
Que en el centro no supieran que
el chico estaba con un tratamiento psiquiátrico no me extraña tampoco. Aunque
los padres hubieran querido comentarlo y que se llevara confidencialmente se hubiera sabido
enseguida. Estos sitios son como un pueblo, un sitio pequeño donde todos se conocen y pocas cosas se
pueden guardar en privado. Lo que viene a continuación es moneda de cambio habitual:
murmuraciones de los compañeros, etiquetas estigmatizadoras, comentarios maliciosos... Cuando
Miguel Ángel, mi hijo, fue baja médica en el instituto por un tema psiquiátrico
también, a mi hija le preguntaban por él diciéndole que qué tal iba en el
“loquero”, algo que a ella la hería profundamente, como es lógico. Bastante que hay un problema
de esa clase en una familia como para que
encima haya que aguantar las burlas y la crueldad ajena. Pero este ha sido siempre un país de maledicencia cateta y de ignorantes.
Miguel Ángel escuchaba la noticia
con mucho interés. Algunas similitudes con lo que a él le pasa pudimos escuchar: que al chico le
gustaban mucho las armas, que si le atraía el Ejército… Ana ponía caras raras
y me miraba, mientras su hermano no quitaba la vista de la televisión.
Luego, días más tarde, mientras charlábamos de cualquier cosa, le pregunté qué opinaba de lo
sucedido. Él se encogió de hombros, con cierto gesto de tristeza. Le dije si
pensaba que podía haberle pasado algo parecido si no hubiera seguido sus
terapias, pero él lo negó rotundamente: nunca habría llegado a ese extremo
aunque se encontrara mal y no hubiera seguido tratamientos. Quería saber la repercusión que una noticia así
había tenido en él, si se había podido sentir identificado y hasta qué punto
le afectaría. “No te rayes mamá”, me dijo rotundo, zanjando la cuestión al momento, como siempre que le hago partícipe de
alguna idea de esas que se me ocurren a mí, casi siempre descabellada.
Cierto que la esquizofrenia no es
el mal de Miguel Ángel, afortunadamente. Él sí tuvo en el hospital psiquiátrico
de día al que acudió tiempo atrás un compañero que la padecía, aunque leve. Allí no se admitían
pacientes con trastornos graves. Era un chico que sufría mucho, que estaba como ausente y que no podía
ser él mismo casi nunca. Tomaba una medicación que no debía ser suficiente para él. El caso
que nos ocupa, el del chico de 13 años convertido en asesino por un brote
psicótico, es lamentable por partida doble: por el agresor, que no puede
dominar unos impulsos que le llevan a la perdición a él y al objeto de sus agresiones, y por el fallecido y los
heridos, que ninguna culpa tenían.

Me duele mucho todo esto, por lo
que a mí me toca. Velo porque Miguel Ángel no siga jamás malos caminos. Si no
lo supe hacer bien antes con él, por lo menos que ahora nunca pueda decirse que
no hice lo que pude para que tuviera una vida mejor a pesar de sus problemas
psíquicos, aunque me parezca que nada es suficiente, que todo se me hace poco
para él.
Hoy empieza una nueva terapia:
dos trabajadores sociales, un hombre y una mujer, irán a casa por la mañana y
saldrán con él. Harán lo que harían unos amigos, ir a sitios, charlar. Y así
será una vez por semana durante no sé cuánto tiempo. Ellos se fijarán en su
comportamiento social, la clave de todo, en qué falla, qué le obsesiona, qué
necesita. Él, aunque un poco preocupado, parecía ilusionado ante esta nueva
posibilidad que se le abre. Dejaba escapar ayer una sonrisilla especial de vez
en cuando, y se le veía de buen humor, aunque en su caso eso no quiera decir
nada, pues sus estados de ánimo sufren muchas variaciones. Una amiga mía opina que es un sistema novedoso y sorprendente para tratarse de la Seguridad
Social. Posiblemente lleve ya tiempo poniéndose en práctica. No sé qué saldrá
de todo esto, pero estoy segura que todo será para bien.
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