miércoles, 21 de mayo de 2014

Un poco de todo (XVII)


- He borrado un comentario que me han hecho al post que hace tiempo escribí sobre Lech Walesa por encontrarlo excesivamente duro y más bien grosero. No es la 1ª vez que me encuentro con uno así, ya que la gente suele expresar poco su opinión y cuando lo hace prefiere las críticas negativas y poco constructivas a las positivas. Yo creo que cuando algo te gusta también hay que decirlo, no se debe dar por descontado.

Cuando se trata un tema como el de la política no es difícil que surjan voces opuestas a la tuya. Lech Walesa ha sido siempre una figura polémica, y sigue suscitando opiniones encontradas, pero el que me hizo el comentario era un radical de izquierda de los de colmillos afilados y espuma en la boca, desaforado, ciego, iracundo. Qué difícil es para algunos respetar la diferencia, no admitir más ideología que la suya, no desacreditar al que no piensa como tú y de forma grotesca.

El censor me acusó de no tener ni idea del tema, de opinar sobre él “de oídas”, de ser simplista, ignorante e ingenua. Soy consciente de que tiendo a pensar y a escribir de esas 3 maneras, me falta fundamento y conocimientos en muchas cosas, pero no admito descalificaciones de a saber quién. No hay verdades absolutas en política y en casi ningún ámbito de la vida.

Sigo creyendo lo mismo sobre Lech Valesa, y como yo muchísima gente, pero todos somos libres de disentir, y por supuesto a nadie se me ocurriría imponer mi criterio. Lo interesante es encontrar la manera de hacerlo sin ofender y sin ofuscarse. Detesto los totalitarismos, las ideas unívocas, la rigidez mental, la censura. Esos que defienden ideas más “libres” en teoría, se radicalizan tanto a veces que terminan convirtiéndose en esos mismos déspotas y manipuladores que pretenden erradicar. Lamentable contradicción, pero así es.

- Me han mandado de nuevo un correo que la 1ª vez que lo vi me llamó mucho la atención: una niña de unos 3 años, preciosa, realizaba las diversas actividades de su vida cotidiana con unos tubitos metidos en la nariz y conectados por un tubo más largo a un aparato que un perro, su mascota, cargaba sobre su cuerpo.

La niña padece una rara enfermedad, y gracias a la ayuda del animal podía llevar una existencia más o menos normal. Aparecía en las fotos tirándose por un tobogán en el parque, o sentada a la mesa comiendo, entre otras cosas, y en una de ellas abrazaba tiernamente al perrito, que se dejaba querer. Lo que me recuerda a lo que siempre he pensado sobre los perros lazarillos que tantas veces vemos por la calle, guiando a algún invidente. No sé hasta qué punto utilizar así a los animales es lícito o no.

Abusamos de su docilidad, de su capacidad de adiestramiento, de su nobleza natural, y por ser animal y no humano concedemos menor importancia a su vida, a sus necesidades o a lo que quiera hacer. Porque ellos también tienen voluntad aunque nosotros nos empeñemos en anulársela a fuerza de domesticación. Realmente es una cruz tener que ser el soporte de enfermos y minusválidos de por vida. Lo mismo que cuando se utilizan delfines o caballos para despertar las emociones de los autistas, ya que con los animales pueden abrir su mente como no lo consiguen hacer con sus iguales. Por algo será.

martes, 20 de mayo de 2014

8 apellidos vascos


Con 8 apellidos vascos me ha pasado lo que con otras películas que son taquilleras: no me explico la razón por la que han gustado tanto. Cómo es posible que en los tiempos que estamos la sociedad española tenga las mismas preferencias que en la época de Paco Martínez Soria o Pepe Isbert. Con mi respeto para estos señores, que en su momento nos hicieron pasar un buen rato y tuvieron su sentido, pero es que ahora es infumable. No vamos a aprender nunca, nunca vamos a evolucionar ni nos vamos a quitar el pelillo rural en la vida.

Lo de que haya batido récords de taquilla me parece algo más que preocupante. Cómo es posible que un tema como este, y con la falta de ritmo y talento que tiene la película, haya podido gustar así. Además se la compara con el éxito de Lo imposible, como si desde entonces fuera una marca que haya que superar, sobre todo porque es un film al que nunca se ha terminado de considerar totalmente español, sólo porque tuvo producción norteamericana. A cambio, nos ofrecen un producto con un tema muy “made in Spain” hecho a base de la catetez habitual en nuestro panorama cinematográfico desde tiempo inmemorial.

Nunca se le han reconocido los méritos que tiene a Lo imposible debido a la envidia, otro lacra “typical spanish”. La película que nos ocupa parte de una idea que no es mala, el contraste entre las costumbres del norte y las del sur de nuestro país (parece mentira que con lo pequeño que es haya tantas diferencias), pero luego es una chorrada tras otra. Provincianismo, paletez, estereotipos que ya estomagan, esos son los ingredientes que aderezan este film soso, aburrido y exasperante. Además se cargan las tintas en lo que a los vascos se refiere, ya que los guionistas son los mismos que hacen el programa de la ETB en el que se autoparodian. Pero no es lo mismo hacerlo en un canal de televisión que ven sólo algunos, que no a nivel nacional en las salas de cine, ahí el tema puede resultar rocambolesco y lamentable.

Lo que en la ETB me hacía gracia, aquí ya me resulta molesto e incómodo. No sé lo que opinarán allá en el norte, pero si yo fuera vasca no creo que me hiciera ninguna gracia. Ni a los andaluces que los retraten engominados, con patillas largas y chulescos, todo el día con el flamenco, el fino y el puchero. Yo pensaba que estos clichés, estos tópicos de 3 al cuarto habían pasado a la historia, pero se ve que no.

