Echaban en televisión el otro día un reportaje en el que se hablaba de la vida de algunos miembros de la familia real inglesa, y descubrían sobre ellos algunos detalles que yo desconocía.

Al principio no se sabía muy bien qué ocupaciones iba a tener. Las cámaras le retrataban como un príncipe algo indolente, apasionado del polo, que hacía acuarelas sentado en medio del campo o en maravillosos jardines. Pero en seguida se le vió como una persona filantrópica, siempre con iniciativas de caridad, culto, versado en filosofía, arqueología e historia, y que aprovechaba sus discursos para arremeter contra el stablishment de su país, sacando a relucir los trapos sucios del gobierno y ciertas instituciones, lo cual fue muy criticado porque se consideraba inapropiado aprovechar esos momentos para dar “mítines”.
Un tío suyo, que fue más padre para él que el suyo propio, le aconsejó que se casara con una virgen, como algo absolutamente imprescindible. Cuando eligió a lady Diana Spencer lo hizo presionado porque ya tenía 30 años, y en su declaración oficial de compromiso a la prensa eludió la palabra “amor” e hizo un gesto de incomodidad y disgusto al ser preguntado, cosa que no le sucedió a ella. Se sugiere que lady Diana supo encandilarlo, a pesar de su timidez y su inexperiencia, escogiendo las palabras adecuadas que sabía que le iban a adular.
Diana Spencer siempre estuvo muy insegura respecto a su origen, y quizá sentía que no estaba a la altura respecto al príncipe Carlos. El abandono del hogar por parte de su madre cuando era aún una niña supuso un trauma del que nunca llegaría a recuperarse. Él se veía claramente que no estaba enamorado, y ella en cambio sí, o quizá lo estuviese de un ideal de amor. Se los ve en varias escenas con sus hijos aún pequeños, paseando por el campo, distantes, con cara de estar a disgusto. Nada tenían en común, se aburrían el uno con el otro. Después iniciaron una especie de competición de cara a la opinión pública que resultó muy lamentable y de consecuencias trágicas e insospechadas por todos conocidas.
Hasta que no murió su abuela, esa anciana que a todos nos pareció siempre afable y simpática, pero que también ejercía su dominio a su manera, no pudo casarse con su amor de toda la vida. Matriarcado a tope.
Con Sarah Ferguson me quedé muy sorprendida. Se la veía deprimida, sin apenas arreglar, dejándose embarcar en una experiencia deportiva (una marcha por el Ártico de 42 km.), para la que intentaban ponerla en forma dos preparadores físicos cuyo aspecto y manera de hablar no me gustaron nada. Mientras corrían o hacían senderismo le iban haciendo preguntas personales como para descubrir secretos del pasado y darle carnaza a la audiencia. Ella me pareció otra persona. La recuerdo, cuando la conocimos todos, extraordinariamente alegre y desinhibida, sin pudores ni complejos, abierta y transparente. Durante el reportaje mencionaba el hecho de que ella había echado mucho de menos a su madre, que también abandonó el hogar como le pasó a lady Diana Spencer.


Realmente el haber sido miembro de la familia real inglesa deja una huella imborrable y destroza a las personas. Quizá habría que haber sido educada desde la infancia en las obligaciones y servidumbres de la Corte para luego ser capaz de adaptarse. O quizá el talante de ciertos miembros de esa familia debería cambiar. Hay poco amor en ella.
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