lunes, 15 de agosto de 2011

La escena española


Me conmovía, al ver hace poco en televisión 25 fotogramas,  las vivencias que contaban algunos de los actores y actrices de nuestra escena, esbozos de una existencia dedicada a la interpretación que les ha marcado para siempre. Me gusta porque en las entrevistas les hacen preguntas que nunca se llegan a oir, sólo se les ve a ellos respondiendo, o aprovechando la ocasión para elucubrar sobre su carrera y sobre la vida en general.
El programa que vi estaba dedicado a Javier Cámara y Charo López. Cámara no es precisamente uno de mis actores preferidos, aunque está muy de moda últimamente porque el personaje en el que se le ha solido encasillar, un calvorota infeliz con gafas de culo de vaso y cuerpo fofo que tiene muy buen corazón, cae bien entre el público. Pero Cámara tiene una forma de hablar, que aunque recuerda los tics de esos mismos personajes que interpreta (nunca un personaje tuvo tanto del propio actor), consigue llegar al corazón del que le escucha por su sinceridad y su sencillez. Tiene un sentido del humor muy peculiar, mezcla del que sería propio de un niño y una persona algo inestable.

Javier Cámara decía que su profesión le había servido para escapar de un entorno que no le gustaba, el de su pueblo. Miraba con aprensión la rudeza de la vida del campo (su padre era agricultor), la penuria y la estrechez de miras del medio rural. Cuando empezaba en el teatro tuvo una época en que se encontraba muy enfermo (los nervios debían ser), y llegó a tirar la toalla, regresando a su pueblo desmoralizado, hasta que alguien al que le había gustado un trabajo que había hecho le llamó. Decía querer seguir considerando el mundo de la interpretación como un juego, porque en el momento que empezara a tomarlo demasiado en serio le iba a entrar el pánico y ya no sería capaz de actuar. Es terriblemente nervioso e inseguro.

También dijo que no sabía muy bien cómo había conseguido llegar al lugar en el que ahora estaba. Con una enorme modestia afirmaba que quizá habían sido un cúmulo de circunstancias, sin atribuirlo a los propios merecimientos, pero que tampoco era algo a lo que quisiera darle muchas vueltas. Lo importante es que estaba ahí, que nunca había imaginado que esto iba a ser así, y que el camino estaba siendo precioso.

Charo López es lo que yo llamo una actriz de carácter, especie en peligro de extinción de la que ya quedan muy pocos ejemplares. Cuando hizo Los gozos y las sombras, que fue cuando se dio a conocer, recuerdo que me impactó enormemente su forma de interpretar, pues dotó a su personaje de una hondura, un desgarro y un dramatismo como no había visto nunca, y al mismo tiempo de una ternura y una sensualidad distinta a lo que yo conocía. Muchos otros papeles de mujer dura vapuleada por la vida le han dado después, pero aquel personaje inicial me impresionó enormemente y creo que lo llevará ya escrito en su piel y en su alma para siempre.

Su voz tan grave, su belleza y la rotundidad de su cuerpo le han proporcionado papeles de mujer de raza, pero con los años su físico ha cambiado completamente. Me sorprendió al verla en la entrevista lo gordita que se había puesto, ella que siempre tuvo una figura magnífica y un rostro anguloso, pero su mirada tan profunda y oscura seguía siendo la misma. Se quejaba de ese cambio, y medio en broma medio en serio le echaba la culpa al mundo de la farándula y al de la prensa de que ella se hubiese terminado considerando hermosa, porque ahora que ya no lo era le costaba admitirlo. "Tenéis que hacer algo al respecto", le dijo al entrrevistador. Charo López siempre logra conmoverme, es un ser muy profundo, muy especial.

La compararon siempre con Ava Gadner por su aspecto y su forma de interpretar, pero ella dijo que un cierto parecido sí tenían pero poco más. Consideraba que la actriz norteamericana había hecho buenos papeles pero que podía haberse sacado más partido, haber llegado más lejos en su carrera. Lo importante no es lo de fuera sino lo que tienes dentro, y Ava fue víctima de su belleza, de su enorme atractivo animal.

Charo piensa que lo importante no es la fama que alcances ni cuánto dinero ganes, sino el conseguir llegar a la gente, que lo que hagas cale hondo entre el público, que te recuerden por un personaje y que nadie sea capaz de asociarlo con ninguna otra persona que no seas tú.

También dedicaron unos minutos a Constantino Romero, el gran doblador de actores como Clint Eastwood. Dice que es como ser un actor en la sombra, y que el actor norteamericano le ha proporcionado muchas alegrías mientras doblaba sus películas. Cuando hizo lo propio en Gran Torino, dice que sintió una emoción especial porque fue el único personaje que interpretó a lo largo de su dilatada carrera en el que moría al final. Le pedía a Eastwood, entre juguetón y jocoso, que volviera al cine, aunque fuera para hacer una película más.  

A Constantino Romero le han llegado a parar montones de veces por la calle para que dijera la frase aquella de Stars wars que le hizo famoso: “Yo soy tu padre”. Dice que no tiene reparos en complacer a la gente, pero le resulta extraño decir eso porque no tiene hijos. Esa voz tan varonil, tan grave y profunda, tan interesante, es la que hace ser reconocido como uno de los mejores de su profesión. Y es muy ceremonioso hablando, tiene una educación exquisita.

Hay una cantera de intérpretes en nuestro país, y de dobladores, que en nada tiene que envidiar a Hollywood. Muchos no quieren ir allí, aunque les ofrezcan oportunidades, como dijo Javier Cámara, porque saben que es otro mundo, y ese mundo no es el suyo. Se puede llegar a ganar mucho dinero, pero el reconocimiento y el cariño del público nunca será como el que tienen aquí.

domingo, 14 de agosto de 2011

Ortografía


Recuerdo que hace unos pocos años hice un curso por el trabajo que se llamaba El lenguaje administrativo, y nunca pensé cuando empecé a hacerlo que me iba a resultar más interesante que ninguno de los otros que había hecho y que haría después, además de serme muy útil para lo mío, que es escribir.

