miércoles, 7 de octubre de 2015

El club de la lucha (y II)


Un día su jefe descubre un papel en la fotocopiadora con las normas del club de la lucha, y le pregunta con malos modos qué es eso. Él por 1ª vez se enfrenta a él y le amenaza con que si le habla a alguien de lo que ha leído al que lo ha escrito se le podían cruzar los cables e iría despacho por despacho armado con una potente carabina. Se comporta como sabía que lo haría Tyler. El jefe se queda pasmado y se va sin decir nada. 

En la calle se encuentra con Bob, su compañero en el grupo de terapia del cáncer de testículos, que le cuenta que ha dejado eso y ahora tiene algo mucho mejor, aunque no puede hablar de ello. Le empieza a enumerar las reglas del club de la lucha. Le dice que él también pertenece al club.

Tyler, una noche en que está el club reunido, les larga una de sus arengas. Les dice que hay mucho potencial desperdiciado: camareros, empleados de gasolinera, oficinistas... "Odiáis vuestro trabajo pero lo tenéis para poder compraros cosas. Somos los hijos malditos de la Historia. Desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra gran guerra es una pintura, y nuestra vida una depresión. Crecimos con la televisión, que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, estrellas de cine o dioses del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo vamos entendiendo, lo que hace que estemos muy cabreados". 

Llega en ese momento el dueño del local, acompañado de un esbirro, y les dice que se marchen de allí. Tyler se niega y se deja dar una paliza, levantándose una y otra vez del suelo. El agresor, asustado por esa reacción tan inusitada, sale corriendo junto con su acompañante. Tyler entonces les insta a que vayan a la calle al día siguiente, provoquen una pelea y se dejen ganar. Pero no es tan fácil, porque la mayoría de la gente normal hace todo lo posible por evitar una pelea. Lo 1º que se le ocurre, siguiendo lo que ha dicho Tyler, es ir directamente a su jefe y decirle que le nombre asesor externo con un sueldazo y sin tener que acudir a trabajar a la oficina a cambio de no revelar todas las trampas que se hacen en la empresa. Cuando el jefe coge el teléfono para llamar a seguridad y que le echen, él empieza a darse una paliza a sí mismo: se da puñetazos en la cara, se tira de espaldas contra las estanterías de cristal, se da tirones de la camisa. Cuando llegan los de seguridad lo encuentran arrodillado ante el jefe y suplicándole que no le pegue más. Así consigue lo que se había propuesto.

Tyler se inventaba nuevas tareas para los luchadores, como si fueran deberes, y las entregaba en sobre sellados después de las luchas: poner placas metálicas con pinchos en las carreteras para provocar accidentes de coche, borrar el contenido de los dvd's de las tiendas con un aparato desmagnetizador, romper a palos las antenas de los tejados o los faros de los automóviles, llenar de alpiste los tejados de los edificios para que se llenaran de palomas y se hicieran sus necesidades a gran escala, etc. 

Estando con Tyler, esa noche, ve cómo éste saca a la fuerza al empleado oriental de un supermercado y, haciéndole arrodillarse en la calle, le amenaza con una pistola. Le sonsaca los estudios que tiene y cuando descubre que empezó Veterinaria pero no la acabó le dice que si no lo retoma en las próximas semanas le buscaría para matarle, y deja que se vaya corriendo. Increpa a Tyler por lo que ha hecho. "Descuida", le dice, "mañana le sabrá el desayuno mejor que a cualquiera de nosotros", refiriéndose al hecho de saber que vive una 2ª vez, y encima sintiéndose obligado a superarse retomando la carrera que había dejado tiempo atrás. Luego, mientras Tyler inicia el regreso a casa, comprueba que la pistola estaba descargada. Ha sido desagradable, como siempre, pero no había auténtica maldad en lo que hacía.

Tyler tenía la habilidad de pasar de todo aquello que no tuviera una verdadera importancia. "No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones".

A los aspirantes a nuevos miembros del club de la lucha les hace esperar 3 días en la puerta sin comer ni beber. Si consiguen resistirlo les deja entrar. Mientras esperan en la puerta a ser admitidos él o Tyler salen de vez en cuando para persuadirlos de que se marchen desalentándolos con críticas a su físico, su edad o sus capacidades y resistencia. Incluso les amenazan con llamar a la policía o les pegan con el palo de una escoba. Cuando pasaban los 3 días Tyler les preguntaba si tenían 2 camisas negras, 2 pantalones negros, unas botas negras y 300 dólares para gastos de entierro. Una vez dentro se tenían que rapar la cabeza al uno, se alojaban en el sótano en literas, y se encargaban de increpar a los siguientes aspirantes que aparecieran en la puerta.

