Siempre en verano, época del año en que parece que todo vale, sufrimos las inclemencias del mal gusto allá donde se mire. Contemplando la televisión vemos anuncios en los que, por ejemplo, una conocida y bella actriz española le coge la mano a un no menos atractivo acompañante para, en su puño cerrado, introducirle un tampón de una conocida marca y mostrarle cómo se utiliza, terminando poco después zambulliéndose en una maravillosa piscina. Todo en el anuncio es reprochable: que él metiera la mano en la bolsa de ella, y que ella hiciera semejante simulacro de penetración.

Pero no queda ahí la cosa en lo que a ahorrar costes se refiere. Al reclamo de “Me llaman dedo”, la cámara sigue efectivamente a un dedo, a veces limpio, a veces impregnado de diversas sustancias, que se pasea de aquí para allá con el único fin de que lo sigamos, hipnotizados, para terminar haciendo lo que sugiere, o más bien impone, que es nada más y nada menos que beber una determinada marca de cerveza. El susodicho propietario del dedo seguramente ya habría tomado algunas, a juzgar por los mareantes movimientos de cámara.
Y no sólo en los spots televisivos podemos ver semejantes muestras de debilidad mental. Presenciamos horrorizados cómo en el telediario de la hora de comer salen imágenes de una playa, en no sé qué sitio de nuestra geografía, en la que se puede estar desnudo o vestido, según se quiera. Es entonces cuando una pareja cuarentona aparece al fondo, tras la locutora, sin ropa, acuclillada en la orilla recibiendo las pequeñas olas que masajean sus partes más íntimas, con gran placer para ellos. En los informativos siempre ponen en estas fechas secuencias playeras en las que parecen inevitables los primeros planos de mujeres en top less, tumbadas sobre la arena o también en la orilla chapoteando. Los cámaras son todos hombres por lo que parece, voyeurs diría yo. Ignoro la clase de selección de personal que hacen en las cadenas de televisión.
Lo cierto es que no suelo ver mucha publicidad porque siempre estoy en Digital +, que tiene anuncios pero pocos, a los que no suelo prestar atención, pero cuando alguna vez conecto con los canales habituales raro es el día en que no me sorprendo con alguna nueva "propuesta". ¿Dónde está el modelo que todos los años, con su eterno bañador blanco sobre su escultural cuerpo, anuncia una conocida marca de perfume? El divino solíamos llamarle en casa. ¿O dónde están esas olas de helado que avanzan girando sobre sí mismas para nuestro deleite?

Tienen los anuncios en verano algo especial, chispeante, imaginativo, lleno de color y de sugerencias, acicates para nuestras mentes, cansadas del trabajo de todo el año, que pretenden paliar la sequía de la estación y de nuestros planes vacacionales, sometidos a los rigores de la crisis. Disfrutémoslo como mejor podamos.
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