miércoles, 22 de agosto de 2007

La guerra civil


Dichoso tema éste del que tenemos que seguir hablando a la fuerza, casi siete décadas después de que tuviera lugar, cuando lo que habría que hacer es guardarlo en la caja de los truenos, de donde no lo deberíamos dejar salir jamás. Tema que sigue suscitando dolor, y más guerra.

Arma usada por cierta clase de políticos para tergiversar la Historia y así manipular al ciudadano de a pie, cuando ni los que nos gobiernan ni nosotros hemos vivido en nuestra propia piel, afortunadamente, un episodio tan terrible y lamentable como es ese para una nación.

Fundamento de debate para toda una pléyade de mal llamados intelectuales, que hacen una interpretación superficial y muy "sui géneris" de hechos que sólo nuestros abuelos (el que aún los tenga), pueden contar.

Las veces que he oido hablar de ella siempre ha sido con espanto. Nada bueno se puede decir, como al hablar de cualquier guerra, pero en las condiciones en que se vivía en España en aquella época era aún peor porque había un enorme atraso en la sociedad de entonces.

Mis abuelos maternos se llevaron la peor parte, porque les tocó en Madrid. Mi abuela se alimentaba de mejillones de lata (los terminó aborreciendo) y de mondas de patata hervidas. Cuidaba de una hermana que estaba ciega por un tumor cerebral, y un día que estaban en su casa tuvieron la feliz ocurrencia de cambiar de habitación porque les molestaba el excesivo sol que entraba por la ventana, y nada más hacerlo cayó un obús justo donde ellas acababan de estar, por lo que salvaron la vida de milagro. Un hermano suyo, sin embargo, no tuvo tanta suerte, porque murió el último día de la guerra al estallarle una granada en la mano.

A mi abuelo lo llevaron a fusilar dos veces al paredón, denunciado por vecinas envidiosas que, en ocasiones como ésta, aprovechan para desquitarse de rencillas acumuladas años atrás. "Miradle las manos", decían, "que no son las de un trabajador". En el último momento lo salvaba algún mandamás que lo reconocía porque él siempre hacía muchos favores y era amigo de todo el mundo.

Militar de profesión, se había tragado la guerra de Marruecos, donde vió morir a muchos de sus amigos, y tuvo a su vez que matar a bayoneta calada , según los usos de la época, para salvar la vida. Cuando estalló la guerra civil, recién fallecida su primera mujer y la hija de ambos de tuberculosis, y habiendo conocido a mi abuela, de la que se enamoró tan desesperadamente como sólo un hombre en esas condiciones se puede enamorar, tuvo unas enormes ganas de vivir y lo último que quiso hacer fue exponerse. Se dió de baja pretextando problemas de salud y estuvo los tres años de contienda sin ponerse un uniforme. Lo que más recientemente les ha pasado a los veteranos de Vietnam, que volvieron asqueados y decepcionados de tanta barbarie, le pasó a él. Ser militar en tiempos tan convulsos como aquellos era algo muy difícil de superar. Siempre he pensado que no hay nada más bonito que un militar que no quiere empuñar las armas, que se declara en paz. Muchos podrán pensar que fue un cobarde. Nada más alejado de la realidad: hay que tenerlos bien puestos para poner así en entredicho su honor y su valor, para ser capaz de echar mano de su cordura, que pocos debían tener por aquel entonces, y ver lo absurdo de todo aquello.

Mis abuelos paternos corrieron mejor suerte. Al estar lejos de Madrid, tan sólo oían de pasada a los escuadrones que volaban en formación para dirigirse a las zonas de conflicto. Aún así a mi abuela, que hacía poco había dado a luz a mi padre, se le retiró la leche con el susto y lo tuvieron que alimentar con leche de cabra, que era lo único que tenían por entonces.

Todo lo que sucedió en aquella guerra es bien conocido: los paseíllos a altas horas de la noche, las matanzas colectivas, las fosas comunes, las torturas y vejaciones, la quema de iglesias, el terror..... Cuántos inocentes asesinados, sin distinción de ideologías. Y todos españoles, todos con una patria común, con parientes comunes. Un gigantesco fraticidio.

A qué recordar y exhibir todas esas miserias, cuando una guerra es algo que hay que lamentar y de lo que tendríamos que avergonzarnos, no haber sido capaces de arreglar nuestras diferencias como lo hacen las personas civilizadas. ¿A quién beneficia todo ésto?. Sólo es una tortura añadida para los que vivieron aquella época, porque les obliga a recordar cosas que preferirían poder olvidar.

Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, cree si te digo que doy gracias a Dios por no haber nacido en una época tan pavorosa como aquella, porque no sé si lo hubiera podido soportar y si hubiera conseguido sobrevivir a todo aquello, ni tampoco sé si podría arrastrar conmigo el resto de mi vida las secuelas que seguramente me habría dejado.

Bendita paz.

martes, 21 de agosto de 2007

Malditos

Malditos sean los hombres que no besan el vientre de las mujeres que les dan los hijos.
Malditos sean los hombres que no veneran las manos de mujer que los cuidan y acarician.
Malditos sean los hombres que no valoran la entrega que hacen las mujeres de sus vidas para dársela a ellos.
Malditos sean los hombres que engañan a las mujeres, dando a entender que las aman, para luego hacerlas sufrir y reirse de ellas.
Malditos sean los hombres que maltratan a las mujeres de palabra y de obra, y siguen impunes.
Esos hombres no tendrían que haber nacido nunca de mujer.
Malditos sean.

jueves, 16 de agosto de 2007

San Fermín

Me horrorizaba una vez más, el mes pasado, cuando contemplaba en la televisión las imágenes del San Fermín de turno, como cada año, y compruebo que, pese a ser considerados europeos y vivir ya en el siglo XXI, todavía seguimos anclados en la prehistoria.
Ignoro si en otros sitios del mundo tienen esta costumbre que hay aquí de mezclar las tradiciones salvajes con la religión.
Me parece tan ridículo ver cómo un montón de hombres agitan en el aire un papel enrollado en la mano mientras cantan a la imagen de un santo que, se preguntará sin duda el pobre lo que pinta él allí en todo ese fregado, que no sé ni cómo a ellos no se les cae la cara de verguenza.
La tradición de los encierros está extendida por casi todos los pueblos de España, y aunque en los últimos años se han implantado normas que restringen algunas de las prácticas bárbaras que se venían llevando a cabo, aún continúan perpetrándose contra los toros todo tipo de felonías.
Perseguirlos y azotarlos con lo que se tenga en la mano es ya más que reprobable. Muchos se quejan de que desde que están estas restricciones en vigor, las fiestas ya no han vuelto a ser las mismas. Por lo visto es mucho más divertido cuantas más atrocidades se puedan cometer impunemente contra estos pobres animales.
Lo que sí me ha llamado siempre la atención es que sólo se ve correr a los hombres, nunca a una mujer. Puede ser porque se trata de demostrar la valentía y la hombría exponiendo así la vida, o que las mujeres somos más inteligentes y procuramos no meternos en líos semenjantes. O simplemente que no nos dejan, que está mal visto.
Y el colmo de la estupidez es cuando se acaba el San Fermín y se ve a los hombres, sucios y borrachos, llorar como niños desconsoladamente contra las fachadas de los edificios, porque se ha terminado un año más.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero decirte que mientras estas costumbres permanezcan, el machismo atávico, la violencia gratuita, no dejaremos de ser un país de boina y pandereta, de verbena y tintorro, como un pueblo inmenso sin civilizar, lleno de paletos.
Si pudiéramos preguntar a San Fermín al respecto, estaría de acuerdo conmigo.

martes, 14 de agosto de 2007

Habitación 3331


Hoy hace una semana que operaron a mi padre. Se pasó todas la vacaciones con visión borrosa en un ojo y no fue capaz de decir nada. Al regresar, acudió enseguida al médico, que le dijo que tenía un desprendimiento de retina.

Mi padre nunca ha estado hospitalizado, y eso para una persona que va a cumplir 70 años, es todo un récord. Tan sólo se operó en una ocasión, hace cuatro años, de cataratas, y no tuvo que permanecer ingresado después.

Nos dijeron que la intervención duraría 2 horas, pero tuvimos que esperar 3 horas y media sin que nadie saliera a decirnos nada. Qué largo se hizo, qué preocupación, qué nervios.

Muchas otras personas estaban en nuestra situación, y aún peor, porque en una sala cercana aguardaban los familiares de los que tenían que estar en la UVI. Allí las lágrimas afloraban con frecuencia.

Qué impresión ver a mi padre traspasar las puertas de la zona de quirófanos, en su cama, empujado por una celadora, con esa bata verde oscuro horrorosa que les ponen para la ocasión. Le vimos avanzar despacio por un pasillo muy largo, hasta que se perdió de vista, y me pareció muy vulnerable y desamparado. Nosotros le hicimos compañía hasta un determinado momento, pero el mal trago lo tenía que pasar él solo.

Aquel pasillo me pareció ese túnel que dicen los que han vuelto de las puertas de la muerte, en el que al final se ve una luz. Tuve conciencia dolorosamente de la edad que ya tiene mi padre, y de que los problemas de salud no serían tan raros a partir de ahora. Lo recordé joven, fuerte, lleno de vida, y me pareció muy injusto una vez más lo que los años hacen con las personas.

Y más cuando regresó a la habitación con el enorme apósito en su ojo y con ese malestar, causado por la anestesia, que ya no le abandonaría en los días siguientes.

Se empeñó en pasar la noche solo, no le hacía falta nadie. Yo ya me pensaba quedar con él, me había traído mi bolsa de aseo, pero no me dejó. Al día siguiente parecía un alma en pena, después de una mala noche durmiendo sólo a ratos, con el ojo sano enrojecido por el cansancio y el excesivo aire acondicionado que nadie era capaz de regular.

Allí echado, con el gotero puesto, el pijama comprado sobre la marcha porque él en verano no utiliza, y devolviendo la más mínima cosa que cayera en su estómago, me producía una angustia infinita. Casi estaba más entero el compañero de habitación, un buen hombre al que la diabetes y la diálisis hacían parecer que tendría que encontrarse mucho peor que él.

Cómo me recordó a mi abuela, cuando ya estaba tan delicada los últimos años, la misma expresión en la cara, como un niño. Es curioso lo que terminamos pareciéndonos a nuestros progenitores con el paso del tiempo.