De esta manera Tyler formó su propio ejército. Les hablaba a todos por un megáfono, mientras cada uno de ellos se dedicaba en la casa a una tarea distinta: unos cavaban en el huerto, otros limpiaban la cocina, etc. Todos confiaban en Tyler, pero nadie sabía cual era el propósito de todo aquello. En la televisión ven las noticias en las que se hablan de los actos vandálicos que cometen por toda la ciudad.

Durante una conferencia en un hotel, sobre la lucha contra el crimen, se infiltran como camareros y, en un momento dado, siguen al jefe de la policía que investiga los delitos que están cometiendo cuando va al servicio, y una vez encerrados con él dentro, le ponen un esparadrapo en la boca, la maniatan, le bajan los pantalones y Tyler le dice que cese en sus investigaciones o le cortarán los huevos. "Estáis persiguiendo a los que os sirven la mesa, a los que recogen vuestra basura, conducimos vuestras ambulancias y os protegemos mientras dormís. Así que no te metas con nosotros". El hombre, aterrorizado, accede.

Durante una de las peleas del club de la lucha, en la que le está dando una paliza de muerte al nuevo preferido de Tyler, negros pensamientos llenan su mente. "Sentía ganas de meterle una bala entre los ojos a todo el que se negara a follar para mantener a su especie. Quería abrir las válvulas de descarga rápida de todos los petroleros y cubrir de crudo todas aquellas magníficas playas que nunca conocería. Quería respirar humo". Para justificar su saña durante la pelea con el joven rubio le dice a Tyler: "Quería destrozar algo hermoso"

En el coche, de regreso a casa, en medio de una noche lluviosa, le grita a Tyler airado por qué no le había hablado del "Proyecto Mayhem", que era en lo que había derivado el club de la lucha. Tyler, al que no le gusta dar explicaciones, le dice que él debe decidir su grado de implicación, nadie le obligaba a estar en el asunto. "Olvídate de lo que crees saber, de la vida, de la amistad y especialmente de nosotros". Dicho esto se cambia al carril contrario y empieza a circular como un kamikaze. Le pregunta a los dos miembros del club que van en el asiento trasero qué desearían hacer antes de morir. "Pintar un autorretrato", dice uno. "Construir una casa", dice el el otro. Tyler le pregunta luego a él. No sabe qué decir, mientras los coches les esquivan en el último momento. "¡Maldita sea! ¡que te jodan! ¡que se joda el club de la lucha!". Tyler suelta el volante, y él lo coge como puede, increpando a Tyler por sus locuras. "¡Mírate!", le expeta éste. "Eres patético. ¿Por qué crees que hice volar tu apartamento? El tocar fondo no es un maldito retiro de fin de semana, no es un maldito seminario. Déjate de intentar controlarlo todo y suéltate de una vez. ¡Suéltate!". Él deja de coger el volante, dominado y apaciguado de repente por las palabras de Tyler. El coche va sin control, mientras Tyler pisa el acelerador y todos se ponen el cinturón de seguridad. Al final chocan contra un coche parado a un lado de la carretera y caen por un terraplén dando vueltas de campana. Se quedan boca abajo y van saliendo poco a poco. Tyler lo considera una experiencia alucinante. "Nunca había tenido un accidente de coche", piensa él. "Imagino cómo se sentirán todos los que han pasado por eso y se terminan convirtiendo en estadísticas que se archivan".

Después de eso se queda convaleciente en la cama, y cuando se despierta Tyler ya no está en casa. Los miembros del club estaban por todas partes, cada uno con una tarea, como siempre. La actividad era constante y agobiante. Se siente abandonado, como cuando su padre le dejó. De repente llegan algunos de ellos con el cadáver de su amigo Bob, el de las terapias de grupo, que también se había hecho del club. Había ido con otro compañero a volar una obra de arte y, al perseguirles la policía, les dispararon dándole a él en la cabeza. La situación se había desbordado, necesitaba encontrar a Tyler.