Al final el único que sale un poco bien parado es Dani Rovira, que solventa con gracia y ternura un papel que brilla sólo gracias a él, en medio de un marasmo de flojas actuaciones, y eso que él es el único que no es actor profesional. De todas maneras me encanta como monologuista, tiene un talento natural, y creo que a eso es a lo que tendría que dedicarse.

Son muchas las películas que en los últimos tiempos han escogido el tema rural como telón de fondo de sus argumentos. Como parece que a la gente le divierte, y lo importante es ser taquilleros, pues a eso se dedican las mentes pensantes. Falta talento e imaginación, es increíble que se perpetúen estos temas al cabo de décadas de cine español. A mí, llámenme apátrida, pero me resulta más interesante una película americana con trasfondo de granja que todas las que aquí se hagan sobre pueblos, establos y boinas. ¿Por qué? Porque lo importante es cómo se cuenta la historia, la magia, los diálogos, la interpretación. Lo demás no vale nada, y aquí vista una vistas todas.

Y si no ahí están películas como El sur, o El espíritu de la colmena, magníficas, hermosas, que transcurren en el medio rural pero van más allá, trascendiéndolo, sirviéndose de él para crear estados de ánimo, atmósferas, luz, esas tomas de paisajes en los que el correr de las nubes llena de sol o de sombra el campo, la meseta castellana, ese árido lugar cuya contemplación sin embargo nos relaja la mirada y la mente.

Ahora se prefiere la parodia, el producto facilón, el cine basura que se suma al resto de basuras que inundan nuestro panorama cultural. En realidad todo esto pone de manifiesto que el tema de los regionalismos no va a ser nunca superado, que seguimos ahondando en las diferencias y, llegado el caso, riéndonos de ellas en lugar de respetarlas y aceptarlas. Que cuanto más parodiemos al vecino, más lejos nos vamos a sentir de él, y más distintos todos, hasta el punto de que cuando digan que quieren independizarse, algo que ya es propio de nuestro país desde tiempos remotos, no nos parecerá tan mal, como quien despide a alguien molesto que no hace más que dar la tabarra, o a un extraño. Es igual que el mensaje final de la película sea que todos somos iguales, que las barreras sólo están en nuestras creencias y en nuestras costumbres, y que el amor, cómo no, lo puede todo. El problema es mucho más profundo que todo eso.

lunes, 19 de mayo de 2014

Yo no soy del Atleti


Qué días nos están dando los atletistas en mi barrio. Con esto de que no hacen más que ganar, una buena racha que se ha hecho esperar años, no dejan de celebrarlo montando follones. Puse en Facebook un video grabado por mi padre con una pequeña muestra de las que son capaces de organizar. En él se veía un nutrido grupo de hinchas iluminados por la luz rojiza de las bengalas que habían encendido, coreando canciones que loaban a su equipo y dando mucho porrazo al tambor. Los vecinos no tenemos derecho a descansar, un éxito como el del Atleti lo tiene que festejar todo el mundo, quiera o no.

Y en esta línea de descerebramiento se puede entender lo que me pasó ayer en la calle. Estaba yo por la tarde sentada en una marquesina esperando que llegara el autobús, leyendo un libro, cuando de repente surgió un nutrido grupo de aficionados, todos disfrazados con los colores del equipo y alguno con la bandera por encima de los hombros a modo de capa, con el calor que hacía, y coparon el lugar donde yo estaba. Eran familias, matrimonios con hijos, en las que lo que más destacaba era la camiseta del Atleti marcando los michelines de las mujeres. Una de ellas me interpeló: ”Le ha caído una buena “chapa”, me dijo en plan vamos a hablar con desconocidos e interrumpir su relax de lectura. “¿Por qué?”, le contesté intuyendo lo que me diría. “Porque la hemos venido a invadir”, me respondió. Me fijé en el mucho maquillaje que llevaba, los labios pintados de un rojo fosforito y el pelo decolorado. “Es igual, si yo llevo viviendo aquí toda mi vida”, le dije conciliadora. “Entonces será del Atleti”, me interpeló enseguida con esa lógica aplastante del hincha de a pie. “Pues la verdad que no”, le espeté escéptica y un poco confusa, a la espera de un posible linchamiento. Todos rieron, no sé si porque no se lo esperaban o porque les hizo gracia la rareza. En esos momentos el bicho raro era yo. “Pues la vamos a hacer sentir incómoda”, exclamó otra, preocupada por mi estado de ánimo. “No, si a mí me da igual”, atiné a responder. La que 1º había hablado comentó lo bien que estaba situado el edificio junto al cual nos encontrábamos, al lado del estadio. “Un buen lugar para vivir”, comentó emocionada la atletista, imaginando días gloriosos junto al santuario, asistiendo a los encuentros de su glorioso equipo sin tener nada más que cruzar la calle. Y así me dejaron por fin tranquila.

No sé si a todos los que pasan o viven junto al Bernabéu se les supone madridistas casi obligadamente, pero en mi barrio si no eres del Atético es que eres un extraterrestre. El fútbol ha resurgido como la afición mayoritariamente consumida por las masas ovejiles, y parece que todos debemos participar de ese furor. Esta pobre mujer que me preguntaba no sabía con quién hablaba, yo que siempre he dicho lo que Juan Ramón Jiménez, “a las minorías siempre”, que es también, como él dijo, “a la inmensa minoría”.

Si algo bueno puedo decir a su favor es que ya no se ponen las plumas de indio en la cabeza como solían, esa parte del disfraz la han desechado, y las pinturas de guerra sioux en la cara también. Pero el indio lo siguen haciendo igual. Lo que sí me parece intolerable es la manía de subirse a las estatuas, profanadas por hinchas, émulos de todos los rebeldes que en el mundo han sido, dedicados a tomar posiciones fortificadas, La Bastilla o lo que haga falta. En este caso Neptuno, que qué culpa tiene de semejante estupidez. Una foto esta mañana de portada en un periódico hería mi retina: uno de esos vándalos se había subido al dios del mar y, como si fuera un colega, le había colgado la bandera del Atleti en su tridente y rodeado con un pañuelo del mismo color su corona. Imagen repetida neciamente de una victoria en otra. Y la organizaron, como cuando están en mi barrio: quema de contenedores, disturbios, etc. Y lo hacen todos, no sólo los del Atleti.

