
Un día después me vuelve a sobrecoger la noticia que leo en el periódico de una chica de 20 años que había sido decapitada en Afganistán por haberse negado a prostituirse. A veces se intenta encontrar una explicación a determinados hechos por el lugar en que tienen lugar, pero ambos casos han sucedido en lugares bien distintos del planeta y el resultado ha sido igualmente misógino y violento.
¿Qué está pasando? ¿Y esta locura? Cuanto más avanzamos en el tiempo a todos los niveles, más exacerbados parecen ciertos instintos atávicos que son por lo que se ve ineludibles para el ser humano. El sexo por ejemplo, tema preferido en todos los medios, siendo que a diario vemos en televisión imágenes de alto contenido sexual en cualquier franja horaria. Se promueve la idea de que hay que hacer uso del sexo como prioridad principal en la vida, hasta las series para adolescentes que se emiten parecen tener éxito de audiencia precisamente por el hincapié que se hace del tema.
Hay un morbo general hacia casi todo, cosas que hasta hace no mucho eran de lo más natural se tratan ahora con suciedad. Ya no tenemos la mente y la mirada limpia de antaño, es como si pensar bien y tener una mente sana fuese sólo cosa de la infancia.
La represión de la mujer en ciertos lugares del mundo es algo de todos conocida y, por desgracia, no nos pilla de sorpresa, pero el acoso cibernético y la pederastia sí son fenómenos recientes y en progresivo aumento. La crudeza de ambas situaciones se pone aún más de manifiesto en los tiempos actuales, en los que pocas cosas escapan a la opinión pública gracias a los avances de los sistemas de información.
Nunca nos hemos rasgado tanto las vestiduras como ahora ante ciertos hechos, nunca nos hemos indignado tanto, pero todo parece caer en saco roto. No sé de qué forma podremos detener esta espiral de violencia, sobre todo contra mujeres y niños, ni sé a dónde iremos a parar como sigamos así.

Recientemente también vi a otro cuarentón, norteamericano creo, que era famoso por el tamaño de las olas a las que se subía haciendo surf. Decía que no concebía la vida de otra manera, que no podía estar en su casa mucho tiempo, que tenía que estar siempre haciendo estas cosas. “A mí lo que no me parece normal es tener que estar metido en una oficina”. No puedo por más que darle la razón.
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