
Desde que voy allí, hace poco más de un año, he pasado por tres peluqueras, a cuál más peculiar y eficaz. Cristina, treinteañera, hiperactiva, igual aparece peinada con una simple cola de caballo como se coloca una cinta con una flor alrededor de la cabeza, cruzándole la frente, sobre su larga melena rubia, un poco a la manera de los hippies. Mientras habla contigo, te corta o te seca el pelo, está mirando a todas partes, pendiente de lo suyo y de todo lo que hay alrededor. La 1ª vez que me cortó pensé que quizá se había extralimitado en su inspiración creativa, porque aunque sigue las indicaciones que la cliente pueda darle, luego ella se deja llevar por un arrebato prolongado de cortes aquí y allá que pueden parecer atrevidos, pero que incluso siéndolo quedan muy bien. Cristina, aparentemente desenfadada y con un puntito orgulloso, es en realidad una niña grande, cariñosa y sentimental, que aprecia enormemente que la gente la reclame y se confíe a ella.
Mayka, treinteañera también, rubia oscura natural, pelo largo y un poco rizado, es seria pero muy agradable y con una educación exquisita. Su sonrisa discreta aparece en ciertos momentos, cuando está charlando con la cliente, pero cuando está en plena creación su gesto se vuelve concentrado y parece abstraerse de todo lo que la rodea. Es entonces cuando su armonía habitual se rompe y, sentada sobre un taburete con ruedas graduado en su posición más alta, se mueve incesantemente detrás de ti mientras con los brazos medio levantados, en una mano un peine, en la otra las tijeras, no deja de cortar aquí y allá a gran velocidad, a la manera como Eduardo Manostijeras cortaba el césped para realizar sus creaciones vegetales, o el pelo de sus vecinas y sus mascotas, o como un director de orquesta dirigiendo un movimiento musical especialmente trepidante. Es como un vértigo creativo que la posee y durante el cual la inspiración la lleva a hacer cosas que posiblemente ni ella misma imaginaba y, en este sentido, sufre el mismo proceso por el que pasamos todos los que nos dedicamos a alguna forma de arte.
Vicky, la última que he conocido, media la cincuentena y empezó muy joven a trabajar en Llongueras. Son 31 años dedicada a la empresa, aunque no parece acusar el cansancio. Bajita, un poco regordeta, con el pelo corto rubio platino y ojos muy azules, su conversación es cercana, agradable e inagotable. Me sorprendió usando conmigo, al darme las mechas, una técnica que dice que es exclusiva de la casa, y por la que en lugar del habitual papel de plata que se suele emplear para separar los mechones de pelo y con la que se pierde mucho tiempo, se limitó a mojar el extremo de dos peines en sendos recipientes de tinte cremoso con los que trazaba rayas sobre algunas partes de mi pelo.
Todo el personal que trabaja allí se gana su sueldo a pulso, porque se lo curran mucho y muy bien, pero están contentos, les gusta lo que hacen. Tienen una consigna general en su forma de tratar a las clientas, que les enseñan cuando empiezan a trabajar por 1ª vez, y que es un poco como el sello de la casa. Cuando llegas sabes que puedes confiarte sin temor a cualquiera de los profesionales que te atiendan, porque si quieres tener un determinado aspecto, ellos lo consiguen y van más allá, y si no sabes muy bien lo que necesitas, pueden lograr con tu imagen cosas que nunca hubieras imaginado.
Porque el pelo, parece mentira, determina nuestra apariencia enormemente, y es una de nuestras principales señas de identidad. Por eso no se puede uno poner en manos de cualquiera, pues no todo el mundo domina el arte de peinar.
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