
Es un hombre inteligente que ha observado muy detenidamente a los cánidos. Casi todo lo que se hace con ellos es erróneo, no sabemos tratarlos. No hay que sacarlos a la calle para que hagan sus necesidades como una rutina más, dejándoles que se alejen con esas correas elásticas que dan tanto de sí. César dice que el perro necesita ejercicio, disciplina y corazón. Debe caminar a nuestro lado y nosotros le debemos hablar y darle afecto con caricias y palmadas.
Un perro, aunque sea pequeño, no se le debe meter en un bolso para llevarlo de aquí para allá sin tener que estar pendiente de él. Necesita como mínimo entre 30 y 40 minutos caminando para gastar sus energías, si no se altera.
Ellos lo que tienen más desarrollado es no tanto la vista o el oído como el olfato. Es mejor darles a oler la pelota y escondérsela luego para que la encuentre que lanzársela con muchos gritos y aspavientos, porque lo que se genera en él entonces es un estado de ansiedad por la posesión del objeto, y hasta obliga al que se la lanza a que continúe el juego con agresividad.
Tampoco es bueno besarlos, porque siempre están oliendo el trasero de otros perros, ni dejarlos dormir en nuestra cama, porque se terminan adueñando de ella.
Al perro no hay que humanizarlo, no hay que eliminar su identidad. César dice que al resto de los animales los aceptamos como son, respetamos su entidad. Al cánido es al único que, por convivir con nosotros, intentamos adaptarlo a nuestra idiosincrasia, y cuando no siempre lo conseguimos encima nos quejamos.
No debería ser el perro el mejor amigo del hombre si no al revés. Tendríamos que cambiar la mentalidad en este sentido.

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