Enfrentarse a una nueva película de Harry Potter es siempre una experiencia interesante en la que no sabes con qué te vas a encontrar. Mucho han cambiado los personajes y el estilo con el que se han rodado las diferentes historias que componen la saga a lo largo de más de una década. Mi hijo me preguntaba cuántos años tenía él la primera vez que fuimos al cine a ver el inicio de lo que después sería un fenónemo a escala mundial. Y la verdad es que ya ni me acuerdo, pero era bastante pequeño.

Me encantaba el universo creado por Rowling, primoroso, barroco, lleno de color y de imaginación. Los objetos, los hechizos, los paisajes a vista de pájaro, todos los rincones del colegio, el tren que los llevaba hasta allí y la estación, con ese sabor antiguo que ya no se percibe en las de hoy en día, tan frías y vastas. Quizá fuera la novedad, el ver materializado un mundo que respondía a una imagen, un ideal que sólo existía en mi imaginación y que nunca pensé poder contemplar como algo real, con ayuda de las modernas técnicas de recreación por ordenador.
Pero a partir de la tercera o cuarta película ese universo se ensombreció. Coincidiendo con el crecimiento de los actores protagonistas, convertidos en adolescentes, se modificó el tono de los argumentos y se expuso a los intérpretes a escenas cada vez más arriesgadas, a momentos cada vez más siniestros, morbosos y fatalistas. Fue aquí cuando la historia de Harry perdió interés para mí, aunque nunca del todo.
En un reportaje que vi las cámaras se metieron en el rodaje de esta última película, el capítulo final de Harry Potter. Los actores, ya convertidos en adultos, confesaban su absoluta fascinación por el mundo ideado por Rowling, y lo maravilloso de los escenarios, construidos para rodar una sola escena y que eran destruidos enseguida, para consternación de los protagonistas, porque les parecían hermosos y únicos. Afirmaban sentir tristeza porque sabían que aquel era el último film que rodarían sobre Harry, la última vez que estarían juntos, después de tantos años compartiéndolo todo. El actor que interpreta a Ron decía que tenía montones de juguetes en su camerino, que llevó cuando empezó a trabajar allí siendo un niño.

En esta última película, pensé en un cierto momento que la escritora iba a eliminar definitivamente a Harrry, pues suele ser un tanto retorcida a la hora de imaginar desenlaces. Me pareció cruel, pues si quería dar por zanjada una historia que ya la debe tener más que exhausta, no hacía falta conducir al protagonista a un destino tan penoso después de haberlo hecho pasar por tantos sufrimientos e incertidumbres. Como se decía en el propio film, es como si fuera el cordero que es llevado al matadero después de haber sido cebado durante mucho tiempo. Pero finalmente no fue así. Las escenas finales de los actores, caracterizados como si tuvieran más años, casados y acompañando a sus hijos en la estación donde cogerían ese mismo tren que los llevó a ellos a Hogwarts tiempo atrás, me parecieron una solución más benigna, un alivio para los espectadores, y también una salida muy convencional.

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