Fue visitando todas las ciudades que aparecían en los resguardos de billetes de avión que Tyler tenía en su habitación. En cada una de ellas descubrió que había un club de la lucha. En un bar el de detrás de la barra le llama Tyler y le dice, ante su incredulidad, que la marca que tiene en la mano se la hizo él. Una extraña revelación se abre paso en su mente. Llama a Marla y su conversación no hace sino acrecentar sus sospechas. De repente se le aparece Tyler en la habitación del hotel donde se aloja. "¿Por qué dice la gente dice que yo soy tú?", le pregunta. "Lo sabes", le dice él muy tranquilo. "No, no lo sé", responde. Cientos de imágenes, con los sucesos recientes, pasan a velocidad de vértigo por su cabeza. "¡¡¡Dilo!!!" ordena Tyler imperativo. "Porque somos la misma persona", contesta. "Así es" dice Tyler tajante. "Buscabas el modo de cambiar tu vida, pero no podías hacerlo solo. Todo lo que deseabas soy yo. Tengo el aspecto que deseas tener, follo como desearías follar, soy listo, competente, soy libre y hago todo lo que tú querrías hacer. La gente lo hace cada día. Hablan solos y les gusta verse como les gustaría ser. No tienen tu valor, ni se dejan llevar. Poco a poco vas dejándote convertir en Tyler Durlen".

Se desmaya y cuando se despierta al día siguiente, el hotel le pasa una lista de llamadas que tiene que pagar hechas entre las 2 y la 3 y media de la madrugada. Él no recuerda haber las hecho. Va telefoneando a todos los números que aparecen y comprueba que les ha estado llamando durante semanas. Luego se cita con Marla en una cafetería y le dice que se aleje de cualquier ciudad y se vaya al campo durante una temporada. "Estás metida en un lío por mi culpa, ellos creen que eres una amenaza y tu vida corre peligro"

Después va a una comisaría y se declara líder de una organización terrorista que comete delitos por toda la ciudad, para que le detengan. "Somos 200 miembros repartidos por varias ciudades. Se trata de células fuertemente compartimentadas que pueden actuar de un modo completamente independiente de la jefatura central. Vayan a la casa, es el cuartel general. En el jardín encontrarán enterrado el cadáver de Robert Polson. En el sótano hallarán grandes cantidades de nitroglicerina. Creo que el plan es volar el edificio de unas compañías de tarjetas de crédito". El jefe de policía le pregunta que por qué esas compañias. "Si se eliminan los créditos partiremos de cero. Se creará un caos total"

El jefe de policía se marcha a hacer unas llamadas, y cuando se queda a solas con los otros 3 agentes de policía, resultan ser de la organización. "Es un gesto muy valiente por su parte", le dicen, "pero usted mismo dijo que si intentaba revelar lo que vamos a hacer le debíamos cortar los huevos". Cuando ya le tienen en calzoncillos puesto sobre una mesa y han sacado una navaja, consigue quitarle a uno de ellos la pistola y les obliga a tirarse el suelo, logrando escapar.

Se dirige, en calzoncillos, camiseta y gabardina, y armado con la pistola, al edificio que quieren hacer volar. En el sótano encuentra una furgoneta llena de bidones de nitroglicerina conectados a una bomba que ya ha iniciado la cuenta atrás. Tyler se le aparece y le dice que no va a servir de nada lo que hace, porque hay otras muchas bombas en otros tantos edificios. "¿Desde cuando la organización se dedica al asesinato". "No hay asesinatos, los edificios están vacíos y los de seguridad son amigos nuestros", le dice Tyler. Corta un cable sin estar muy seguro de saber lo que hace, y consigue detener la bomba. Tyler se pone furioso y empieza a pelear con él. En las cámaras de seguridad, que nadie vigila, se ve que está luchando con un enemigo invisible. 

Tyler lo lleva a una gran  sala vacía de un edificio de enfrente y lo ata a una silla giratoria. Él se mete la pistola en la boca y Tyler se pone nervioso. Cuando dispara aún permanece vivo unos minutos y vé cómo a Tyler le empieza a salir humo por la boca y se pregunta qué es ese olor, para caer desplomado con la nuca abierta y ensangrentada. Pero él sigue vivo después, porque la bala le ha destrozado un lado del maxilar pero no ha dañado nada vital. Llegan algunos hombres de la organización, que quieren ayudarlo, pero él le quita importancia. Traen a Marla, que se resiste como una gata furiosa. Les dice que se vayan y él y Marla se quedan a solas. Empiezan a explosionar y derrumbarse todos los rascacielos de alrededor, por el estallido de las bombas. Él le coge la mano mientras contemplan el espectáculo. Ella, alucinada, escucha cómo él dice: "Me has conocido en un momento extraño de mi vida".





martes, 6 de octubre de 2015

El club de la lucha (I)


Hacía 6 meses que no podía dormir. Cuando se padece insomnio nada parece real, las cosas se distancian, todo parece la copia de una copia de otra copia. Antes hojeábamos pornografía, ahora hojeamos la colección de interiorismo de Ikea.