Nos dio clase un catedrático de universidad que, además de dedicarse a dar cursos, viajaba por todo el mundo dando conferencias. Nos contó que estando una vez en Indonesia quiso saber cuál era la palabra que allí se utilizaba para pedir la cuenta. Cuando se la dijeron le advirtieron que debía tener cuidado en cómo la decía, porque si empleaba su tono de voz habitual quería decir que quería sexo, pero si lo hacía bajando la voz entonces la cosa cambiaba. Después de eso, pasó gran parte de su tiempo allí hablando muy bajito cada vez que entraba en un restaurante o en un bar. Lo que venía a decir que una misma cosa se puede decir de muchas maneras y en cada una significa algo distinto.

También nos habló de las diferentes formas de conectar con la gente por medio del saludo, un lenguaje corporal para el que me tomó a mí como ejemplo, por una vez que me pongo en primera fila en una clase, para mi sonrojo. Afirmó, mientras me daba la mano, que esa era la manera más formal de presentarse a una persona o decirle hola. Después me cogió del brazo con una mano mientras apretaba con la otra mi mano, para decir que aquella era una manera más cercana, más cordial, que indicaba querer un acercamiento o una mayor confianza con la otra persona. Terminó dándome la mano al mismo tiempo que me cogía del hombro para expresar que aquello era lo más amistoso que se podía dar en las relaciones sociales, lo más cercano. Me hizo poner en pie y se alejaba o se ponía más cerca dependiendo del saludo que estuviera recreando. Todo era significativo, no sólo lo que hacías sino también la proximidad.

Pero lo que más me interesó de sus disertaciones no fueron los saludos, sus problemas con la cuenta en Indonesia ni el lenguaje administrativo en sí, que más o menos es siempre lo mismo, una forma de expresión encorsetada y obsoleta que a mí siempre me ha horrorizado. Me gustó cuando comenzó a hablar de ortografía, y me pareció como si volviera a la época del colegio, pero mucho más interesante.

Resolvió pequeñas dudas de una forma demasiado categórica para mi gusto. Como cuando le pregunté si era correcto usar el entrecomillado para escribir títulos, o palabras sobre las que se quisiera hacer un hincapié especial. Negó rotundamente que fuera acertado, y dijo que eso se usaba sólo en prensa escrita, que lo suyo era poner letra cursiva. No sabía que mis fijaciones ortográficas tuvieran origen en mi carrera universitaria. Lo que sí había oído era que entrecomillar las palabras que se querían resaltar por su intencionalidad era una pedantería. Los escritos de una compañera del instituto estaban plagados de palabras así.

La misma suerte corrió mi pregunta sobre el uso de paréntesis cuando se quiere hacer un inciso en medio de una frase. Dijo que lo que había que poner es guiones para separar un pensamiento del resto, algo que sí veo en prensa constantemente. Parecía estar ya un poco harto al final de que le hiciera tantas preguntas. Vaya, para una vez que se me ocurre preguntar algo…

Una jefa de área que tuve se pasaba el tiempo corrigiendo los oficios de todo el mundo, incluso aunque fueran cambios que ella misma hubiera introducido la semana anterior. Tenía la manía de que no había que sangrar los textos, que en un curso al que había ido sobre el tema le habían dicho que eso estaba anticuado. Pero en la práctica sus escritos resultaban terribles bloques de letras que eran como ladrillos para la vista, muchos párrafos sin solución de continuidad.

A mí siempre me ha gustado sangrar los textos, porque era algo que aprendí en Periodismo, pero con el tiempo adopté también esta costumbre de dejar el primer renglón de los párrafos en cada punto y a parte al mismo nivel que el resto, en lugar de espaciado.

Lo de dejar doble espacio cada vez que hay un párrafo nuevo es algo de lo que no siempre me acuerdo, y lo de poner en cursiva las citas textuales no lo hacía mucho cuando empecé a escribir en este blog. Poner tres puntos suspensivos es algo que me cuesta hacer porque me parecen pocos, y entonces suelo poner cuatro. Otros signos, como el punto y coma, los he tenido olvidados durante años, y es ahora cuando los estoy empezando a rescatar. Y lo de usar coma antes de una y griega me parece que ayuda a leer mejor, que facilita el descanso en la lectura porque obliga a detenerse, a que no sea todo tan seguido. O punto después de cerrar comillas, en lugar de antes, es una manía mía, y después de signos de interrogación y de exclamación igual, son costumbres de las que me es muy difícil desembarazarme.

Soy consciente de que la ortografía de mi escritura dista mucho de ser la más adecuada, y mucho menos periodística. Me fastidia leer artículos por ahí en los que los signos ortográficos no son como los que yo utilizo, porque me recuerdan que lo estoy haciendo mal, pero me resisto al cambio. Es una cabezonería mía, como si quisiera creer que los que están equivocados son ellos. En realidad hay muchas formas de escribir y, aunque existen un montón de normas para esto del lenguaje escrito, las palabras tienen vida propia y no se pueden ajustar a rígidos corsés que impidan su expresión libre y natural.

Con que no puntualicemos tanto y hagamos una ortografía más flexible, más personal, menos académica.

sábado, 13 de agosto de 2011

Las fotos de las vacaciones

Casi todas las fotos las hizo mi padre. Aquí está Anita, cuando se medio despertaba por la mañana y se ponía los auriculares para escuchar un poco de música y para poder seguir un rato más con los ojos cerrados sin que la molestaran los ruidos de la casa.



