
Una persona con minusvalía, con
parálisis cerebral, que no tiene reparo en caerse al suelo y volverse a
levantar, aunque sea con mucha dificultad, es ya digno de admiración. Las barreras
están en nuestra mente, no en nuestros impedimentos físicos. En la estación uno
de los auxiliares contratados para ayudar a los que lo necesitan, lo llevaba en
una silla de ruedas corriendo a toda pastilla por el andén porque su tren
estaba a punto de salir. Es una persona que viaja, que tiene esposa y dos
hijos, que hace una vida normal a pesar de sus limitaciones.
Contó en Viajando con Chester
que de niño sus padres no lo recogían cuando se caía, le animaban a valerse por
sí mismo, porque cuando ellos ya no estuvieran de nada le serviría la compasión
ajena, el estar supeditado al auxilio que los demás quieran prestarte o no. Los
vecinos los criticaban, pero esta dura lección le ha servido para ser hoy quien
es. Me hace recordar a una chiquilla en la playa, hace muchos años, con el
mismo problema, que se sentaba en el borde de la acera y levantaba sus piernas
con ayuda de sus manos para poder salir, pues en aquella época no existían
escaleras ni rampas. Su padre a su lado la miraba atento e inflexible,
apremiándola con cierta dureza. Recuerdo que aquella escena me horrorizaba,
pero como dijo mi hijo, a propósito del Langui, que tanto le gusta, tiene que
ser así.

El Langui, que se repetía a sí
mismo desde la adolescencia que él llegaría a donde se propusiera y que todo el
mundo lo conocería, y entonces se reiría de todos aquellos que lo compadecían,
es ahora un hombre feliz. Un papel y un lápiz, fue todo lo que cogió cuando se
dio cuenta de que no podría ser futbolista ni bombero, y se dejó llevar. Hasta
los amigos, que le llamaban para salir, se tenían que ir sin él, porque ya se
estaba gestando La Excepción.
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