Nos aburren siempre con lo mismo, no hay imaginación, ni buen gusto, ni respeto. Para mí el fútbol se está convirtiendo en una lacra social, en el opio adormecedor de cerebros. Yo no soy del Atleti, ni de ningún fútbol club.

viernes, 16 de mayo de 2014

El río Manzanares


Ventisquero de la Condesa, sierra de Guadarrama,
nacimiento del Manzanares
Hace poco hojeaba una revista sobre Madrid Río y su entorno, una publicación en papel couché con muy buenas fotografías a todo color del largo paseo creado con el soterramiento de la M-30 y negocios aledaños. En ella había una entrevista a un naturalista que decía algunas cosas que yo siempre he pensado, como creer, cuando iban a construir las zonas ajardinadas, que se parecerían más a una floresta, a un paisaje típico de los cuadros de Goya, gran retratista del entorno de madrileño, en lugar de a ese trazado tan rígido que hicieron después, que se parece a los laberintos donde colocan a los ratones en los laboratorios. Mejor está que estaba, pero se echa de menos la integración en la Naturaleza y, como decía este señor, el haber potenciado la fauna local, constreñida en un corsé de caminos y trozos de vegetación delimitados por pedruscos de dudosa armonía estética.

También pensaba, como él, que el río Manzanares ya no ha vuelto a ser el que era, y sobre este particular había charlado yo con mi hijo precisamente unos días antes de leer la revista. Todas las grandes capitales de Europa están atravesadas por un río, en torno al cual se genera siempre una gran actividad. Este cauce fluvial define a la ciudad por donde pasa, la identifica, le imprime carácter. En las márgenes de un río surge la vida, crecen los asentamientos, de él se nutre la población, su pesca, el agua para beber, asearse y lavar, el medio que usamos para llegar a otros lugares. Yo he conocido el Sena en París, el Támesis en Londres y el Rhin en Viena, y todos tienen mucha más importancia de la que se le da aquí al nuestro.

Un río como el Manzanares es un río con historia. Me encanta ver esas fotos de principios del siglo pasado, cuando las mujeres iban a sus orillas a lavar la ropa y tenderla. Hay imágenes muy bonitas junto al puente Segovia, una de mis zonas preferidas actualmente. También se ven competiciones de piragüismo, porque el río era un lugar para practicar deporte.

Cuando yo era niña se había convertido en un cauce apestoso, lleno de inmundicias, infectado de mosquitos en verano. La ciudad, en vez de rendirle el tributo que merece, depositaba en él sus vertidos, sus basuras. Se veían incontables renacuajos flotando, lo único vivo que quizá tenía. Muchos años después se lo depuró, se construyeron casetas para los patos y se pobló de una fauna ornitológica que no duró mucho. Hay quienes dicen que los chinos los cazaban para servirlos en sus restaurantes, o que había muchos más machos que hembras y durante la época del apareamiento las terminaban ahogando en su frenesí reproductor.

No hace mucho que llegaron las gaviotas, para nuestra sorpresa, pues las solemos asociar a las áreas marinas. Parece que hay pesca suficiente para calmar su apetito. Ante la escasez de alimento en los sitios donde viven, cada vez se adentran más tierra adentro para encontrar su sustento. Igual que pasa con los osos en ciertas zonas de bosques de EE.UU., y otras especies que abandonan su hábitat y van a lugares que no les son propios, para poder sobrevivir, incluso teniéndose que encontrar con el hombre, ese ser al que todos temen, y con razón.

La Almudena sobre el río Manzanares
No sé si el Manzanares podrá ser navegable alguna vez, no en todos los tramos porque hay esclusas y algunos puentes son bajos, pero es largo y habrá recorridos que sería muy agradable poder hacer navegando. Desde donde nace en las montañas, atraviesa zonas de campo libres de contaminación, y es aquí donde el agua es más fresca y limpia. No tiene tanto caudal como esos ríos europeos a los que hacía mención, pero es igualmente espectacular. Démosle el valor que se emrece y cuidémoslo si queremos disfrutar de él y de su entorno. Es un lujo un poco de Naturaleza en medio de la gran ciudad.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Ilustradores (XIII): Kike de la Rubia


Estudiante de arquitectura, no terminó nunca de sentirse a gusto en este ámbito. "Necesitaba invadir mis edificios con los habitantes de mi imposible mundo interior". Después de 4 años decidió dedicarse a la escenografía de cine, que fue y es una forma de dar salida a su creatividad. Luego dio el salto a la ilustración y a ello se dedica desde no hace demasiado tiempo. "Lo que hago, imagino, está influenciado por la arquitectura en términos de espacio y luz, y por el cine en cuanto a estilo y composición".

Kike de la Rubia ha dejado su impronta en varios libros y realiza carteles para obras de teatro de manera habitual. Su obra ha sido seleccionada en diversos concursos y certámenes y se ha expuesto en España e Italia. Últimamente está en el candelero a raíz de ser el ilustrador de la obra poética de Emily Dickinson.








martes, 13 de mayo de 2014

Reinas malditas


No me ha defraudado el libro de Cristina Morató, Reinas malditas, en el que da un amplio repaso a la vida de varias mujeres que han pasado a la Historia por sus peculiares circunstancias personales, víctimas de todo tipo de contratiempos, pero también habiendo gozado de la vida y los privilegios de su posición. Deliciosa la foto de portada, que bien podría pensarse que es la de alguna de las soberanas sobre las que trata, pero no, es el retrato de Lily Elsie (1886-1962), “cuya belleza y talento la convirtió en la actriz británica más conocida de la época eduardiana, así como en la más fotografiada”, según he podido leer.

