

Qué sentido tiene seguir los pasos de Cristo desde un vehículo motorizado, o emular su estilo de vida sencillo simplemente lavándole los pies a la gente. ¿Cómo viajaba Jesús cuando predicaba su doctrina?. Ya sé que no tiene sentido hoy en día ir de un lado para otro a pie o en burro, como se hacía entonces, pero bajarse del papa móvil en un momento dado y acercarse a los demás es lo menos que se puede hacer. El Papa no es un mero símbolo, una figura a la que idolatrar y preservar por temor a que pueda ser dañada, es un ser humano que quiere estar en contacto con otros seres humanos, un hombre al que el azar ha querido poner en un lugar preeminente en la jerarquía eclesiástica, y no para permanecer ahí estáticamente.

Ignoro cuál ha sido el pasado del Papa Francisco, se dijeron muchas cosas oscuras que no eran ciertas. Lo que sí veo ahora es a una persona que disfruta, pese a su edad, de todo lo que hace, con entusiasmo y vigor. Cansaba ya un poco la imagen del eterno Pontífice exhausto, con mala salud, excesivamente mayor y sin demasiada alegría. Debe ser duro ejercer ese ministerio, pero el actual Papa lo desempeña con un ánimo que no he visto nunca antes, y eso es muy de agradecer.
Hace unos días leí un artículo en el que se criticaba su excesiva exposición mediática, alegando que corría el peligro de adquirir un protagonismo que en realidad le corresponde a Dios, del que es sólo su representante en la Tierra. Pero estoy segura que esta afirmación está muy lejos de ser cierta: Francisco I es un hombre que quiere vivir de acuerdo con los tiempos que corren, y si las nuevas tecnologías de la comunicación y las redes sociales provocan una excesiva amplificación de todo lo que sucede en el mundo no es culpa de él.
Y es que a la Iglesia católica se la critica por todo, porque está obsoleta unas veces o, como en el caso del actual Papa, porque que quiere innovar, aunque sea en algunos aspectos, ya que en otros es difícil aún que se produzca un progreso.
Cierto es que el ser humano es propenso a la idolatría, a crearse símbolos de cosas que creemos buenas, sublimes, ejemplos a seguir que llenen nuestras corrientes vidas. A ellos les otorgamos cualidades especiales, les suponemos niveles a los que creemos que nosotros nunca llegaremos. Pero a estas alturas, y por mucho que nos quieran vender la burra, ya nadie se lleva a engaño, y la figuras que merecen la pena ser admiradas son fácilmente reconocibles y perdurables, y las que resultan ser un timo no tardan mucho en ser descubiertas y vilipendiadas, terminando relegadas al ostracismo.
Poco margen queda a la idolatría. El Papa es la cabeza visible de una institución, nada más. Su forma de actuar es escrupulosamente seguida por todos, todo lo que hace o dice es analizado hasta la exasperación, como ocurre con cualquier figura pública. Hoy en día se cuestiona todo, y el Papa no es una excepción. Todo el mundo parece tener su propia opinión, influido por los medios de comunicación o por la educación recibida.

Me quedo con su eterna sonrisa, con su forma de hablar con la mirada, con su desenvoltura, su criterio propio, su inteligencia y su sensibilidad, su gran personalidad. Apoyémosle, ahora que está empezando, para que pueda seguir con ese ánimo, en lugar de criticar sus maneras sólo porque no sigue como un borrego el camino ya tan trillado antes de que él llegara. Al final van a ser los demás, y no la Iglesia, los que no saben adaptarse a los cambios.
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