El fallecimiento de Alfredo Landa es hoy noticia de portada en casi todos los periódicos. Se recuerdan, una vez más, las películas que rodó y sus declaraciones en las entrevistas que se le hicieron. Aquellos años del destape setentero, en el que hizo lo que pudo teniendo en cuenta la época, y aquellos otros años que vinieron después, en los que tuvo oportunidad de demostrar la versatilidad de su talento.
Sin duda, la suya fue una evolución que llama poderosamente la atención. Pasar de los típicos papeles de garrulo con boina, manoteando mucho, dando muchas voces, crítica velada o mofa de la paletez de una España que aún no había salido de lo rural en la mayoría de los aspectos, a pasar a interpretar personajes llenos de vida, que tenían una mezcla de ternura y de indignación, de fuerza y de atribulada muestra de las debilidades humanas. Él lograba desnudar el alma, sin tapujos, sin pudor.
La gente recuerda mucho El crack, con el que quiso poner un punto y aparte en el tipo de personajes que solía encarnar, dejando a un lado el buen humor y la comedia, para centrarse en la figura de un tipo duro, serio, con un discurso demoledor e implacable, que nos pareció al principio increíble en él, acostumbrados como estábamos a verle hacer precisamente lo contrario, pero que luego nos terminó convenciendo.
También se le recuerda en Los santos inocentes, con aquel personaje infeliz destinado a pasar por todas las desgracias y penurias imaginables, al que dotó de una suerte de dignidad que era muy propia de él, una forma de hacerse respetar frente a las injusticias y las calamidades que eran su marca de fábrica.
O La vaquilla, enésima versión de la guerra civil española, tema obsesivo con el que nos castigan cada cierto tiempo los directores cinematográficos, pero que en la piel de Alfredo Landa adquiere una nueva dimensión, cómica cómo no, pero distinta a las anteriores. Inefables aquellas escenas de ambos bandos intentando coger una vaquilla que anda suelta para luego torearla, sus charlas desde uno y otro lado de las trincheras. Recuerda lo que hacía Gila con su número del teléfono, lo de llamar al enemigo para ver cómo sigue, para acordar la hora de echarse la siesta y cosas por el estilo. La guerra, absurda y cruel, caricaturizada por estos genios. Nunca unas risas fueron más terapéuticas.

Dicen que esta película marcó a una generación. Y es muy cierto. Me produce nostalgia, cuando la contemplo, ver las modas de la época, porque son las de mi infancia, las costumbres de entonces, la idea que se tenía de lo que es una familia. Me acuerdo de la que yo tenía, de cómo éramos nosotros, y me veo reflejada en ella. Esa forma de pensar, de sentir, que parecen ahora tan lejanas, permanecen sin embargo en mi interior como pequeños tesoros casi perdidos del pasado.

Fue polémico el libro con sus memorias que salió hace un tiempo, escrito por un periodista que le entrevistó durante muchas horas, porque en él critica a muchos de sus compañeros de profesión de tantos años. Sólo tiene halagos para los actores de prestigio, a los que siempre se quiso asemejar, intentando pasar página de la serie de horrorosas películas que hizo en sus comienzos. Le faltó discreción. Quizá se amargó al final porque veía terminada definitivamente su carrera, o se quiso desquitar de tantas cosas silenciadas durante tanto tiempo, gente que no le caía bien o no se portó bien con él.
Landa era muy sentido, no olvidaba ni lo bueno ni lo malo que se le hubiera hecho. Solía dar una imagen socarrona y muy humana, pero era un hombre con bastante carácter en realidad. Lo que sí es seguro es que nunca le vamos a olvidar.
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