El primer relato, el de Sissi, inmortalizada en el cine por Romy Schneider, es una de las más conocidas. Yo tuve ocasión hace años de visitar el palacio donde vivía en Austria y conocer sus costumbres, algunas de las cuales ya me llamaron la atención en su momento. Sin embargo, otras me eran desconocidas hasta que he leído este libro, como que tuviera varias hijas hasta que por fin llegó el varón, y que éste se suicidara siendo joven por un mal de amores. Su pasión por los viajes, su independencia, el gusto por la Naturaleza, el placer de los baños de mar en solitario, son algunos de los elementos que completan la visión que yo tenía de esta mujer.

De Mª Antonieta también sabía gracias a la película de Sofía Coppola. En ella se daba cuenta del lujo extremo con el que vivió, aunque sólo fue una aproximación a la verdadera reina. Detalles como lo joven que era cuando se concertó su matrimonio y llegó a la Corte francesa, su buen gusto en lo que a decoración se refiere, o lo mucho que quería a sus hijos, nos dan una idea muy alejada de la frivolidad con la que se ha tratado su figura. Me conmovió mucho la muerte de dos de sus hijos, la más pequeña por enfermedad, y el mayor, que sufrió un trato inhumano al ser separado de su madre y encerrado en una mazmorra, haciéndole creer que ella no le quería, cuando en realidad ya había sido ajusticiada. El pobre muchacho no tardaría en morir también.

La figura de Cristina de Suecia fue la que más me sedujo. Encarnada en la gran pantalla, cómo no, por la gran Greta Garbo, tenía ciertamente una apariencia masculina, una poderosa llama que atraía a todos los que la rodeaban, y un espíritu de libertad que exigió para sí a toda costa en una época en la que las mujeres vivían sometidas por normas estrictas, y más si se tenía una cierta posición. No sabía que sufrió maltrato en su niñez por una madre desquiciada, que dejó voluntariamente el trono para luego tiempo después volver a reclamarlo para sí, que viajó de un lado a otro sin rumbo fijo, abandonando sus diversos lugares de residencia cuando se cansaba o se le acababa el dinero, que fue derrochadora y bisexual, escribiendo cartas apasionadas a algunas mujeres que conoció, o que fue considerada una intelectual de su época, creando a su alrededor centros de cultura a donde acudían pensadores y artistas atraídos como abejas a la miel. Me conmueve especialmente este personaje, a la que se tachó de desequilibrada en más de una ocasión, y que sin embargo lo único que hizo fue vivir su vida lo mejor que supo sin hacer daño a nadie.

La vida de Eugenia de Montijo, eterna extranjera en la corte francesa, casada con un Bonaparte que le fue infiel casi desde el primer momento, y al que sin embargo quería, es la más desconocida para mí. Alabada por el gusto exquisito con el que se vestía, tuvo que soportar sin embargo la maledicencia de los que la rodearon, envidiosos y conspiradores, incluida su cuñada. Su hermana mayor fue su mejor amiga y confidente, y el amor que profesaba a un padre eternamente ausente debido a sus obligaciones políticas y a sus desavenencias con su madre, son las pinceladas que mejor retratan lo que fue la personalidad de esta mujer. Me emocionó especialmente la descripción de la última vez que estuvo con su padre, que pasó una corta temporada con sus hijas, a las que llevó a navegar, a nadar, al teatro y a todo tipo de actividades que normalmente no disfrutaban. Poco después él moriría por enfermedad. Eugenia de Montijo sobrevivió a su marido y a su único y adorado hijo, que falleció durante una batalla y de forma cruel, viviendo muchos años en soledad hasta su muerte.

La historia de Victoria de Inglaterra absorbió poderosamente mi interés. Otra película, hace pocos años, protagonizada por la peculiar Emily Blunt, ilustró sus inicios en la Corte británica, cuando aún era muy joven e impetuosa. Su particular forma de ser, el cambio tan radical que experimentó en la madurez, cuando se volvió tan rígida y austera, el apasionado amor que sintió por su marido, los muchos hijos que tuvo con él y el destino tan dispar de éstos, la descripción de los lugares en los que vivió, la gente que la rodeó y los sitios que visitó, son un conjunto sugestivo que parece sacado de una novela decimonónica. El suyo fue el reinado más largo jamás conocido, y murió con mucha edad.

El último relato es el de Alejandra, una alemana en la Corte rusa, con una infancia triste y un trágico final por todos conocido, el que sufrió la familia imperial. Sobre ella y los Romanov ya había tenido oportunidad de leer gracias al magnífico libro de Carmen Posadas, “El testigo invisible”, del que ya hablé en otro post. Una desconocida entre el pueblo, que nunca la quiso y la criticó por todo lo que hacía, fuera lo que fuese. Fastuosos ambientes, riquezas sin límite, y una fe profunda, que la ayudó a afrontar sus desdichas, en especial la enfermedad de su vástago, y la tragedia final. Recuerdo cuando fueron descubiertos los restos de los zares y sus hijos, que no fueron encontrados hasta muchas décadas después de su muerte, pero no sabía que les habían enterrado en un mausoleo, al que nunca faltan flores, ni que Alejandra hubiera sido canonizada como santa y mártir. Me pone los pelos de punta todo lo que pasó. No hay nada peor que vivir de espaldas a la realidad. Como en el caso de Mª Antonieta, la miseria de la gente puede hacer estallar un odio largamente acumulado que necesita chivos expiatorios.

