
Y se puede
palpar la angustia en esas mujeres, las lágrimas a duras penas contenidas, un
dolor y una frustración nunca mitigadas, da igual el tiempo que pase, lo cual parece que hace mucha gracia al espectador, pobres loros chiflados dirá. Todo parece muy divertidos hasta que te pasa a tí. Incluso
como nota de humor me parece de mal gusto.
Los hombres
no suelen reunirse cuando se divorcian para poner a parir a sus ex esposas
junto a la chimenea, en casa de algunos de ellos y en torno a tazas de café, o
jarras de cerveza en su caso. La vena sentimental nos la dejan a nosotras, los
lamentos, el rencor, la lástima, nos están reservadas. Ellos directamente se
apresuran a buscar sustituta, con la que seguramente cometerán los mismos
errores que con sus cónyuges, o se buscarán el mismo tipo de mujeres con las
que no son compatibles, no habiendo escarmentado de las experiencias anteriores.
Los que
estamos divorciados, me da la impresión, nos convertimos en seres solitarios
pese a sucesivas parejas, en piezas que no encajan en ningún sitio y que antes
formaban parte de un engranaje social, sentimental, económico o como quiera
llamarse, en el que nunca volveremos a estar integrados. Da igual que nuestro
nº aumente cada día, que los divorciados seamos ya legión, nunca parecerá algo
corriente. El fracaso de pareja parece como el ébola, una enfermedad sumamente
contagiosa que se extiende como las llamas en un bosque.
La estela que
deja a su paso es la destrucción. Millones de hogares deshechos, hijos repartidos
como mercancía entre sus padres, disputas en tribunales por posesiones
(custodias, bienes), porque es de los errores que peores consecuencias tiene en esta
vida. Intentar dar marcha atrás, poner soluciones, iniciar una nueva etapa
vital, reinventarse, no es como curar una enfermedad grave para evitar que el organismo
muera. La dolencia persiste pero enquistada, sin remedio, sin cura. Hay que
tomar decisiones drásticas como el divorcio ante determinadas situaciones, pero
es una solución que alivia sólo en parte, pues la ruptura a todos los niveles
es total y permanente.

Y bien lamentable
que es lo que ha acontecido. Esa zona, que he transitado montones de veces,
porque me encanta el tramo de Madrid Río desde ahí hasta más allá de Príncipe
Pío, es normalmente un lugar tranquilo para pasear, con espacios para juegos
infantiles. Pero el lugar por donde tiraron al infortunado al río
no es precisamente uno de los más limpios, porque está junto a un
pequeño puente y una presilla, y siempre hay agua retenida con espuma y mal
olor. En ese puente tenemos mi hermana y yo fotos hechas siendo muy pequeñas. Nadie
hubiera dicho lo que sobrevendría años después.
Mis hijos se
preguntaron extrañados por qué nadie se tiró a socorrer a aquel hombre que
yacía flotando, durante al menos media hora por lo que he leído. Me imaginé la mañana
fría, con niebla, el agua sucia, la violencia embrutecedora desatada en un
momento, quién sabe si no irían también bebidos. Nadie hace nada por nadie, y
menos en medio de tanta desolación. Las imágenes en televisión ofrecían un
paisaje siniestro. Y a quién se le ocurre citarse en las redes sociales para
venirse a pegar con gente de esa calaña. Todos los ultras, da igual del equipo
que sean, son resentidos sociales, descerebrados y potencialmente asesinos.
Todos eran talluditos, es como si no hubiera una edad para sentar la cabeza en
esto del fútbol, partirse la cara o morir por un asunto tan trivial, qué
sinsentido.
Es un mundo este,
en fin, cruel, al que le quedan cada vez menos trazos de humanidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario