
Nos contó que el nombre de
Canarias proviene de la palabra can, que significa perro, pues los primeros
pobladores encontraron muchos al llegar. Nos dijo que tenía muchos climas
diferentes, cosa que comprobamos cuando llegábamos a La Orotava y, subiendo y
bajando por las montañas, atravesamos zonas de bosque cubiertas por la niebla
en las que hacía frío y lloviznaba un poco. Las nubes estaban por debajo del
nivel de las montañas, de forma que contemplabas un mar de espeso algodón
blanco bajo el que se encontraba el mar azul. Como no se podía ver la línea del
horizonte se tenía una sensación de irrealidad, como si los espacios fueran de
otro mundo y las referencias estuvieran alteradas. Nicola nos explicó
que en Tenerife llovía muy poco, y nevaba 3 ó 4 días al año en las zonas altas,
de forma que se podía disfrutar de la nieve y al mismo tiempo descender a las
zonas de playa y disfrutar del mar, pues las temperaturas se mantienen todo el
año.



Cuando bordeábamos la serpenteante costa en el autocar Ana se fijó, y es cierto, que
las olas llegaban a la costa de manera diferente a como estamos acostumbrados a
ver en otros sitios en los que hemos estado. Le parecía como si fueran a cámara
lenta, majestuosas, densas, sin apenas espuma.
En la excursión íbamos 50
personas, pero sólo 8 éramos españolas. Los demás alemanes e ingleses.
Formábamos un pequeño grupo de mujeres en las que había 2 parejas de madre e
hija mayores que nosotras, y dos primas muy gorditas que parecían hermanas por su semejanza.
Eran muy charlatanas y aficionadas a las bromas. Venían de Barcelona. Cuando
estábamos probando los licores en Icod de los Vinos casi nos ponemos piripis, y
con las salsas picantes nos entraban los sudores y nos poníamos de todos los
colores.
El viaje resultó excesivamente
largo, 9 horas entre paradas y tal. Al final, en el autocar, agotadas, Anita reposaba su cabeza sobre mi hombro y yo
mi cabeza sobre la suya. Habría sido mejor que se hubiera dividido en 2 días,
pero en fin, así fue.