Todas estas mujeres tienen en común el gran poder que llegaron a ostentar, la infelicidad por las continuas desgracias, la animadversación e incomprensión de su pueblo, el amor ciego a sus hijos, su enorme sensibilidad, una gran belleza en el caso de algunas, la pasión emocional y física por sus maridos (especialmente de Victoria de Inglaterra y la zarina Alejandra), y una fe inquebrantable. Al final nos preguntamos si estas personas que nacieron con tan privilegiadas posiciones fueron en realidad afortunadas. La sensación de que no somos dueños de nuestro destino y que nos vemos empujados una y otra vez a tomar derroteros que nunca hubiéramos sospechado ni querido, es la constante en estas historias. Pasamos por esta vida haciendo lo que buenamente podemos, y dejando una huella imperecedera con nuestras acciones y palabras, unas veces más acertada que otras. No juzguemos la Historia, ya que no la hemos vivido de 1ª mano, aceptémosla tal cual es.


lunes, 12 de mayo de 2014

Sabrina


En Hollywood son muy dados a hacer remakes de éxitos pasados, no sé si a falta de nuevas ideas o por actualizar los clásicos de toda la vida. El dicho aquel de nunca segundas partes fueron buenas, aplicable no sólo a lo que es continuación de algo ya hecho sino también a lo que es copia actualizada de un original, no siempre es cierto.

Pensaba en todo esto el otro día viendo Sabrina, la 1ª versión que se hizo. Siendo una película que siempre me gustó, destapa con el tiempo defectos que antes me pasaban desapercibidos. Cierto que nunca me gustó Bogart de protagonista, y que en cambio me encantaba la elección de Audrey Hepburn, maravillosa como siempre, pero William Holden tenía algunos años más de lo que habría sido deseable para su papel, y al conjunto le falta chispa, ritmo, además de haber sido rodada en blanco y negro, idea poco acertada.

En la versión más reciente, hecha 41 años después, se eliminó el personaje del padre, que en la 1ª era muy divertido, y se sustituyó por el de la madre, con un toque cómico también. Se escogieron a actores masculinos más acordes con las exigencias del guión: Harrison Ford estaba convincente, y Greg Kinnear estupendo. Julia Ormond, sin embargo, no resiste la comparación con Audrey Hepburn, es demasiado gesticulante. Son un acierto la puesta en escena, espectacular, y la inclusión de citas literarias, como el poema de Milton “Escucha, Sabrina hermosa. Desde donde tú reposas el rumor de las frías y transparentes olas…”

Pero después de ver esta historia muchas veces lo que me parecía ingenuo y bonito, la chica que descubre el mundo, llena de encanto y de amor, y sus desigualdades sociales, ahora en cambio me resulta emppalagoso y ñoño. Ella parece no ser dueña de su vida, cambiando de parecer a cada momento como si no supiera lo que quiere en realidad. Inmadura, inexperta, se cree una mujer de mundo sólo porque ha viajado al extranjero una vez. Me fastidia ese papel de muñeca rota, de víctima inocente manejada por hombres sin escrúpulos, caprichosos y vacíos. Se castiga su atrevimiento al creer que no existen las diferencias de clase, que todos nos podemos tratar con igual confianza. Se burla al no ser reconocida cuando regresa de París, pero la burlada es ella al final. Esos hombres que se aprovechan de su candor terminan teniendo problemas de conciencia, pero parece que es más por lástima que por una cuestión moral. El mundo es así, ellos no han ideado las reglas, o te adaptas o pereces.

Moralinas aparte, ella parece darles una lección haciéndoles ver lo indigno de su comportamiento, pero aceptando sus favores como si fuera una compensación por la indignidad cometida con ella, lo cual es una lección poco creíble: si eres víctima de los turbios manejos de otros oponte con todas tus fuerzas, no aceptes ninguna contraprestación con la que pretendan limpiar su crédito, eso es una limosna, hazte valer con todas las consecuencias. La dignidad personal y la honestidad exigen una intolerancia absoluta hacia los que pretenden socavarlas con sus desmanes.

Al final la candidez de ella, su sensibilidad y belleza cautivan al protagonista, eterno solitario con corazón de piedra, que decide tras muchas dudas dar un nuevo rumbo a su vida, aunque lo encuentro poco convincente: sólo en las películas los malos dan giros radicales en un instante. O quizá sí, el amor ha despertado en él sensaciones nunca antes experimentadas. Da la impresión de que enamorarse es como ir a una batalla, una empresa difícil y arriesgada de la que se teme no salir bien parado.

Ella parece sentirse sola y desamparada, cuando en realidad hay mucha gente que la quiere. Son conmovedores su padre y los compañeros de trabajo de éste, que la cuidan y protegen como si aún fuera una niña, pero sin minar su libertad. Es como si el único amor que debiera importar fuera el de pareja y los demás se dan por descontado, cuando no es así.

Sabrina hermosa, hay un lugar en el corazón para todos aquellos a los que quieres. No te consideres incomprendida y desdichada, el amor va y viene, pero el de los que han estado siempre contigo permanece. “Escucha, Sabrina hermosa. Desde donde tú reposas el rumor de las frías y transparentes olas…”


viernes, 9 de mayo de 2014

Desaforada afición


Qué susto me llevé el otro día cuando salí de casa por la mañana temprano para ir a trabajar y me encontré una cola enorme que daba la vuelta a medio estadio. Eran las 7 y media de la mañana y parecía un día de partido, con gente por todos lados, los aparcamientos llenos de coches y una actividad poco usual en mi barrio salvo cuando se disputa algún encuentro. Me imaginé que era por la compra de entradas para el próximo partido del Atlético, en Lisboa. Con la racha tan buena que ha tenido ahora se cotizarán más que nunca, podrán pedir lo que quieran en taquilla.

La operación se repitió en los 3 días siguientes. Los hay que se han quedado incluso a hacer noche en la calle, y hasta algún inválido en su silla de ruedas. Les ciegan los colores.

Y yo me preguntaba 3 cosas al respecto:

1.- ¿Es que no hay venta de entradas por Internet, como en el resto de los espectáculos?

2.- ¿Es que la crisis no afecta a todas esas personas, dispuestas a pagar un dineral por un rato de diversión, en detrimento de otras necesidades más perentorias?

