
Hasta ahora habíamos sufrido las interminables sagas de James Bond en la figura, entre otros, de Roger Moore, alto, elegante, guapo, que alcanzó el éxito en su carrera cinematográfica en los años 70, en plena época del destape. Siempre estaba rodeado de hermosas y exuberante mujeres que tan pronto querían seducirlo como intentaban eliminarlo con métodos tan poco expeditos como los que él mismo utilizaba. Siempre pensé que esta versión del agente 007 era deleznable, un ser que no tenía respeto alguno por la vida ajena y que se jactaba de su éxito con el sexo opuesto, al que trataba con tanto desprecio que las organizaciones feministas de hoy en día le habrían defenestrado sin descanso. Roger Moore estuvo tanto tiempo interpretando el papel que, según las lenguas de triple filo, al final llevaba peluquín y dentadura postiza, aunque para un compañero de trabajo aquella época fue la mejor de la saga, quizá por el glamour con que se hacía cine antes o por la novedad.
Antes que él lo encarnó Sean Connery, que en su juventud, y para mi gusto, no era ni la mitad de interesante de lo que ha sido al alcanzar la madurez. Me encantaba su aire varonil, tan moreno, con enormes ojos oscuros, serio, sobrio en su interpretación, creible, siempre dispuesto a todo. Su forma de mirar parecía que te atravesaba e iba más allá. Era inteligente y estiloso, pero igualmente machista. Por entonces, debía ser la moda.
Pierce Brosnan intentó darle un toque de gentleman, pero resultó engolado y redicho. Impecable en el vestir y en sus modales, le faltaba sin embargo garra en su interpretación. Me parecía completamente insulso, pero quizá es que él es así.
A Daniel Craig lo vi un tanto bruto, en plan apisonadora. Atractivo, cómo no, fuertote, pero sin clase. En otros papeles ha demostrado ser un buen actor, pero de entre todos los personajes de acción el de James Bond requiere un tratamiento diferente, no es como los demás, por muchas versiones que de él se hayan hecho intentando buscar una nueva óptica que evite la monotonía y entretenga al público.

Pero ha sido Tom Cruise, un actor resultón al que aparentemente no adorna ninguna cualidad especial, el que ha dado en la clave del asunto. Su forma de actuar, da igual el papel de que se trate, tiene algo que capta inmediatamente la atención del público y lo engancha. Es un talento natural que sólo tienen unos pocos actores y actrices. Quizá la versión de Noche y día no se corresponda exactamente con la saga del agente 007, pero da una idea de lo que debe ser un agente secreto que me encanta, un poco disparatada seguramente, pero estupenda.
Es bueno abandonar los clichés en casi todo en la vida, y en el cine, como en cualquier otra forma de expresión artística, aún más. Ofrecer un nuevo enfoque de lo que sea, sin perder el norte y el buen gusto, resulta placenteramente original. Tom Cruise aparece en esta película como un asesino que no para de matar, pero como si lo hiciera únicamente para defenderse de los que quieren acabar con él primero. Galante con su paternaire femenina, implacable con sus enemigos, siempre diferente, con un sentido del humor que tiene su puntito de locura, extremadamente inteligente, parece no darle importancia a la mayoría de las cosas, acostumbrado a jugarse la vida a cada momento.
Años atrás ignoraban los que hacen cine que lo que nos gusta a las mujeres no es el tipo guaperas, pagado de sí mismo, indestructible y terminator que pretendieron ofrecernos. Alguien que se crea así necesitaría tumbarse en el diván de un psiquiatra. A nosotras nos gustan monos, pero no hasta el empacho, seguros pero no soberbios, vulnerables y tiernos en el fondo, abiertos a todas las posibilidades, que no se tomen demasiado en serio a sí mismos. Y fieles. El cliché del tío que las conquista a todas suscitará la admiración de los hombres, pero da muy mala imagen ante las mujeres.
La generación de los 007 que existía ha muerto definitivamente. Demos la bienvenida a la nueva, mucho más interesante.
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