Pero yo no quiero que él esté tan abatido y desolado como lo estuvo ella. Parecía mi padre tan fuerte en todos los sentidos, y ahora se ponía en evidencia que no era así.

Menos mal que la enfermera que le tocó en suerte era una mujer simpatiquísima, todo el rato haciendo bromas mientras cumplía con su obligación, e ironizando sobre la situación, siempre pendiente de todo, una gran profesional. Es con personas así con las que da gusto trabajar.
Cuando le quitaron el apósito, daba miedo verle el ojo de cómo lo tenía, todo inflamado. Mientras el doctor le abría el párpado para hacerle las exploraciones, se podía apreciar que era una masa tumefacta y sanguinolenta, como si no tuviera vida.

Con qué gusto dejamos al final la habitación 3331.

Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, dime que mi padre no es un viejito, como escribía en uno de sus artículos Juan Manuel de Prada que le decía su hija, que nunca se va a hacer viejito y todavía le quedan muchos años por delante. Por lo menos que no se le quiten nunca las ganas de vivir.

jueves, 2 de agosto de 2007

Diario de a bordo (II)


Día 19 de julio: Estuve observando en el silencio de la noche la bóveda estrellada que es el firmamento. Con mi astrolabio he calculado la posición de esas diminutas luces que iluminan la oscuridad y he comprobado así que nuestra ruta es correcta. Si el buen dios Eolo quisiera soplar de barlovento más de lo que acostumbra en los próximos días, gozaríamos del espectáculo de ver hundiéndose y volviéndose a levantar la proa de nuestra galera en la inmensidad del agua marina, y haciendo saltar girones de espuma que nos salpiquen la cara y nos obliguen a recordar que somos piratas y que al mar se lo debemos todo.

Día 20 de julio: Hemos avistado un galeón pirata a lo lejos que nos ha llenado de inquietud. Sabrán quizá que llevamos un tesoro en nuestras bodegas, el último botín conseguido gracias a un valioso mapa que por fortuna cayó en mis manos un día que estuve trapicheando en el mercadillo de uno de los puertos por los que pasé. No sé si no nos vió o no le interesó abordarnos, pero desde luego yo ya pensaba recibirlo a cañonazos. El caso es que pasó de largo. De eso que se han librado. Con mi patente de corso en la mano, iré a donde me plazca, y nadie podrá detenerme en todas las aventuras en las que me embarque, nunca mejor dicho.

Día 21 de julio: He escuchado al amanecer, tumbada en mi cama, en mi camarote, el graznido de las gaviotas volando sobre el mar, en busca de algunos peces que llevarse al pico. Se acercan con frecuencia a mi barco, como si no les diera miedo mi bandera negra ni el aspecto amenazante de mi tripulación. Algunas veces llegan a posarse en el puente de mando cuando yo no estoy allí. ¡Cuánta osadía!. Como sigan así terminarán mandado ellas en mi goleta.

Día 23 de julio: Observo un nutrido grupo de delfines nadando a los lados de mi navío. Son bellas criaturas, inteligentes y sensibles, pacíficas casi siempre y feroces cuando la ocasión lo requiere. Nos lanzan su característico sonido agudo, no sé si para saludarnos o para avisarnos de algún peligro. Hace un rato me pareció ver a lo lejos unas cuantas sirenas que nos hacían señas alzando los brazos. Yo, como soy mujer, no tengo el peligro de caer bajo su influjo, pero habrá que tener cuidado con el sector masculino de la tripulación, no vaya a ser que se deje llevar por su hechizo.

Día 25 de julio: Los pequeños piratas no le tienen temor al mar y se han zambullido un rato entre las olas. El niño pareciera que fuese el mismísimo hijo de Neptuno, y la niña la hija de la diosa Venus saliendo de las aguas. Antes que a nadar aprendieron a bucear, y sus cuerpos se desenvuelven y se confunden con el líquido elemento con absoluta naturalidad. Serán buenos navegantes cuando crezcan y difícilmente se verán en un naufragio, estoy segura de ello.

Día 26 de julio: Hoy es el día de mi cumpleaños, y la tripulación ha querido que recalemos en algún puerto y lo festejemos en las tabernas. La verdad es que es una ocasión que cada vez me apetece celebrar menos, pero como también es el santo de la pequeña pirata y además dentro de unos días es su cumple y no vamos a estar juntas, pues lo hicimos a gusto. Sobre todo por ella, que se lo merece todo.

Día 28 de julio: El vigía dió la voz de alarma y yo me apresté a coger mi catalejo y a observar a través de él cómo un extraño objeto de color amarillo se nos acercaba volando por la popa a gran velocidad. Resultó ser un hidroavión que hizo varios vuelos rasantes con los que pasó rozando la arboladura de nuestro velamen. Magnífico aparato, aunque de escasa utilidad por estos lares, tan lejos de la costa.

Día 29 de julio: Nos han abordado algunos de los amigos más queridos que tenemos, que hace muchísimos años que conocemos. Inician ahora su travesía para navegar durante el mes de agosto. Pedro e Isabel, con su hija y su nieta, cariñosos y entrañables como siempre. Ellos se conocieron siendo muy jovencitos y ya llevan casados 53 años. Nos dijeron que cada día se quieren más y que no concebirían la vida el uno sin el otro. Dios los bendiga.

Día 30 de julio: Regresamos a nuestro punto de partida sin ninguna novedad, aunque con pocas ganas, pues nos hubiera gustado seguir surcando los mares. Algunos asuntos inaplazables me reclaman en tierra y me obligan a desembarcar. Mi tripulación parece contenta y me piden que vuelva a contar con ellos para otra travesía. No les he asegurado nada, pero siempre conviene contar con marineros fieles a su capitán y que respalden las órdenes que reciban.

Ya estoy concluyendo este particular cuaderno de bitácora. No está lejos el tiempo en que el mar me reclame de nuevo, y yo acudiré presta a su llamada, como cualquier capitán pirata que se precie haría siempre.

martes, 17 de julio de 2007

Diario de a bordo (I)


Día 30 de junio: Hemos partido desde el lugar donde tenemos siempre echado el amarre, pasadas las 12 de la mañana. Mi tripulación parece animada. Se han servido unas cuantas viandas en este primer día de travesía que nos han parecido poco, pero no conviene agotar los víveres tan pronto.

Piratas entre los marineros que he conseguido reunir hay pocos, quizá prometan sólo los más pequeños, que al paso que van llegarán seguramente a ser corsarios. Yo me encargaré de entrenar al resto en ésto de la piratería, que no es moco de pavo. ¡Qué diablos!.

Día 1 de julio: Recalamos en una playa donde ya somos conocidos. Me han preguntado, como capitana de barco que soy, dónde está un miembro de mi tripulación que otras veces venía conmigo. Les he dicho que fue obligado a saltar por la borda por su comportamiento indeseable. Hay que dar ejemplo entre los muchachos para que cunda la disciplina. Saben que al más mínimo intento de amotinamiento, al responsable lo haré colgar del palo mayor.
Día 2 de julio: Hoy he vuelto a ver a una amiga a la que hacía mucho tiempo no echaba el ojo. Su barco ha coincido en su ruta con el mío. Venía acompañada de su marido, al que sólo conocía por fotos. Un hombre encantador, no me extraña que ella sea tan feliz.
Hemos conversado sobre los últimos acontecimientos que nos han acaecido y sus consejos me han sido muy valiosos. Son una pareja de piratas de las que ya quedan pocas.
Día 4 de julio: Avistamos una playa no muy lejos de donde estamos. Había muchos turistas y, como es un día de viento muy fuerte, se podían ver las sombrillas volar con los palos de punta dispuestos a clavarse en todo lo que se pusiera en su camino. Se levantaba la arena y se clavaba en la piel en montones de minúsculas partículas. Las palmeras se agitaban azotadas por el pequeño huracán como los cabellos de las mujeres.
Yo sí que tengo que luchar contra los elementos, pero es mi oficio, y desde luego no lo cambiaría por nada del mundo.
Día 5 de julio: Se me olvidó ver el pronóstico del tiempo en los partes de noticias de la televisión. Es lo que tiene ser una pirata moderna, que ya no sabemos interpretar como antiguamente los indicios de los cambios que se avecinan por las señales del cielo.
Una lluvia pertinaz está cayendo sobre nosotros. El mar se ha ensombrecido y se ilumina sólo por un momento cuando caen los rayos cerca.
Por lo menos se está limpiando la cubierta, porque estos piratas rufianes que forman mi tripulación no la tienen lo suficientemente limpia. ¡Malditos perros sarnosos ....!.
He mandado atar los aparejos y arriar velas hasta que pase la tormenta.
Día 6 de julio: Viene un viento frío desde babor que hace pensar que estamos en otoño antes que en verano. Esta noche he querido dar una cena especial a los muchachos y he encargado a "Pizza Hut" unas lasañas de carne y unas trufas. El marinero que han enviado con el encargo se perdió por el camino y llegó más tarde de lo previsto. Hemos estado a punto de torturarle por ello, pero al final le dejamos ir, sin propina por supuesto, y le dimos una brújula para que en otra ocasión se oriente mejor.
Día 7 de julio: Unas olas enormes y maravillosas están rizando el mar. El marinero de más edad, que es además nuestro cocinero, ha querido probarlas tirándose por estribor, pero han llegado tres seguidas que le han dejado sin aliento. Le hemos echado un cabo para que volviese a subir a bordo.
Mi tripulación parece mareada con tanto vaivén. ¡Vaya piratas de pacotilla!. Están echando los restos por la batayola. Es preferible que se harten de ron y duerman un poco la mona en el castillo de proa hasta que termine el oleaje.
Día 8 de julio: La pequeña aprendiz de pirata se ha clavado una espinita en un dedo de la mano. Menos mal que uno de los muchachos ha conseguido sacársela, porque si lo tengo que hacer yo seguro que le termino cortando el dedo. Estos barcos tan viejos están llenos de peligros. A mí me gusta oir el crujido de su madera mientras navegamos y ver cómo resiste el embite de las olas.
Día 9 de julio: Los piratas más pequeños han querido que recalemos en una plataforma que había en medio del mar en uno de los sitios por los que hemos pasado. Suelen venir aquí los turistas para lanzarse por sus trampolines y toboganes, y tomar el sol. Los socorristas se han quedado con el silbato en la boca, asustados al vernos llegar: no es corriente que se acerque un galeón pirata por allí.
Día 10 de julio: Los pequeños piratas han hecho volar sus cometas. Se empeñaron en que yo también las hiciera volar, pues nunca antes había tenido esa oportunidad. Tiraba de mí con fuerza la cuerda de la que estaban sujetas. Lucían preciosas allá en lo alto, recortadas contra el cielo. Si yo fuera más ligera, me habrían hecho volar con ellas.

