendo el sufrimiento ajeno, igual que se hacía en los espectáculos de los cristianos con los leones en el circo romano. Estos programas están basados en buenas ideas, pero llevados a cabo de esta manera se convierten en inmensas máquinas trituradoras de personas.

- Hace unos cuantos años estando yo en el café Central, que por entonces frecuentaba mucho, presencié una escena que se me quedó grabada en la memoria: un señor de no más de treinta y muchos años sentado solo en una mesa, se dedicaba con un mechero a quemar billetes de cinco mil pesetas. Estaba bebido, y la debía tener llorona por la cara triste y desencajada que exhibía. La gente se le quedaba mirando, el café estaba abarrotado a esas horas, pero nadie hizo ni dijo nada. Deseé que me diera alguno de aquellos fajos que tan poco parecían importarle. Me sorprendió ver lo que se puede llegar a hacer para llamar la atención, y también llevado por la desesperación. Es evidente que aunque se tenga dinero, cuando faltan esas cosas que no se pueden comprar porque no tienen precio y que no se venden en las tiendas, todo lo demás importa poco. En este sentido, la verdad es que le hacía poca falta el dinero.

- Me he enterado hace poco de lo que es el “síndrome de Ulises”: una especie de depresión nostálgica o estrés que padecen los que no se adaptan a su nueva vida. Suele afectar a los emigrantes. Muchas veces he pensado lo que sentirán todas estas personas que vienen de sitios tan lejanos y distintos al nuestro para quedarse a vivir aquí. No tiene que ser fácil, acabar con una etapa de tu vida para empezar otra bien distinta, dejar atrás muchas cosas. Será como Ulises, que siempre añoró regresar a Ítaca.

lunes, 5 de mayo de 2008

Fragilidad


Reivindico la fragilidad para el sexo femenino. Parece que desde hace tiempo las mujeres renegamos del calificativo que se supone nos han puesto los hombres cuando nos empezaron a llamar el “sexo débil”.
Fragilidad, no como algo quebradizo que termina rompiéndose, sino como algo delicado, sensible, aunque la delicadeza y la sensibilidad no sean monopolio exclusivo de la mujer.
Todas tenemos una cierta fragilidad, en mayor o menor grado, incluso las mujeres que parecen más fuertes albergan dentro de sí un pequeño reducto frágil al que nadie más que ellas, y quienes ellas quieran, tiene acceso.
Siempre me viene a la memoria cuando pienso en todas estas cosas la imagen de Marilyn. Ella representa el topicazo de la rubia tonta y explosiva cuya única y principal finalidad en la vida es conquistar hombres. Hay veces que el físico de una persona la condiciona para el resto de su vida, y más si piensa que le puede sacar partido. Marilyn, que era pura fragilidad, fue beneficiaria y al mismo tiempo víctima de su imagen, tan artificial y tan alejada de su realidad. Muchas mujeres ha habido con un físico tan impresionante o más que el de ella, y rubias de bote explosivas y tontas ni se sabe. Pero ella destacó por encima de todas por algo especial que transmitía, distinta del resto, una exuberancia coquetona, provocativa e ingenua que se mezclaba con una gran vulnerabilidad, una especie de temor que asomaba a veces a sus ojos y que hacía que pareciera como un animalillo asustado al que había que proteger y cuidar.
De ser una niña criada entre orfanatos y hogares adoptivos en los que nunca la trataron bien, pasó a ser en poco tiempo una sex-symbol mundial cuya imagen permanece en el ideario masculino muchos años después de que nos dejara tan trágicamente. En su caso la fragilidad pudo más que cualquier otra cosa.
Pero el caso de fragilidad femenina que más me ha dado que pensar siempre es el de las lolitas. Recuerdo cuando ví la película, la versión primigenia que protagonizó James Mason, y mucho después cuando me leí el estupendo libro de Vladimir Nabokov en el que se basaba. En él las llamaba “nínfulas”, adolescentes muy atractivas que vuelven locos a los cincuentones. Sorprende que la versión cinematográfica no escandalizara más en su momento por tratar un tema tan escabroso. En el film se ve a Lolita, con sus quince ó dieciséis años, comiendo palomitas o chupando una piruleta, junto a un hombre maduro que la acapara con la única finalidad de obtener de ella lo que la mayoría quieren de las mujeres, pero cuando son un poco más mayores. Lolita, aunque también tiene su malicia y sabe utilizar sus encantos para manejar a los hombres, conmueve comprobar cómo aún es una niña en la mayoría de las cosas, y que sólo quiere hacer cosas propias de la gente de su edad. Se ve la crueldad del hecho de aprovechar su ingenuidad, su falta de experiencia y el que su personalidad aún no está formada, para conseguir lo que de forma natural tendría que venir más adelante.
La fragilidad de Lolita, de todas las lolitas que en el mundo han sido y son. Al señor que la sedujo supongo que hoy en día lo llamarían pedófilo.
Aunque parece que hoy en día se han cambiado las tornas y es la mujer la que toma la iniciativa en su relación con los hombres, a veces avasalladoramente la verdad, creo que perdura la fragilidad femenina por encima de modas y costumbres.
Que nuestra fragilidad no sea nunca algo que el hombre quiera destruir, si no respetar y cuidar. Ellos también la tienen, aunque a veces no lo parezca, y nosotras no querríamos nunca violentarla.

martes, 29 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (XII)

- Hace poco, durante una de las clases de baile del programa “Fama”, una profesora le dijo a una de las alumnas a la que no terminaba de salir bien un movimiento, que primero tenía que sentirlo (interiorizar la música) y luego tenía que bailarlo. No se puede hacer bien una cosa sin haber antes pasado por la otra. Me gustó la forma como lo explicaba, y creo que ocurre lo mismo con el resto de las Artes: primero hay que sentir una cosa y después ya se puede escribir sobre ella, pintarla, esculpirla, tocarla con un instrumento musical o, como en este caso, interpretarla con el cuerpo. Si no hay sentimiento, se convertiría en un acto mecánico, vacío.