3.- ¿Hasta ese punto llega el vacío existencial y la falta de horizontes como para intentar llenarlos con pasiones como esta?

No había ni una sola mujer en la larguísima cola. Los hombres que estaban allí tenían todos una pinta parecida, el perfil medio del hincha de a pie, barriga cervecera, escasas neuronas, vestimenta muy sport y vocinglero. Como dice mi madre, luego les mandas a por el pan y no quieren ir.

Yo no estoy en contra de que todos tengamos una pasión en la vida, un ideal que nos haga soñar trascendiendo la cotidianeidad, pero concibo estas cosas proyectadas en terrenos de mayor espiritualidad o intelecto. Cifrar tus esperanzas, tus alegrías y tu diversión en el resultado de un partido de fútbol me parece poner tus emociones al servicio de asuntos más bien bajunos.

Lo mismo sucede con las chicas que lloran con grandes hipidos durante un concierto o en la proyección de una película protagonizada por el ídolo del momento: el tema no es deportivo, pero es igualmente bajuno.

¿Qué es lo que mueve a las masas? Con el sistema educativo que tenemos y el descerebramiento que producen los medios de comunicación actuales me temo lo peor. Los grandes ideales, las metas intelectuales, los goces estéticos, quedan reducidos a un instinto básico (no el de Sharon Stone, pero podría ser), con el que los individuos se dejan arrastrar a lugares sólo frecuentados por los animales salvajes.

En un partido no hace mucho iba yo hacia mi casa sorteando grupos de hinchas bufonescos, disfrazados con las prendas que representan a su equipo, bastante bebidos la mayoría pues llegan a las inmediaciones del estadio muchas horas antes de que empiece el encuentro. Un miembro de uno de estos grupos me pidió al pasar que le hiciera una foto con sus amigos, allí presentes: querían inmortalizar el momento. Seis ó siete tíos me miraron con sonrisa socarrona, posando cogidos con un brazo por encima del cuello del que tenían al lado y la mano libre con el vaso de plástico lleno de cerveza o cubata. “¿Lo queréis con el estadio de fondo, me imagino?”, les pregunté solícita y pelota. “Sí, sí, claro…”, me dijeron bobalicones. “Voy a contar hasta tres”, les advertí, aunque pensaba más bien en un puñado de presos en un pelotón de fusilamiento. Ellos parece que también sabían contar. “Si no ha salido bien os la repito”, comenté hipócrita. “No, no, así está muy bien, gracias”, me contestó el que me pidió la foto. A ellos les da igual formar parte de una masa que no hace más que causar molestias y generar basuras, y lo último que me apetecía era ser amable, pero mi educación me impide dar rienda suelta a ciertas emociones. Además me produjo asco coger el móvil que me ofrecían para hacer la foto, porque tenía una funda roñosa e, imaginé, infecciosa.

En fin, que cada uno gaste su dinero, su tiempo y sus esfuerzos en lo que prefiera, pero para mí que esto es un desperdicio. ¿Será contagiosa esta desaforada afición? Espero que no.


jueves, 8 de mayo de 2014

Galileo según mi amigo Melchor


De vez en cuando me gusta echar un vistazo en Internet a los últimos videos que hayan podido colgar con las ponencias de mi amigo Melchor, como representante religioso del organismo que en el Vaticano se encarga de la Cultura. No es que haya muchos, teniendo en cuenta la de años que hace que se dedica a esto, pero son interesantes, algunos más que otros.

El que dedicó al caso Galileo Galilei, sobre el que además escribió un libro, me llama la atención especialmente. Sempiterno tema de la Iglesia católica, a la que se atribuye la desgracia del científico. En la disertación de Melchor se aclaraban muchos aspectos. Habló de los dos procesos que la Inquisición le hizo, el 1º sólo en plan amonestatorio, sin más consecuencias, por el que se le obligaba a añadir la palabra “probable” o “hipotético” a algunos de los párrafos de un escrito suyo. Se vio favorecido además por la amistad que mantenía con el papa Urbano VIII, que le admiraba y tenía en gran aprecio.

El 2º proceso, bastantes años después, fue el definitivo. Galileo había conseguido publicar un tratado, engañando a todos sobre su contenido, en el que defendía, pese a haber sido advertido de que no podía hacerlo, las teorías copernicanas basadas en el heliocentrismo: todos los planetas giraban en torno al sol, que permanece estático, en oposición a las admitidas oficialmente que afirmaban que era el sol el que giraba en torno a los planetas. El pensamiento de Copérnico era puesto en duda en aquella época tanto como el ptolemaico, que argumentaba que el sol y los planetas giraban en torno a la Tierra.

En esta ocasión el papa Urbano VIII, ofendido por el abuso de confianza de que le había hecho objeto al publicar su tratado con engaños y amparándose en su amistad, se posicionó en el bando de sus detractores, algo que Galileo no esperaba. Se le condenó a la cárcel, pena que se conmutó en el momento, al aceptar abjurar de sus doctrinas, por la de arresto domiciliario. Además, según he podido leer, "durante el proceso, no sufrió trato vejatorio alguno, sino que se alojó (a cargo de la Santa Sede) en una vivienda de cinco habitaciones con vista a los jardines del Vaticano y con servidor personal. Después de la sentencia fue alojado en la maravillosa Villa Medici en el Pincio. Desde aquí se trasladó, en condición de huésped, al palacio del arzobispo de Siena, uno de los muchos eclesiásticos insignes que lo querían, que lo habían ayudado y animado, y a los que había dedicado sus obras. Finalmente llegó a su elegante villa en Arcetri, cuyo significativo nombre era "Il gioiello" ("La joya")".

Galileo pudo continuar sus estudios, publicar otro libro y recibir las visitas de científicos venidos de toda Europa. Tan sólo le quedó una obligación: la de rezar una vez por semana los siete salmos penitenciales, pero una de sus hijas, Sor Celeste (nombre más que apropiado para la hija de un astrónomo), se ofreció a hacerlo en su lugar.