Día 11 de julio: Como no falta de nada en mi galeón, también hemos tenido sesión de cine nocturna. Quisieron ver "Piratas del Caribe III". Casi me muero de la risa que me dió. Cómo se atreven a intentar emularnos, no tienen ni idea. Muchos efectos especiales, muchas leyendas y tópicos sobre nosotros, pero de la vida de un auténtico pirata no saben nada. Que me pregunten a mí, que yo ya les pondría al corriente.

Día 12 de julio: La tripulación se quería dar un baño en agua dulce y hemos echado el ancla en uno de los puertos por los que pasamos. Se han dado el gusto en las piscinas de un gran hotel que encontramos, que dicen que es el más alto de Europa. La verdad es que tienen de todo: fuentes, chorros de todas clases, zonas de jacuzzi.... Pero su azul y su olor no son como los del mar. Me faltaban las conchas, las estrellas, los peces, las sirenas....

Día 13 de julio: Al pasar cerca de la costa, avisté un magnífico rompeolas. Como el mar también está hoy movido, se veía un espectáculo maravilloso de espuma marina estallando contra los acantilados, mientras las gaviotas sobrevolaban en círculos la zona con su característico graznido. ¡Cuántos galeones han acabado sus días en rocas como esas, sobre todo al ser embarcaciones de gran calado!. Pero nosotros navegamos con buen rumbo.

Día 14 de julio: Hoy es el cumpleaños de la pirata de más edad. Le preparamos una tarta, pero no pareció hacerle mucha gracia lo de soplar las velas que le recordaban los años que ya tiene. Por supuesto que hubo también una cena especial.

Día 15 de julio: Se cumple un año del día en que la pareja pirata de nuestra tripulación contrajo matrimonio. Lo de celebrar ya su primer aniversario de bodas parece que les ha animado a ponerse manos a la obra en ésto de tener descendencia. No sería de extrañar que dentro de no mucho tengamos por aquí unos cuantos piratillas dando guerra.

Día 17 de julio: Nos visitó mi tío Fonchi, que vive no lejos de estos lares por los que pasamos, y tiene la costumbre de acercarse con su navío para vernos. Como siempre, nos hizo reir mucho con sus ocurrencias y sus chistes picantes. Aunque el tiempo hace estragos en todo el mundo, él conserva su aire de calavera y su verbo mordaz. Cuidado el que se ponga a tiro de sus cañones. Es pirata experimentado y no se anda con chiquitas.





miércoles, 11 de julio de 2007

El mar, la mar

Dicen que el ser humano proviene del agua, y yo doy fe de que es así. Pocos elementos hay en la Naturaleza que sean fuente de vida y de goce estético como el mar.
Desde uno de los ventanales del apartamento en el que cada verano paso mis vacaciones, no me canso de contemplar cada día las distintas evoluciones de un medio que, aunque viejo como el mundo, no deja de sorprenderme y entusiasmarme.
El mar es el espejo en el que se refleja el momento que vivimos: si el cielo está despejado, su azul se multiplica en colores aún más intensos sobre el agua, dando tonalidades oscuras en las zonas profundas, y turquesas en las menos hondas. Si hay viento, miles de rizos de espuma blanca se forman por todas partes.
Los días nublados, el mar adopta tonos grises, y los barcos se recortan contra la línea del horizonte en colores plomizos.
Los rosados y malvas de los atardeceres en que ha habido viento tienen también su reflejo en el mar, y el verde claro casi transparente de las zonas que hay cerca de la orilla en que el agua casi no se mueve, son el color de ojos que tenían mis hijos cuando eran más pequeños.
Yo me he bañado en el mar en todos los estados en que se ha encontrado: cuando el agua parece un plato de sopa y parece que no hay casi marea, entonces es como sumergirse en un estanque cristalino y relajante, y casi no hace falta bucear para observar el fondo ni para ser consciente de los muchos metros de altura sobre el suelo en que nos eleva y sujeta el agua.
Cuando está lloviendo y caen rayos allá a lo lejos, el mar está caliente y parece protegernos del frío que aguarda si salimos de él.
Tan sólo una vez me bañé con niebla, una niebla tan espesa que no permitía ver más de dos palmos por delante de mí según me iba metiendo en el agua.
Una de las cosas más bonitas que existen son las noches en que la luna llena se refleja en el mar oscuro y su blanca estela parece indicarnos el camino hacia algún lugar desconocido y misterioso. Lo único que no he hecho nunca es bañarme en el mar de noche: me imponen mucho respeto las aguas negras en las que no se puede ver por dónde caminas.
Y al amanecer, cuando se juntan la noche y el día y se ve la mitad del cielo ensombrecida con una luna que ya se va, y la otra mitad que comienza a clarear con un incipiente sol que ya asoma. Se ve entonces el mar partido en dos colores diferentes.
Pero lo que más me gusta son los días en que hay oleaje, esos días en que está izada la bandera roja en la playa y está prohibido bañarse. Yo, que soy miedosa para todo lo que suponga riesgo personal (nunca me verán en una montaña rusa, nisiquiera en una noria), en el caso del mar ese temor simplemente no existe.
Quizá sea porque estoy acostumbrada desde niña, pero para mí no hay nada más excitante que ver cómo una ola de tres metros de altura se te viene encima, anunciándose con estruendo y majestuosidad desde cierta distancia. Colocarse antes de que rompa, para que te eleve y te haga descender a velocidad de vértigo (ese cosquilleo en el estómago). Qué impresionante se ve todo alrededor cuando te sube a lo más alto de su cresta, aunque sea sólo por un momento.
Sólo hay que tener cuidado con la resaca, porque se termina por no hacer pie fácilmente, y entonces basta con nadar en diagonal hasta volver a pisar el fondo.
Es divertido ver a la gente que se queda en la orilla, algunos cogiéndose unos a otros de las manos como si esperaran una catástrofe inminente, vapuleados por el batir constante de las olas, y observar cómo emergen de entre la espuma brazos, piernas, alguna cabeza ... El aire se llena de una bruma que se extiende por toda la playa, y en el vaivén de cientos de corrientes encontradas parece que nos sumergiéramos en un jacuzzi gigante de espuma.
Cuando era más jovencilla me gustaba ponerme un poquito antes de que rompiera la ola, boca abajo sobre una balsa inchable y, como hacen los surfistas, daba unas cuantas brazas cuando veía que llegaba. El momento más temeroso era cuando rompía porque el descenso era tan brusco que no sé cómo no se me partió la espalda en dos en más de una ocasión, pero pasada esa fase, sólo tenía que dejarme llevar a gran velocidad hasta la orilla. Alguna vez no conseguía dominar la ola y me centrifugaba bajo el agua hasta que se cansaba de mí y me dejaba salir a coger un poco de aire.
Las olas más peligrosas son las que rompen de lejos, porque son tan grandes que no consiguen llegar enteras. Se van enrollando en ondas gigantescas de espuma y van barrenando el fondo según se acercan. Si te hundes lo suficiente, puede que sólo te alcance el estruendo de su fuerza en la superficie, cuando pasa por encima de tí. Si aún así no es suficiente, entonces es mejor hacerse un ovillo porque te arrastrará consigo en medio de un torbellino de agua y espuma que te hará dar mil vueltas sobre tí mismo. Lo importante es no chocar con ningún otro bañista.
Siempre me ha fascinado el espectáculo de los surfistas cogiendo las olas con su tabla y viajando a gran velocidad sobre su cresta, el cuerpo ágil y elástico adaptándose a los movimientos cambiantes del agua, metiéndose por en medio de los rollos de espuma, tocando con la mano la inmensa pared que parece sujetarlos y perseguirlos a un tiempo, hasta llegar a la orilla sorteando todos los obstáculos.
Y la paz que se siente cuando estás bajo el agua, con ese silencio que no se encuentra en ninguna otra parte, es como estar en otro mundo.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero que sepas que una de las cosas que más me fascinan en este mundo es contemplar un mar embravecido. Puedo pasarme horas mirando la llegada sucesiva e interminable de las olas, las montañas de agua subiendo y bajando amenazantes, como si retaran, hasta que explotan en una montaña aún mayor y fragorosa de espuma contra las rocas. Es una gozada visual que me produce una íntima perturbación en el alma.
El mar, la mar .....

viernes, 29 de junio de 2007

Mi querida tía Carmen

Mi querida tía Carmen:
he recibido tus versos
y he podido comprobar
la verdad que encierran ellos.
Pero te digo una cosa
y es .... que en mi corta experiencia
nacemos para sufrir
y aunque tratemos de vivir
deseamos disfrazar
los defectos que encontramos
sin pararnos a pensar
que es una larga escalera
y hay que llegar al final.
Tú sabes que huérfana quedé
y siendo la mayor de mis hermanos
sentí tan enorme responsabilidad
que todo me parecía poco ....
por consolar a mamá.
Como tú también soñaba
paseando en Aranjuez
con príncipes, cortesanos
y con éste y ..... con aquel.
Conocí a tu sobrino,
le quise desde el primer día,
era su bondad tan grande
y como no era egoísta
seguí y seguí .... soñando
que un maravilloso día
él me hiciera su mujer
y juntos vivir la vida.
Le di dos hijas preciosas
y en justa compensación
él ve en mí todo su apoyo
y nos da su protección.
Así que mis sueños se lograron,
hoy vivimos felices, ya lo ves,
esperamos conseguir un día ... el cielo
y poder así estar juntos otra vez.
De modo que ya ves querida tía
que siguiendo la senda del camino
queremos que te unas a nosotros,
que nunca sientas penas ni tristezas
y sepas que siempre contamos contigo.
Estos versos se los dedicó mi madre a una tía de mi padre que escribía poesía. La referencia a Aranjuez data del tiempo que pasaron ambas en el internado de huérfanas de militar que allí había, aunque en distintas épocas dada la diferencia de edad que había entre ellas.

