
Ella, que ha sido madre hace unos meses, está sufriendo el inevitable cuestionario que te hace la gente cuando estás en determinadas fases de tu vida. Son preguntas de Perogrullo típicas de personas de baja extracción que se plantean con dudosa intención. Es como si estuvieras en un concurso y tuvieras que pasar todas las pruebas que se le han hecho al resto del mundo, siempre las mismas, obligatoriamente, y el que pregunta quiere comprobar si eres capaz de superalas, si funcionas como todo quisqui.
En mi familia jamás las hubo, pero sí en mi ex familia política y vecinos de mi barrio. Y te las hacían no una vez sino muchas. Que si tienes novio, hasta que lo tienes, que cuándo te vas a casar, hasta que te casas, que para cuándo el hijo, hasta que te quedas embarazada, que qué prefieres si niño o niña, como si se pudiera elegir, hasta que lo tienes, que para cuándo el siguiente, como si hacer hijos fuera lo mismo que fabricar churros. Y luego se ponen ellos de ejemplo o a gente que conocen. Pues a fulanito le pasó esto, a menganita lo otro, como si le importara a nadie lo que hagan los demás.
Y al llegar a este punto ella se plantea por qué la gente tiene más de un hijo, sobre todo antiguamente, en que abundaban las familias numerosas. Lorz opina sarcástica como suele ser ella que para tener de repuesto por si se te muere alguno o, como dice una amiga suya, para reserva de órganos. Ciertamente lo del hijo de “repuesto” era la mentalidad de hace décadas, aunque no se dijera de esa forma. Los adelantos en medicina no eran los de ahora, y se podía perder fácilmente a algunos de tus vástagos por alguna epidemia, accidente o cualquier otra calamidad que uno se pueda imaginar, incluída una guerra como la que aquí tuvimos, impensable hoy en día pero factible en su momento. Lo de la “reserva de órganos” ya es más actual.
A mí siempre me fascinaron las familias numerosas, me parecía que en ellas nunca cabía el aburrimiento. Esta idealización se agudizó cuando en mi niñez ponían en televisión series como “Con ocho basta” o "Los Walton", pues estaba muy de moda hacer programas edificantes en los que aparecían familias ejemplares que pasaban por multitud de peripecias vitales que siempre lograban solventar, en loor de la unión fraternal. Pero la realidad suele ser otra, una pareja no decide tener tantos hijos para pasárselo bien formando una gran familia, sin tener en cuenta el trabajo que supone y el titánico esfuerzo económico, entre otras cosas.
El dicho aquel de que donde come uno comen tres puede que sea cierto, pero a la comida hay que añadirle hoy en día la hipoteca del piso, las facturas de necesidades tan básicas como la luz que no paran de subir, el coche, los impuestos, las vacaciones, cosas a las que no estamos dispuestos a renunciar, a pesar de la precariedad laboral. Antes la planificación familiar era casi inexistente, por razones culturales o por simple ignorancia se tenían los hijos “que Dios mandara”, que es más o menos lo que preconizan los del Opus Dei aún en la actualidad. Hay que extender el Reino de Dios. Ponerle freno a esa capacidad creadora es oponerse a los designios divinos. Había que dar gracias al Creador por conceder el don de la fertilidad que a otras parejas le había sido negado, para su desgracia. Los hijos son un regalo del Señor. “Dios proveerá”, se decía.
Con frecuencia el motivo por el que se tenían tantos hijos era para tener mano de obra a la que no había que pagar un sueldo, en zonas rurales para las faenas agrícolas y para cuidar el ganado, algo que en sitios como La India se sigue haciendo.
Lo que no se entiende, con los medios y la información que tenemos en el siglo XXI y en el mundo “civilizado”, es que haya embarazos no deseados y un alto índice de abortos, o que una pareja tenga un hijo para conseguir una ayuda social. A qué extremos hemos llegado, es una aberración.
Yo doy gracias a Dios, ciertamente, por los hijos que he tenido, que no han sido muchos pero sí únicos para mí. Sin ellos ya no sabría vivir.
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