
Saviano, amenazado por la mafia napolitana
tras desvelar sus trapos sucios en sus libros, protegido en todo momento por un equipo de
escoltas, y Assange, confinado en la embajada de Ecuador en Londres desde hace
casi 2 años para evitar ser detenido, hablaban con calma de libertad de
expresión y de derechos humanos como si, a pesar de todo, todavía creyeran en
la existencia de tales cosas y nunca les hubieran sido negadas. Parece
increíble que en el siglo XXI y sabiendo lo que sabemos sobre las
irregularidades de organizaciones y estamentos de toda índole, todavía sean los justos
los que son acosados y los culpables los que permanecen libres haciendo y deshaciendo
a su antojo, ostentando poder y riqueza.
Hay en Saviano, concretamente,
una fuerza tan grande, la pasión tan típica de los italianos, y en el fondo una
ingenuidad tan desconcertante para un hombre hecho y derecho como es él, que una mezcla de
esperanza, de inusitada energía vital y cierto velado dolor asoman a sus enormes ojos oscuros.
Dice pasar por momentos muy bajos, de gran depresión, aunque durante la
entrevista no se perciba, quizá por la emoción que siente ante un encuentro tan
especial. Se expresa con las manos, con el rostro, y escucha a su
compañero, Assange, con la vista en el suelo, como meditando todo lo que dice.
Assange, envejecido prematuramente, es como si estuviera en el cuarto de estar de su casa, pues es en la embajada donde está refugiado donde transcurre la entrevista. Por eso ni siquiera lleva los zapatos puestos, sólo los calcetines. Mucho más comedido en su expresividad, habla más deprisa, como norteamericano que es, no tiene la cadencia del italiano. Sus ideas son muy claras y las expone sin vacilación. No se queja, no se victimiza, sólo sobrelleva su cruz con realismo y cierta resignación. En cierto momento son preguntados acerca de lo que el uno opina del otro. Se miran confraternizantes, se suaviza la expresión de sus caras. Ambos se admiran mutuamente, todo son elogios para el otro. Y lo creen sinceramente, no hay adulación.
El juez Garzón, que conduce este
programa, Voces para un mundo mejor, con el que la fundación que lleva su
nombre colabora, entrevista a figuras internacionales que son perseguidas y
aún siguen teniendo algo que decir. Él mismo ha visto su carrera profesional
interrumpida por sus polémicas sentencias. Se ha encargado durante años de
todos aquellos casos que el resto de sus compañeros eludían. No le importa
abordar asuntos espinosos, aunque sus métodos son a veces cuestionables.


El último caso de acoso que me ha
llamado poderosamente la atención, esta vez en instancias tan inamovibles como
las militares, es el de la comandante Zahída Cantero, acosada sexualmente 1º
por uno de sus jefes, y laboralmente después por el resto, pues como pasa con
los médicos hay estamentos que son muy corporativos y hacen una
piña para evitar ver dañada su reputación y poder continuar disfrutando de los
beneficios de su status. Esta mujer llegó a poner los hechos en conocimiento
del mismísimo ministro de Defensa, sin resultado alguno. Dónde están los
derechos humanos. No es de extrañar en una profesión como esta en la que el
sexismo sigue siendo una de sus lacras más arraigadas.
No entiendo cómo con los medios
de comunicación y las redes sociales de los que disponemos actualmente, que
permiten que estos casos tengan una enorme difusión y una repercusión sin
precedentes, no se facilita la erradicación de todos estos males. Es como si
nos paralizara la estulticia, como si nos parecieran normales estos casos a fuerza de
escucharlos a diario y ya no suscite reacción alguna en nosotros. Somos autistas en
potencia, nos asemejamos a los individuos despersonalizados de aquella obra siniestra,
Un mundo feliz, que Aldous Huxley popularizó hace décadas con asombrosa
anticipación. Salgamos de nuestra zona de confort. Cómo puede haber confort en
medio de tanta injusticia.
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