Antes de eso al camarero se le había acercado
un vagabundo, que ya debía conocer, un señor sexagenario muy flaco con pinta de hippy que hablaba en
alemán. El camarero sabía hablarlo perfectamente, así como el inglés. Pero como
el señor no debía estar muy bien de la cabeza empezó a ponerse furioso, a
gritar y a insultarlo, o eso dedujimos porque lo único que le entendimos fue la
palabra “guanche”, que allí debe ser de los peores insultos que te pueden
dedicar. También se llaman “chasnero”. El camarero, como no quería conflictos, se metió muy serio en el bar y
no salió hasta que se fue. Nos contó que había perdido a toda su familia hacía
7 años y desde entonces vivía justo debajo de donde nos encontrábamos, en una
especie de cueva natural en las rocas, junto a la cala. Comenté que
posiblemente pasaría frío en invierno, pero el camarero dijo que allí la temperatura se mantiene todo el año, y que quizá sólo de noche haga un
poco más de humedad.
En la playa del Bobo pasamos casi
todo el día. La arena era más suave que en las otras playas, y formaba una cala
cerrada que le daba un aspecto acogedor. En Tenerife no sentimos nunca el
agobio de las muchedumbres, las sombrillas estaban distantes unas de otras y la
gente solía comportarse con respeto. En el lado derecho, a lo lejos, vimos la
caseta que se había construido el mendigo alemán entre las rocas, unos cuantos tablones y
techado pajizo, bastante grande, con cosas que colgaban, de adorno o quién sabe qué.
Compramos unos bocadillos en un
restaurante cercano y nos los comimos con mucho gusto. Nunca había comido en la
playa, y el hecho de hacerlo así, al aire libre, me encantó. Aquí la marea
tenía un curioso comportamiento, pues subió un poco al principio para luego descender a buen ritmo hasta que se encontró bastante alejada de
donde estábamos. A Ana se le hizo un poco aburrido tantas horas de playa, pero
a mí se me pasó el tiempo volando.
Una tarde Ana quiso alquilarse un
scooter, que allí se veían por todos lados, y que era como un patinete con
asiento y motor. Yo me alquilé uno de esos asientos motorizados con cestito en
el manillar que utilizan los que tienen dificultades de movilidad. Me pareció
aburrido porque no alcanzaba mucha velocidad, y además se me quedó el trasero
dolorido de tanto ir sentada. A Anita le advirtió el que nos los alquilaba, un
alemán afincado allí con pinta de borrachín, que no sabía si el scooter estaba
lo bastante cargado, por lo que si se quedaba sin batería le llamáramos, cosa
que sucedió al rato de iniciar nuestro paseo motorizado. Ella se decepcionó,
porque quería haber alcanzado grandes velocidades. Hubo quien comentó a su paso lo increíblemente largas que tenía las piernas, cuando al principio iba de prisa, melena y vestido flotando al viento.
Mientras estuvimos en la isla
corrió una brisa suave que resultaba muy agradable, y la temperatura no subió
de 26 grados. Alguien me dijo después que los meses que aquí son de verano allí
son de primavera, y que éste no empieza hasta octubre. Me llamó la atención que
el cielo y el mar nunca llegaban a tener un color azul intenso como pasa en la
mayoría de los sitios, sino que tiraba a gris. También me fascinó la flora, no sólo el drago sino también unos árboles con hojas como helechos
y flores grandes y muy rojas, que según he visto en internet se llaman flamboyán
“árbol de fuego”. Había hasta al lado de la piscina del aparthotel,
cubriendo el suelo con los pétalos que caían como un manto escarlata. Había
otros árboles que crecían a lo ancho en la copa, y Anita dijo que eran como los que crecen
en África. Al estar a sólo 300 kilómetros del continente negro no es extraño
que algunas de sus especies llegaran allí. Los días de más calor nos comentaron
que había calima, a causa del viento del desierto africano, y se llegaban a
alcanzar los 38 grados, que para los canarios resulta sofocante.
De lo único que nos aprovechamos,
con la ventaja de que allí no se pagan impuestos, fue del tabaco, porque alcohol
y perfumes no consumimos. Anita dijo que era lógico que hubieran querido
beneficiar a las islas de algún modo, para compensar su aislamiento respecto a
la península. La estanquera nos comentó que los turistas abrían los cartones y
escondían los paquetes de tabaco entre la ropa para burlar el límite de 2
cartones por persona.
Otra costumbre que me llamó la
atención fue lo de poner un recipiente para que dejaras propina, como algo que
va implícito tácitamente en cualquier servicio. Me parecía un poco como de
mendigo. El conductor del autocar en la excursión al Teide o el encargado del
comedor en el aparthotel lo tenían siempre a mano. Este último hasta nos terminó
poniendo mala cara porque nunca le dábamos. No comprendo cómo una cosa que se
debería dejar al libre arbitrio del consumidor termina siendo algo casi
obligado, como pasa en muchos países en los que incluso va incluido en el
precio.
Me llevé de recuerdo para mí y la
familia una pequeña reproducción de un drago, asentado sobre una roca
volcánica, con el tronco plateado y las hojas hechas de trocitos de olivina, mineral
volcánico también y de color verde que se encuentra en La Gomera. Ésta se vislumbraba en el mar, en el horizonte, a lo lejos, tras una leve bruma. Anita ya no quiso hacer excursión allí para conocerla y presenciar el famoso silbido gomero porque ya le parecía mucho viaje. Tampoco visitamos Candelaria ni la playa de Las Américas, porque Tenerife parece que no pero tiene grandes distancias de una punta a otra.

En fin, que Tenerife resultó un
sitio peculiar, en el que el principal atractivo no son tanto las playas,
puesto que las arenas son ásperas y el agua está fría, como los increíbles
paisajes y las costumbres de la zona. Un lugar para recordar.
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