Cuando supe de Birdman en la gala de los Oscars me pareció una película excéntrica y de escaso interés, pero luego cuando la he visto me ha dado mucho que pensar. Michael Keaton acabaría
harto de que le preguntaran si su personaje protagonista es un
trasunto suyo, y terminaría harto también de decir que no. Es evidente que sí lo es.
Actor que conoció glorias pasadas y decide relanzar su carrera con algo que se
salga de lo normal, con esta película Keaton se enfrenta a sus propios demonios
y de paso hace una devastadora crítica a todo lo que rodea el star system.

Su vida personal es
complicada. Se ha liado con una de las actrices de la obra, que dice estar
embarazada de él. Su única hija trabaja como personal del teatro, tras salir de
una terapia de desintoxicación por drogas. Se disgusta cuando la ve fumando
marihuana a solas, y comete el error de reprocharle que lo que quiere es
arruinar su reputación, a lo que ella aprovecha para decirle que en realidad no
tiene tal cosa porque nunca fue un buen actor y sus intentos por aparentar lo contrario son patéticos. Ella le mira con tristeza, porque en el fondo se quieren,
pero no se comprenden ni se soportan.

Su representante, abogado
y mejor amigo sólo quiere que la obra siga adelante sin problemas, cosa que con
este plantel resulta difícil. Lo único que le importa es el trabajo, no Riggan,
y no duda en mentirle si la ocasión se le presenta haciéndole ver que la
crítica y el público esperan el estreno con gran expectación, cuando en
realidad aún no es así.



Riggan asocia su propia
decadencia física a la de su carrera. Se contempla de perfil en el espejo con
el torso desnudo y se dice que parece un vago leucémico, su vientre fláccido,
su carne pálida y macilenta. Aunque hay otros actores que han seguido
trabajando a pesar del paso de los años, él lo tiene difícil porque basó su fama
en su buena forma, en su complexión atlética: él era birdman, un superhéroe.
Los años además le han
hecho perder buena parte de su dignidad, o quizá sólo del sentido del ridículo:
sufrir contratiempos y solventarlos como buenamente puede se ha convertido en
una constante en su vida. La escapada en ropa interior por la vía pública,
pisando charcos sucios, aterido de frío en medio de la noche, con la calle
atestada de gente en una zona de espectáculos, constituye un espectáculo en sí
mismo que él inconscientemente sabe aprovechar con su inesperada entrada en
el teatro por la puerta principal, caminando por el pasillo en el patio de
butacas ante un público asombrado e incrédulo, justo en la escena final, la del
terrible desenlace.
El cinismo de la crítica
teatral, con la que pretende confraternizar invitándole a una copa, lo que
suela tomar, su alegato sarcástico e iracundo en respuesta a las amenazas de
ella, la impotencia ante la frialdad y la cruel determinación de la mujer,
aupada en su status hasta el punto de creerse la dueña y señora de las vidas
ajenas para su satisfacción, el enconamiento de ella en su actitud para luego
desdecirse tan fresca con el inesperado desenlace de la noche del estreno,
alegando una sarta de sandeces que serán tomadas por todos como las ocurrencias
maravillosas propias de una genia, todo esto confiere al conjunto un aire de
tragedia griega, de broma macabra, el destile de humores biliosos largamente
acumulados que representa la realidad expuesta en toda su crudeza.
Los actores son como los
drogadictos porque necesitan el chute de ovaciones y reconocimientos para
seguir vivos, tienen verdadera adicción a esa clase de emociones, al subidón de
adrenalina cada vez que salen al escenario, al placer de escuchar los aplausos
y los vítores al final de la función. Sin eso no son nadie, son como niños
perdidos, desamparados, porque por lo general además no saben hacer otra cosa.
Riggan perdió el sentido de la realidad intentando perpetuar el pasado, se
internó en su realidad, diferente a todas, para no volver. El final es una
alegoría, al convertirse en el pájaro que siempre se sintió, recuperando su
libertad como si de un ave fénix se tratara, dejando atrás las ataduras, las
obligaciones, el inmenso peso de arrastrar su propia persona por el mundo. Ya
no tiene que dar explicaciones a nadie, ni justificarse por ninguna de sus
acciones, ni luchar por lo que sea que crea que le pertenece. Es dueño de sí
mismo y toma el rumbo que siempre quiso tomar, hacia un destino indeterminado quizá,
pero feliz. ¿Es locura o simple instinto de supervivencia, un deseo profundo de
un ser humano que nace del corazón? Quién no quiere dejar atrás las miserias
que atenazan su existencia impidiéndole vivir en paz, lacras sobrevenidas por
las circunstancias de cada cual o que nosotros mismos nos buscamos porque no
hemos sabido gestionar nuestra vida. No hay humildad en Riggan, ni resignación,
sólo una autocrítica feroz y la soledad de quien tiene una vida privada
depauperada, al haberla supeditado a su profesión.
Ya había conseguido lo
que se proponía, tener de nuevo éxito y que se hablara de él, se había
demostrado a sí mismo que podía ser capaz de lo que se propusiera. Pero se dio
cuenta en el fondo de que ya no lo quería, que le había dado la espalda y había
estado sin él durante mucho tiempo, y ya no le bastaba, ya no tenía sentido, sus
exigencias eran otras, a pesar del tiempo, el dinero y el enorme trabajo
invertidos en su empeño, y voló. Permaneció unos momentos en la ventana del
hospital, donde se recuperaba del accidentado final de la obra teatral,
contempló sonriente el panorama, abrió la ventana y se subió a la cornisa. No
había resentimiento, amargura ni ira en su actitud, antes al contrario, había felicidad: simplemente había tomado
una determinación.
Cuando conocemos a Riggan
ya estaba muy pasadito de revoluciones, ya no era el mismo de siempre. No le
hemos visto en su etapa de esplendor aunque nos la imaginamos, pero nos damos
cuenta de que por encima de éxitos y fracasos lo más importante es la libertad
personal.
Al diablo con todo,
hagamos como birdman y volemos.
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