jueves, 28 de junio de 2007

Misiones humanitarias

Ya me estoy cansando de ver cada dos por tres en la prensa las noticias de los voluntarios del ejército que van en misiones humanitarias a los países en guerra y allí dejan su vida. Ya me hartan las imágenes en la televisión en las que se ven sus féretros descendiendo de un avión para ser portados a hombros por sus compañeros con honores militares.
No hay misiones de paz en sitios donde existen guerras. El sólo hecho de ver un uniforme, aunque lleve detrás la bandera blanca, es objetivo casi seguro del ataque de cualquier enemigo.
Las misiones humanitarias las hacen los civiles, los misioneros, la gente que no lleva armas, ni convoyes, ni uniformes, los voluntarios que no representan a ningún país y que sí entregan sin condiciones sus esfuerzos desinteresados por el bien de los demás, cuando no su vida. De vez en cuando también son noticia porque son secuestrados o masacrados, pero ellos forman parte del lugar donde están, corren la misma suerte que las personas a las que ayudan.
Lo que me revienta es la repercusión casi circense que tienen estos hechos: un militar herido o muerto por la explosión de una bomba al paso del vehículo en el que iba. ¿Qué esperaba?. ¿Estar inmerso en una guerra y llevar una pantalla protectora alrededor que le haga inmune a todo peligro?. Los héroes se hacen de otra manera, no buscan el riesgo si no que éste se cruza en su camino y reaccionan con valentía ante él, sin pensárselo dos veces.
No pertenecen a ninguna organización, no representan a ninguna nación, sólo a sí mismos, anónimamente.
Mientras hayan guerras no tiene sentido hablar de humanitarismo ni de paz. La guerra acaba con todo eso, y ya se encargan los gobernantes de los países poderosos de que siga siendo así.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, dime si alguna vez se terminarán las guerras, si la paz se instalará definitivamente entre nosotros, porque otros muchos males que nos oprimen se acabarían también con ella.
Que las generaciones futuras sepan lo que significa la palabra "guerra" sólo por lo que lean en el diccionario cuando la busquen, el único sitio al que al final debería quedar relegada.

viernes, 22 de junio de 2007

Tía Carmen

Tía Carmen, te agradezco
que hayas pensado en mí
y me hayas este regalo hecho
que sin duda no merezco.
Es la obra de tu vida,
vida muy larga y fecunda,
poeta por excelencia y,
siendo la vida absurda
¡le das a tu obra vida!
sin mentira ni calumnia.
Tu poesía es sincera,
unas veces es cruel,
otras un amanecer
con un sol de primavera.
Y es que a fuerza de vivir
y conversar con las gentes
eres una gran psicóloga
muy locuaz e impaciente.
Para mí eres premio Nobel
de enseñanza y de ternura,
eres como un cascabel
y al mismo tiempo un miura
que se sabe defender,
o Agustina de Aragón
a la par que Doña Inés.
Estos versos se los dedicó mi madre a una tía de mi padre cuando ésta le regaló uno de los libros de poemas que había publicado. Escribía poesía y relatos cortos, y además de publicar varios libros, ganó algún que otro concurso literario. Me decidí a estudiar Periodismo por consejo suyo, y siempre me animó en mi gusto por la escritura

jueves, 21 de junio de 2007

Graduación



Hoy es el último día de clase para mis hijos, pero para mi hijo mayor es el último día en el colegio, pues el próximo curso ya va al instituto.


A él parece no darle pena dejar el lugar en el que tantas horas ha pasado en los últimos años, al contrario, está deseando cambiar de panorama, se ha ilusionado tanto con el hecho de que ya va siendo mayor y se le van a abrir nuevos horizontes, que incluso este año se ha aplicado más que nunca con los estudios y ha sacado las mejores notas de toda su trayectoria escolar.


Aún lo recuerdo, tan pequeño con sólo tres años, el primer día que lo llevé al cole, con su babi, tan serio. Nunca había estado con otros niños encerrado en un sitio, sólo había jugado con más niños cuando íbamos al parque. Y nunca se había separado de mí.


Cuando lo dejé en aquella clase, con una profesora a la que le faltaba un mes para jubilarse y que tenía de todo menos paciencia y dulzura, se abalanzó hacia la puerta en pos de mí, llorando. Otros niños, histéricos, quisieron hacer lo mismo y como la profesora se lo impedía, se subían por encima de ella como los animalitos enjaulados en un zoológico. A Miguel Ángel lo agarró por un brazo y a mí me dijo que cerrara la puerta y que me marchara ya.


Algunas madres pululaban por allí medio llorosas. Qué peso más grande sentí en el corazón, qué angustia en la garganta. Me sequé algunas lágrimas que afloraron a mis ojos, me mordí los labios, y me fuí al trabajo, que por entonces estaba no muy lejos de allí.


A la hora del descanso, regresé al colegio para ver cómo se desenvolvía Miguel Ángel en el recreo. Como el patio está en una hondonada, yo lo observaba tras unas rejas que hay en un lugar alto y distante de donde él estaba. No se dió cuenta de que yo estaba allí. Permanecía sentado en una especie de bordillo, con la vista perdida en el infinito. De vez en cuando miraba a su alrededor como si buscara a algo o a alguien, y se ponía aún más triste. Se preguntaría por qué estaba allí, por qué le habían abandonado en ese lugar, qué habría hecho de malo para merecer eso.


Me pareció que, aunque estaba rodeado de niños, era la viva imagen de la desolación y la soledad, un náufrago perdido en una isla que no sabe muy bien qué es lo siguiente que tiene que hacer.


A Miguel Ángel, por su timidez, le costó mucho adaptarse al colegio. Los demás años, cuando empezaba un nuevo curso y lo dejaba el primer día en clase, seguía poniendo mala cara y me miraba marcharme con una mezcla de angustia y pesadumbre, pero ya no decía nada.


Con el tiempo se hizo con varios amigos, aunque Carlos es el mejor de todos. La primera foto que se hicieron juntos, disfrazados un día de carnaval cuando tenían cinco añitos (mi hija aparece también, era su primer año en el colegio), preside la estantería principal de la librería del salón de mi casa.


Ahora pasarán todos los compañeros al instituto, menos unos pocos, que se irán a otro distinto.


Me emocionó mucho cuando hace poco, en la fiesta de fin de curso, les hice una foto a los dos con el birrete de graduados y el diploma que les dan cuando están en el último año del colegio. Y no hace tanto que no levantaban ni dos palmos del suelo.


Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, pienso que su "graduación" en el colegio está siendo más feliz de lo que lo fue la mía, y espero que su paso por el instituto, el mismo en el que yo cursé el bachiller superior en su momento, sea también feliz y productivo. En mi caso fue la época de mi vida en que más aprendí, más incluso que en la etapa universitaria.


Sólo espero que, haga lo que haga y esté donde esté, disfrute mucho de todo y le vaya bonito.

miércoles, 20 de junio de 2007

España

España tiene que estar unida
como siempre quiso estar
en defensa de sus tierras
codiciadas con afán
por vecinos extranjeros
que la quieren conquistar.
Envidiaron nuestro sol
y envidiaron nuestra paz
pero nunca consiguieron
podérnosla arrebatar,
porque estábamos unidos
para el bien y para el mal
como en santo matrimonio
que fue siempre .... lo legal.
Yo quiero una España limpia,
con gente trabajadora
que cada vez sea más culta
y que no sea una copia
de países que aprobando
el desmán y hasta la holganza
los convierte en animales,
dejando de ser personas.
Este poema lo dedicó mi madre a nuestro país, a lo que querría que éste llegara a ser

martes, 19 de junio de 2007

Paris Hilton


Había hecho el propósito, cuando decidí escribir sobre ella, de defenestrarla. Pero creo que no va a ser del todo así.



Paris Hilton, que tiene nombre de ciudad glamourosa y apellido de hotel, representa con ese gentilicio un mundo que a la mayoría nos resulta lejano, distinto y casi como de fantasía.



Una chica que desde niña está acostumbrada a pisar suelos de mármol, a comer con cubiertos de plata, a tener grifos de oro en los cuartos de baño, a dormir entre sábanas de seda, parece sacada de un cuento de hadas.



Por eso choca comprobar que, tras esa nube de encanto y de lujo que parece rodearla, se esconda al final una caricatura de mujer, una muñeca de plástico semi anoréxica que parece ser el modelo a seguir por muchas chicas de hoy en día. Es evidente que la elegancia y la distinción no vienen dadas por el hecho de tener dinero, sino por la educación que te dan y la actitud ante la vida, y Paris Hilton ha hecho gala en muchas ocasiones de mal gusto y de horterez.



Paris no es sino el reflejo de esta sociedad que nos ha tocado vivir, estresada, artificial, carente de valores, sólo que ella ha pretendido atraer sobre sí todos los vicios que nos acechan, y exponerlos a la luz pública sin pudor: alcohol, drogas, sexo exacerbado, silicona ....



Quizá se trate de una niña sin hogar, pues según se cuenta nunca ha vivido en una casa al uso sino que se ha criado junto con sus hermanos en las habitaciones de uno de los hoteles que su famoso abuelo creó y con los que hizo la fortuna familiar.



Pero independientemente del lugar donde creciera, habría que saber qué clase de atención recibió. Se supone que la gente adinerada no se ocupa personalmente del cuidado de sus hijos, sino que los dejan en manos de un ejército de personas contratadas al efecto.



Y ahí está la raíz de todos los males: Paris necesita llamar la atención para que alguien la haga caso, y no se le ocurre otra cosa a esa cabecita bonita y descerebrada que hacerlo sacando a relucir lo peor que podemos llevar dentro de nosotros mismos.



¿Está Paris enfadada con el mundo?. ¿Han sido demasiados brillantes los recibidos y poco el amor fraterno?. ¿Qué tiene, pues, más valor al fin y al cabo?. ¿Con qué es con lo que no podemos vivir, qué es aquello de lo que no podemos prescindir?.



¿Habría sido Paris más feliz habiendo nacido en una cabaña perdida entre montañas con un padre leñador y una madre dedicada exclusivamente a cuidar de su casa y su familia, unos padres modestos, buenos y cariñosos?.



Pobre Paris, ahora tendría callos en las manos en lugar de en el corazón, de tanto trabajar en las rudas tareas domésticas, su pelo no estaría peinado permanentemente por los más exclusivos peluqueros, ni tendría ropa de alta costura, ni miles de zapatos de tacón. ¿Qué tendría Paris?. ¿Amor incondicional?. ¿La preocupación de su familia cuando le surgiera algún problema?. ¿El apoyo de sus seres queridos, su ternura, sus valores?. Son cosas que echamos de menos a veces incluso los que no hemos nacido en tan altas esferas.