Ana desayunando en la cocina, aunque normalmente lo hacía en el salón, como todos. Se ve el largo pasillo que hay en la casa, que es un piso enorme: tres dormitorios, dos baños, aseo, un salón con chimenea y tres ambientes, una cocina grande, y cuarto de despensa con tendedero.
Miguel Ángel pensativo, tan interesante que se pone, en el salón.



Jugando a las cartas un rato por la tarde, en nuestro dormitorio.


Aquí estoy dándome un chapuzón, con los niños y Ángel, mi cuñado.


Mi madre y mi tía Carmen el día del cumpleaños de la 1ª. Ambas tuvieron regalos, pues era el santo de la 2ª dos días después. Esa tarde hicimos una merienda en casa y luego fuimos a cenar a un restaurante.


Ana se puso muy mona para la ocasión. Ella siempre está a la última en lo que a moda se refiere.


Mi hermana y mi cuñado tan felices durante la cena.


Esto es lo que se ve desde un lateral del salón, detrás de nosotros. Hace años no existían esos edificios y el paisaje era mucho más bonito. Ahora están construyendo esas dos torres de la derecha, que irán unidas por la parte de arriba. Esa montaña tiene su misterio, porque impresiona cómo se pone cuando va a haber tormenta, los negros nubarrones casi la hacen desaparecer de la vista. El cielo allí se ve tan azul, libre de contaminación...


Esta es la tarta de mi cumpleaños, y como es también el santo de Anita, mi padre hizo que escribieran los nombres de las dos cuando la encargó. Es de moka, que no pirra a todos.


Nos pusimos sentimentales las dos....


Y como es habitual en nosotros, lo celebramos en el restaurante.







Mis padres parecían muy ufanos...
Nos fue a despedir a la estación de Alicante mi tío Fonchi, el hermano mayor de mi padre. Él vive allí. Siempre ha sido muy cariñoso, y tiene un sentido del humor tremendo.

En el tren de regreso. Se nos ve a mí, Anita y Miguel Ángel, en tanda. A un lado a mi cuñado. Nos repartimos como podemos, casi ocupamos medio vagón.
Aquí se ve a Miguel Ángel con una de esas sonrisas tan bonitas que tiene últimamente. Anita está pensativa, soñadora....

A lo mejor se estaría acordando de ésto, que es lo que no tenemos en Madrid. Es la vista que hay desde los apartamentos en los que nos alojamos. Los días en que está despejado no hay más que azul por todas partes. Como dice mi hermana, en un solo paisaje hay muchos paisajes, según cómo esté el tiempo.

viernes, 12 de agosto de 2011

Ilustradores (III): Alfons Mucha


Pintor y artista decorativo checo, uno de los máximos exponentes del Art Nouveau, que nació y vivió a finales del s. XIX y primer tercio del s. XX.

Tenía grandes habilidades para el canto, sin embargo desde niño se sintió atraído por el dibujo. Trabajó en empleos de pintura decorativa  principalmente para puestas teatrales. Trabajó en el diseño teatral, en pinturas decorativas, murales y retratos.
Saltó a la fama con su cartel litográfico para la actriz Sarah Bernhardt en París, y causó una auténtica sensación. Hizo carteles para ella durante seis años.

Cuando Mucha visitó EE.UU. fue reclutado por la excéntrica actriz Leslie Carter, quien rivalizó en ostentación con Sarah Bernhardt, lo que la llevaría a la ruina.
También diseñó alhajas para el joyero parisino Georges Fouquet, y éste presentó una de estas colecciones  en la Exposición Universal de París de 1900, en las que prevalecían las reminiscencias orientales y bizantinas. Además, diseñó los interiores de la Joyería de Fouquet.
Creó fondos para alfombras, empapelados y decorados teatrales (litografías), en lo que llegó a conocerse como el estilo Art Nouveau. En sus obras había casi siempre mujeres jóvenes y hermosas con atuendos neoclásicos, rodeadas de exuberantes flores.

Mucha intentó distanciarse de tal estilo a lo largo de su vida, pues pensaba que el arte existía para transmitir un mensaje espiritual y no comercial.

Zodiac le plume
Cuando volvió a tierras checas decoró el Teatro de Bellas Artes, así como otros lugares distintivos de la ciudad. Al obtener el país la independencia, tras la 1ª G.M., Mucha diseñó sellos postales, billetes de banco y documentos oficiales. Trabajó durante mucho tiempo en su obra maestra, La Épica Eslava, enormes pinturas que describen la historia de los pueblos eslavos, proyecto con el que había soñado  desde su juventud. Al invadir los alemanes Checoslovaquia, Mucha fue arrestado e interrogado por los ocupantes, algo que lo dejó marcado para siempre, y más al ver su país invadido y vencido. Murió en Praga a consecuencia de una pulmonía y allí fue enterrado.

El interés por su arte revivió en la década de los 60, algo que continúa sucediendo cada cierto tiempo, influyendo a ilustradores contemporáneos. Su hijo, el autor Jiri Mucha, ha escrito extensamente sobre su padre y ha dedicado gran parte de su vida a difundir su obra.

En el recibidor de mi casa tengo colgado de una pared desde hace años un portallaves que es un reloj con el fondo de una de sus litografías. Siempre me ha gustado la delicadeza de sus retratos femeninos, su particular gusto para combinar los colores, la sensación de algo etéreo que flota en todas sus creaciones.

jueves, 11 de agosto de 2011

Mi nuevo destino

Recalé por fin en Fomento, en Marina Mercante. Estoy en un edificio antiguo con mobiliario y tecnología modernos. En cada piso hay una maqueta de barco diferente, algo que le encantaría a mi padre ver, pues siendo muy jovencito quiso ser marino mercante, aunque luego la vida te lleva por otros derroteros.