Entonces decide visitar a un médico para que le recete algo para el insomnio, pero en lugar de eso le dice que mastique raíz de valeriana y que haga ejercicio. "Vamos doctor, estoy sufriendo". "¿Quiere saber lo que es sufrimiento?", le contesta, "pues vaya a una iglesia metodista los martes por la tarde, o a un grupo de terapia de ayuda a pacientes con cáncer de testículos".

Decide hacerle caso y va al grupo de terapia. Allí los asocian por parejas, los pacientes tienen que apoyarse unos a otros de dos en dos. A él le toca un hombre de proporciones descomunales al que los tratamientos contra el cáncer han hecho que le salgan mamas. De pronto se ve envuelto en su abrazo con la cabeza metida entre sus abultados pechos. "Yo fui culturista", declara entre sollozos. Todos se abrazan por parejas y lloran. Y entonces, estando en esa situación, ocurrió algo: se sumió en el olvido, profundo, silencioso, completo. Encontró la libertad y la esperanza, en la 2ª halló la 1ª, mientra lloraba también.  Esa noche durmió como un bebé.

Se convirtió en un adicto a los grupos de terapia, en los que creyó hallar la solución a sus problemas de sueño y stress. Iba a los de alcohólicos, tuberculosos, los que fuera. Cuando estaba en ellos, si él no decía nada la gente presuponía lo peor y acudían enseguida a abrazarlo. Cuanto más lloraban los del grupo más lloraba él. Los grupos eran centros pequeños y cálidos que se agrupaban en torno a los problemas. Le enseñaban a relajarse, a meditar, había bollos, café.

Hasta que un día apareció Marla Sinclair, una mujer joven, menuda y extravagante que se dedicaba a hacer lo mismo que él, lo cual le incomodaba profundamente. Fue llegar ella, siempre fumando y con aspecto distante y oscuro, y ya no fue capaz de sentir nada, por lo que volvió a dejar de dormir. Cuando padeces insomnio nunca te duermes del todo y nunca estás del todo despierto. 

En una de las reuniones una paciente enferma de cáncer con un pañuelo en la cabeza, para cubrir la calvicie producida por la quimioterapia, sale a hablar y comenta que por fin ha perdido el miedo a la muerte, pero que nadie se quiere acostar con ella: querría echar un último polvo, y aseguraba que en su casa había lubricantes, preservativos y todo lo que hiciera falta para pasar una buena noche de sexo. La encargada la tiene que cortar cuando ve que el tema empieza a ir por escabrosos derroteros.

"Si tuviera un cáncer se llamaría Marla", piensa mientras está en la terapia. Cuando llega el momento de asociarse por parejas para consolarse, se acerca a ella y la amenaza con delatarla como farsante, pero ella dice que hará lo mismo con él. Se abraza entonces a él y hace como que llora, como todos allí. Le pregunta entonces a ella por qué hace esto, y ella le dice que es más barato que ir al cine, se está caliente y te dan café. "¿Tú por qué lo haces?", le pregunta a él. "No sé", contesta, "quizá porque la gente cuando se está muriendo es cuando realmente te escuchan". Intenta convencerla para que abandone. "No puedo llorar si hay otro impostor presente", le dice a ella, "y lo necesito". Intentan repartirse los grupos para no coincidir. Es un diálogo surrealista.

Marla cruza siempre la calle sin mirar si vienen coches y, milagrosamente, nunca la atropellan. Su filosofía de vida era que en cualquier momento podía morir. Su tragedia era que no ocurriera.

Él tiene que estar volando constantemente por su trabajo. Su rutina se cifra en raciones individuales de leche, mantequilla, azúcar, pollo al cordon bleu para microondas en los aviones, gel de baño, champú y pasta de dientes de los hoteles. Su ración de amigos son los compañeros de viaje con los que comparte un rato al principio y al final de los viajes. Él es perito de una importante fábrica de coches. Cada vez que el avión se ladeaba aunque fuera ligeramente o hacía cualquier movimiento extraño, rezaba para que otro avión colisionara lateralmente con ellos, para que hubiera un accidente del tipo que fuera y acabar con todo. Se imagina el avión volando con el fuselaje roto y los pasajeros expulsados al exterior, las mascarillas de oxígeno colgando y él aún sentado mientras se precipita al vacío. Las compañías de seguros pagan el triple si mueres en un viaje de negocios.

