
Es una tribu un poco imposible, pues los niños tienen más o menos las mismas edades. La cara de ella es un poema, nuevamente embarazada y con cara de no haber roto un plato en su vida. Los pequeños, todos tan de verde, tienen cara de aburrimiento.
Todo lo contrario de la foto de una familia que vi en la documentación que, por mi trabajo, tengo que manejar. Reviso los carnés de familia numerosa de los viajeros que usan ferrys, y hace poco me llamó la atención una en la que todos sus miembros sonreían complacidos a la cámara, muy juntos y cogidos unos a otros. Acostumbrada a las fotos oficiales, donde como mucho se puede ver alguna leve sonrisa, esta imagen me encantó. Qué afortunados son algunos, no lo saben bien.
Las familias con mucha gente, de todas maneras, siempre han despertado mi curiosidad, es como un pequeño equipo de fútbol, o un ejército en miniatura que, bien organizado, es capaz de muchas cosas. En el fondo me hubiera gustado pertenecer a una familia así, o haber podido formar yo una. Es mucho trabajo, pero creo que merece la pena.

En esta ocasión me dio por pensar, aunque no es la 1ª vez, que las fuerzas que sostienen nuestro planeta en esa ingravidez espacial dejaban de actuar y el mundo entero caía de repente. En mi cabeza intentaba recrear cómo sería ese momento: el mar desprendiéndose del lecho marino, alzándose y traspasando la atmósfera, junto con el resto de seres vivos y objetos que pueblan la faz de la tierra, elevándose inesperadamente con una fuerza inusitada, catapultados hacia lo que conocíamos como cielo. Vientos nunca antes conocidos, semejantes a los que soplan sin cesar en otros cuerpos celestes, envolverían nuestro ecosistema y rematarían el cuadro destructor. Sería como ir en caída libre, y puesto que el cosmos es infinito, nunca terminaríamos de caer, hasta que no quedara vestigio alguno de lo que fue el planeta, totalmente devastado, una roca inerte en perpetuo desplazamiento descendente. Pero ¿a dónde caeríamos?.

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