
Esta es la historia de un muchacho hindú que desde pequeño goza de una sensibilidad y una capacidad de pensamiento fuera de lo común, que le hace ser distinto de los demás y provoca el rechazo ajeno. Pi le da vueltas a todo lo que ve y oye, y por todo se pregunta. Él cree que los animales tienen alma, y que basta con mirarles a los ojos detenidamente para saber lo que están sintiendo. Cuando intenta dar de comer al tigre del zoo propiedad de su familia su padre lo evita y le reprende, poniendo en su lugar una cabra al alcance de la bestia para demostrarle su fiereza y que su instinto puede más que cualquier otra cosa.
Luego le surgen dudas respecto a la religión. Su hermano mayor apuesta con él a que no es capaz de ir a una pequeña iglesia católica que hay en la zona donde viven y beberse el agua bendita. Cuando entra allí se siente fascinado por las figuras y pinturas que ve, y empieza a hacerle preguntas al sacerdote del templo. Cada día entra con la excusa de hacerle una nueva pregunta, hasta que al final decide que, además del hinduismo, también el catolicismo puede ser una de sus creencias.
Más tarde adoptará algunos de los ritos musulmanes, y adorará a Alá arrodillándose varias veces al día en dirección a La Meca. Cuando está con esos rituales nadie de su familia le molesta, pero a la hora de la comida su padre le interpela sobre el asunto: no se pueden tener varias religiones a la vez porque se termina no siguiendo ninguna. Pi escucha en silencio, pero no parece muy de acuerdo.

Son impactantes las imágenes de Pi buceando hasta llegar a los camarotes, donde ya nada puede hacer por salvar la vida de su familia, a la que la muerte ha sorprendido durmiendo. Él es puesto a salvo aún a su pesar, y cuando un golpe de mar se lleva a todos los que iban a embarcar con él en el bote salvavidas, es nuevamente increíble cómo se tira al agua y desde el fondo contempla horrorizado el hundimiento lento y espectacular del barco, aún con todas las luces encendidas en medio de la oscuridad, mientras inicia un nuevo viaje, esta vez a las profundidades submarinas.



Los dos encargados de investigar el hundimiento del barco no creen el relato de Pi, que se repone en un hospital, y éste tiene que inventarse una historia, en la que prima la antropofagia entre los miembros de la tripulación, para que así le crean. La espiritualidad y el valor no tienen cabida en el mundo real, al que por fin ha descendido desde las nubes de su idealismo, sólo la sordidez y la oscuridad.
Durante su penosa travesía, sometido a todo tipo de pruebas, tuvo tiempo y ánimo para la oración, a pesar de la adversidad. Cuando una nueva tribulación surgía, Pi le preguntaba a Dios qué quería de él, para finalmente decir que se hiciera Su voluntad. Al encontrarse la isla flotante, dio gracias a Dios por permitir reponer sus fuerzas, y por descubrir que tampoco aquel era el lugar definitivo donde permanecer, lo que le sirvió para seguir explorando.

El otro mensaje es que no hay una única mirada para el mundo, ninguna religión es mejor que otra, la sabiduría que todas ellas encierran tiene su aplicación en la vida de las personas. Creer en los 330 millones de dioses del hinduismo, y al mismo tiempo en la única figura de Cristo o Alá, no tiene por qué causar confusión. Pi dedicará el resto de su vida al culto de todas estas creencias, absorbiendo las enseñanzas de cada una y beneficiándose de lo positivo que hay en ellas, con el fin de alcanzar la realización personal. Esto permitirá que, pese a la tragedia vivida, pueda permanecer en paz para siempre.
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