Lo que le falta a Paris Hilton son ganas de vivir, y por eso pone en peligro su vida, siempre en la cuerda floja, siempre en el límite, como tantas personas que no encuentran sentido a su existencia, y se aburren, y están vacías, y ese vacío es como un pozo sin fondo que no se llena jamás.



Da igual las riquezas de que disfruten (aunque un diamantito de vez en cuando no viene mal a nadie), porque la riqueza está en lo que se da pero no se ve, en lo que se recibe y no deja más huella aparente que la que queda en el alma.



Todo lo ha intentado Paris para ver cuál podría ser su profesión, a qué se podría dedicar (más que nada por lo del aburrimiento): modelo, actriz de cine y televisión (porno incluido), cantante (por lo menos no desafina, aunque habría que verla en un concierto en directo).



Como todo le cansa (la repercusión mediática está garantizada, el borreguismo de la prensa que parece estar al servicio de este tipo de personajes y les siguen a todas partes), ha decidido hacer lo posible para ingresar en prisión, uno de los pocos lugares que le faltaba por visitar. ¡Mira qué original por su parte!. ¡Pobre víctima del stablishment, que ni papá con todo su dinero puede sacarla de ese atolladero!. ¿O es otro de sus montajes para que se hable de ella?. Pues qué masoquismo. Dicen que casi no come desde que se encuentra entre rejas. ¿Está quizá acostumbrada sólo a los deliciosos platos que le cocina su chef exclusivo?. ¿O es la continuación acrecentada de su más que evidente anorexia?. Pobrecita, la castigan sólo porque la tienen rabia por todos los escándalos que ha dado. "Me lo merezco, debo seguir aquí", ha declarado recientemente entre pucheros. Unos azotitos a la niña, que ha sido mala. Vamos, no se lo cree ni ella.



Me pregunto qué es lo próximo que se le ocurrirá a Paris cuando salga de la cárcel. No creo que sea donar parte de su fortuna a causas benéficas, pero espero que tampoco sea dejar su vida en cualquier curva de cualquier carretera por conducir ebria o drogada. Sería otra campanada más para acaparar los titulares, pero ella ya no se enteraría, y además no merece la pena acabar así siendo tan joven, sea uno quien sea.



Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, me pregunto si algún día se le quitará a Paris esa inexpresión de la cara, esos ojos sin vida, esa media sonrisa con la que suele aparecer como si se estuviera riendo de los que la miramos.



Paris, tía: estudia, trabaja en algo constructivo y de paso da trabajo a los demás, tú que puedes. Enamórate de alguien que no sea tan rico ni tan vacío como tú. Ten hijos y edúcalos de forma distinta a como te educaron a tí, que estás a medio desarrollar como persona, tienes tu vida a medio hacer aunque parezca que quieres comerte el mundo en dos días.



Hazme caso, encima que has conseguido que incluso yo hable de tí.



Aún estás a tiempo, antes de que sea más tarde.

viernes, 15 de junio de 2007

Poeta predilecto

Siento no ser tu poeta preferido,
aquel que con retórica y metáfora
transforma los aconteceres triviales
en góticas palabras.
Ricardo, el poeta nace, no se hace;
el verso no es sólo ajustarse a una métrica:
es dar vida a unos hijos queridos
sin mayor consecuencia.
El verso nace de una nostalgia.
El verso nace de una tristeza.
El verso nace de una falta de amor.
El verso nace del mundo que te rodea.
Unas veces con ventura,
otras veces con pereza .....
y otras veces ¡qué se yo ....!
como nacen los hijos en la tierra.
Pero todos se quieren por igual,
no se deben hacer más diferencias,
tanto si son versos infantiles
o como nace el agua de una peña:
brotan, manan y se manifiestan.
Lo importante es que tengan un mensaje
de cariño, de ternura, de experiencias
y que a tu alrededor no haya sólo cosas que no oyen
si no personas que sepan escucharte
con paciencia.
No te pido ser poeta predilecto,
pero sí creo merecer que me comprendas,
como yo no te he exigido nunca a tí
que hagas obras maestras:
Fernando de Lesseps,
sin ir más lejos,
¡Vaya joya en los anales
de la tierra!.
Estos versos se los escribió mi madre a su hermano cuando en una ocasión desmereció éste su talento poético

miércoles, 13 de junio de 2007

Mi salvador

Hay personas que estamos en este mundo porque tenemos un ángel de la guarda que nos protege, transfigurado en un jefe de estación en mi caso.
Rondaba yo los 9 ó 10 años, y estaba sentada una tarde de un fin de semana cualquiera en el borde del andén de la estación de tren de El Escorial, con los pies colgando sobre la gravilla de las vías. Hacía tiempo mientras esperaba a que llegara el que me tocaba coger de regreso a Madrid, después de pasar el día en el campo. Mi familia, sentada en un banco allí cerca, charlaba animadamente, abstraidos en sus cosas.
Mi ensimismamiento siempre ha sido proverbial, pues soy capaz de pasar mucho tiempo de cuerpo presente (entiéndaseme), pero de espíritu ausente. Cuando estoy en estos trances, no veo ni oigo nada de lo que sucede a mi alrededor, y suelo quedarme con la vista fija en un punto indeterminado de mi entorno.
Y así fue que no me dí cuenta de que un tren se acercaba a gran velocidad por mi derecha, uno de esos que no paran en la estación y que vienen pitando desde lejos.
No sé cómo, por un momento, regresé de mi viaje extrasensorial para ver, frente amí, cómo el jefe de estación saltaba a las vías mirándome con una mezcla de susto y determinación. Lo recuerdo como si hubiera sucedido a cámara lenta. Instintivamente miré a mi derecha, quizá presintiendo, y sin ser plenamente consciente de ello, de que el peligro venía de esa dirección.
Todo pasó a la velocidad del rayo: en dos o tres zancadas este hombre se recorrió, con la agilidad de un gamo, la distancia que separaba un andén del otro, me cogió con una de sus manos por debajo de mi axila derecha y me alzó, dando un gran salto hasta alcanzar el andén en el que me hallaba, izándome como si yo fuera una pluma, y depositándome de pie sobre el suelo. Justo en ese preciso intante, en cuestión de segundos, pasó la locomotora con todos sus vagones pitando sin parar, mientras mi familia se llevaba un susto mayúsculo. Mi salvador les increpó muy comedido por el descuido, y sin más preámbulos desandó el camino que acababa de hacer, ya sin prisas pero con igual decisión.
Yo, en mi ingenuidad de niña, pensé con gran inquietud que si no fuera por aquel hombre, me hubiera quedado sin piernas. Hoy, lógicamente, sé que la máquina me habría arrastrado en su trayectoria y me habría hecho picadillo.
Muchas veces he pensado qué habrá sido de aquella persona, tan buena y tan valiente, un héroe anónimo de los muchos que hay, que arriesgó su vida para salvar la mía, cuando su única misión era ordenar las salidas de los trenes que llegaban a la estación. Si por entonces tenía cuarenta y tantos años (no recuerdo su cara con precisión, es una imagen borrosa), y han pasado 30, estará más que jubilado. Quisiera poder agradecérselo personalmente, aunque no se acuerde de este percance que, aunque fugaz, no fue menos importante para mí. Pequeños acontecimientos que suceden a veces en la vida que hacen que nuestro destino sea uno u otro bien distinto.
A mí me ha tocado más de una vez ayudar a salir de algún trance a otras personas, cuando voy a la playa y hay gente que se adentra en el mar sin saber casi nadar. Aunque se aferran a mí desesperados presos del pánico, creo que no me he sentido nunca realmente en peligro y he hecho lo posible para que saliéramos todos airosos de la situación. Siempre pienso que el favor tan grande que un día me hicieron tengo casi la obligación moral de devolverlo cada vez que se presenta la ocasión, porque estoy agradecida.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, se me ocurre que los regalos más espléndidos y menos materiales que podemos recibir vienen muchas veces de la mano de desconocidos y no de los que están en tu entorno. En mi caso, le debo la vida a Dios, a la madre que me trajo al mundo, y a un jefe de estación, mi salvador.

