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Le habló con más calma, paciencia y afecto de lo habitual. Antes procuraba despertar en Miguel Ángel algún tipo de reacción que pusiera al descubierto el origen de sus problemas emocionales, pero con brusquedad. Pensaba que Jesús sabría como nadie, con su experiencia, la mejor manera de llevar este asunto, pero no dejaba de desagradarme la forma de hacerlo. Le sacaba siempre a Miguel Ángel el tema de Artemisa, la chica de la que está enamorado, para intentar convencerle de que desechara ese sentimiento, o le jaleaba para que se decida de una vez a hacer deporte y a ponerse a estudiar. Ponía el dedo en todas las llagas, en todo aquello que le es difícil cambiar, estancado como está en sus rutinas, y a Miguel Ángel le escocía. Su reacción solía ser la misma: levantarse del asiento muy serio y envarado, y salir dando un portazo. Luego estaba de mal humor conmigo también en casa. Un cuadro.
Para un psicólogo no hay temas que sean tabú, todo debe ser sacado a la luz y hablado. Yo soy de su opinión, y lo llevo a la práctica en mi propia vida desde hace años. Pero me duele ver a Miguel Ángel sufriendo, aunque sé que es necesario. Es tozudo, y más cuando cree tener razón o simplemente no le apetece hacer algo.
Pero en esta última ocasión Jesús ha mudado su actitud. Alabó las cualidades naturales de Miguel Ángel: muy amigo de sus amigos, siempre colaborador, generoso, apasionado. Él parecía escucharle complacido, relajado. Su postura, que solía ser permanecer a la defensiva, había cambiado también. Sabe que él es ahora una de las personas en el mundo que mejor le conocen, y Jesús es muy inteligente y perspicaz, muy observador, pocas cosas escapan a su atención.
Había observado cuando entramos a su consulta un folio sobre su mesa en el que había impreso a color la foto de un niño. Le pregunté si era su hijo y me dijo que sí. Creía que Jesús, que tiene más o menos mi edad, tendría un niño más crecido, pero ha sido padre tardío. Me comentó que tiene 2 años, aunque parecía mayor. Estaba sentado en la parte de atrás de un coche, sobre el asiento de seguridad, y estaba rodeado de pequeños peluches. El sol entraba a raudales por los cristales traseros y lo llenaban de luz, mientras él le dedicaba una sonrisa a la cámara, casi idéntica a la que tiene Jesús. Se parecían extraordinariamente, sólo que en pequeño y con pelo.
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