Volvía a ver Conrack, la maravillosa película sobre la que ya escribí en septiembre de hace dos años, una de las obras maestras que interpretó Jon Voight en su juventud, cuando aún estaba inspirado por las 9 Musas a la vez. En cada ocasión extraigo de este film una nueva reflexión, una nueva enseñanza, un nuevo motivo de goce. Un profesor blanco que es destinado a una escuela de niños negros en una isla perdida en el Sur de EE.UU. da pie a una historia preciosa que fue real y que marcó la vida de sus protagonistas para siempre.

Les pone música clásica, despertando su interés con asociaciones que a ellos les llaman la atención: Rimsky-Korsakov y su vuelo del moscardón, la muerte en la 5ª sinfonía de Beethoven, el sueño con Brahms y su canción de cuna. Les hace sesiones de cine con palomitas, aprovechando un viejo proyector abandonado. Les recita pequeños poemas y frases elegíacas para familiarizarlos con los grandes escritores. Cuelga un cuadro de Picasso donde se muestra una vagina para sus clases de anatomía. Hay muchas referencias culturales en esta película, algunas desconocidas para mí, como cuando se menciona a Havelock Ellis, escritor y sexólogo.

La directora se opondrá a sus métodos, víctima de los prejuicios raciales de los que ella misma ha sido siempre objeto por ser negra también. “No estamos en una plantación”, le dijo Conrack en vano. El inspector será el que termine prescindiendo de él, pretextando que quiere acabar con el viejo sistema, con las ideas tradicionales americanas. Es graciosa la anécdota en la que este hombre ve sorprendido a su propio hijo en televisión, un hippy más durante una protesta.
Conrack se despide de sus alumnos en el muelle. Mientras suena la música de Beethoven que él les había enseñado, se aleja en el transbordador compungido. “Sólo sé que encuentro mucha belleza con ellos”, le comenta a alguien, “les lanzamos a un sistema que les ha fallado”.
Tantos años transcurridos desde aquellos turbulentos 60-70, me pregunto si realmente desaparecieron aquellas viejas ideas que el profesor preconizaba que terminarían extinguiéndose y siendo superadas por las nuevas. Pienso que no fue sólo el desquite del momento por no haber sido apreciados sus métodos, sino una certeza absoluta que estaba convencido que tendría lugar. Cuántos ideales, cuántas buenas intenciones se quedaron por el camino. Pero tenemos a Conrack y su espíritu de lucha, su forma de ver la vida, su sentido del humor, su generosidad. Todo puede ser aún posible.
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