Melchor admitió que fue un científico muy reconocido en su época, pero minimizó algunos de sus logros, como el hecho de que muchos crean que inventó el telescopio, cuando en realidad ya estaba inventado. Aunque ideó unas lentes de gran aumento nunca vistas, fabricó muchos de estos aparatos de los que reconoció que sólo unos pocos eran viables. También puso en duda su moralidad al convivir sin casarse con una mujer con la que tuvo muchos hijos, y a la que terminó despidiendo cuando vio peligrar su prestigio y su ascenso profesional. Además aseguró el futuro de sus hijos de manera desigual, pues colocó a los varones en diferentes puestos gracias a sus influencias y en cambio a sus dos hijas las mandó a un convento, “sin preguntar” afirmaba Melchor.

Galileo es conocido sobre todo por sus estudios de astronomía, quizá debido a estos procesos inquisitoriales de los que fue objeto, aunque en realidad sus especialidades y mayores logros fueron la mecánica y la física. Según se dice en la ponencia, tan sólo 100 años después de su muerte se empezó a atisbar el hecho de que el científico tenía razón en la mayoría de sus observaciones. Sólo con el papa Juan Pablo II la Iglesia reconoció su error, aunque como decía Melchor de nada le sirvió, porque este caso será siempre tomado por sus detractores como ejemplo del tradicional oscurantismo eclesiástico.

Pintura de Joseph-Nicolas Robert Fleury
Durante la disertación se pasaron algunas diapositivas que ilustraron lo que se contaba, textos de Galileo, del Santo Oficio, e imágenes como la que aquí pongo, que según mi amigo se basa en una falacia: el científico no fue procesado en el lugar que indica, ni estuvo rodeado de las medidas de seguridad que en el cuadro aparecen.

Melchor comentó que cuando dio esta conferencia en Toledo, en cuyo seminario se inició en el sacerdocio, “un lugar viejo y destartalado, donde hacía un frío terrible en invierno y un calor sofocante en verano, pero en el que pasé años felicísimos, de crecimiento de la fe”, según sus palabras, un sacerdote, al terminar, le había dicho que hasta ese momento creía a pies juntillas que Galileo había sido quemado en la hoguera, pues es el método comúnmente admitido con el que la Inquisición saldaba los conflictos. En Internet he visto muchos sitios donde se afirma lo mismo con igual desfachatez. La ignorancia no tiene límites, al final cualquier hijo de vecino se convierte en inquisidor juzgando también los hechos de la Historia que no conoce.

Mi amigo terminó su exposición entre aplausos, pero él hizo un gesto que me llamó la atención: bebió el agua del vaso que tenía dispuesto mirando hacia abajo y serio, haciendo una mueca con la boca como de “así son las cosas, qué le vamos a hacer”. No creo que disertar acerca de este tema sea plato de gusto, porque le obliga a tirar por tierra la imagen de víctima que la gente tiene de Galileo, señalando sus errores y debilidades personales. En el fondo es destapar los pecados de alguien para refutar una idea equivocada, la de que el científico fue un mártir y un ejemplo a seguir en todos los terrenos. Él fue un hombre de su tiempo, que ha pasado a la Historia más por sus conflictos con la Iglesia que por sus logros profesionales. Seguramente ni él mismo quiso esta leyenda que se formó en torno a él, aprovechada por muchos para seguir defenestrando todo lo católico.


miércoles, 7 de mayo de 2014

El mapa corporal de las emociones


Un equipo de investigadores finlandeses ha creado el que probablemente sea el primer mapa corporal de las emociones humanas. Muestran las emociones más representativas de la naturaleza humana a través de una cámara térmica.

Los científicos de la Universidad de Aalto comprobaron que cada emoción despierta reacciones en determinadas zonas del cuerpo y que esto sucede con personas de culturas muy diferentes. Por lo tanto este mapa físico emocional tiene bases biológicas y es universal.

Se trata de mecanismos biológicos que nos preparan para responder al entorno, ya sea para defendernos o para disfrutar de la situación. "Las emociones ajustan no sólo nuestra salud mental, sino también nuestros estados corporales", explica Lauri Nummenmaa, profesor de neurociencia y líder del equipo investigador. "De esta forma nos preparan para reaccionar rápidamente ante los peligros, pero también ante cualquier oportunidad que ofrezca el entorno, como una interacción social placentera".

Para su estudio, los científicos realizaron cinco experimentos en los que 701 personas debían localizar en qué lugar sentían el efecto de una serie de emociones básicas como la ira, el miedo, el asco, la felicidad, la tristeza o la sorpresa, y otras más complejas como la ansiedad, el amor, la depresión, el desprecio, el orgullo, la vergüenza y la envidia.

Los participantes debían colorear una silueta humana en las zonas que se activaban más o menos mientras oían las palabras que designan cada una de estas emociones. El rojo se usó para marcar las áreas de mayor actividad y el azul las de menor sensación. Así observaron que sus respuestas coincidían en más del 70%.

La sorpresa, según el mapa corporal de emociones, desata sensaciones principalmente en el pecho y la cabeza. El amor se evidencia a través de una ola de calor en todo el cuerpo, al igual que la felicidad, mientras que la rabia y el miedo hacen que la energía corporal se concentre en las manos y el pecho, pues de manera inconsciente se prepara para pelear. De la misma forma, destaca el panorama de la depresión: debilidad en las extremidades combinada con un disgusto que se siente en el estómago y la tráquea.

Según se puede apreciar en el mapa creado por los investigadores, las dos emociones que causan una reacción corporal más intensa y en todo el cuerpo son el amor y la alegría.

También se puede ver que, en general, todas las emociones básicas activan sensaciones en la parte superior del cuerpo, donde están los órganos vitales, y especialmente en la cabeza.