Los despachos de los cargos directivos son de maderas nobles. Mi despacho es muy espacioso, y mi mesa está situada junto a una gran ventana que sí se puede abrir. ¡Se acabaron los hermetismos de los edificios inteligentes, cocedero de infecciones, pudridero de personas!. Por fin luz natural y aire de la calle, aunque sea de Madrid, sin filtros.  Se acabó el odioso papel reciclado amarillento. ¡Qué gusto, por favor!.
Y buenas personas en los compañeros que he conocido, muy educados, considerados. Algunos quedan por venir, pues es época de vacaciones.

Me están enseñando el trabajo, que es laborioso porque toca muchos palos. Poco a poco. Tengo que estar manejando ficheros y billetes de embarque. Puedo imaginar que soy uno de esos pasajeros, haciéndose algún viajecito interinsular, con el ancho mar de por medio. Y es que no sólo les gusta el agua salada a los lobos de mar.

La subdirectora que tenía en mi anterior trabajo me dijo que lamentaba muchísimo mi marcha. Ella apreciaba enormemente mi forma de trabajar y mi persona, y siempre que surgía la ocasión me lo ponderaba. Se lo agradezco más de lo que ella pueda imaginar, porque en los muchos años que llevo en la Administración sólo lo han hecho un par de veces antes.

Echaré de menos la visita de algunos artistas, actores de teatro y televisión, y el propietario de algún circo, que solían ir por allí a traer papeles, obligados a seguir los trámites interminables que la burocracia les impone, nos impone a todos. Recordaré especialmente a Paco Vidal, al que siempre he admirado desde que hace una eternidad interpretara en Crónicas de un pueblo el personaje del cura. Parece que hubiera hecho un pacto con el diablo, siempre con el mismo aspecto, y su forma de hablar, inconfundible, cuando se dirigió a mí. Qué emoción. Hubiera pedido más de un autógrafo si no fuera porque me da vergüenza y me parece cosa como de adolescentes. También recordaré a Roddy, que tuvo una época que aparecía mucha en la tele, tan dulce y tan buena persona en todo momento.

Fue muy interesante tener entre manos proyectos teatrales, pues en ellos se veía el esfuerzo, la dedicación y ese derroche de imaginación que hacen falta para vivir en un mundo como es el de la interpretación. Aunque mi recuerdo siempre irá especialmente dedicado al circo, que fue la materia con la que empecé a trabajar, espectáculo que abarca a todos los demás espectáculos, tan distinto y especial, y a veces tan olvidado.

Me llevo conmigo la amistad de una compañera, a la que dedicaré un post en breve, y con quien voy a conservar lazos de afecto que espero duren mucho tiempo. También me llevo a otra persona muy especial  en mi corazón. Y me llevo conmigo, en fin, sensaciones y experiencias diferentes a otras que he tenido anteriormente, y que forman parte de mi bagaje vital.

No echaré en falta trabajar en una planta diáfana, perpetuamente expuesta a la vista y oídos de todos. Nunca me llegué a acostumbrar. Un despacho da más independencia, y en el que estoy ahora es un remanso de paz.

Los compañeros que ahora tengo me preguntan por mis cosas sin afán cotilla, por deferencia o educación, y porque quieren saber cómo soy yo. Todos hacemos el mismo trabajo, sin distinción.

Mi jefa es una señora muy agradable, muy llana y muy franca. Tiene desde hace poco un problema familiar, que espero no tarde en solucionársele, y aún así encuentra ánimo para ser amable y distendida con todos. No es de las que se llevan los problemas personales al trabajo, como he visto en casi todos los otros sitios en los que he estado. Aquí no hay más que gente sencilla y bienintencionada, y eso no es frecuente y es muy de agradecer. Estoy realmente encantada.

Carta de navegación de Juan de la Cosa
Por allí hay varios edificios dedicados a asuntos del mar, pues está próximo el cuartel de la Armada, y el Museo Naval, que visité hace un tiempo con una compañera de mi anterior trabajo que sólo estuvo unos meses con nosotros, aunque fue una incursión breve porque estábamos en el tiempo del desayuno. Pienso ir a verlo más detenidamente porque es precioso, uno de los más bonitos que tenemos en Madrid.

Lo cierto es que es una zona inmejorable, con el parque del Retiro a un paso. Más de una vez me pasearé por allí, que hace mucho que no voy y me encanta.


No sé en adelante cómo serán las cosas en mi nuevo destino, pero de momento el cambio ha sido bueno. Y es que como se suele decir, mutatis mutandis.



miércoles, 10 de agosto de 2011

Álbum familiar (X)


Aquí estoy con sólo unos días. Fue mi primer desnudo para la cámara  (y el último).

Ésto de nacer en verano es lo que tiene, que con tanto calor a una la dejan en paños menores a la 1ª de cambio.




Esta fotografía la tomó mi padre con su móvil allá por mayo, cuando paseábamos por la zona donde vivía mi abuela Luisa. Está en una calle muy tranquila con pocos números, cerca del intecambiador de Avda. de América, y ningún taxista la conocía. Su casa es el 4º piso del esquinazo. Por fuera no dice gran cosa, pero por dentro estaba muy bien. Todo exterior, con tres dormitorios, chimenea en el salón, baño y aseo, y despensa. Lo único malo que tenía era cómo azotaba el viento en invierno, y más siendo como es esa una zona fría de Madrid. Recuerdo una noche en esa terraza, siendo una niña, pasando un cumpleaños, en que la abuela nos había invitado a cenar, como muchas otras veces. Me gustaba ver las estrellas desde allí. Estuve viviendo medio mes el primer año que empecé a trabajar, porque sólo tenía derecho a la mitad de las vacaciones. Se oía todo lo que hacían en el piso de arriba, que por entonces estaba habitado por un matrimonio con un bebé que no paraba de llorar. Ahora ese piso tiene un cartel de se vende, que casi no se ve en la foto. Si tuviera dinero suficiente me gustaría comprarlo, ya que el de mi abuela hace mucho que se vendió. Era una casa que tenía algo especial, todo el que iba allí se sentía muy a gusto. Supongo que mi abuela tendría algo que ver.