- Ya están mis hijos otra vez con sus juegos. Ahora les ha dado por jugar a la guerra, aunque ojalá las guerras funcionaran así. Mi hijo ha hecho una trinchera apilando todas las cintas de video de dibujos animados que tenemos en casa. Ha dejado un pequeño hueco para meter un cilindro de papel que dice que es como un catalejo, y se ha armado con un montón de conos que ha hecho también con papel a los que llama dardos, que lanza al enemigo metiéndolos en un tubo y soplando.
Su hermana ha construido su trinchera con cajas grandes de juegos que nunca utiliza y también ha puesto un catalejo, pero lo ha sofisticado todo mucho más, porque ella no va a la guerra de cualquier manera: se ha colocado una alfombra, unos cojines, una manta, un ordenador portátil de juguete y un teléfono con forma de labios rosas. Se puso unas gafas de sol para protegerse los ojos de los ataques. Ella es muy “chic”.

- Me quedé gratamente sorprendida hace poco con la película de la hija de Coppola, “Mª Antonieta”. Cómo se puede reflejar así el color, es un impacto para los sentidos, no parece real, tanta nitidez. La mirada se relaja y disfruta con los decorados, el vestuario y los paisajes. La cámara se interna en todos los rincones, entre las telas de los ropajes, se mete encima de las tartas, los merengues, las frutas, las copas de champán, parece que se va a dar un festín. Sigue a la protagonista cuando pasea por el campo, y casi se puede oir el “frufrú” suave de su vestido al deslizarse sobre la hierba, se detiene en la mano de ella cuando roza con los dedos las flores al pasar, o en su brazo de piel tan blanca cuando lo saca por la ventanilla del carruaje para sentir la brisa. Se recrea en un amanecer dorado sobre un estanque, en las praderas de un verde casi irreal y salpicadas de margaritas, en la leche vertida en un maravilloso juego de tazas de porcelana cuando Mª Antonieta y sus amigas disfrutan de una merienda en el porche de su casa de campo.
“Estallido de color”, “femenina y placentera”, son algunos de los calificativos que he visto en Internet sobre la película.
El placer de la recreación visual.

