

De Mª Antonieta también sabía gracias a la película de Sofía Coppola. En ella se daba cuenta del lujo extremo con el que vivió, aunque sólo fue una aproximación a la verdadera reina. Detalles como lo joven que era cuando se concertó su matrimonio y llegó a la Corte francesa, su buen gusto en lo que a decoración se refiere, o lo mucho que quería a sus hijos, nos dan una idea muy alejada de la frivolidad con la que se ha tratado su figura. Me conmovió mucho la muerte de dos de sus hijos, la más pequeña por enfermedad, y el mayor, que sufrió un trato inhumano al ser separado de su madre y encerrado en una mazmorra, haciéndole creer que ella no le quería, cuando en realidad ya había sido ajusticiada. El pobre muchacho no tardaría en morir también.
La figura de Cristina de Suecia fue la que más me sedujo. Encarnada en la gran pantalla, cómo no, por la gran Greta Garbo, tenía ciertamente una apariencia masculina, una poderosa llama que atraía a todos los que la rodeaban, y un espíritu de libertad que exigió para sí a toda costa en una época en la que las mujeres vivían sometidas por normas estrictas, y más si se tenía una cierta posición. No sabía que sufrió maltrato en su niñez por una madre desquiciada, que dejó voluntariamente el trono para luego tiempo después volver a reclamarlo para sí, que viajó de un lado a otro sin rumbo fijo, abandonando sus diversos lugares de residencia cuando se cansaba o se le acababa el dinero, que fue derrochadora y bisexual, escribiendo cartas apasionadas a algunas mujeres que conoció, o que fue considerada una intelectual de su época, creando a su alrededor centros de cultura a donde acudían pensadores y artistas atraídos como abejas a la miel. Me conmueve especialmente este personaje, a la que se tachó de desequilibrada en más de una ocasión, y que sin embargo lo único que hizo fue vivir su vida lo mejor que supo sin hacer daño a nadie.
La vida de Eugenia de Montijo, eterna extranjera en la corte francesa, casada con un Bonaparte que le fue infiel casi desde el primer momento, y al que sin embargo quería, es la más desconocida para mí. Alabada por el gusto exquisito con el que se vestía, tuvo que soportar sin embargo la maledicencia de los que la rodearon, envidiosos y conspiradores, incluida su cuñada. Su hermana mayor fue su mejor amiga y confidente, y el amor que profesaba a un padre eternamente ausente debido a sus obligaciones políticas y a sus desavenencias con su madre, son las pinceladas que mejor retratan lo que fue la personalidad de esta mujer. Me emocionó especialmente la descripción de la última vez que estuvo con su padre, que pasó una corta temporada con sus hijas, a las que llevó a navegar, a nadar, al teatro y a todo tipo de actividades que normalmente no disfrutaban. Poco después él moriría por enfermedad. Eugenia de Montijo sobrevivió a su marido y a su único y adorado hijo, que falleció durante una batalla y de forma cruel, viviendo muchos años en soledad hasta su muerte.
La historia de Victoria de Inglaterra absorbió poderosamente mi interés. Otra película, hace pocos años, protagonizada por la peculiar Emily Blunt, ilustró sus inicios en la Corte británica, cuando aún era muy joven e impetuosa. Su particular forma de ser, el cambio tan radical que experimentó en la madurez, cuando se volvió tan rígida y austera, el apasionado amor que sintió por su marido, los muchos hijos que tuvo con él y el destino tan dispar de éstos, la descripción de los lugares en los que vivió, la gente que la rodeó y los sitios que visitó, son un conjunto sugestivo que parece sacado de una novela decimonónica. El suyo fue el reinado más largo jamás conocido, y murió con mucha edad.

Todas estas mujeres tienen en común el gran poder que llegaron a ostentar, la infelicidad por las continuas desgracias, la animadversación e incomprensión de su pueblo, el amor ciego a sus hijos, su enorme sensibilidad, una gran belleza en el caso de algunas, la pasión emocional y física por sus maridos (especialmente de Victoria de Inglaterra y la zarina Alejandra), y una fe inquebrantable. Al final nos preguntamos si estas personas que nacieron con tan privilegiadas posiciones fueron en realidad afortunadas. La sensación de que no somos dueños de nuestro destino y que nos vemos empujados una y otra vez a tomar derroteros que nunca hubiéramos sospechado ni querido, es la constante en estas historias. Pasamos por esta vida haciendo lo que buenamente podemos, y dejando una huella imperecedera con nuestras acciones y palabras, unas veces más acertada que otras. No juzguemos la Historia, ya que no la hemos vivido de 1ª mano, aceptémosla tal cual es.
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