

De repente, el paisaje va cambiando. El cielo se encapota y se vuelve gris oscuro, casi negro. Copiosos copos de nieve cubren en pocos minutos el campo. La sangre de los combatientes tiñe de rojo el blanco manto.
Arrecia la ventisca. En una imagen totalmente manga, se ven los rostros ladeados de cada uno de los protagonistas, que miran hacia el suelo, inmóviles en medio de la tormenta de nieve. El paisaje responde a los estados de ánimo de los seres que lo pululan, y también a los acontecimientos que tienen lugar. Cuando el amor resplandece en todo su esplendor hay verdes praderas llenas de flores mecidas por el viento iluminadas por cálidos rayos de sol. Cuando hay negros presagios el paisaje se ensombrece, se llena de frío, los colores se ausentan y surge una blanca pureza.
En el cine de Zhang Yimou abundan también grandes lagos de aguas inmóviles y cristalinas con alguna casita de madera en medio, en medio de altísimas montañas. Los actores se mueven a grandes zancadas por la superficie como si de un prodigio se tratara.
En todo momento una dulce música oriental de violines y otros instrumentos de cuerda chinos acompaña el relato y la contemplación de unas imágenes con una estética magnética y cautivadora. Junto a la música, una aún más dulce voz de mujer va desgranando suaves y melancólicas melodías.
En el cine que nos viene de China ha habido más cambios estéticos que argumentales a lo largo de los años. Recuerdo aquel ciclo de cine chino que pusieron en televisión hace mucho tiempo, en el que parecían no tener más actor que Toshiro Mifune, pues en todas aparecía como único protagonista. Eran cintas en blanco y negro, llenas de dramatismo, y los intérpretes escenificaban la acción con un lenguaje corporal que ha permanecido invariable hasta la actualidad y que es típicamente oriental: reverencias constantes a modo de saludo o en señal de respeto, movimientos muy rápidos, bruscos cambios de estado de ánimo pasando por todas las emociones imaginables….
En La casa de las dagas voladoras y otras películas parecidas de la última generación de cine chino, a esa inmutable forma de interpretar de los actores chinos se añade ahora el uso de avanzadas tecnologías audiovisuales, con un efecto sorprendente, hay una belleza y una plasticidad que hipnotizan, distintas a todo lo visto anteriormente.


En el cine chino ha sido además proverbial el gusto por el sexo, mostrado muy explícitamente, y del que los orientales han tenido siempre fama de ser unos verdaderos maestros. Las últimas películas que de allí nos han venido, sin embargo, no hacen esos alardes, es un tema que se trata veladamente.
Recomiendo ver cine chino, pues está muy lejos del estereotipo que se tiene normalmente de películas largas, pesadas e incomprensibles. La mentalidad oriental goza de una complicada sencillez que no deja indiferente, que sorprende y atrae. Es bueno saber cómo entienden el mundo en otras culturas ajenas a la nosotra.
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