jueves, 31 de mayo de 2007

Mi niña

Anda mi niña desde hace varios días extraviada en un pequeño gran abismo de los que también asaltan a los niños a veces. Parece que, de repente, hubiera tomado plena conciencia del divorcio de sus padres, y lo que quedaba en pie de su universo infantil se ha derrumbado estrepitosamente.
Todo empezó cuando vi en la papelera que tiene en su habitación unas fotografías rotas. Al cogerlas, comprobé que pertenecían a las penúltimas vacaciones en la playa que tuvimos. Había emborronado con bolígrafo aquellas en las que aparecíamos su padre y yo sentados en un banco del paseo marítimo cogidos de la mano y otras en las que se nos ve dándonos un beso. Las que se nos ve por separado en la playa las había roto.
Qué decepción tan grande hemos supuesto para ella. La hemos fallado en lo más simple y elemental que tienen otros niños: unos padres unidos, un hogar...
Ella, que ha sido siempre mi princesa, que se merece lo mejor de este mundo, ella que es la flor de mi jardín (Anita-flor la llamo siempre), es ahora una personita desolada, con el corazón roto, acomplejada cuando ve a sus amiguitas con hogares normales, mientras el suyo ha resultado ser un completo fracaso, un barco que se ha hundido sin remisión porque no era lo suficientemente sólido y cargaba con demasiado peso.
Leí hace poco en un libro, que no terminé porque me aburrió, una única observación que me resultó interesante: hay niños que desde que nacen no ven a su alrededor más que cosas bonitas, un pequeño paraíso lleno de paz, amor y alegría, donde los padres ejercen de figuras protectoras a las que admirar y adorar. Luego, hay otros niños que desde que nacen no ven a su alrededor más que un mundo parecido a un vertedero donde se acumulan todo tipo de basuras, pero aún así consiguen arreglárselas para que sus padres encajen en ese entorno sin contaminarse de él, libres de sordideces y miserias, también figuras cercanas a las que querer y recurrir cuando se necesitan. Es el instinto de supervivencia, que recurre a la imaginación para evadirse de todo lo que es feo y no merece la pena.
Yo misma he pasado mi infancia así, porque aunque no conocía otro mundo y no era consciente de que el que me rodeaba no era muchas veces el más adecuado para una niña, sin embargo mi mente se escapaba sin saber por qué lejos de donde yo estuviese, y tenía siempre como un diálogo interior que me alimentaba. La mayoría de las veces, cuando regresaba, no recordaba siquiera dónde había estado, pero tampoco importaba mucho. Aún hoy, cuando alguien me aburre o el entorno en el que me encuentro me desagrada, mis sentidos me abandonan (no creo que sea un trance, porque disto mucho de ser una santa), pero ahora no siempre van a lugares que me hagan feliz. Cualquier día emprenderé el viaje definitivo y ya no regresaré, cuando vea que lo que me espera si vuelvo me va a gustar menos que el lugar al que vaya a ir.
Recuerdo que mi abuela Pilar solía comentar con mi madre: "¡Qué mundo interior tiene esta niña!". A lo mejor sólo hago lo que los drogadictos, evadirme, pero sin chute.
Sin embargo mi niña no hace eso, no se marcha a otros lugares que sólo ella conoce, aunque se que cuando su padre y yo estábamos juntos alguna vez lo deseó. Tiene imaginación, recrea en su mente personas y situaciones que le han agradado, o cosas que le han llamado la atención en la televisión. Pero ésto último que nos ha pasado, el divorcio, ha desbordado sus previsiones por completo, ha ido haciéndose paso poco a poco en su cerebro y lo ha devastado como una marea negra, no quedándole casi un solo resquicio para la esperanza, esa que tienen al principio todos los niños cuando sus padres se acaban de separar y aún creen que quizá, dentro de no tanto tiempo, puedan volver a estar juntos.
Ahora se acuesta por las noches abrazada a su oso de peluche, que hacía mucho tiempo que no utilizaba, mientras me mira, la cara medio escondida en su juguete, de soslayo, con sus ojos preciosos velados por la tristeza y el cansancio.
Eso es lo peor de todo, esa pregunta muda en su cara, ese interrogante que nunca se ha llegado a plantear con palabras: por qué, cómo hemos llegado a esta situación. Es el mismo semblante que tiene el niño de un país que está en guerra y oye estallar una bomba cerca: miedo, angustia, incomprensión (¿qué está pasando?, ¿por qué tenenemos que vivir así?), y al final resentimiento (¿no hay nadie que pueda acabar con ésto, nadie que pueda evitarlo?).
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero que sepas que aunque mi hija tiene sólo 9 años, hace mucho que es ya una mujer en miniatura, y en muchas cosas me da cien mil vueltas como persona. Estoy muy orgullosa de ella, no sabrá nunca cuánto, ni sabrá nunca cuánto la quiero y lo mucho que lamento haberla arrastrado en mi desgracia, porque si yo no sé vivir la vida no dejo que ella pueda vivir la suya en condiciones. Espero que algún día me perdone, porque desde luego yo nunca me lo voy a poder perdonar.

lunes, 28 de mayo de 2007

Divorciadas

No sé si será porque desde hace poco formo parte de ese sector de la sociedad, pero me doy cuenta de que las mujeres divorciadas vamos siendo ya legión. Y no es precisamente algo que haya que celebrar.
Hace años, en mi familia, el primer caso y único durante mucho tiempo que tuvimos, fue el de una prima de mi madre, hija única, educada en los mejores colegios, una chica culta que sabía varios idiomas y que se casó con un "niño bien" perteneciente a una familia acomodada, que tras darle cinco hijos a su marido, enamorada como estaba hasta el tuétano de él, tuvo que pasar por la típica y traumática escena de encontrarlo en la cama conyugal con su mejor amiga. Ella, católica a ultranza, nunca le concedió el divorcio, aunque él se lo pidió muchas veces. Aún hoy, muchos años después, no ha rehecho su vida con nadie.
Más recientemente dos primas mías, hermanas, pusieron fin a sus matrimonios por incompatibilidad de caracteres, aunque en la familia siempre se las vió un poco locas y con un carácter algo difícil para la convivencia.
Mi amiga Mª José lleva una década divorciada. Ella, una mujer inteligente y sexy, combinación irresistible para cualquier hombre normal, fue la última en enterarse de que su marido le había sido infiel con varias mujeres casi desde el principio de su matrimonio. Al ser un hombre de negocios, hacía frecuentes viajes a Sudamérica que, al parecer, no eran sólo de trabajo. Sus hijos se tomaron la noticia del divorcio con bastante estoicismo ("ya están los papis otra vez con sus cosas"), mientras ella, engañada, deprimida y herida en su orgullo, lloró sin consuelo durante mucho tiempo, tan sólo arropada por sus padres. Aunque ha salido con varios hombres desde entonces, con ninguno ha terminado de cuajar. Su última conquista, un señor algo mayor que ella, parece que le ha robado el corazón, pero no termina de desaparecer de sus ojos esa angustia, ese estupor que le quedó desde su divorcio, salvo cuando está con nosotras, sus amigas, en que la alegría ilumina su cara cuando nos reimos por cualquier tontería. Nunca nadie pudo decir nada en contra de su quehacer como esposa y madre. El amor y la dedicación en solitario que ha tenido y tiene con sus hijos no están muy lejos de la que yo misma tengo con los míos.
Últimamente una compañera de trabajo, Ángela, ha sido un ejemplo distinto, pero no menos desolador, de lo que una separación puede suponer para una mujer. Casada desde muy joven, no conoció nunca más hombre que al que era su marido. Después de muchos años de aparente felicidad, un buen día dijo que se marchaba de casa. Ahora, dos años después, quiere separarse. A ella, mientras tanto, le ha dado por ponerse faldas y vestidos muy cortos, y grandes lazos en el pelo. Quizá quiera aparentar menos edad para poder ligar mejor. Me pregunto en qué momento del camino esta mujer perdió su dignidad, en qué momento desapareció su autoestima. La vida es a veces muy dura y si la sensibilidad es demasiado grande y es puesta a prueba durante demasiado tiempo, causa estragos en la mente y en el cuerpo. Ella se ve bonita en el espejo, mientras sus hijos, con sólo que la juzguen un poco, alcanzarán a ver que con la apariencia que tiene parece una buscona. Por qué la que hasta hace no mucho era una esposa entregada a las labores de su casa y a las necesidades de su familia, es ahora un esperpento, una sombra de sí misma, una náufraga en medio de una tormenta de soledad que parece no tener fin para ella, y que casi la ha hecho perder la cordura en el proceso. Todavía se pregunta qué es lo que hizo mal, y si es que en el fondo no es buena.
No sabe que los hombres tienen las mismas necesidades de ser queridos en lo físico y en lo espiritual que nosotras, que están tan perdidos como nosotras, que son niños pequeños metidos en cuerpos grandes.
Ángela dice que cómo nos van a querer si antes no saben quererse a sí mismos. Y tiene razón.
Me horroriza pensar en que mis hijos tengan que ver cómo su madre pasa de unos hombres a otros, manoseada por muchos como si fuera una mujerzuela, sólo porque no fui capaz de encontrar en la juventud la persona que supiera amarme. Mi ex marido me dijo hace años que no podía quererme todo lo que yo necesitaba, que era mucho y no se sentía capaz, y algo parecido me dijo el primer chico con el que salí, antes que él. Creo que no pido tanto, o quizá se lo pida a hombres con limitaciones muy grandes como seres humanos. Peor para mí, pobre infeliz que va dando palos de ciego por la vida, al no saber escoger.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, piensa en nosotras, las que estamos divorciadas, casi como en un grupo de riesgo, el riesgo que supone andar siempre en la cuerda floja de la vida, y además sin red.
Dime que no somos el producto de un fracaso emocional a gran escala, los residuos inevitables de una sociedad cada vez más demente y deshumanizada.
Dime dónde está el bálsamo que cure nuestras heridas ..... dónde.

martes, 8 de mayo de 2007

Sólo para mujeres

No sé si a vosotras os pasará lo mismo, pero a mí ir al ginecólogo es una cosa que me dá mucha pereza y me resulta incómodo. Lo cierto es que últimamente tengo pocas ocasiones, por no decir ninguna, de que un hombre visite ciertos rincones de mi cuerpo. Es lo que tiene ésto de divorciarse, y además ser un pelín estrecha.
Pero el otro día por la tarde mi suerte cambió, aunque fuera por un rato. Después de la inevitable e interminable espera en la antesala del consultorio de la Seguridad Social rodeada de mujeres embarazadas que iban a hacerse una ecografía, me llegó el turno por fin. "¡Qué horror!", pensé, "ya hay que exhibir las intimidades al extraño de turno". Me tenía que hacer una ecografía vaginal, algo por lo que no pasaba desde el embarazo de mi hija, hace nueve años.
Y ..... allí estaba ÉL, un médico de no más de veintisiete años, seguramente recién salido de la facultad, guapo, alto, con enormes ojos azules, casi rubio. Y educado. Se sentó tranquilamente a mi lado junto a la camilla, frente a la pantalla de su ordenador, mientras con un instrumento parecido a un enorme falo blanco me hurgaba en esos sitios remotos y secretos de mi anatomía, sin dejar de mirar las imágenes de mi útero y mis ovarios que, al parecer, estaban en perfecto estado, al mismo tiempo que le dictaba sus impresiones a la enfermera, que las anotaba en una especie de ficha.
Aunque yo estaba algo incómoda (ya podría haber sido una mujer o un señor mayor, que parece que da más confianza), terminé deseando que aquel momento no acabara nunca.
Fue la primera vez en la vida que salí contenta de una consulta médica. El chaval me había alegrado la tarde, claro que sí. No sabe lo bien que me sentó su medicina. Médicos como éste tendrían que proliferar, hombre, hacen un bien a la Humanidad (o a la población femenina en particular).
Cuando se lo conté a mi madre, que hace más de 39 años que no visita un ginecólogo, me dijo: "Tú lo que quieres es que me haga una revisión".
Y ahora, queridas lectoras, que estoy a solas con vosotras, os digo que las sorpresas más agradables para una mujer vienen a veces, de forma imprevista, convertidas por ejemplo en ginecólogo (pobrecillo, qué trabajo el suyo. O no, a lo mejor le gusta). Os deseo una suerte parecida. Disfrutadlo.