Aquí se ve a mi abuela Luisa my sonriente mirando a cámara junto a mi abuelo, durante una corrida de toros. Sería a principios de los años 30, y o se habían casado ya o estaban a punto de hacerlo. A su lado, con cara de consternación y un sombrero blanco, la mujer de uno de sus hermanos. Qué sería lo que estaría ocurriendo en el ruedo. No sabía de la existencia de esta foto hasta hace poco, y me encanta porque se ve el ambiente de la fiesta y las modas de la época. Lo único que tiene unas manchas que no sé si serán de tinta o qué. No creo que fuera el pobre toro que les hubiera salpicado en un lance.


martes, 9 de agosto de 2011

Benjamin Brafman: el abogado del diablo


Es un seductor de jurados. Un tipo irresistible con uno de los porcentajes de casos ganados más alto de EE.UU. Para ello, utiliza todo tipo de tácticas, y no todas admirables. Dominique Strauss-Kahn lo ha contratado para que le evite la condena por abusos sexuales. Así trabaja un tipo duro.

A pesar de haber sido acusado en muchas ocasiones de ser el abogado del diablo, se siente muy orgulloso de su forma de trabajar. "He salvado a más personas del suicidio que cualquier psiquiatra del mundo. Hombres orgullosos que llegan a tu despacho y te dicen que sus familias estarían mejor si ellos se quitaran de en medio. A veces, tienes que morderte la lengua para no responderles que sí, que quizá tengan razón. Pero no, me voy a casa y, cuando mi mujer me ve la cara, sabe que he tenido uno de esos días... Y que es mejor que me deje a solas unos minutos". Quien habla así es Benjamin Brafman, de 62 años, uno de los abogados más duros de Nueva York. Para contratar sus servicios deben concurrir al menos dos circunstancias. La primera es tener dinero suficiente para pagar su minuta: entre 500 y 1500 dólares la hora. La segunda: estar muy desesperado. Porque Brafman es el abogado de las causas perdidas. Con una particularidad que lo diferencia de otros letrados que han hecho carrera en juicios con tirón mediático. Brafman siempre gana. O casi.

Dominique Strauss-Kahn, ex presidente del Fondo Monetario Internacional (FMI), reúne los requisitos para que Brafman lo defienda. Tiene de sobra para pagar sus honorarios, que podrían superar el millón de dólares. En realidad es el patrimonio de su mujer, Anne Sinclair, nieta y heredera del marchante de arte Paul Rosenberg, el que lo avala. Y está desesperado. Su carrera política es historia. Ya ha dicho adiós al FMI y a su candidatura a la presidencia francesa. Y ahora deberá responder de los siete cargos de abusos sexuales y detención ilegal que pesan sobre él por el intento de violación de una limpiadora en un hotel neoyorquino. Puede ser condenado a 74 años de cárcel. Su última esperanza es Brafman.

¿Pero quién es el abogado al que se ha encomendado Strauss-Kahn?. El mismo Brafman responde: "No soy un esnob. Soy un abogado de verdad. Eso es lo que me diferencia de otros que ´practican la ley`. Mis clientes pueden ser famosos o controvertidos. Y otros abogados pueden decir: ´Yo nunca representaría a un tipo como ese`. Bien, no lo harían porque no saben cómo hacerlo", presume para el New York Times. Tiene fama de marrullero. Y de dosificar las filtraciones a la prensa con cínico oportunismo. Y de ser el más espabilado a la hora de aprovechar cualquier resquicio o defecto de forma para tumbar las pruebas del fiscal. Va en el oficio. Pero, además, es un encantador de jurados. Engatusa, divierte, entretiene... Es todo un espectáculo. Tan ameno y tan caballeroso durante los interrogatorios que, en ocasiones, incluso los testigos de la acusación no tienen más remedio que sonreír. Este hombre cae bien. "Lo que hace Brafman es envolver a sus clientes en su propia credibilidad. Los miembros del jurado terminan pensando que el acusado no puede ser tan malo si Ben (como le gusta que lo llamen), habla por ellos", dice un veterano fiscal.

Su currículum no es de los que dejan boquiabiertos. No tiene un título por una universidad prestigiosa ni reputación de buen estudiante. De niño era el payaso de la clase. Iba a una escuela judía ortodoxa y se quedaba dormido mientras impartían algunas clases.

Brafman es hijo de supervivientes del Holocausto. Su padre huyó de Austria en 1939 y se ganó la vida en una fábrica de lencería. Su madre escapó de Checoslovaquia siendo adolescente y fue la única de la familia que no acabó en un campo de concentración. Quedó traumatizada. Cuando murió, en 1996, Brafman la despidió en el funeral con estas palabras: "Mamá, ya no debes tener miedo nunca más".

Creció en barrios duros: Brooklyn, Queens. Empezó a trabajar a los diez años, ayudando en un restaurante. "Ahorré durante años para comprarme una bicicleta. Y me la robaron a los dos días de comprármela", recuerda. En los veranos siguió trabajando de camarero en hoteles para judíos. Cena y orquesta. Una noche que no aparecieron los músicos salió al escenario e improvisó un monólogo. A Brafman le gustó aquello. No tanto lo de contar chistes como lo de hablar ante un público. Descubrió que tenía madera de orador. Y durante un tiempo intentó ser cómico. Incluso imprimió tarjetas de visita y preparó algunos números que ensayaba ante su novia, Lynda. Se conocieron de una manera bastante común en aquella época. "Cuando tenía 14 años", recuerda Lynda, "fui a la sinagoga con mi abuela, que señaló a Brafman y me dijo. ´Ése es el hombre que quiero para ti`". Se casaron muy jóvenes. Y siguen formando un matrimonio sólido. Lynda es bibliotecaria. Tienen tres hijos.