viernes, 25 de abril de 2008

Madre Teresa: en los límites de la dignidad. La revolución del amor





Hubo una mujer en la India, una monja occidental, a la que durante cincuenta años se la pudo ver entre la muchedumbre actuando sin descanso, vestida con un sari blanco ribeteado de azul, y con una cruz prendida sobre un hombro.
Madre Teresa había llegado desde muy lejos a aquel país, y durante un tiempo fue directora y profesora en un colegio muy exclusivo, pero aquel trabajo no era suficiente para ella. Sabía que fuera de allí había un pueblo hambriento y enfermo, que vivía en los límites de la dignidad humana. Sabía que la muerte estaba presente constantemente en las calles, que había miles de moribundos abandonados medio devorados por las ratas, niños comiendo basura, sin que nadie hiciera nada para remediarlo. Hay un hedor en todo Calcuta que difícilmente se percibe en ninguna otra parte del mundo.
Entonces dijo que quería salir y ayudar. Las autoridades eclesiásticas le negaron el permiso aduciendo que una monja europea no debía internarse por las calles en una época de grandes disturbios sociales, políticos y religiosos. Sólo se le permitiría si dejaba de ser monja. Madre Teresa tuvo que pedir la autorización al Vaticano, y le fue concedida.
Siguió un corto curso de enfermería y alquiló una cabaña en un barrio marginal para comenzar enseñando a los niños, a los que también bañaba, y para cuidar de los enfermos. Algunas personas le donaron enseres para su vivienda.
Los voluntarios no tardaron en llegar. “Queremos ayudar”, le decían. Un sacerdote donó un dinero con el que pudo levantar la primera escuela. Empezó a visitar los barrios de los leprosos, abandonados por sus propias familias. Según pude leer en Internet “la Madre Teresa llamó a todas las puertas para reclamar con amabilidad y firmeza todo tipo de ayudas. Su mirada penetrante, la dulzura de su sonrisa y su rostro, prematuramente surcado de arrugas, se hicieron en poco tiempo famosos en todo el mundo”. No siempre fue bien recibida, antes al contrario, fue insultada y despreciada más de una vez. Pero también recibió donaciones altruistas procedentes de todos los estratos sociales.
Fundó una orden religiosa que aún hoy en día, a pesar de la sequía vocacional que existe, no deja de aumentar en número, a pesar de la vida espartana que tienen que llevar y la dureza de la misión a la que se dedican. Viven de la caridad y por la caridad.
A unos budistas japoneses que les visitaron les transmitieron la costumbre de hacer ayuno todos los primeros viernes de mes, y el dinero que ahorraron se lo dieron a la Madre Teresa, que lo empleó en la construcción de un centro para las muchachas que estaban en la cárcel.
Hoy en día tienen casas repartidas por todo el mundo que acogen a todos aquellos que no importan a nadie, con independencia de cuál sea su religión: leprosos, niños abandonados, enfermos de SIDA.... Hace años algunas personas llegaban a suicidarse cuando recibían la noticia de que tenían esta enfermedad. En estos centros van a morir sin desesperación ni angustia. “Lo que más hiere a los necesitados es el estado de exclusión que su pobreza les impone”.
Llegaron a tirarles piedras cuando quisieron establecer en un barrio un centro para leprosos. “El milagro no es que hagamos este trabajo, sino que nos sintamos felices de hacerlo”.
Coincidiendo con los primeros tiempos de su labor en las calles, surgió en ella una profunda crisis de fe. A través de las cartas que durante décadas escribió a varios confesores, describe su sentimiento como “un enorme vacío y oscuridad”. Esto fue algo que le acompañó el resto de su vida y la hizo sufrir mucho.
Cuando una vez un hombre la criticó diciendo que en lugar de darles pescado a los pobres lo que tenía que hacer es enseñarles a pescar, ella contestó que “cuando recogemos a nuestros necesitados, carecientes y enfermos, no pueden siquiera mantenerse en pie. Yo les daré el alimento y después se los enviaré a usted para que les enseñe a pescar”.
Conoció durante varias décadas a personajes célebres, y en 1979 se le concedió el Premio Nobel de la Paz, entre otros muchos que recibió a lo largo de su vida. En esa ocasión convenció a los organizadores de la ceremonia para que renunciasen a organizar la clásica recepción y le entregasen el dinero que hubiera costado para obras benéficas. Su humildad, a pesar del reconocimiento público, fue enorme: “Líbrame Jesús mío del deseo de ser alabada [....], honrada [....], aprobada [.....], del temor de ser despreciada [....], calumniada, olvidada.....”
Cuando hablaba en público no preparaba discursos, decía sólo las cosas que le salían del corazón. Nunca se metió en cuestiones políticas, ni hizo denuncias sociales. No tenía tiempo. Sólo pedía ayuda.
Escribió seis libros, en los que dejó sus reflexiones personales acerca de todo lo que veía, y sobre Dios. Algunas de sus frases han dado sentido a muchas vidas:
“No hay peor pobreza que la soledad, el no sentirse amado, el verse abandonado”.
“El amor y la paz empiezan en el seno de la familia”.
“Los pequeños detalles, hechos con gran amor, llevan a la alegría y a la paz”.
“No hay barreras físicas para llegar con el espíritu a donde uno desea”.
“Es algo muy grande dejar de temer”.
En alguna ocasión se le reprochó que aceptaba donaciones sin tener en cuenta de quién procedían. Podía más su enorme sentido práctico.
Cuando tomaba una decisión, la llevaba adelante costase lo que costase, era muy difícil que diera marcha atrás. En ella se mezclaban una serena dulzura y humildad con una voluntad de hierro. Sólo así podemos entender cómo una mujer tan aparentemente frágil pudiera hacer tantas cosas y vivir hasta tan avanzada edad.
Madre Teresa hizo realidad las Bienaventuranzas: tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, no tenía casa y me diste posada. Trataba de hacer con amor lo que otros sólo hacían con dinero.
Ella llevó a cabo una auténtica revolución del amor, y elevó la dignidad del ser humano hasta cotas nunca antes alcanzadas.

miércoles, 16 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (XI)

- Es increíble a lo que se puede llegar para publicitar una liga de fútbol. He visto en el Digital un anuncio en el que unos jugadores se pasaban un balón, y cuando uno de ellos chutaba, según iba subiendo la pelota, en lugar de elevarse hacia un firmamento estrellado, se vislumbraba nada menos que el techo de la capilla Sixtina. Se podían ver los frescos que pintó el genial Miguel Ángel. Vamos a terminar creyendo que el fútbol es comparable con el Arte, y del más sublime, o que roza casi lo divino. Ni hartos de vino se lo creen.

- Cómo he detestado siempre los corazones atravesados por varios puñales que se ven en las estampas y figuras religiosas. La imaginería católica está plagada de vísceras y de sangre. No sé a qué conduce esta afición a la casquería. Y lo de las reliquias es el colmo, venerar miembros amputados de santos. Cuanto más bueno has sido en vida, menos te dejan descansar después de muerto, qué manía de hacer pedacitos a la gente.

- Y luego llega Almodóvar y utiliza lo de los corazones apuñalados para retratar a un sector de la población nacional que representa lo más granado y selecto de la horterez y lo friki, imagen que exporta al resto del mundo para nuestra desgracia. Menuda proyección internacional tenemos. La estética de este hombre incluye además las flores de plástico de colores chillones metidas en pequeños jarrones, la decoración a base de tapizados de piel de cebra o leopardo, y otras menudencias por el estilo. También cultiva la afición por hacer aparecer a las mujeres como marujas, histéricas o locas. Dicen que hay una cierta clase de homosexuales que nos odian a las mujeres porque no pueden ser como nosotras. Almodóvar está dentro de esta categoría. Pero luego hay otro sector que nos adora porque precisamente se identifica con nosotras. Almodóvar no deja de ser un paleto muy original.
“Spanish is different”, que dicen los angloparlantes de nosotros.
“Cognum íberos”, que diría el inefable Forges.
“Hombreya”, que suele decir Lorza girl en su blog.
“¡Qué atroz!”, que diría Mafalda.