viernes, 27 de abril de 2007

Mis tías

Tengo tres tías preciosas
que admiré desde pequeña,
diferentes entre sí,
cariñosas y fraternas.
La tía Adela es hermosa
como las damas de Rubens
que perdona los defectos
y que ensalza las virtudes,
bella por dentro y por fuera
y es que a fuerza de leer
tan buena literatura
cada día nos sorprende
con una nueva lectura.
En la tía Carmen admiro
su bueno y gran corazón,
aún recuerdo las tostadas
de tortilla y de jamón,
amante y fiel esposa
que cumple con sus deberes
y que con tantos quehaceres
no descansa ni reposa.
La tía Regina es sin duda
la que marca una época
de femineidad y ternura,
la de los años cuarenta.
A las tres las quiero mucho,
las admiro muy de veras
y lo que siento en el alma
es no poder ir a verlas.
Este poema se lo dedicó mi madre a las hermanas de su padre

viernes, 20 de abril de 2007

El alma del poeta

¡Qué triste y alegre es el alma del poeta!,
cala muy hondo mirando alrededor,
vive la vida a golpe de trompeta
y si éste ve un arma
la convierte en flor.
Sensible, llora, goza, ríe, sufre
con las cosas que piensan los demás,
sus hijos predilectos son sus versos,
sin importarle nunca cuál gustará más.
Ser poeta es una herencia
que viene de padres a hijos,
por eso hay que cultivarla
y sobre todo leer, leer..... muchos libros.
Para que no se malogre
conviene leer a los clásicos,
conversar con las personas,
con los altos y ...... con los bajos,
con los de cuna de oro,
con los de cuna de lata,
de todos aprende algo
y le sirven de enseñanza.
Anque a veces se despiste
y meta un poco "la pata",
él escribe, escribe, escribe,
el caso es escribir ....... palabras.
Hay poetas con retórica
un tanto delicada,
me parece estrambótica
y desaconsejada,
las cosas hay que entenderlas,
al pan pan y al vino vino,
mi poesía no es buena ¡lo sé!
pero me importa un comino.
Poema que dedica mi madre a los que son poetas como ella.

Domingo, maldito domingo

Los que vivan cerca de un estadio de fútbol saben de lo que voy a hablar: ruido, suciedad, caos.
Cuando el partido que se juega es entre equipos que no son muy encontrados, el mal es menor, pero si se trata de un partido de alto riesgo, la cosa cambia mucho.
Horas antes los seguidores de uno u otro equipo merodean por las inmediaciones en grupos, disfrazados y con las caras pintadas, bebiendo, gritando y cantando a pleno pulmón. Las calles se van llenando de basura, mientras los puestos ambulantes, que sí tienen permiso del Ayuntamiento para plantarse donde les venga en gana, hacen su agosto vendiendo comida, bebida, ropa (bufandas hasta en verano) y banderas con los colores de los equipos, toro de Osborne incluido.
De los accesorios que en estas ocasiones suelen circular el que más desagrado me produce es esa especie de trompeta de aire comprimido que hace un ruido exagerado, y cuya finalidad aún desconozco.
Cuando queda poco para que empiece el partido, la masa de ultras son conducidos por la policía como si de un rebaño guardado por su pastor se tratara, entre fuertes medidas de seguridad, mientras corean consignas escarnecedoras para el equipo rival (me niego a reproducir los insultos), levantando el puño sobre sus peladas cabezas descerebradas.
Si ésto ocurre de noche, se puede ver un helicóptero sobrevolando la zona e iluminando con un foco a los cabezas rapadas, de forma que parece casi que están rodando una película de acción. Por lo visto los meten en el estadio y los dejan en una zona aparte. No todos lo individuos calificados como peligrosos están encerrados en los sitios adecuados para que no puedan hacer daño a los demás.
El mejor rato es cuando está todo el mundo metido en el estadio, lo peor es el antes y el después, cuando la policía no te deja salir casi ni de casa, y si lo haces te obliga a ir pegado contra la fachada. O cuando no te deja, no ya salir de la zona con el coche, si no por supuesto ni entrar de nuevo: no somos residentes, no vivimos allí, el barrio es para los aficionados al fútbol ese día, todo para el espectáculo.
Y lo de hacerse sus necesidades contra la fachada del edificio donde vivo, aparcar las motos en las aceras, tirar contenedores de basura en medio de la carretera para luego incendiarlos.....
Pequeñas intifadas surgen aquí y allá en forma de grupos más o menos numerosos de seres antisociales que se dedican a tirar litronas, piedras y todo tipo de objetos contra la policía antidisturbios, siempre escasa y amedrentada, que a duras penas se protege tras sus escudos transparentes. Algunas veces cargan contra ellos con pelotas de goma, y ahí sí que es mejor no estar en medio.
Otros grupos tiran petardos que suenan como obuses. Yo tuve la desgracia de pasar una vez al lado de uno de ellos y pude percibir cómo por un momento temblaba el suelo y los árboles, y hacía saltar las alarmas antirobo de los coches.
Los hay que se dedican a encender bengalas, que en la noche desprenden un fulgor rojo que se puede ver desde mucha distancia, como si fueran antorchas. Parece que hubiera una guerra y un ejército hubiera tomado la ciudad o la quisiera prender fuego.
Los que dejan aparcados los coches cerca del estadio (hasta hace poco no dejaban, pero las protestas de los vecinos levantó la prohibición), tienen que ver cómo estos individuos se pasean por encima de los techos y los capós.
Qué contraste con lo que sucedía hace años, cuando la gente entraba y salía del estadio con orden y educación, sin disfrazarse ni pintarse la cara, sin ensuciar la calle. Siempre me llamaba la atención los típicos hinchas que no se conformaban sólo con el partido de ese momento sino que llevaban el transistor pegado a la oreja para seguir el desarrollo de todos los demás partidos que se estuvieran disputando en ese momento. Ahí sí se mascaba la afición futbolera, la auténtica pasión por un deporte que no tiene nada que ver con lo que se ve ahora. Mientras, las pocas mujeres que acudían, se conformaban con quedarse metidas en el coche haciendo punto.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quisiera que me explicaras qué es lo que ha cambiado en los últimos años como para que este espectáculo que de niña recordaba multitudinario y poco más, se haya convertido en una sucesión lamentable de altercados, gamberrismo e incivilización. Será que es la válvula de escape de un descontento social creciente, pero por favor, no al lado de mi casa.
Domingo de fútbol, maldito domingo.

viernes, 13 de abril de 2007

Ilusión

Tenemos que nacer todos los días,
buscar una ilusión que nos envuelva,
rechazar los disgustos y contiendas,
copiar en Dios que es nuestro Mesías.
La vida es como un barco sin rumbo,
mecido por las olas tempestuosas
y la política, la sociedad, las zancadillas
todos son obstáculos y fosas
que te hunden más y más en lo profundo,
de la manera más simple y misteriosa.
Pero tu barco es presente y está hecho
con madera de ilusión y de confianza.
Vivimos en un mundo tan absurdo,
con caretas de carnaval que lo disfraza
que si no se está bien cuerdo con frecuencia
tu moral, tu hacienda y hasta tu vida
corren el peligro de caer bajo seguro.
Otro poema de mi madre, un canto a la esperanza y al gusto por la vida.

miércoles, 11 de abril de 2007

La pasión de Cristo


Ahora que ha terminado la Semana Santa, de todas las películas que han puesto en televisión, la única que he tenido interés en ver es "La pasión de Cristo".

Es sin duda una de los largometrajes más impactantes que se han hecho sobre la vida y muerte de Jesús. Lejos del catastrofismo habitual, lejos del afán de escandalizar con nuevas y atrevidas versiones sobre el mismo tema, en esta película se refleja exclusivamente el calvario al que fue sometido, desde el momento de la oración y el sufrimiento interior en el Monte de los Olivos hasta su Resurrección.

Padre, aparta de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.

El actor que lleva el peso de la figura protagonista, y que yo desconocía hasta entonces, interpreta su papel con la dosis justa y contenida de dolor, sin estridencias, humildemente.

Al estar rodada en versión original se puede apreciar la calidad de las voces de todos los actores, magníficos en la declamación. El hecho de que hablen en las lenguas que se utilizaban en aquella región y en esa época, arameo y latín, le da aún si cabe mayor realismo.

Es interesante cómo Mel Gibson, el director, nos ha narrado todo el proceso desde la mirada de la Virgen. A través de sus ojos apenados, angustiados, contempla impotente el martirio, mientras afloran a su memoria episodios de la vida del Hijo cuando era niño: así al caer Jesús cuando acarrea su Cruz, ella recuerda otra caída suya siendo pequeño, y cómo corre a socorrerle, asustada por si se había hecho daño. Debe ser muy duro para una mujer saber el final tan cruel que el destino le tiene deparado a un hijo desde el mismo día de su nacimiento.

"El Espíritu Santo vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".

Y la visión de la Virgen arrodillada con la cabeza pegada al suelo por encima de las mazmorras en las que sabe que está su Hijo encadenado, esperando, y Él mira hacia arriba porque siente la presencia cercana de su Madre allí al lado. Mel Gibson nos hace sentir, de una forma distinta a todas las anteriores versiones sobre la vida de Jesús, la unión de ambos incluso en esos momentos tan difíciles.

Se pueden ver otras imágenes que vienen a la memoria de la Virgen, como cuando estaban en su casa y Jesús le hacía bromas, lo que sucede en la convivencia y la vida cotidiana de cualquier familia.

Algunos hechos que aparecen reflejados en la película supongo que no son licencia del guionista sino que están documentados según las costumbres de la época, detalles que yo desconocía y que sin duda contribuyen a darle mayor realismo a la historia: el tipo de látigos distintos que se emplearon en la flagelación, las muchas veces que cayó Jesús al suelo durante el Vía Crucis (no sólo tres veces como se ha conocido tradicionalmente), o el hecho de poner boca abajo la Cruz una vez clavado Jesús para martillear las puntas de los clavos que sobresalen por detrás y así afianzarlos doblándolos.
Elí, elí. Lama sabactani

Las imágenes más oníricas son una vía de escape para la imaginación y también una inquietante visión del drama: el demonio tentando a Jesús en el Monte de los Olivos para que desista de su sacrificio y luego apareciéndose a la Virgen durante el Vía Crucis, los niños monstruosos que persiguen y atormentan a Judas después de su delación, el cuervo que se posa sobre la cruz del condenado que no se arrepiente y le picotea los ojos .....

Me conmovió mucho el llanto del apóstol Pedro cuando negó tres veces a Jesús, acobardado ante el espectáculo terrible de su sufrimiento. Fue como ver a un hombre convertido en un niño desamparado, dolido por un lado al ver al Maestro solo y maltratado, asustado por otro lado al imaginar que eso le pudiera pasar a él.

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y ni el poder del infierno prevalecerá contra ella.