Brafman fue al instituto nocturno. Las notas no le dieron para ingresar en una universidad de élite, así que se sacó el título de Derecho en Ohio. Pero su mediocre pedigrí también lo utiliza como arma. Hace que los miembros del jurado se identifiquen con él. Incluso bromea sobre su corta estatura (1,65 metros). "El fiscal quiere que ustedes crean su historia. Yo también quiero ser diez centímetros más alto. Pero ninguno de los dos se saldrá con la suya". Consiguió unas prácticas de verano en un bufete de Manhattan. "Era muy agresivo. No paró de llamar hasta conseguir una cita y entonces cogió un avión, se plantó en mi despacho y no hubo forma de sacarlo de allí", recuerda uno de los socios. Brafman pasó allí dos años y luego dio el salto a la oficina del fiscal del distrito. "No había caso al que le hiciera ascos", recuerda un colega. "Incluso llevó la causa contra un empleado del servicio de jardines acusado de perjurio por el envenenamiento de palomas. ¿Cómo consigues que un jurado te tome en serio en un caso así?". Ganó, por supuesto. Llevó 24 casos y solo perdió uno. Muchos estaban relacionados con extorsiones de la mafia y corrupción policial. Por las noches cursaba un máster de derecho penal en la Universidad de Nueva York.

En 1980 le pidió prestados 15.000 dólares a su abuelo político y montó un despacho propio. "Comencé a hablar con abogados que conocía. Les decía: ´Si tenéis cualquier caso demasiado complicado, o molesto, o que los honorarios sean muy pequeños, pasádmelo. Yo lo llevaré`". No le importaba hacer el trabajo sucio, aquello que no quería nadie.

Así fue como empezó a llevar casos de la mafia. Saltó a la fama en 1985. Había siete imputados de la familia Gambino, incluido el jefe Paul Castellano, en el banquillo. Brafman representó a uno de ellos, acusado de asesinato y de venta de coches robados. Ni siquiera le cobró. Buscaba publicidad. "Era mi oportunidad de jugar en las grandes ligas". Su defendido fue el único que no acabó entre rejas, a pesar de los 22 cargos que pesaban contra él.

Le empezaron a llover casos relacionados con el crimen organizado. Brafman se hizo experto en invalidar grabaciones policiales que habían tardado meses en conseguirse. Pero los abogados relacionados con la mafia son vistos por encima del hombro en la profesión. Conforme iba prosperando, Brafman se volvió más selectivo. "Represento a grandes empresarios, ejecutivos de Wall Street, abogados, actores, celebridades del deporte. Es muy fácil para un fiscal decir que nunca defendería a fulanito. Pero cuando tienes un despacho privado es muy diferente dejar que se vaya por la puerta alguien con un cheque de 250.000 dólares", reconoció.

Su fama de ´invictus` a veces le juega malas pasadas. Hay quienes se empeñan en ir a juicio y desoyen su recomendación de llegar a un acuerdo. "La gente cree que puede librarse, a pesar de que existan pruebas abrumadoras en su contra. Pero no puedo conseguirlo siempre".


Brafman tiene clara la estrategia para la defensa de Strauss-Kahn. Primero, minar poco a poco la credibilidad de la mujer que lo ha denunciado. Una emigrante africana de 32 años, viuda, de familia humilde, que mantiene a su hija de 15 años y que es considerada una empleada modélica por sus compañeros de trabajo. Brafman ya ha filtrado que ha remitido una carta al juez en la que asegura que dispone de una información que "socava de manera importante" la reputación de la denunciante. Un ardid similar sirvió al equipo legal del jugador de baloncesto Kobe Bryant para intimidar a la supuesta víctima de otra agresión sexual. La chica se negó a comparecer en público ante un jurado. Era superior a sus fuerzas. Es importante desprestigiar a la presunta víctima por dos razones. La primera es que el prestigio de Strauss-Kahn ya está por los suelos. Así que hay que nivelar la contienda. La segunda es que las evidencias de ADN son irrefutables. Sexo hubo. Pero decidir si fue o no consentido es un terreno pantanoso. Brafman no intentará demostrar que el sexo fue de mutuo acuerdo. No le hace falta. Basta con probar que es indemostrable que fuese por la fuerza. Una vez establecida esa duda razonable, ya es una cuestión de palabra. La del poderoso y la de la mucama. Los dos habrán jurado decir la verdad. Pero, como dijo un filósofo, la verdad es una cuestión de matiz y siempre se batirán los hombres en la trinchera sutil de las interpretaciones. En esa trinchera, Brafman ha demostrado ser casi invencible.



domingo, 7 de agosto de 2011

Lo que la verdad esconde


A mí las películas de miedo no me han gustado nunca mucho que digamos, pero dentro de ese género hay algunas de suspense que sí me gustan. Porque qué es el suspense si no, el miedo entrevelado, el que yace en el subconsciente de todos, el que realmente nos sobrecoge y despierta nuestra fibra más sensible, poniéndola en alerta. El otro, el terror, lo gore, es demasiado explícito y sangriento, asusta también pero de otra manera, no llega a lo más profundo de nuestro ser. Es como ir en el tren de la bruja, cuando pasas por el túnel oscuro con temor porque no sabes de dónde te va a venir el golpe.

Y si hay una película de suspense que me ha gustado siempre mucho es Lo que la verdad esconde, protagonizada por la bellísima Michelle Pfeiffer, y en la que vemos a un Harrison Ford haciendo por vez 1ª de malo. Es la historia de una mujer que dejó su carrera como violonchelista para dedicarse al cuidado de su familia y que, por culpa de un accidente de coche el año anterior, hay partes de su pasado inmediato que no puede recordar.