martes, 15 de abril de 2008

Mi habitación

Siempre hay un lugar al que echamos de menos porque en él pasamos muchos momentos de nuestra vida, y al que ya nunca volvemos o si lo hacemos no lo encontramos igual. En mi caso es la habitación que compartía con mi hermana cuando aún vivía en casa de mis padres.
La primera vez que dormí en ella tenía yo año y medio y me pusieron en una cama enorme en la que casi me perdía para dejar el que era mi sitio en la cuna en la habitación de mis padres, cuando nació mi hermana. Me cuentan que sufrí celos tristones porque, aún siendo tan pequeña, me debí sentir desplazada, y se me quitaron las ganas de comer y dormir.
Recuerdo cuando más tarde pusieron la cuna de mi hermana junto a mi cama, y que le tuvieron que colocar una malla por encima para que no se escapara. Yo la veía escurrirse, no sé cómo, y bajar al suelo deslizándose por los barrotes. “¿Pero tú no has visto nada?”, me decía mi madre un poco enfadada, y yo ponía cara de inocente.
Luego a ella le pusieron otra cama como la mía, con una mesilla en medio de las dos. Yo le hacía perrerías: alguna vez que se sintió mal, si estaba en la cama medio incorporada vomitando en un recipiente puesto en el suelo, yo le decía cosas repugnantes para que vomitara más.
El día que hacíamos la Comunión, mi hermana se despertó pronto porque debía estar nerviosa, y no se le ocurrió otra cosa que intentar despertarme a mí. “¡Pilar, Pilar, que ya es de día, que hoy hacemos la 1ª Comunión!”, recuerdo que me dijo. Aunque no suelo tener mal despertar, aquel día, con mis incipientes ocho años, la mandé a la mierda. “Ya no puedes comulgar, has dicho una palabrota y eso es pecado”, me dijo compungida.
Tiempo después nos pusieron camas abatibles para que hubiera más espacio, y un secreter en el que pasé años y años estudiando. En las paredes teníamos puesto de todo: un gran póster de la película “La familia”, una tarjeta en la que se veía a un elefante y un ratón viajando juntos en globo y en la que se podía leer: “La amistad no depende de cosas como el espacio y el tiempo”. También teníamos fotos de actores americanos: James Dean, Marlon Brando, Warren Beaty cuando hizo “Reds”...
En la cabecera de la cama, mi hermana tenía fotos de chicos guapos, algunos haciendo windsurf. Yo tenía fotos de series de televisión que seguía por entonces y que me encantaban: “Kunta Kinte”, “Los Roper”, “Starsky y Hutch”.... También imágenes de nebulosas de colores que recorté de un reportaje precioso del “Hola”, y el perfil del dibujo de un hombre vuelto de espaldas, atlético, con una cazadora negra y el pelo azabache muy bien peinado. Anunciaba una colonia de hombre, “Jules”, y me parecía que tenía un estilazo impresionante. Para rematar hice una estrella de David en dos tonos de azul en cuanto ví la serie “Holocausto” y me hice consciente por primera vez del problema judío. Todas las causas perdidas han sido siempre mías.
Yo seguía haciéndole trastadas a mi hermana. En una ocasión en que nos marchábamos de vacaciones a la playa, la desperté de madrugada haciéndole creer que ya era hora de levantarse para irnos. La pobre se lo creyó y se puso tan contenta, y qué desilusión cuando le dije la verdad.
En otras ocasiones le metía los dedos en la nariz. Tardaba bastante en abrir la boca. O se ponía a hablar en sueños y yo le preguntaba cosas, que ella me respondía. Luego no se acordaba de nada.
Cada vez que me ponía mala, pues pasé todas la enfermedades infantiles posibles, ella se acercaba a mi cama para que la contagiara y así no tener que ir al colegio, pero fue en vano porque siempre tuvo una salud de hierro.
A veces, si nos costaba dormirnos, nos poníamos a decir palabras malsonantes, la mayoría un poco marrones, y nos reíamos hasta que se nos saltaban las lágrimas. Mis padres nos mandaban callar desde la habitación de al lado.
Las dos éramos muy distintas. Yo siempre fui muy ordenada y ella todo lo contrario. Había dos zonas en la habitación separadas por una línea imaginaria, y se veía claramente a cuál pertenecía cada una de ellas.
Cuando mi hermana empezó a fumar, sólo una vez lo hizo en la habitación. Yo no dije nada, pero por la cara que puse supo que no estaba bien y no volvió a repetirlo jamás.
Me gustaba tumbarme en mi cama, que estaba junto a la ventana, cuando entraba el sol a raudales, y sólo aquello bastaba para que me quedara dormida, sentía una tranquilidad interior muy grande.
Echo en falta también cuando nos cogíamos de la mano mi hermana y yo en la oscuridad de la habitación, poco antes de dormirnos.
Qué a gusto dormía en mi cama. Ya no he vuelto a dormir así. El día que me casaba, recuerdo que me senté nada más incorporarme y ví mi vestido de novia por la puerta entreabierta, colgando de lo más alto de la librería del salón. Pensé que era mi último día en mi habitación, y no fue así porque cuando llevaba tres meses casada volví en una ocasión para dormir allí y no quedarme sola en mi casa, pues mi suegra se había puesto mala y mi entonces marido pasaba la noche en el hospital. Yo estaba embarazada de no más de dos ó tres semanas, pero aún no lo sabía.
Aquella fue la última vez que descansé a gusto. Luego mi hermana cambió la habitación y la adaptó para ella sola. No volvió a ser la misma.
Aún me gusta estar allí alguna vez, cuando entra el sol por la ventana, y sigo sintiendo una sensación de paz.
Allí pasé años jugando, estudiando, leyendo, escribiendo, escuchando música..... y soñando.

viernes, 11 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (X)

- Sabiduría oriental: si un problema tiene solución, ¿por qué sentirnos desgraciados?. Y si no tiene solución, ¿qué sentido tiene sentirse desgraciado?.