Un hombre sentado a su lado en uno de sus trayectos aéreos, junto a la salida de emergencia, le comenta que para qué sirve ésta a 10 mil metros de altura. "Sensación de seguridad", le contesta. Es muy peculiar. Dice que las mascarillas de oxígeno de los aviones sirven para colocarse. "Debido al pánico, en caso de emergencia, respiras el doble de oxígeno de lo normal, lo que te provoca una sensación de euforia". Le señala los carteles que están en los asientos que tienen delante, en los que te enseñan la postura a adoptar en caso de aterrizaje de emergencia. "Aterrizaje a mil kms./ hora, caras inexpresivas, como que no pasara nada", comenta sarcástico y escéptico. Le pregunta a su extraño acompañante a qué se dedica y le dice que a fabricar jabón. Le muestra la tarjeta de presentación con su nombre: Tyler. "Si mezclaras gasolina con concentrado de helado de naranja fabricarías napal", le dice Tyler muy serio. "Puedes fabricar todo tipo de explosivos utilizando productos caseros"

Cuando vuelve a su barrio, ya de noche, ve a los vecinos de la torre donde vive que están en la calle, desalojados, de pie junto a los bomberos, y cuando mira hacia arriba su apartamento está ardiendo. Le dicen que ha sido un escape de gas de su cocina. Entre los restos de su casa, esparcidos por la calle, encuentra el nombre y el teléfono de Marla. La llama, pero cuando contesta cuelga. Luego decide llamar a Tyler, al encontrar su tarjeta en el bolsillo. Está en una cabina de teléfono, pero como no contesta cuelga. Al momento suena el aparato: quedan en un bar a tomar unas cervezas.

Le cuenta lo que le ha pasado y se lamenta por todas sus posesiones perdidas. Tyler abomina de su condición de consumidores, y de que se sienta realizado por poseer cosas. "En mi opinión nadie debería sentirse realizado, no hay por qué ser perfectos. Evolucionemos. Lo que posees acabará poseyéndote". A la salida del bar Tyler le insta a que le pida quedarse en su casa. "Pero antes tienes que hacerme un favor: golpéame lo más fuerte que puedas". Al principio se resiste, pero termina haciéndolo. Tyler le devuelve el golpe, y así comienzan amistosamente una tanda de golpes, unas veces uno otras veces el otro, en lo que parece una forma de quitarse el stress. Al final se sientan magullados en la acera, mientras se beben unos botellines de cerveza, y le dice a Tyler que deberían repetirlo otro día.

Tyler vivía en un edificio abandonado de varios pisos en el que las ventanas habían sido tapiadas, la puerta principal no tenía cerradura, las escaleras estaban a punto de desplomarse y las paredes llenas de suciedad. Debía ser un okupa. Le enseñó una gran habitación en la que sólo había un colchón mugriento: allí dormiría. Si encendías una luz se apagaba cualquier otra de la casa y en vez de agua salía un líquido marrón pulverizado por la presión.

Todas las noches se iban junto al bar donde habían tomado las cervezas y, en la calle, se ponían a darse golpes.  También golpeaban piedras alrededor de la casa con palos de golf, que iban a parar a los edificios de enfrente, igualmente abandonados.  A Tyler le gustaba dar vueltas en bicicleta por el interior de la casa.

En el trabajo el jefe le miraba raro porque llegaba con la cara llena de hematomas, pero a él le daba igual porque después de cada pelea todo lo que te ocurriera era de una importancia mínima. Podía aguantar a su jefe y a los compañeros sin que apenas escuchara nada de lo que decían.

Un día, hablando en el servicio, le cuenta a Tyler que su padre le abandonó cuando tenía 6 años, y éste le dijo que el suyo tampoco estaba nunca. "Somos una generación de hombres criados por mujeres. Me pregunto si otra mujer es lo que realmente nos haría falta".

Poco a poco sus luchas habían empezado a ser las de otras personas. Se organizaban cada noche espontáneamente peleas callejeras en las que todos parecían pasarlo muy bien. Recordaba que antes, cuando volvía a casa enfadado o deprimido, se ponía a limpiar su apartamento. Ahora luchaba. Terminaron poniendo un nombre a su actividad, el club de la lucha, y crearon algunas normas que Tyler les expuso a todos: 

1) no hablar del club
2) si alguien dice basta, flaquea o desfallece, el combate ha terminado
3) sólo habrá dos luchadores
4) sólo habrá una pelea cada vez
5) se peleará sin camisa ni zapatos
6) las peleas durarán el tiempo que sea necesario

Un compañero de trabajo, que solía ser muy torpe, fue el rey una noche que le arreó una paliza al maitre de un restaurante cercano. Allí luchaban hombres de todas las condiciones y profesión. Los contendientes se pegaban en medio de los gritos con los que les jaleaban los demás. A veces, en su vida cotidiana, se encontraba a gente que peleaba en el club, un camarero que le servía agua en la mesa, el compañero de trabajo, cualquiera, y jamás hablaban de ello, sólo se cruzaban enigmáticas miradas. La gente solía acudir al club con el culo blando como la masa del pan. Al cabo de pocas semanas tenían el cuerpo esculpido en madera.