A través de extrañas señales, va empezando a aflorar a su memoria lo que había olvidado, y va descubriendo que su marido tuvo una amante a la que asesinó. La muerta se le aparece en el cuarto de baño de su casa, en la imagen de fondo del espejo, o dejándole mensajes escritos en el vaho que lo cubre cuando se está calentando el agua de la bañera. Un albornoz que cae al suelo de repente, dejando escapar de un bolsillo una cadena con la llave de una pequeña caja; un retrato que se rompe, empujado por una ráfaga de viento una noche de tormenta, que deja al descubierto un recorte de periódico con la noticia de un suceso acaecido tiempo atrás; un mechón de rubios cabellos que perteneció a la difunta, y que cuando la protagonista tiene en su mano hace que el espíritu de ella se posesione de su cuerpo y la haga comportarse como la sugerente Madison, la bella y joven amante de su marido, ante el estupor y la inquietud de éste.
Cuando se descubre toda la trama su esposo, que no está dispuesto a ir a la cárcel, decide asesinarla a ella también. Es curioso lo preocupada que ella siempre había estado por unos vecinos que discutían en voz muy alta, pues estaba convencida que el marido maltrataba a su esposa, y que en un momento dado la había llegado a matar. Nunca hubiera pensado que el único homicida psicópata con una mente fría y calculadora que había lo tenía en su propia casa.

Es tremendo el cambio que se produce en la expresión de la cara del personaje interpretado por Harrison Ford, que de ser un atento y solícito marido y padre de familia, pasa a revelar su auténtica personalidad, la de un hombre ambicioso de moral relajada capaz de cualquier cosa con tal de llevar a cabo sus propósitos. Siempre me ha llamado la atención la rapidez con la que los individuos de estas características pueden pasar de una conducta a otra sin solución de continuidad, como si realmente fueran ambas personas y se creyeran lo que son con cada una de ellas. Pero, como pasaba con el Dr.Jekyll y Mr. Hyde, el lado oscuro termina imponiéndose, quizá porque la naturaleza humana está hecha así.
Son magníficas las tomas de Michelle Pfeiffer en la bañera, cuando su marido le ha administrado la sustancia paralizante y tiene que permanecer inmóvil mientras ve cómo el nivel del agua va subiendo. La imagen de ella, repentinamente transformada en una cadavérica Madison cuando Harrison Ford intenta ver qué es lo que tiene colgado al cuello, es muy impactante. Y cuando él se golpea la cabeza por el susto y, ensangrentado, intenta extender sus manos hacia ella para estrangularla sin conseguirlo porque le fallan las fuerzas, con esa mirada asesina en sus ojos, es indecible.

Robert Zemeckis, magistral director de cine donde los haya, convierte una historia que podría haber sido un relato más de misterio en un prodigio de ritmo y tensión por su excepcional manera de hacer las tomas. Los ángulos que escoge, esos primeros planos de frente o desde abajo, sus picados, con una muy cuidada escenografía, hacen que te pongas en el lugar de los protagonistas, que seas víctima y verdugo alternativamente, que sientas lo que ellos están sintiendo en cada momento.

Los planos de ella huyendo de noche en la camioneta, con tomas rodadas desde muchos ángulos diferentes con varias cámaras a la vez que se acercan y se alejan; la visión a través del retrovisor de la sombra de su marido proyectándose sobre las cortinas de una ventana de su casa recuperando la consciencia, y una puerta entreabierta por la que se supone que él ha salido para perseguirla, recuerdan al mejor cine de suspense de hace muchos años, cuando los hechos se daban a entender más que se mostraban explícitamente.

Y al final, cuando la camioneta cae al lago y bajo el agua él intenta una vez más asesinarla, es tremendo ese momento en el que el cadáver de Madison empieza a emerger justo debajo de ellos, flotando por donde él tiró su coche cuando la mató para deshacerse de las pruebas, en una toma a cámara lenta espeluznante, con la luz de los faros de la camioneta iluminando el rostro de la fallecida alternativamente, mostrándola unas veces con la putrefacción de la muerte y otras tan hermosa como había sido en vida. Cuando coge a su asesino por un brazo para que no pueda salir del agua, salvando a la protagonista de un destino tan terrible como el suyo, y no retorna a su improvisada tumba hasta que éste muere, resulta de una inexorabilidad apabullante, la justicia que por fin se ha impartido, la venganza cobrada, el merecido castigo para el que comete tan horrendo pecado. Si no el crimen habría quedado impune. Una vez más el sistema legal es puesto en tela de juicio. Y la consideración de la mujer como el sexo débil, pues es tremenda la fuerza y la personalidad de Madison incluso más alla de la vida terrena.

Zemeckis eligió a dos actrices con una curiosa similitud física, de modo que el personaje de Michelle Pfeiffer y el de Madison pareciera que se confundían en una sola persona. Si lo pensamos un poco más detenidamente, no deja de ser muy cruel que una mujer se entere de esa manera de las fechorías de su marido, alguien con una sensibilidad como la suya y con un estado de nervios como el que siempre tenía. Cualquier otra persona podría haber perdido la cordura. Pero los personajes que interpreta Michelle Pfeiffer suelen ser así, seres de apariencia frágil pero con una enorme fuerza interior. Por otro lado, no deja de ser inquietante y muy impactante que la víctima impida que el olvido eche tierra a su caso utilizando a la esposa de su asesino, apoderándose de su persona, para terminar haciendo ambas causa común.