- Pensamos en la familia como en una roca, fuerte e inexpugnable, y nos lamentamos cuando las circunstancias de nuestra vida la deshacen. Pero no nos damos cuenta que de todas formas no es eterna ni indestructible, porque ya sólo el paso del tiempo la desgasta y la merma, cuando van desapareciendo algunos de sus miembros. Las estructuras familiares son cambiantes, unos nacen, otros se van, nunca permanecen inalterables. Decía mi profesor de Filosofía que una familia es un microcosmos irrepetible, puede haber unas que se parezcan a otras, pero nunca serán la misma. La familia nos aporta identidad, valores, raíces, nos fundamenta. Es tan importante tener una familia que los que no la tienen se la inventan, porque necesitamos pertenecer a alguien. Las experiencias que en ella vivimos desde que venimos al mundo nos marcan para el resto de nuestra vida, todo lo que nos inculcan desde niños nos determina para siempre. Nos creemos libres para elegir nuestro destino, y lo somos sólo en parte, porque llevamos con nosotros el bagaje que nos aporta nuestra familia.

- Me pareció curiosa y admirable la iniciativa de un matrimonio, que tenía ya una niña china adoptada y ahora han adoptado trillizas, chinas también. Pienso en la de tiempo y dinero que se necesitan para adoptar un hijo. Cuando se inician los trámites, aún no ha nacido en la mayoría de los casos. Es como si compraras un proyecto, un sueño, algo que aún no es real. No debería existir más obligación que la de demostrar que tu hogar es acogedor. Si hay dinero por medio, parece que se trata de un negocio. La generosidad que se demuestra al hacer algo así debería ser pago suficiente.

jueves, 10 de abril de 2008

Brando




Si hay un personaje que ha merecido pasar a los anales de nuestra Historia más reciente por su trayectoria es Marlon Brando. Camaleónico hasta su máxima expresión, conozco a pocas personas que hayan sufrido tantas transformaciones a lo largo de su vida, desde que comenzó a ser conocido, hasta el final de sus días, ya en la vejez.
Con su controvertida personalidad, es un ser humano que no dejó de sorprender a todo el mundo a lo largo de su vida, siempre imprevisible, muchas veces polémico y escandaloso.
Desde que hizo su primera película llamó poderosamente la atención. Con un físico atlético y un rostro bello que parecía esculpido en piedra, dio muestras de un talento para la interpretación fuera de lo común. Si alguna vez resultó inexpresivo, siempre terminabas hallando en su mirada el sentimiento que la escena requería, daba igual lo intensa que fuera. El resto de las veces en su rostro aparecían todas las emociones de que es capaz el ser humano, llevadas a su máxima expresión si llegaba el caso, desde la felicidad más intensa hasta el dolor más desgarrador. Todo su cuerpo emanaba una fuerza y una sensualidad que a nadie pasaba desapercibida.
Hace poco, en un documental que ví sobre él, se hablaba del magnetismo que ejercía sobre las mujeres. Las conquistaba con una conversación, en la que las dejaba hablar a ellas, pareciendo poner todo su interés en lo que decían, mientras las miraba fija e hipnóticamente y sacaba a relucir la más sugerente de sus sonrisas. Dicen que conquistó a cientos, aunque sus gustos a la hora de elegir esposas fueron muy concretos y bastante exóticos.
Hizo películas de muchas clases, y cuando fue alcanzando la madurez se decantó por la lucha antirracista y el ecologismo, dedicando a ello buena parte de su vida, y llegando a sufrir amenazas de muerte por ello. Su generosidad no tuvo límites. Había que darle un sentido y una utilidad a la vida.
La primera vez que fue galardonado con un Oscar, dice que se sintió ridículo y absurdo, objeto de una atención masiva que le sobrepasó, dejándose fotografiar mil veces y posando con una sonrisa fingida porque se encontraba fuera de lugar, y se juró entonces que si volvían a premiarlo no acudiría a una ceremonia como aquella, y así fue.
Su forma de prepararse para rodar era muy peculiar, porque aunque la cámara hubiera empezado a rodar, él permanecía aún cinco o diez minutos divagando hasta que se decidía a decir sus frases, pero cuando lo hacía todos los que estaban en el estudio seguían atentos su intervención, sin poder apartar la mirada.
También tenía sus pequeños trucos, como cuando se quedaba mirando hacia arriba, callado, como si estuviera meditando sobre lo siguiente que iba a decir, cuando en realidad era que no se acordaba de la frase que le tocaba.
En un rodaje que transcurría en las montañas, le gustaba apartarse del resto del equipo para bañarse en un río cercano con los caballos. El contacto con la Naturaleza era vital para el.
De algunas de sus películas abominó después de verse en ellas, como en “El último tango en París”. En otras fue contratado cuando ya todos creían que estaba acabado para su profesión, como en “El padrino”.
Hay veces, como en “Apocalipsis now”, que su interpretación me ha dado incluso miedo. Algo dentro de su cabeza empezó a funcionar de forma distinta a partir de un cierto momento de su evolución personal. Era muy inquietante, una mezcla de tristeza, desencanto, escepticismo, y una violencia sorda, latente, con tintes siniestros, rayanos en la locura. El caso es que dicen los que le conocieron que disfrutaba de las cosas como un niño, con una capacidad para entusiasmarse por todo que se acrecentó en la vejez.
Dejando a un lado su tormentosa vida privada, fue un padre tierno y sentimental, al que le gustaba hacer reir a sus numerosa prole a la hora de la comida cuando, sentados todos a la mesa, les hacía cada día trucos de magia distintos que les sorprendían y entretenían y que nadie supo nunca de dónde sacaba. Los problemas que algunos de sus hijos tuvieron con la justicia con el paso del tiempo, ensombrecieron sus últimos años.
Ya al final, con la imagen que nos dejó de su absoluto abandono físico, con una obesidad galopante a la que no puso freno y que contrastaba terriblemente con la perfección de su cuerpo cuando fue joven, sólo pienso en que se trató en realidad de una persona humilde, que tuvo en su mano todo lo que cualquiera podría desear pero sin ostentación, que se dejó llevar por la pasión y que disfrutó de lo que le rodeaba al máximo. Si podía comprar una isla paradisíaca en un remoto rincón del mundo que le había cautivado por su belleza, lo hacía, se le considerara o no extravagante.
Marlon Brando creo que fue, ante todo, un ser humano, con sus grandezas y sus miserias, alguien que nunca se escondió de nada y al que le importó muy poco la opinión ajena. Él siempre se mostró tal cual era, sin temor, se expuso a la mirada pública sin protección, sin barreras, y manteniendo su dignidad personal. Se entregaba en cuerpo y alma a todo aquello que emprendía, hasta el último momento.