Todos empezaban a percibir las cosas de otra manera. A donde fuera que iban hacían un análisis de todo. Compadecía a los tipos que se amontonaban en los gimnasios intentando tener el aspecto que decían que había que tener Calvin Klein o Hilfigher. Tyler tenía su propia teoría al respecto. "La autoperfección es sólo masturbación y autodestrucción".

Las luchas cada vez eran más cruentas. Lo importante no era ganar o perder. Al final de cada combate nada se había resuelto, pero daba igual.

Un día le llama Marla diciendo que se ha tomado un tubo lleno de pastillas, más como una forma de pedir auxilio que como un intento de suicidio. Él deja el teléfono y se va, y la deja hablando sola, pero al día siguiente aparece en la cocina de su casa para hacerse el desayuno porque ha pasado la noche con Tyler. Este había escuchado el monólogo de Marla en el teléfono descolgado y había ido a salvarla. La había traído a casa y, como dijo que debía mantenerla despierta porque si no estaba "jodida", se dedicó a mantener relaciones sexuales con ella toda la noche. Algo que ocurrió en días sucesivos también. Sus gritos orgásmicos se oían por toda la casa, mientras él intentaba concentrarse en sus rutinas. Tal era la potencia de sus encuentros que se desprendían trozos del techo y se encendían y apagaban las luces. Estaban así a todas horas.

Un día recibe la llamada de un oficial de la policía: el incendio de su apartamento no fue fortuito sino que se originó por una bomba de fabricación casera. Inmediatamente sabe que ha sido Tyler el causante, pero ni se molestan en hablar del tema.

Esa noche Tyler dice que tiene que hacer jabón, y para ello van a una clínica de liposucción, porque la grasa humana es la mejor para eso. Tyler se introduce en los contenedores y saca grandes bolsas de un líquido espeso y naranja, que le lanza para que las vaya recogiendo, salpicándole y haciendo que se muera de asco. En casa lo pone a hervir, pero quiere hacerle una demostración: Tyler echa un polvo blanco sobre la mano de él. Es un producto químico tipo lejía que le produce un dolor tremendo. Tyler dice que no se resista, que no aparte el dolor. Le cuenta una historia antigua: las mujeres hace siglos lavaban la ropa en la parte del río donde se quemaban a los muertos, porque las cenizas se mezclaban con la grasa humana derretida y se formaba una especie de lejía. Según Tyler el jabón está hecho con las cenizas de héroes que murieron en el campo de batalla. Sin dolor, sin sufrimiento, no habría nada. Tyler le da tortas para que reaccione, mientras le dice que no existen la maldición ni la redención, que son hijos malditos de Dios. "Primero has de saber que no hay que tener miedo, y que un día morirás".

Tyler vendía sus jabones a grandes almacenes a 20 dólares la pastilla, y estos a su vez lo vendían por una cantidad mucho mayor. "Era maravilloso: le revendíamos a las mujeres ricas sus propios culos celulíticos".
                                                                                                                                        

                                                                                                                                              
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lunes, 5 de octubre de 2015

Cambio de sexo



He leído y visto en televisión más de un reportaje sobre adolescentes e incluso niños que se sienten extraños con el cuerpo que la Naturaleza les ha otorgado y quieren cambiar ciertas características de su anatomía, para que coincidan con el que género que realmente tienen. Son más corrientes los chicos que quieren convertirse en chicas, y realmente la transformación es sorprendente: muchas de las características femeninas que se perciben en ellos ya las llevaban consigo antes del cambio.

Hace tiempo me parecía incomprensible el hecho de que la Seguridad Social costeara las operaciones de cambio de sexo, pero después de haber visto cómo sufrían estas personas mi opinión fue otra. Tiene que ser estremecedor sentirte de una manera y verte en el espejo con el aspecto equivocado, como si esa persona que se reflejara ahí no fueras tú en realidad. Es como tener una doble identidad.

Hay un chico en el autobús cuando voy al trabajo por las mañanas que le debe pasar algo así. Él va al instituto, y se baja un par de paradas antes que la mía. El año pasado se juntaba con unos cuantos chicos que iban al mismo sitio que él, pero era un acercamiento forzado: ni ellos ni él estaban cómodos. Ya entonces se teñía parte del pelo de color verde o morado, y se pintaba las uñas en tonos oscuros. Podría pensarse que era un poco gótico, pues sus ademanes no delatan que su condición sea femenina. Las palabras que dirigía al grupo con el que intentaba juntarse no debían ser agradables, porque se notaba un cierto rechazo mezclado con indiferencia por parte de ellos. Era como si quisiera acercarse pero al mismo tiempo previera de antemano la reacción negativa y estuviera a la defensiva.

