
Al día siguiente le hace un encargo muy difícil para ponerla en entredicho, diciéndole que si no es capaz de llevarlo a cabo, como espera, quedará despedida. Pero Andrea se ha superado a sí misma y es capaz de cualquier cosa, ante el asombro de Miranda.
Cuando es el cumpleaños de su novio un montón de imprevistos le impiden a Andrea estar en la fiesta con sus amigos. Él ya lleva cansado de la situación mucho tiempo. La relación que mantienen se va deteriorando cada vez más.

Andrea y su novio rompen tras una discusión. El viaje a París servirá para poner distancia y refrescar las ideas. Una vez allí, una noche en el hotel donde se alojan, Andrea va a llevar algo a la habitación de Miranda y la encuentra ensimismada, triste y sin maquillar, descalza y en bata. Se sorprende al ver a Andrea, pero enseguida se pone a trabajar, preparando la disposición de los asientos para la comida del día siguiente, sin darle importancia a la impresión que su aspecto desarreglado pueda causar.
Cuando le dice que su marido no irá le comenta que él le ha pedido el divorcio, el último a añadir en su lista de fracasos matrimoniales. A Miranda le preocupa la repercusión en la prensa, aunque en realidad lo que más le angustia son sus hijas. “Es tan injusto para ellas…”, dice entre lágrimas de amargura y desconsuelo apenas contenidas. “Otro chasco, otra decepción, otra figura paterna que… se esfuma”. “¿Puedo hacer algo?”, le dice Andrea. La mira fijamente y le dice tajante: “Sí, tu trabajo”.
De nuevo en su habitación Andrea, Nigel la va a ver para pedirle algo relacionado, cómo no, con trabajo. Alaba su vesturario, que ya no ha elegido él, y la invita a brindar por un cambio laboral que espera de forma inminente, alguien importante que quiere asociarse con él.
Pero en la recepción del día siguiente Miranda anuncia que ese puesto lo va a ocupar otra persona. Nigel, decepcionado, dice que cuando llegue el momento ella le compensará. “¿Estás seguro?”, le pregunta Andrea. “No, pero lo espero, debo hacerlo”, le contesta consternado.
Antes de la recepción, Andrea se había enterado de que querían destituir a Miranda en su cargo, e intentó avisarla sin éxito. Tras la fiesta ya sabe que no va a ser así, porque Miranda ha movido los hilos para que eso no suceda, pero agradece a Andy sus esfuerzos para alertarla. Dentro del coche que las lleva de regreso al hotel tiene unas palabras de reconocimiento para ella: “Te pareces mucho a mí, puedes ver más allá de lo que la gente quiere y necesita, y eres capaz de decidir por ti misma”. “Yo no creo que sea así, yo no sería capaz de hacer lo que ha hecho a Nigel”, le dice Andrea. “Pero si es lo mismo que le has hecho tú a Emily”, contesta Miranda. “No tuve elección…”, se defiende Andy. “Sí la tuviste, querías el ascenso”, responde implacable Miranda.
Cuando paran y salen del coche, Andrea no la sigue, y se va alejando. Miranda mira atrás, rodeada de una nube de fotógrafos, y como no la ve la llama al móvil, como hace siempre. Andy, que está pasando junto a una fuente, lo saca, mira quién llama y lo tira al agua, con un gesto liberador.

Con una llamada, Andrea le dice a una emocionada Emily que le regala la ropa que lució en París. “Tu antecesora dejó el listón muy alto”, le dice después a la chica que ha venido a sustituirla.
Un día Andrea ve a Miranda de lejos, cuando se va a meter en su coche. Andy la saluda con un gesto al que ella no responde, pero cuando ya está dentro del vehículo, y antes de volver a su eterno gesto distante y displicente conminando desabrida al chófer para que arranque, se sonríe complacida mientras ve cómo Andy se aleja divertida por la calle.
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