martes, 8 de abril de 2008

De amor y de sombra

La verdad es que no me suelo parar a pensar mucho en la relación que tienen mis padres como pareja, supongo que porque ya tengo bastante con mis propios abatares sentimentales, pero no deja de ser una cosa más de mi vida que me gustaría poder cambiar para que fuera de otra manera.
Los recuerdo de niña siempre tiernos el uno con el otro. Se llamaban por apelativos cariñosos que sólo ellos conocían, y se prodigaban abrazos aquí y allá cuando estaban en casa. Mi padre solía poner su cabeza sobre el pecho de mi madre, y ella le acariciaba el pelo con una mano mientras la otra la depositaba sobre su cara. Reían juntos con frecuencia, y si alguna diferencia hubo entre ellos, la solventaron cuando no estábamos mi hermana y yo delante.
Aunque sus formas de ser siempre han sido muy distintas, tenían la misma educación y la misma forma de educarnos a nosotras. No solía haber desacuerdos entre ellos en casi ningún tema.
Si bien mi madre siempre se quejaba de soledad, porque mi padre estuvo muchos años pluriempleado. Cuando él dejó su trabajo de la tarde, el que más le gustaba, donde la verdad es que le pagaban nunca, mal y tarde, fue como si una sombra planeara sobre ellos.
Con dos empleos o sólo con uno, nunca tuvimos en casa una economía muy boyante, cosa que no nos impidió ser felices, ni tampoco nos creó ningún complejo. Pero mi padre, desocupado por las tardes, comenzó a aburrirse. Vagaba por la casa sin encontrar nada que hacer que le gustase. Sólo escuchar música clásica ha sido su principal hobby, además de dar largos paseos. Mi madre tampoco pareció mucho más contenta por el hecho de tenerlo al lado más tiempo.
Un desacuerdo entre mi abuela paterna y mi madre durante unas vacaciones, que terminó con malas palabras de ésta hacia aquella (el eterno dilema de las suegras), fue el comienzo del deterioro en la relación de mis padres, que tampoco pasaba por su mejor momento. Como además mi abuela enfermó al poco tiempo, posiblemente por el disgusto que tuvo, mi padre guardó este hecho en su corazón como una herida abierta que nunca dejó de sangrar.
Su relación con nosotras, sus hijas, también fue a peor. Ya éramos mayores y reclamábamos una lógica libertad que nunca terminaba de llegar. Pienso a veces que perdieron los papeles tanto en lo relativo a ellos como pareja como en lo concerniente a nuestra educación.
Mi madre comenzó a llorar por cualquier cosa. Algunas veces lo hacía cuando estábamos sentados todos a la mesa a la hora de comer. A ella se le mezclaban las lágrimas con la comida, mientras mi padre ponía cara de pócker , como si no pudiera hacer nada para evitarlo o se sintiera impotente.
Lo peor era ver que casi nunca reían ya juntos, ni se abrazaban, y dejaron de llamarse por los apelativos cariñosos que había inventado el uno para el otro.
Un día, haciendo limpieza, descubrimos un vestido de mamá de cuando era joven, que estaba escondido debajo de uno de los asientos de los sillones del salón. Cuando le preguntamos a mi padre puso cara de apuro pero no dijo nada. Posiblemente quiso retener un retazo del pasado de ellos cuando aún eran felices, enfermo de nostalgia por una época de su vida que él añora y que ya no volvería a repetirse jamás.
Desde que se casó mi hermana y se quedaron solos en casa, discuten por cualquier cosa. Cuando hablan conmigo, el uno le quita la razón al otro, y si es un tema relacionado con mi divorcio, mi padre le manda callar a mi madre si insiste mucho, lo que a ella le saca de quicio.
Por las noches ven la televisión en habitaciones separadas, porque a cada uno les gustan programas distintos.
Tan sólo alguna vez, cuando nos reunimos todos para celebrar algún cumpleaños o santo, parecen contentos de nuevo y hasta mi madre se permite el lujo de acariciar la cara de mi padre o de cogerle del brazo, y él se deja hacer un poco a regañadientes. Hasta se me hace raro cuando los veo cariñosos entre ellos otra vez.
Mi madre me solía contar que cuando yo era niña (muy pequeña debía ser porque no lo recuerdo), si les veía un poco serios y distantes les cogía de las manos, se las juntaba y les decía “amoraros”, término de mi cosecha que supongo que significa que se tuvieran amor, y que aún empleo alguna vez cuando los veo enfadados para que se rían un poco.
Si bien es cierto que la convivencia y el paso del tiempo minan mucho la relación de pareja, a lo que nunca se tendría que llegar es a la animadversación mutua y la falta de respeto. La ausencia de comunicación es la clave de todo, porque aunque cada uno piense de forma diferente sobre una determinada cosa, siempre hay un punto de convergencia, como en un tira y afloja o una transacción comercial, en el que se puede llegar a un acuerdo aunque sea mínimo. De otra manera vienen los malos entendidos, el pensar mal del otro antes que bien y a veces injustificadamente, y todo ello se va acumulando y es como una pirámide cuyo vértice nunca llegas a ver, porque el desamor lo mismo que el amor no tiene límites.
Creo que mis padres se han envejecido antes de tiempo, y no sólo físicamente si no también psíquicamente, por esa falta de amor, algo que día a día produce un desgaste enorme.
Por propia experiencia sé que a veces se llega a un punto de absoluta oscuridad en la pareja, cuando lloras más veces que ríes, cuando empiezas a perder tu dignidad como persona y tu autoestima, cuando te horrorizas ante la idea de tener que envejecer al lado de una persona así. Entonces es como una enfermedad, un cáncer que te va destruyendo poco a poco, todo lo contrario del amor que es algo que te reconstruye por dentro y te da vida.
En el caso de mis padres, como en el de tantas parejas que llegan a mayores juntos, lo suyo sería que cuidaran el uno del otro más que nunca, porque la salud es más precaria y porque parece que el final está más cerca. Pero como los humores se agrían y el desgaste es muy grande, suele pasar justo lo contrario.
Para mí es como una pesadilla, cuando al principio hay amor, y luego sólo hay sombra.