Este año sus uñas oscuras han crecido definitivamente, y los dedos, muy largos y delgados, hacen que sus manos sean las de una mujer. Lleva una gargantilla al cuello, medio tapada por la ropa, y su voz se ha vuelto grave pero con un tono suave y muy agradable. Hace pocos días le vi con una camiseta negra que por delante tenía la cara y el nombre del siniestro Marilyn Manson, y por detrás, cerca de la nuca, ponía "Marilyn man". Cada vez es más frecuente que las camisetas lleven mensajes que aluden o te identifican con todo tipo de cosas. Charlaba con mucha más seguridad con los compañeros, como si le importara poco lo que pudieran pensar de él. Alguno hacía gestos de burla a sus espaldas, pero los demás no le hacían caso.

De todas maneras el que pretenda distinguirse, sea de la manera que sea, tiene un via crucis en su vida por recorrer, y es algo que genera una soledad enorme: sentirse incomprendido y nunca aceptado es una sensación devastadora. El bicho raro, el inadaptado, el que va provocando, queriendo parecer diferente o escandalizar, esas son las etiquetas habituales.

Pero desde luego no hay por qué esconderse, nada de qué avergonzarse. Cierto que es fácil decirlo cuando se ve el problema desde fuera. La sociedad en general, y sobre todo la española, continúa estando llena de prejuicios ancestrales, que se siguen inculcando a las nuevas generaciones, como una lacra que nunca se extingue. No sé qué será de este chico el día de mañana, pero desde luego espero que, como todos los que estén en su caso, puedan encontrar su identidad y si ya la han encontrado puedan ser ellos mismos sin cortapisas, como todo el mundo, porque formar parte de una minoría no significa que uno tenga que estar defenestrado. Somos personas, no cifras, ni estadísticas, ni probabilidades, y todos tenemos cabida en este mundo. Quién es nadie para erigirse en la mayoría dominante, el único modelo a seguir, o quién para atreverse a juzgar.


martes, 29 de septiembre de 2015

Mis fotos con el móvil (y II)


Esta fue la tarta de mi cumpleaños, mientras estábamos de vacaciones en la playa, en julio pasado.











Con mi tía Carmen, la hermana de mi madre, en mi cumpleaños, en la terraza de los apartamentos.












Este es parte del salón de los apartamentos, y las siguientes fotografías. Es una casa decorada con mucho gusto. Ya quisiéramos tener algo así en Madrid.






Mis padres, muy contentos, en el momento de bajar a la playa.













Esta no la saqué con mi móvil sino que la sacó mi hermana con el suyo. Consiguió de Miguel Ángel un gesto precioso, llena de vida la mirada.


















Esto es ya en agosto. Un paseo por el Parque del Moro, buscando el frescor. Las hojas trepando por los árboles altísimos.





















Llevaba mucho tiempo anunciando mi traje de novia en internet para ver si conseguía venderlo, inútilmente. Hace poco decidí cortarle algunos detalles para tener de recuerdo, porque me parecían preciosos: las flores color champán de la base de la espalda, la abotonadura trasera y el brocado del pecho y la cintura. Aquí no se aprecian bien. El resto del vestido lo guardé en el maletero, a la espera de que pongan algún contenedor de ropa cerca del barrio, porque tirarlo a la basura me da pena.






El pasillo de mi casa. Me gusta en esta época ver tanta luz, porque luego ya bien entrado el otoño y en invierno casi no hay.
















El intercambiador de Avenida de América. En uno de los bloques de la izquierda vivía mi abuela paterna. Guardo gratos recuerdos de la zona por eso.











Me encanta este puente, en mi barrio, que une una orilla y otra del Manzanares. Aquí mi hijo, observando el panorama, después de un paseo vespertino por Madrid Río.












El domingo pasado estuve comiendo en casa de mis padres. A la hora de la siesta ellos se fueron a su cuarto a descansar y yo me quedé en el que fue mío y de mi hermana cuando estábamos solteras. Ya nada tiene que ver con el que dejé, pues lo amueblaron de otra manera. Mi padre tiene colocadas en los armarios muchas fotos que escanea e imprime de todos nosotros.








Las estanterías están llenas de libros, muñecos y un cuadro de mi madre al óleo que hizo hace muchos años. El que está en la pared es uno de mi padre al carboncillo. La verdad es que son unos artistas. Lástima que no lo hayan potenciado.
























