
Y no porque pretenda parecer más joven. Cuando una persona se siente como tal no hace falta que haga esfuerzo ninguno para aparentarlo, se le nota por los cuatro costados. Madonna ha sabido adaptarse a los cambios que el paso del tiempo ha impuesto en la evolución de la música y la moda, pero manteniendo sus señas de identidad de siempre. En el concierto que vi, el de Miami de hace año y medio, cambiaba constantemente de vestuario y escenografía, pero no tardó en aparecer el guiño a lo andrógino y la bisexualidad, tema recurrente en su discografía, y también sus inconfundibles sujetadores de rejilla cónicos, que han promocionado tanto a su costa a Jean Paul Gaultier, amante como ella de lo ambiguo.
El que realmente tiene talento suele gustar en todas las épocas y circunstancias. Así pasaba con Michael Jackson, un gran innovador y un gran creador con un sello personal inconfundible. El artista talentoso es incombustible, y sólo los excesos pueden acabar con él.
Madonna, como suele hacer, se comunicó con el público en un cierto momento, informada previamente supongo a cerca de qué asuntos son los que más preocupan en el lugar en el que esté. En Miami se puso a hablar del paro, y dijo sentirse muy afortunada de poder seguir trabajando con la que está cayendo. A un chico musculoso, que se quitaba la camiseta cuando ella pasaba cerca, le dijo bromista que se notaba que iba al gimnasio, “¿una vez al mes? No, una vez a la semana”, comentó sarcástica. “Eso es, hay que quitarse la ropa”, animaba ufana, predicando con el ejemplo.
Podrá gustar más o menos, podrá seguir pareciendo una macarra a pesar de sus esfuerzos por tener un prestigio en la profesión, podrá jugar con nuestros sentidos a su antojo utilizando su instinto para detectar lo que se lleva, lo que está en el aire, Madonna es el eterno y familiar icono siempre presente desde hace 30 años. Verla es recordar mi juventud, y comprobar que a pesar de haber ampliado mis gustos y mis pensamientos desde entonces, hay ciertas cosas que nos siguen marcando.
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