Hubo dos hombres negros que fueron coetáneos y que lucharon, cada uno a su manera, por los derechos de los de su raza. Fueron Cassius Clay y Martin Luther King.


Cassius renunció a la religión que profesaba para unirse a los musulmanes. Se cambió el nombre, como es bien sabido, para reforzar este argumento. Rechazó también alistarse en el Ejército cuando fue llamado a combatir en Vietnam. Se le tachó de antipatriótico y de cobarde, él que combatía en el ring casi a diario. Cassius declaró que a él no le habían hecho nada los vietnamitas, que ellos eran hijos de Dios lo mismo que él y que no iba a ir allí a exterminarlos sólo porque otros lo hubieran decidido así. Se lo hicieron pagar caro al despojarle de su título de campeón del mundo y estar 3 años sin poder pelear. Cuando la propia sociedad norteamericana abominó de aquel conflicto bélico todos se dieron cuenta de que al púgil no le faltaba razón, aunque los prejuicios raciales impidieran que esto fuera reconocido públicamente.
La imagen del boxeador sonado por tantos golpes no cuadraba con Cassius Clay. Él pensaba, y muy deprisa. Su voluntad era de hierro y no había quien la doblegara, forjada en la lucha por la vida desde su infancia, cuando con tan sólo 12 años empezó a boxear.

Luther King encabezó una memorable marcha en Chicago contra la guerra de Vietnam. Era también, como Cassius, un hombre muy religioso. Había una gran espiritualidad en la población negra de EE.UU. en los 60. La injusticia social, la violencia racial, la pobreza y la falta de oportunidades, eran miserias que había que erradicar, y los que luchaban por reivindicar los derechos de los negros se ponían en manos de Dios para hallar la fuerza necesaria con qué combatirlas.
Fueron muchos los que participaron en esa lucha, pero hoy quiero traer a colación a estos dos hombres, Cassius Clay y Martin Luther King, por lo excepcional de su trayectoria vital. Para ellos, y los que con ellos arrimaron el hombro, nuestra admiración y respeto.
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