El café Gijón, que ha amenazado con desaparecer en breve si le quitan la terraza, ha sido siempre punto de encuentro cultural de Madrid, y un sitio emblemático que cualquiera que visite nuestra ciudad no puede dejar de visitar.
Para la ocasión, se habían reunido un montón de escritores y artistas con el aire típicamente bohemio al uso: melenita canosa, recogida a veces en una cola de caballo, pañuelo al cuello, ropa de sport descuidadamente estilosa, alguna que otra gorra negra tipo pintor parisién.
Hubo palabras de elogio a Miguel Hernández, declamación más o menos lograda de algunos de sus poemas, que los asistentes repetían al unísono en voz baja, rasgueo de guitarra y un ballet aflamencado de un miembro de la Compañía Nacional de Danza acompañando el recital. A cada actuación seguían los aplausos de los allí reunidos. La megafonía resultó espantosa, y sólo logró que los concurrentes guardaran silencio algún que otro declamador que supo emplear la fuerza de sus pulmones para lograr alzar su voz por encima del ruido ambiente.
Poemas desgarrados, agridulces, de arrebatada pasión amorosa, surgidos de un hombre joven y sensible, desesperado, al que sabía que le aguardaba un destino trágico, vuelven a erizarme la piel igual que lo hicieron antaño, cuando siendo jovencita los estudiaba en el instituto.
Quizá la única pega que le pongo yo a estos homenajes es que parecen más una reunión de reivindicación política que otra cosa. Volver una y otra vez a la guerra civil es casi una ridiculez teniendo en cuenta que nadie de los allí presentes la vivimos, o puede que alguno sí pero muy en la niñez.
Lo cierto es que la media de edad de los que allí estaban era considerable, y me pregunté qué sería de la intelectualidad española en un futuro no muy lejano, cuando todas esas personas hayan muerto. Me imagino que siempre habrá gente joven para tomar el relevo, pero tengo la impresión de que serán muchos menos y con menos fuerza.
Me presentó Javier a un poeta amigo suyo, Hilario Martínez Nebreda, que fue quien le sugirió que participara en este libro, sabiendo su pasión por el poeta. Con él se encontraba una joven pintora, habitual de las reuniones del café Gijón, que nos dijo que las poesías que allí se recitaban con cada encuentro servian de inspiración a algunos de sus cuadros, y al revés, algunas de sus obras habían inspirado a los poetas. Una curiosa colaboración artística en la que unos y otros se enriquecen en su transitar por los caminos del arte.

A mi madre le ha gustado siempre mucho también Miguel Hernández y, como ya he dicho, me conmovía profundamente cuando, con 16 años, lo estudiaba en la clase de literatura. Sus Nanas de la cebolla, dedicadas a su hijo recién nacido, tan conocidas, me llegaron al alma ya en aquel entonces.
Como le dije a Javier, qué dicha, a pesar de todo, que te sigan recordando y venerando tantos años después. Se veía que los que allí acudieron sentían adoración por el poeta, y aquella era una pequeña cohorte de seguidores representativa de un grupo mucho mayor aún, repartido por toda la geografía nacional y fuera de nuestras fronteras.
Hay pensamientos y hay sentimientos que son intemporales, imperecederos. Los de Miguel Hernández entre ellos.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
2 comentarios:
Me sobra corazón.
Hoy, descorazonarme,
yo el más corazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.
No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.
Así es, así somos algunos. Me encanta...
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