Robert Zemeckis nos ofrece una obra maestra del suspense, del manejo técnico de unos recursos utilizados de una forma muy personal. No he visto a nadie usar la cámara de esa manera, llevar una historia que podría haber sido sólo un relato macabro con tan buen gusto y con tanta imaginación. Las tomas bajo el agua cuando la protagonista se lanza al lago para buscar la caja que contiene las cosas personales de Madison, o las de su misma lucha por la vida intentando zafarse de las garras de su marido que la quiere asesinar, y el resto de magníficos efectos especiales usados sin exceso, convierten a esta película en una de las mejores producciones de suspense se han rodado en los últimos años. 

Después de ésto, nadie querría estar en el lugar de Michelle Pfeiffer, pero tampoco nadie querría abandonarla.



sábado, 6 de agosto de 2011

El erotismo en la publicidad


Da la impresión de que las campañas publicitarias se vuelven aún más sugerentes si cabe cuando llega el verano. Las imágenes que se nos ofrecen son tan seductoras y tan refrescantes que es imposible sustraerse a ellas.

No hay más que ver las que lanza Dolce & Gabbana para anunciar sus perfumes. El año pasado, creo, se veía un hombre absolutamente perfecto en una pequeña ensenada llena de un agua de mar azul intenso, vestido con un maravilloso bañador blanco tipo meyba, subido a una barca, donde le acompañaba una mujer muy bella con un bikini también blanco. El spot lo empezaron a pasar cuando estaba yo con mi familia de vacaciones en la playa, y se veía cómo él se acercaba lenta y magnéticamente a ella para abrazarla y darle un apasionado beso. Yo, mi hermana y mi madre dejábamos siempre de hacer lo que estuviéramos haciendo sólo para verlo cada vez que pasaban el anuncio, y al hombre aquel lo solíamos llamar "el divino”. Como se puede apreciar en la foto, resulta hasta procaz, como si la intención de la marca fuera escandalizar, llamar la atención a toda costa.

Este año el modelo me parece que es el mismo hombre, cabello negro azabache brillante peinado hacia atrás, rostro viril y anguloso, enormes ojos azul intenso, con idéntico bañador, y más que en el anuncio para televisión me ha impactado su imagen junto a una mujer, perfecta, que luce el consabido bikini blanco, que es ya marca de la casa, y que he visto en las marquesinas de los autobuses hasta la saciedad. No sólo son los cuerpos los que llaman la atención, que parecen esculpidos por Miguel Ángel, símbolo de la divinidad artística, sino la actitud que adoptan, la forma de mirar a cámara. Es muy perturbador.

Y en esta línea pseudoerótica, son clásicos los anuncios de Jean Paul Gaultier anunciando también su famoso perfume cuyo envase es un cuerpo humano, de hombre o de mujer según se trate. Sobre todo el masculino, cuando aparecen todos esos marineros tan apolíneos, efebos con una belleza hermafrodita y perfecta, paseándose la cámara entre ellos durante unos momentos que parecen eternos, en los que uno siente una cierta inquietud, como si nos sintiéramos turbados por ese ambiente cargado de tensión sexual no resuelta. De fondo, una elegante y sugerente aria cantada por una voz muy hermosa.

 
Se adivina una homosexualidad latente en todo lo que hace Jean Paul Gaultier, y quizá por eso resulte tan inquietante, nos produzca una mezcla de atracción y repulsión difícilmente explicables. Los modelos que elige son en realidad clones del propio Gaultier cuando era muy joven y empezaba en el mundo de la moda. Quizá sea como un Narciso enamorado de sí mismo, como casi todos los diseñadores y creativos.

Este año se decantó por una serie de anuncios en los que los papeles de los protagonistas se intercambiaban. En uno la mujer yacía sola en la cama, bellísima cómo no, y aspiraba el perfume que él había dejado en la almohada mientras éste se marchaba. En otro era el hombre, perfecto cómo no, el que hacía lo propio mientras ella se iba. A mí todo esto de las intimidades de alcoba, aunque sean post coito, me parece un poco chusco, aunque el atrezzo sea muy sugerente, la atmósfera envolvente y los modelos maravillosos. Da un poco de pudor asomarse a un dormitorio donde aún quedan los restos de una pasión amorosa. Hay siempre una cierta melancolía en el hecho de que el-la amante abandone el lecho y se vaya, dejando sola a su pareja, pues es como si se rompiera un hechizo, un momento mágico.

Pero cualquier otro spot que se lance en esta época cambia su enfoque sólo por tratarse del verano. Las olas de helado son casi tsunamis si las comparamos con las que aparecen en los anuncios del invierno, y se mezclan sus cremas con todo tipo de añadidos suculentos, dando sugestivas vueltas en recipientes enormes ante nuestros atónitos y ansiosos ojos. Los lipsticks de brillo labial son frescos y con sabores y aromas afrutados, de colores intensos. Los geles de baño, los enjuagues bucales y cualquier cosa que se quiera publicitar, por peregrina que sea, dan una imagen de frescor que alivia los rigores del estío, Los modelos son sacudidos por ráfagas de viento y exhiben sonrisas exultantes para demostrar que es cierto.

Playas caribeñas de arena blanca y mar esmeralda, con palmeras bajo cuya sombra se guarecen del calor mientras toman un daikiri afortunados turistas que anuncian viajes maravillosos, ataviados con bañadores horteras multicolores de los de calzón largo (nada que ver con el meyba del divino), y camisas a juego. Parece casi eres tonto si no sigues el ejemplo.

Da igual que sean perfumes, cosméticos, comida o viajes, todo se presenta de forma muy sugerente para tentar nuestro deseo, para despertar nuestros apetitos, si es que no estaban ya despiertos. Hay un erotismo subliminal en esta manera de hacer publicidad, una lascivia implacable que no resulta del todo molesta, pues juega con nuestro sentido lúdico de la vida y con nuestros sentidos. 

Qué será lo que se les ocurra a los publicistas en el futuro. Cualquier cosa puede ser.

 
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