"Observar la topografía de las sensaciones corporales disparadas por las emociones permite crear una herramienta única para su investigación y puede incluso ofrecer indicadores biológicos de trastornos emocionales", dicen los científicos en su estudio.

Además de la prueba de las palabras, también se hicieron otros cuatro experimentos con fotografías, imágenes, películas y relatos que buscaban transmitir a los sujetos las emociones en cuestión.

Y para asegurarse de que estos mapas físicos emocionales no dependían de la cultura o el grupo lingüístico al que pertenecían los participantes, se repitieron los ejercicios con tres grupos diferentes: finlandeses, suecos y taiwaneses.

Los científicos observaron que los resultados seguían mostrando coincidencias: la respuesta física a las emociones, parece, es universal.


martes, 6 de mayo de 2014

El baile de Hugh Jackman


Contemplaba extasiada el video del baile que se marcó Hugh Jackman en el descanso del último Hormiguero al que fue invitado, pues ya ha estado en otras ocasiones. Los telespectadores no lo pudimos ver en su momento porque fue en el tiempo de la publicidad, pero lo grabaron de todas formas y se lo pusieron a otra invitada en otra edición del programa, aunque no venía a cuento. Se veía que tenían ganas de mostrarlo y aprovecharon cualquier otra situación para hacerlo.

Se veía a Hugh Jackman muy delgado, y más con los cortes que tienen ahora los trajes de hombre, tan ajustados. Coge peso y adelgaza cada dos por tres. Cuando hace esas películas que no le merecen en las que encarna a Lobezno se pone cachas, pero no debe ser ese su estado natural, la forma en que él se sienta cómodo. Cuando rodó la maravillosa Los miserables tuvo que quedarse en los huesos y la verdad es que daba miedo verlo. Qué bien estuvo aquí. Para él debió suponer un triunfo personal, algo que se debía a sí mismo hacía tiempo. Desde entonces se le ve mucho más contento.

“Está que se parte, todo lo hace bien”, le comenté a mi hija mientras miraba extasiada el video del baile. Ella me echó un vistazo como diciendo “las cosas de mamá”. Sus gustos, con 16 años, van por otros derroteros. Pero el actor estaba en su salsa, y derrochaba estilazo por los cuatro costados. Y es que Hugh Jackman lo tiene todo: es un hombre bueno, honesto, trabajador infatigable, guapo, sexy sin proponérselo, inteligente y sensible, lleno de talentos. Le pusieron una música marchosa mientras esperaban a que el programa volviera a estar en el aire e improvisó unos pasos, para deleite del público, entregado, cómo no. Está satisfecho, se siente a gusto en su piel y entre la gente, sabe apreciar lo que tiene y saborea las delicias de un momento que no siempre fue así, ni va a ser así eternamente.

No todo el mundo tiene un mentor que cuenta contigo cada vez que se pone en marcha un proyecto cinematográfico. Hugh Jackman no lo necesita, se basta por sí mismo para salir adelante. Pero está claro que en el cine hay colaboraciones muy fructíferas. Ahí tenemos a George Cloony y los hermanos Cohen, o a Leo di Caprio y Scorsese, o Johny Depp y Tim Burton, por poner algunos ejemplos. Actor y director unidos inspirándose mutuamente, en la amistad y la confianza. Recuerdo, ya lejano en el tiempo, la estrecha relación de Katharine Hepburn y George Cukor. Lo dicho, cáele bien al jefe y este contará siempre contigo.

Parece ser que Hugh suele marcarse bailecitos en otros programas donde ha ido. Hay un video en Youtube donde se le ve moviendo el esqueleto con Michael Fassbender y James McAvoy, en una improvisada coreografía. Fassbender se hizo de rogar, renuente y poco convencido, pero alentado por Hugh se lanzó a la palestra, colocados por orden de estatura (cuán diferentes físicos masculinos) y se pusieron a bailar, siendo Fassbender quien marcó el estilo a seguir, cabeceo a un lado y al otro en plan negro rítmico. A McAvoy casi desaparecía el pobre, anulado por el atractivo de sus compañeros. Todavía no me he podido quitar de la retina la imagen del personaje con el que se dio a conocer, el fauno de Crónicas de Narnia, lo identifico con él.

Hugh Jackman tiene un magnetismo personal, algo mágico que le envuelve y va con él a todas partes, le acompaña y es percibido por todos los que le rodean. Hay personas que tienen este don, ese algo indefinible que les hace especiales. Qué será lo que haga la próxima vez que nos visite…

lunes, 5 de mayo de 2014

Cuentos para pensar de Jorge Bucay


Reproduzco aquí algunos de los pensamientos y uno de los cuentos que imaginó Jorge Bucay en su libro Cuentos para pensar, por considerarlos especialmente significativos. Ya tuve ocasión de hablar sobre este hombre, que tuvo muchos oficios distintos antes de ser psicólogo y escritor, cuando traté su obra El camino hacia la autodependencia. Espero que os gusten.

Quiero que me oigas sin juzgarme

Quiero que opines sin aconsejarme

Quiero que confíes en mí sin exigirme

Quiero que me cuides sin anularme

Quiero que me mires sin proyectar tus cosas en mí

Quiero que me abraces sin asfixiarme

Quiero que me animes sin empujarme

Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mí

Quiero que me protejas sin mentiras

Quiero que te acerques sin invadirme

Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten

que las aceptes y no pretendas cambiarlas

Quiero que sepas… que hoy puedes contar conmigo…

Sin condiciones.

Cartas para Claudia, sobre las relaciones interpersonales

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En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta…

En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas…

Había una vez…

Un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente…

Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañía.

Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.

La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida –sin saber por qué-, se bañó rápidamente y, más rápidamente aún, salió del agua…

Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró…

Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la tristeza…

Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa –o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla se dio cuenta de que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.

Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.


 
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