Los medios de comunicación tienen hoy en día una repercusión sin precedentes, apoyada por la enorme difusión de aparatos de telefonía e Internet que hacen que cualquier suceso se termine magnificando. Con los desastres naturales que acontecen en el mundo entero, llegamos a creer que nunca antes hemos sido sacudidos por la furia de la Naturaleza como ahora. Pero no es así.
Los tornados de Oklahoma son una muestra de ello. Cierto es que aquella es una zona propicia para que se formen, y que los que están teniendo lugar últimamente son especialmente frecuentes y virulentos. Pero por lo que se ve nadie está libre, pues sin ir más lejos hubo uno en Madrid en 1886 de fuerza 2 (el máximo es 5), también en primavera.
Mirando las diferencias entre un tornado y un huracán, he comprobado que no tienen nada que ver, contrariamente a lo que yo creía. Un huracán se origina en el océano, en zonas tropicales, con vientos que pueden llegar a los 240 km/h, un diámetro de hasta 1800 kms., duración entre varios días y varias semanas, y no están asociados a tormentas. Un tornado se origina en tierra, en zonas de montaña interior, con vientos de hasta 500 km/h o más (¡increíble!), un diámetro como mucho de apenas unos pocos kilómetros, dura unos pocos minutos (horas excepcionalmente), y sí están asociados a tormentas.
Los tornados son muy imprevisibles en comparación con los huracanes, aparecen de repente y en poco tiempo lo arrasan todo. Hace unos días veía cómo uno de ellos tiraba un camión de gran tonelaje en Oklahoma. Un experto que los seguía desde hacía 30 años pereció junto con su hijo y un compañero. Me parece que nadie que esté en su sano juicio se mete con un vehículo, por muy preparado que esté, dentro de un embudo semejante. A veces nos consideramos inmunes a todo, y la fuerza de la Naturaleza es incalculable, no podemos controlarla ni someterla.


A las 11 de la mañana del 21 de enero de aquel 1910 la mayor parte de los relojes públicos de la ciudad se detuvieron. El Sena había inundado la central eléctrica que los suministraba de energía. Al día siguiente el río empezó a ocupar el centro de París. Multitud de personas reunidas en puentes y terraplenes contemplaron cómo el río arrastraba enseres, cadáveres de animales y restos de edificios, todo lo que había arrasado en su camino hacia el mar. Los ojos de los puentes estaban ciegos de la cantidad de agua que pasa por debajo de ellos, y el nivel iba aumentando.

En las afueras, el Sena inundó los campos y las localidades próximas.
En total cientos de calles y la 4ª parte de los edificios de París se inundaron. Una semana después de comenzada la catástrofe, el 28 de enero, el agua llegó a su máxima altura, 6 metros por encima del nivel normal. Durante esa semana miles de parisinos tuvieron que ser evacuados de sus hogares, y se cerraron la mayor parte de las infraestructuras de la ciudad.
En las bocas de metro el agua llegaba hasta las escaleras de salida, cuando no aparecían completamente sumergidas. El ferrocarril circulaba por vías inundadas.
A medida que las plantas de purificación y vertederos se volvieron inaccesibles, los parisinos empezaron a tirar las basuras en el Sena por el puente de Tolbiac. Se organizaron servicios de reparto de provisiones y necesidades básicas. Los hogares por fortuna tenían reservas de carbón para la cocina y la calefacción.
El 29 de enero París se despertó con una radiante mañana de sol, y a partir de ahí comenzó el fin de la pesadilla. Los soldados montaban guardia en puntos escogidos y se repartía vino caliente a los ciudadanos para combatir el frío. Se instalaron bombas de achique para vaciar bodegas y sótanos.

Así sucedió el año pasado con las tormentas de viento y lluvia que azotaron Nueva York. Una gran ciudad como es esa quedó prácticamente paralizada, con los servicios eléctricos e informáticos cortados.
Cuando arrecia el temporal y las fuerzas de la Naturaleza se desatan, no hay adelantos tecnológicos que valgan. Lo mejor es ponerse a cubierto y encomendarse a todo lo divino y lo humano.
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