
Me hizo gracia cuando leí que un intruso quiso colarse en la reunión preparatoria previa al cónclave, haciéndose pasar por un cardenal más. Me pregunto cómo habrá podido burlar la seguridad que yo suponía férrea en un lugar como ese. Le cogieron por la pinta que llevaba: sotana demasiado corta, fajín no reglamentario y cruz demasiado grande. Y es que todo lo que sucede en el Vaticano suscita una enorme curiosidad, por lo ancestrales que son sus costumbres y por las ceremonias tan particulares y secretas que allí se celebran cuando hay que elegir nuevo Papa.
Benedicto ha huido del mundanal ruido. Eso quisiera hacer yo también, con muchos menos años que él.

Veremos cómo resulta. Me ha sorprendido que fuera un hispanoparlante. Está bien que haya variedad. Sería un acierto que alguna vez se decidieran por alguien de otra raza. Y también que las mujeres pudieran acceder a esos estratos tan encumbrados de la Iglesia. Se habla mucho de ello últimamente. La polémica está servida.

Sé de alguien que durante el transcurso de una fuerte discusión liberó tal cantidad de energía que fue capaz de desprender una estantería de los clavos que la anclaban a la pared, y que no se había movido de ahí en años. Fue algo intenso, inusitado e inconsciente, desagradable de ver por la violencia del momento, pero interesante.
Cuántas cosas he imaginado o intuido, sin haberlas contrastado con información ninguna, y luego las he visto expuestas con todo lujo de detalles cuando menos lo esperaba. Es muy reconfortante saber que no siempre son extrañas las ideas que rondan mi mente, y muy esclarecedor.
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