
Si lo comparamos con Elvis Presley, vemos una dolorosa diferencia. La herencia que dejó ha sido cuidadosamente preservada por sus familiares, aunque sea por lo que de beneficioso tiene para ellos. Pero en el caso de Michael Jackson no ha sido así: él mismo se encargó de cerrar su residencia habitual en los últimos años, tras el ignominioso y fraudulento escándalo que hicieron caer sobre su persona. El resto de sus posesiones han sido desmanteladas. No hay un lugar al que acudir para venerar su memoria, como pasó con la casa de Elvis, convertida en santuario al que sus eternos fans van desde hace décadas.
No hay sensibilidad, respeto ni amor en la familia de Michael, sus hermanos parecen un montón de orangutanes, encabezados por sus progenitores. Necios, mezquinos, torpes, cuesta creer que él haya podido salir de un entorno así, y también es fácil adivinar el por qué de los problemas emocionales que arrastró a lo largo de toda su vida.

Hay una cierta psicosis acerca de las redes sociales. Parece que todo el que no participa o está incluido en alguna de ellas es prácticamente como si no existiera, como si se estuviera relegado al ostracismo. Se ha creado una necesidad de exponer constantemente la propia vida a los ojos del mundo. No es que debamos tener secretos, pero siempre tiene que existir un pequeño ámbito privado que sea sólo nuestro.
También parece que hacer partícipes a los demás de nuestras inquietudes nos libera: la carga compartida se hace menos pesada, sobre todo cuando se dirige uno a una gran masa anónima que no te conoce y a la que no conoces. Muchos se atreven a decir en Internet lo que nunca se habrían atrevido a contar a familiares y amigos. Siempre esperas que alguien, al otro lado de la pantalla del ordenador, te lea y se haga eco de tus pensamientos y vivencias, que te comprenda. Pero el que quiera, por supuesto, debería tener derecho al olvido.
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