lunes, 7 de abril de 2008

Maniática de la última palabra (IX)

- Hay que ver los niños qué capacidad de sugestión tienen, y qué imaginación. Mi hija cada vez que ve una película que le ha gustado o le ha impactado por el motivo que sea, se apresura a recrearla con su estilo, que es un estilo muy personal. Hace poco cuando vió “Memorias de una geisha”, ya estaba poniéndose una especie de túnica negra brillante que tiene (creo que pertenece al uniforme de Harry Potter que le regalaron los Reyes Magos hace tiempo), se recogió el pelo a la manera oriental, y se hizo con un abanico tras el cual escondía su cara de forma muy sugerente. Lo más curioso es que consiguió que su hermano se convirtiera por un rato en su vasallo, adoptando una actitud imperativa, y haciendo que él se postrara todo el tiempo a sus pies y juntara la manos mientras hacía reverencias, con la vista baja, obedeciendo a todo lo que ella decía. “Lo que tú digas, Ana-shan”, le decía a su hermana. “Así me gusta Miguel-shan”, le respondía ella. De vez en cuando le atizaba con su abanico cerrado, como para someterlo aún más. Yo creo que como normalmente es al revés, que es ella la que recibe, aprovecha esas raras ocasiones para vengarse un poco.
Otro día vió “Límite vertical”. Pues ya era una esquiadora-alpinista perdida en las altas cumbres. Se puso una cazadora de mucho abrigo, una bufanda, guantes, gafas de sol y un walkie talkie colgando de la cintura que tiene y que siempre intercepta la frecuencia de la policía. Cada vez que oía voces por el aparato, ya estaba diciendo que iban a venir a rescatarla.
Los niños pueden ser todo lo que se les pase por la imaginación, y lo viven intensamente.

- Hace un tiempo un jefe muy sapiente que tuve nos dijo que nuestro lugar de trabajo es el “nicho biológico”. Era la primera vez que oía hablar de un “nicho” sin tratarse de un lugar de enterramiento. Nos explicó que en este caso se trata de la posición o el espacio concreto que una especie ocupa en un ecosistema. En el caso de los seres humanos, el lugar donde más tiempo pasamos, el sitio en el que vivimos.