Y también el hombre que fue obligado a ayudar a Jesús a cargar con su Cruz, remiso al principio, conmovido después, y que llegó a enfrentarse a los verdugos que le martirizaban para defenderlo.

La imagen de la Virgen, ya casi al final de la película, con si Hijo muerto en brazos, sin lágrimas ya, mirando a la cámara que se va alejando, mirándonos a nosotros, a través de los siglos, con una mezcla de estupor y locura. La injusticia del mundo, que aún continúa, la inmensa locura que envuelve al ser humano.

La visión de Jesús en su Resurrección, con el agujero abierto y limpio de las llagas de sus manos, sereno, levantándose sin el sudario en el interior del sepulcro abierto a la luz de un nuevo día para salir al mundo y dar a conocer la vida que hay más allá de la muerte, es inesperada e impresionante. Esperanza.

Yo soy el camino, la verdad y la vida. El que cree en mí vivirá para siempre.

Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero decirte que si Él llevó su Cruz, no sé por qué yo no he podido llevar la mía, por qué somos tantos los que no podemos llevar nuestra cruz. Será porque hay que ser muy especial para llegar a eso. Como lo era Él.

lunes, 9 de abril de 2007

El alumno

Tenemos que ensalzar la labor del alumno
que sacrificando sus horas de juego
llega a su casa y con ferviente anhelo
se enfrasca en sus libros y se aisla del mundo.
No engañarle nunca con notas injustas,
si es sobresaliente por qué un notable
o por qué un suspenso para encasillarle
con otros alumnos que ya ni se inmutan.
Hay que darle ánimo, decirle adelante,
no te desanimes, tú tienes el triunfo,
que has fallado en ésto es lógico y justo,
por eso vas al colegio a culturizarte.
Mira, cuando yo era pequeña
a las que bien estudiaban
las premiaban con una medalla
que estaba hecha de hojalata,
parecía más que nada
el marchamo de un chorizo,
pero el que la recibía
se llenaba de regocijo.
Este poema lo escribió mi madre pensando en mi hermana y en mí, siempre estudiando.

La piel de la Tierra

Somos como hormigas que se mueven sobre la piel de la Tierra, haciéndole cosquillas. Y la Tierra, en ocasiones, se cansa de que le hagan tantas cosquillas y nos grita a través de alguna de sus bocas volcánicas que la dejemos en paz, como en un magma lleno de ira caliente y de insultos pétreos. A veces se conforma con moverse sísmicamente, como intentando quitarse de encima el molesto hormigueo que no le deja dormir tranquila su sueño milenario. El día que se harte de nosotros no quiero saber de lo que será capaz.
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María tenía en su vientre la esencia de la Tierra, el profundo rugir de una Vida que palpitaba desde unas entrañas de mujer que olían a Dios. Si hubiéramos podido acercar nuestro oído a su cálido regazo de madre de dieciseis años, habríamos oido crecer la hierba.
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Aquella Vida representaba los millones de pequeñas vidas que ahora pululan, con más o menos acierto, sobre la piel de la Tierra, haciéndole cosquillas ...... Dios no permitirá que la Tierra se canse de nosotros.
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Estos pensamientos los escribí en el último año del instituto

miércoles, 4 de abril de 2007

El año de la mujer

Este año celebramos
el año de la mujer,
como yo soy una de ellas
lo celebro con placer.
Primero porque yo cumplo
con los deberes de esposa,
por el amor al hogar,
al marido y a todas las cosas....
que me dan el bienestar.
La mujer del siglo XX
creo yo que debe ser
Agustina de Aragón
a la par que Doña Inés,
nunca mujer ñoña y simple
que por este y otro mes....
se complazca en no hacer nada
con excusas por doquier.
La defensa del salario
es normal y justo es,
que en igualdad con el hombre
ya que su costilla es
quien defienda lo suyo
sin diferencias de sex.
Pues currela todo el día,
es justo y es menester
que acabando la jornada
quiera lo mismo tener.
Pero la mujer casada
con el marido y los hijos
yo creo que tiene bastante
para que se meta en líos,
pues las hay erre que erre
persiguiendo la oficina
son esclavas en la casa
pues trabajan tan aprisa
que este trabajo tan dulce
que puede ser un placer
haciéndolo sosegadas
lo convierten en cruel.
En la oficina hay que ser puntuales
ya que del jefe dependen
para ganar un dinero
descuidando otros deberes ....
que de haber estado al tanto
y cuidando de sus nenes
ni se toman la lejía
ni se descalzan los pieses.
Defendiendo este hogar
que ella misma ha creado
ya que el hombre contribuye
pero a nosotras nos ha tocado
la china de hacernos madres
y saber así cuidarlos.
Pero hay algunas que ésto
les importa un pimiento
y en cuanto sueltan al hijo
va y les dice ¡ahí queda eso!.
Animal racional ¡cómo!
racional si se razona,
no han visto nunca a una perra
defenderlos como una loba.
Pena me das mujer
por tu avaricia
ya que en la casa
no puedes realizarte
fracasarás en todo
hasta en tu amor
¡lo siento por el hogar que formaste!.
Pero a tí eso
qué te importa,
es que conciencia no tienes
que dejas a ese pequeño
mojadito, con ..... escozores,
y luego vienes cansada
con ganas de descansar
y ese niño y tu marido
te pueden necesitar.
Este poema lo escribió mi madre al principio de casada, siendo mi hermana y yo pequeñas. Ella sintió mucho dejar su trabajo para cuidarnos, algo que en aquellos tiempos se hacía con frecuencia. Trabajo en el que tenía como compañero además a mi padre, con lo que hubiera podido pasar más tiempo con él. Su sacrificio no tiene precio, su valor y su entereza ante la renuncia nunca se lo agradeceremos bastante.

martes, 3 de abril de 2007

Prostitución

Aunque dicen que es una actividad tan antigüa como la Humanidad, no deja de ser la prostitución una lacra social donde las halla. Millones de personas en todo el mundo venden su cuerpo a cambio de dinero, como si de una transacción económica cualquiera se tratara, y para este sector "laboral" no existe sin embargo una regulación legal suficiente y adecuada.
Los que se prostituyen actúan en medio del más absoluto desamparo, sin medidas que los protejan ni respaldo legal. No hace mucho volvió la polémica a la actualidad de nuestro país sobre la legalización de la prostitución. Las prostitutas pedían Seguridad Social como en cualquier otro trabajo. Y todo ésto encierra una realidad social envuelta en hipocresía: cómo se va a dar forma legal a un asunto tan "inmoral", a una ocupación tan alejada de los usos y convencionalismos tradicionales que tienen que ver con la "decencia" y la religión.
Yo sólo veo mujeres (la prostitución femenina es mayoritaria en comparación con la masculina y la infantil), solas en la calle, esperando, da igual si hace frío o calor, la llegada de un individuo cualquiera que quiera satisfacer sus necesidades sexuales, y dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Se dice que los hombres recurren a estos servicios como salida desesperada a sus necesidades más perentorias cuando no hay una vía de escape "normal" en el ámbito personal.
Este es otro punto a favor de la prostitución que se acostumbra a señalar: se trata de una función de "equilibrio" social que permite un desahogo en momentos en que de otra manera no tendría lugar. Se ha llegado a decir que habría muchos más violadores si no existieran las prostitutas, porque hombres de la más baja estofa liberan sus depravaciones con ellas. ¡Qué lamentable!, que unas mujeres sean el basurero de las miserias sociales, el vertedero de lo que no quiere nadie, y encima se las desprecie.
Vender el propio cuerpo, no como lo hace una modelo o un actor con su imagen, si no en el ámbito tabú del sexo, esa palabra que aún hoy sigue siendo de "mal tono" pronunciar. Dónde queda la dignidad de las personas, el uso indiscriminado de la propia carne con fines económicos. No quiero ni imaginar la clase de vejaciones que tendrán que soportar. No sé si merece la pena, aunque digan que está mejor pagado que un trabajo corriente.
"Dinero fácil", "mujeres de vida alegre", "samaritanas del amor" como se podía escuchar en una canción, parecen casi bromas macabras si nos ponemos a pensar en la terrible realidad que hay detrás.
Y todavía si la prostitución se ejerce voluntariamente vale, pero si es bajo estorsión y amenazas y con menores de edad, entonces eso sí que debería estar castigado incluso con la pena capital.
Lo peor son las otras lacras que suelen acompañarla: las drogas, el SIDA ....
Las mujeres no debemos censurar a las que se dedican a la prostitución porque nadie es mejor que nadie según lo que sea a lo que se dedique. Creo que es lanzar piedras contra nuestro propio tejado, porque cualquiera de nosotras puede verse alguna vez en una situación como la de ellas. No hay nada peor que una mujer machista, y de esas hay muchas, sobre todo en la generación de nuestras madres. O afirmar que en el fondo se dedican a eso porque les gusta, porque tienen vicio. El sexo es adictivo, como cualquier otro placer de los muchos que existen, pero practicado de esta manera, como medio de vida, casi automáticamente, es otra cosa bien distinta. Es muy raro ver a una prostituta que tenga alegría porque incluso cuando quieren aparentar despreocupación se percibe una tristeza inmensa en sus ojos, una soledad y un abandono absolutos, como si hubieran perdido su identidad, no ya como mujeres sino como personas.
Supongo que la única forma que tienen estas mujeres de mantener la cordura y un mínimo de dignidad es separar por completo lo que ocurre fuera de lo que sucede dentro de ellas mismas. Podrán tomar su cuerpo, pero nunca su alma.
Y los hombres que hablan con desprecio de ellas no tienen calificación posible. El hombre debe respetar siempre a la mujer, con independencia de la profesión a la que se dedique. Ellos tienen una deuda de vida con nosotras, porque somos precisamente eso, fuente de vida, el origen de todo.
Me pareció curiosa una noticia que escuché hace poco en la radio, en la que se decía que había habido en Amsterdam, ciudad de prostitución por excelencia, una jornada de "puertas abiertas" organizada por las prostitutas que habitualmente allí se exhiben en escaparates, en la que había habido espectáculos eróticos para que se conociera mejor su actividad. La mujer vendida hasta sus últimas consecuencias, o quizá simple promoción publicitaria.
Y ahora, querido lector, que estoy a solas contigo, quiero lanzar un alegato en favor de estas mujeres, no sé si feminista o de qué clase, porque este problema no existiría si los hombres no fueran como son . Será que está en su naturaleza. Sálvese el que pueda.
 
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