A veces una figura pública que conoces desde siempre te das cuenta, cuando ves una película que recrea su vida, que en realidad era un completo desconocido, que no sabías casi nada de esa persona. Este es el caso de Niki Lauda.
Después de ver Rush (Prisa) me he quedado muy sorprendida, no sólo por lo interesante que ha sido su vida, sino porque los creadores del film han tenido el acierto de enfocar el asunto no sólo centrándose en el terrible accidente que sufrió, sino sobre todo en su rivalidad con James Hunt. Un choque de dos personalidades muy fuertes del que saltaron chispas y que resulta muy interesante, de esos duelos que despiertan el entusiasmo de todos los que lo contemplan, un verdadero espectáculo. Yo, que pensaba que era una película más de carreras de coches, tema que me interesaba hace muchos años, precisamente en la época en que estas grandes figuras estaban en la plenitud de sus carreras, pero que ahora me produce cierto hastío, comprobé que me equivocaba: desde el primer fotograma cautiva, impacta, prende la atención del espectador.

Ver al gran piloto salir airado de la suntuosa mansión familiar con una negativa del padre a ayudarle económicamente para comenzar su profesión como piloto, y un enorme desprecio por parte de éste cuando le dice que no vuelva más por allí, ya captó mi interés por completo. La forma como se hizo un experto en bólidos, de los que conocía todos sus engranajes y había estudiado la manera de hacerlos más veloces, y también su habilidad para conseguir la financiación necesaria para comprarse su propio coche de carreras y que una de las grandes carrocerías le contratara, despertó mi admiración, por su tesón, su pasión y su absoluta confianza en sí mismo, que dejaba perplejos a todos. Niki Lauda fue sin duda un luchador, un hombre muy competitivo y muy ambicioso.
La figura de James Hunt cobra vida a su lado como el eterno rival con el que poco o nada tiene que ver. Hijo de una familia adinerada, estaba contratado en la carrocería de un lord inglés y se hacía acompañar de una comitiva que desplegaba mesas con ostras y champán en los boxes para celebrar los triunfos. Play boy, niño guapo y rico, rubio con melena muy a la moda de los 70, cuando comenzaron su actividad profesional cruzó con Lauda todo tipo de descalificaciones, además de exhibir actitudes chulescas, a las que éste no dejaba nunca sin contestar. Niki, austero, cerebral, poco sociable, muy estricto con las horas de descanso para rendir lo máximo posible, era lo opuesto a Hunt, trasnochador, mujeriego, siempre de fiesta, enemigo de normas y rutinas.

Un día en que hacía muy mal tiempo, en la reunión de pilotos previa a la carrera, Niki se negó a correr y Hunt insinuó que era un gallina. Consiguió que la mayor parte de los competidores le diera a él la razón, y la carrera tuvo lugar. Fue el fatídico día en que Lauda tuvo el accidente fatal que casi le costó la vida. Hunt se sintió culpable, lo cual no le impidió seguir compitiendo y ganando, ya sin la molestia de un rival, mientras el accidentado le veía por televisión en el hospital y pedía que continuaran con las dolorosas pruebas que tenían que hacerle para curar sus quemaduras y extraerle las inmundicias que se habían introducido en sus pulmones mientras estuvo aprisionado en el bólido en llamas, todo por recuperarse lo antes posible y quitarle el podio ganador al odiado enemigo.
En la 1ª rueda de prensa que concedió cuando ya estaba recuperado, un periodista tuvo el poco acierto de preguntarle qué le parecía a su mujer el nuevo aspecto que tenía, si eso había influído en su matrimonio. Él se levantó bruscamente airado, dando por terminada la reunión. Hunt, que estaba presente, cogió por banda al periodista cuando ya se marchaba y, metiéndolo en un lugar apartado, le propinó una soberana paliza, mientras le decía que qué le parecería ahora a su mujer la cara que se le había quedado.
En los circuitos se podía ver a Lauda y Hunt departiendo amistosamente, pues en realidad lo que habían sentido siempre era mutua admiración. Niki Lauda lamentó profundamente que Hunt muriera a los 45 años de un ataque al corazón, después de una vida de excesos. Él, retirado hace tiempo, continúa inmerso en el mundo de las carreras como comentarista. Las marcas que tiene en la cara y parte de la cabeza y la gorra de visera que utiliza para taparlas siguen siendo sus señas de identidad. Es una existencia entera dedicada a una pasión: el riesgo, la velocidad, la competición.
No hay comentarios:
Publicar un comentario