Sabía cuando fui a verla que era un musical, pero aún así o precisamente por eso quise verla. Intuía, no sé por qué, que no iba a ser uno cualquiera. Y así fue, Los miserables sobrepasó mis expectativas con creces.

Hay una melodía en especial, de las muchas que canta, que me pareció bellísima y conmovedora, cuando está velando el sueño del amor de Cosette, su protegida. No cuesta mucho imaginar por qué fue elegido este actor para interpretar el papel. Fueron su bondad natural, su porte, y desde luego su increíble voz, tan bonita, que alcanza registros insospechados. Es maravilloso oírle pasar de las notas más graves a las más altas con tanta facilidad. Está nominado este año muy merecidamente al Oscar al mejor actor.

Pero la sensación absoluta fue escuchar a Anne Hathaway. Como actriz nunca me había llamado mucho la atención, siempre en papeles de comedia ligera, salvo alguna excepción. A pesar de poner tanto de su parte, me parecía algo histriónica, pero en esta ocasión me ha sorprendido. Qué voz más dulce, qué notas más altas consigue alcanzar de forma tan natural, cómo ha sabido transmitir el sufrimiento de la adorable y desdichada Fantine.

Las actrices que interpretan a Cosette son magníficas, tanto la niña, que tiene una voz preciosa, como la joven, una intérprete que no conocía y que posee unos registros dulcísimos. La imagen infantil, que se utilizó para el cartel publicitario de la película, se basa en la ilustración de la portada de la 1ª edición del libro de Víctor Hugo.

El director del film, Tom Hooper, que ya hizo gala de su enorme inteligencia y sensibilidad con la estupenda El discurso del rey, quiso que las voces se grabaran en directo, en lugar de en un estudio, y que no fueran retocadas después. Todo valor y talento al servicio del cine.
El vestuario fue diseñado por un español, que creo que está nominado al Oscar por su trabajo, por lo que continuamos con nuestra excelente promoción cinematográfica fuera de nuestras fronteras, iniciada el año pasado. Que sepa el mundo entero la calidad de lo que aquí se hace.

Al final, fuimos muchos los que nos limpiamos las lágrimas tras el tristísimo, conmovedor y épico desenlace, que arrancó un aplauso de los asistentes, algo que no veía hace mucho en una sala de cine. La pobreza, como la riqueza, es algo intemporal, todos los tiempos han estado aquejados de las mismas cosas, pero a través de los ojos y la pluma de Víctor Hugo se nos traslada al presente con una inusitada crudeza, testigos una vez más de la sempiterna injusticia social.
Los miserables, seres a los que las circunstancias pusieron en el lugar más bajo del escalafón social, que vinieron a este mundo nada más que a sufrir y que agotaron su vida tras pasar por todo tipo de calamidades. Quién puede decir que no perduran aún.
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