Esta foto me ha gustado siempre, y a mi padre se ve que también puesto que la ha colocado colgando de una de las estanterías. La he visto circulando mucho en internet. Como es una mujer durmiendo sobre un libro es la mejor imagen para que adorne un dormitorio. A mí me relaja.







Mis fotos con el móvil (I)

A veces te encuentras a los artistas de Holywood en los sitios más insospechados. Tomé esta imagen de Natalie Wood cuando estaba en una terraza cerca de mi barrio, allá por mayo, tomando un refresco con mi hijo. En frente había una peluquería y tenía colocado este cartel promocional entre sus escaparates. Me pareció muy bella en esa instantánea. Fue una gran actriz.
Esta foto corresponde al escaparate del famoso restaurante Botín, una mañana que paseaba por la Cava Alta a la hora del desayuno en el trabajo. Todo el que haya pasado por allí alguna vez habrá visto que exhibe reproducciones en miniatura del interior del local: salones, cocina, etc. La pegatina en el cristal de D. Quijote y Sancho le da un aire aún más nuestro, sobre todo a ojos del turista extranjero, que le gusta mucho estas cosas.
Anita, mi hija, haciendo cosas en el ordenador, en el salón de casa. Como siempre tan hermosa.
El salón del apartamento que ocupamos con mi familia en Benidorm, durante nuestras vacaciones en julio pasado. Las vistas son impresionantes desde una planta 14.

La paella que hizo mi madre estando de vacaciones. Me recuerda un cuento que leía de pequeña en el que el protagonista tenía una olla mágica de la que siempre salía arroz, nunca se acababa. Como me ha gustado la paella mucho toda mi vida era como un sueño, y aquí parece hecho realidad.


La terraza trasera del apartamento durante las vacaciones. Me sacaba una silla y me ponía a leer mientras disfrutaba del aire, el sol y la visión del azul maravilloso del mar. Eso sí, me hallaba un poco estrecha porque siempre había ropa tendida. Ahí estaba leyendo las memorias que escribió Chaplin, con las que disfruté tanto. Los que no tenemos terraza en casa habitualmente apreciamos mucho este tipo de pequeños lujos.
Mi hijo Miguel Ángel a la hora de la siesta, el bello durmiente.
Aquí están los apartamentos que hemos ocupado en las últimas décadas. En los que están más cerca, los Brasilia, estuvimos desde que yo era niña hasta ya de mayor, con mis hijos muy pequeños. Los que hay a continuación, los Turia, eran enormes y ahí estuvimos hasta hace 3 años. Al aumentar la familia se hizo necesario alquilar un sitio más grande para vivir. La torre es el lugar que habitamos desde hace un par de años. Es grande pero no tanto como los anteriores, y aquí tenemos otras comodidades que en los demás no disfrutamos.




Últimamente no me reconozco en las fotos, sobre todo cuando estoy sin arreglar, o habitualmente, que me arreglo poco. Aquí menos mal que Anita, mi hija, me peinó y maquilló, y eso que hacía mucho que debía haber ido a la peluquería a darme mechas y cortarme. Es cierto que hay épocas en la vida en la que damos bajones y parece que nos cayeran 10 años encima de repente. Esta es una de ellas. Los problemas y las preocupaciones también hacen lo suyo. A veces olvido que los próximos años que cumpla serán los 50.
Este es un problema que Anita, mi hija, no tiene, de momento. Aquí luce tan guapa, arreglándose una tarde para salir, sin darse cuenta de que la fotografiaba.
Desde el rompeolas, al final de la playa de Poniente, obtuve esta imagen nocturna en la que se ven reflejadas las luces del paseo y la luz del hotel Torre Dorada, que este año había puesto una iluminación cambiante y chillona que no me gustaba nada. Este es el único color que me agradaba. A la izquierda está la torre del Bali, el hotel más alto de Europa.
La piscina de los apartamentos, y mis hijos allí abajo disfrutando del agua. No solía tener mucha gente, por lo que era una gozada. Siempre había soñado con bañarme en esta piscina cuando alquilábamos unos apartamentos que había en frente y veía a la gente chapotear con ese fondo tan  azul. El agua está un poco caliente para mi gusto.

En la playa con mi hija. Mi padre está a la izquierda.



Playa de Poniente un día nublado.



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Torre In Tempo, que sigue inacabada, con brillos dorados y rojizos al atardecer.

Unas nubes especialmente bellas









Desde mi habitación, en la parte trasera de los apartamentos, este atardecer maravilloso.















Otra paella, está vez de encargo. Ángel, mi cuñado, muy contento de haberla conocido, preparándose para el festín.






La ventana de mi habitación, muy soleada.


















 
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