- Cuando se habla del “efecto mariposa”, se dice que si uno de estos insectos “agita hoy con su aleteo el aire de Pekín, puede modificar los sistemas climáticos de Nueva York el mes que viene”. Se suele utilizar como símil para hacer referencia a los hechos y decisiones del pasado que, por insignificantes que puedan parecer en un primer momento, afectan sobremanera a lo que nos acontecerá en años venideros. ¿Qué sería ahora de nosotros si tiempo atrás hubiéramos actuado de una manera y no de otra, o hubiéramos conocido a una u otra persona?. Como leí en Internet “¿hasta qué punto puede influir en nuestras vidas el más pequeño cambio en el pasado?”.

viernes, 4 de abril de 2008

Mi jefe

Tuve un jefe hace tiempo que fue, de todos los que he tenido en los muchos años que llevo trabajando, el único que recuerdo especialmente por su forma de ser y lo peculiar de su persona.
Era de mi edad, muy inteligente, hiperactivo y con un delirante sentido del humor. Antes de que él llegara, las dos compañeras que tenía en el despacho por entonces y yo, vivíamos en un remanso de paz, algo aburridas si bien es cierto, e informáticamente muy atrasadas.
Cuando él llegó la situación cambió radicalmente, y nos vimos sacudidas por un auténtico huracán. Experto en ordenadores, nos consiguió unos equipos nuevos e ideó un programa para gestionar uno de los asuntos más laboriosos y aburridos de los que allí teníamos que llevar: el control horario del personal. Aquel programa facilitó enormemente nuestra labor, abreviándola y haciéndola más sencilla. Estaba hecho a la manera de ser tan original que tenía este hombre: cada persona tenía su propio registro, con datos no sólo horarios sino también personales y laborales. Incluía una foto del interesado. Con su extraño sentido del humor, le daba por reirse de las caras de la gente, y solía decir que a lo mejor un día las imprimía y hacía “tazos” con ellas para que jugara su hijo.
Tanto el nuevo formato que dio a los escritos como aquella curiosa base de datos, estaban hechos para nuestro entretenimiento: todo eran ventanas de colores, y su manejo era muy sencillo. Yo más de una vez le dije que más que trabajar parecía que estábamos jugando.
Mientras cumplíamos con nuestras tareas cotidianas, él supervisaba nuestra labor y nos alentaba a aprender cosas nuevas. Quería que nos promocionáramos laboralmente y nos enriqueciéramos en lo personal. Con él la informática parecía cosa de niños.
También le gustaba hablar de cualquier cosa de actualidad o de la vida, y organizábamos pequeños debates en los que se mezclaban opiniones muy profundas y trascendentales con otras llenas de humor.
Lo mejor eran los café bombón con los que iniciábamos la jornada. Compramos una cafetera eléctrica entre todos, y procurábamos que la despensa nunca estuviera vacía: leche condensada, café, filtros, cucharitas y vasos.... Estas pequeñas tertulias atrajeron a más de un compañero o jefe, y fueron la envidia de otros departamentos. Aún después de que él se marchara, continuamos con esta costumbre.
Lo cierto es que a él nunca le gustó aquel trabajo, llegó allí de rebote para suplir a la persona que era hasta entonces nuestro jefe, pero sin embargo cambió nuestra forma de trabajar y formamos todos un equipo en el que se mezclaba lo laboral con lo sentimental, pues a nuestras ganas de trabajar y de hacer las cosas lo mejor posible se unió el gran afecto que le profesamos desde entonces y que él correspondía sobradamente. Él nos conocía perfectamente, y a cada una nos sabía tratar como mejor correspondía a nuestra forma de ser. Nosotras también sabíamos sobre su vida personal por pequeñas cosas que nos contaba.
Pero aquel trabajo no era para él, que estaba preparado para tareas muy diferentes y más cualificadas. Su disgusto creciente con la empresa hizo que empezara a cogerle manía a algunos de los jefes que estaban por encima de él, y un buen día no se le ocurrió otra cosa que colgar en Internet una especie de “gacetilla”, que no recuerdo cómo tituló, en la que escribía a diario por la noche en su casa y en la que se burlaba de buena parte de la jefatura del centro, poniéndoles motes para no comprometerse pero lo suficientemente significativos para que todos supiéramos a quién se estaba refiriendo. Me acuerdo especialmente del que le adjudicó al Director, “Corleone” creo que fue. Y para más inri le fue dando a todo el mundo la dirección en Internet para que lo vieran.
No contento con eso, colgó también la base de datos que había hecho para todo el personal, con lo cual cuando estalló el escándalo se montó la de San Quintín al ver la gente sus datos personales y sus caras expuestas de esa manera.
El expediente disciplinario que le metieron no fue a mucho más por las consecuencias que ésto tuvo para él, pues se vió obligado a acudir a un psiquiatra y seguir un tratamiento para superar la depresión y el estado de ansiedad que le sobrevino a raíz de todo aquello, y por el que tenía que tomar un montón de pastillas. Le relegaron al ostracismo en un despacho sin casi trabajo, y cuando íbamos a visitarle allí se volvía de espaldas de cara a la pared para que no le viéramos llorar como un niño.
Poco tiempo después consiguió un destino en otro centro y sólo le vimos en una ocasión que vino para saludar a la gente, y en la que comprobamos que volvía a ser él mismo.
Con el tiempo piensas en las situaciones tan rocambolescas en las que nos vemos metidos algunas veces en la vida, y cuyo alcance no sabemos valorar hasta que no tomamos distancia.
Dicen que a las personas con un coeficiente intelectual muy alto se les suele ir la pinza bastante en determinadas situaciones. Puede ser que ese fuera el caso de mi jefe, su reacción ante una situación de frustración, pero para mí será siempre una persona muy especial, inteligente, sensible y muy vital, alguien a quien mereció la pena conocer.
Ese fue mi jefe.
 
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