Recordaba a mi tía con sus bikinis, su esterilla, sus aceites solares con olor a coco o a limón. Era capaz de tomar el sol con los brazos extendidos en cruz durante horas. Se metía en el agua un ratito, no mucho porque, como le pasa a mi madre, no sabe nadar y no se encuentra en su elemento.
Pero los años no pasan en balde, para ninguno. Ahora usa bañador, prefiere una silla baja con respaldo alto reclinable, usa crema bronceadora de un factor razonable y prefiere estar de palique antes que dedicar todo el tiempo a tostarse. Si no se mete en el mar tampoco lo echa en falta.
Parece que nos falta alguien. La abuela estaba siempre ahí. Sin ella estamos incompletos. Aunque están mis hijos, a los que no llegó a conocer. Le hubiera encantado verlos.
Tengo una imagen grabada en mi cabeza desde hace años. En ella veo a la abuela y a mi tía juntas, de espaldas, sentadas en la arena de la playa, una tarde cualquiera. Mi abuela llevaba puesto el albornoz blanco tan elegante que tenía, y un gorro a juego para proteger la cabeza del sol. Mi tía a su lado, con el mismo pelo rubio platino que lleva ahora muy corto en una melena recta. Las dos miraban el mar silenciosas, pensativas. Mientras contemplaba esta escena desde la terraza de los apartamentos que por entonces ocupábamos, tenía la intuición de que sería como una fotografía más de mi album virtual mental, un retrato de familia que perduraría en el tiempo mientras me durase la memoria, incluso cuando alguno de sus componentes no estuviera ya en este mundo. Hay estampas que se te quedan grabadas en la memoria sin saber por qué.
Hasta ahora viajábamos en Altalia, pero este año nos hemos beneficiado del Alvia, que es mucho más rápido. En un cuadro electrónico situado dentro del vagón se podía ver la temperatura exterior, la hora, el destino y la velocidad (llegamos a alcanzar los 244 km/h.). En 3 horas y 1/2 hacemos un recorrido que hace años tardábamos algo más del doble en hacer viajando en autocar.
Pero aunque hubiéramos ido en clase turista habría sido un lujo de todas formas. En otros medios de transporte sí se nota mas la diferencia. Las dos últimas veces que he volado me he sentido como si fuéramos sardinas en lata. Apenas habia sitio para moverse y el aspecto interior del avión no era muy alentador. No ocurrió así hace 16 años y medio, cuando volé por 1ª vez en mi luna de miel. Pero los tiempos han cambiado, y ahora ya no saben que hacer para abaratar los costes.
Recuerdo la imagen de la pelicula Titanic, cuando el barco se estaba hundiendo y los de 3ª clase iban hacia 2ª y 1ª clase, corriendo entre las ratas que pugnaban como ellos por salir también a la superficie. En la exposición sobre el tema que visité, se veía claramente las diferencias abismales en las condiciones de vida de los pasajeros dependiendo de la clase a la que pertenecieses.
Leí una vez que lo interesante es el viaje, porque es la aventura, y que todo concluye cuando llegamos a nuestro destino. Lo importante no es tanto arribar a buen puerto como lo que nos sucede mientras tanto.
Quizá pase un poco como en la vida, que nos preocupa tanto la meta que nos olvidamos de disfrutar del recorrido en sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario