
Y no es ardua tarea. El primer
contratista al que llamé, cuya propaganda guardaba junto con otras recogidas de mi buzón, resultó ser un señor muy bien vestido que, tablet en
mano, me iba mostrando otras obras que había hecho y, al mismo tiempo, me iba
dando ideas que resultaron buenas según iba viendo mi casa, como poner un remallado en el techo de la cocina y del baño para evitar que se cuarteara la escayola con las humedades, aunque luego se comportó de una manera extraña hasta el punto de pensar que estaba ante un sinvergüenza chiflado. Por ejemplo, negarse
a poner tarima: dijo que el parquet pulido y barnizado quedaría muy bien. Y dio el
asunto por zanjado. Ese fue el primer indicio de que el hombre no andaba bien. Si pagas es para que atiendan hasta el más mínimo de tus deseos, no
va a venir un extraño a imponerte sus criterios porque sí. Además me llamaba y
cada día me decía una cosa distinta, aquello era una montaña rusa de palabras
que no tenían valor ninguno porque donde dije digo dije diego. Ya la foto de su whatsapp
con la cara de Vito Corleone en El padrino me resultó inquietante, y la verdad es que tenían cierto parecido. Alguien poco de fiar.
El siguiente que vino,
recomendado por el que me estaba gestionando el préstamo para financiar la
obra, que luego no conté con él porque era poro eficaz, fue el que se
llevó el gato al agua. Sin alardes, sin elegancia en el vestir, se trataba de
un currante nato, más o menos de mi edad, que hablaba claro y no hacía extraños
con el presupuesto, aunque al final se ha sacado de la manga un IVA de una de
las partidas del presupuesto que nunca le oí mencionar, prueba de que hasta el
que más bueno puede parecer en el fondo tiene su puntito cabroncete.
Pero eso sí, educado como el que
más, y los que trabajaban con él igual. Las ideas que me había dado el mafioso
las utilicé con éste. Las ventanas, con puente término y oscilo
batientes, me las pusieron en unas pocas horas. La pintura fue un tema más
peliagudo porque tardaron 5 días y mancharon muchísimo. Todavía estoy quitando
restos, aparecen en sitios por los que ya había limpiado, será
por mi escasa agudeza visual. Las otras veces que han pintado mi casa lo hicieron en un día porque
usaron máquinas y desde luego no ensuciaron nada. Escogí un vainilla claro porque tanto
tiempo con el blanco ya cansaba, y un tono más oscuro en la habitación de mi
hija. Techos y mueble de escayola del salón blancos.

Mis hijos y yo íbamos de una
habitación a otra, atrincherados allí donde no hubiera llegado el marasmo.
Miguel Ángel, mi hijo, se acomoda bien a
todas las situaciones, pero Anita, mi hija, tenía exámenes que estudiar y
terminó marchándose a casa de su padre, que vive al lado. Con razón nos lo
pensamos tanto cada vez que queremos hacer una obra.
La casa necesitaba que se le
diera un buen repaso. Mientras limpiaba los libros que iba a volver a poner en
la estantería, eché un vistazo a alguno de los álbumes de fotos. La verdad es
que tanta fotografía no sé para qué, porque termino poniéndome triste. Aparecían
los niños cuando nos reuníamos al principio de casados con unos amigos
de mi ex marido y sus hijos. No me había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que se
aburrían mis peques y de las pocas ganas que tenían de estar allí. Miro sus caritas y
lamento no haberles podido dar una infancia más feliz.
Decido no volver a poner los
cuadros y las fotos, salvo un par de ellas sin las que no puedo pasar.
Recuerdos del pasado los mínimos, renovarse o morir.
El resultado, después de tanto inconveniente,
nos gustó a todos. Miguel Ángel dijo que la tarima es muy artificial, y tiene
razón, suena a hueco cuando se camina por ella, y no tiene brillo, es menos
elegante que el parquet pero más higiénico, se la puede fregar siempre que se
quiera, aunque la suciedad se nota más. Antes mi casa era más elegante, parquet
y cortinas. Ahora hay tarima y pienso poner estores, quizá combinados con
cortinas. Todo más moderno y funcional, pero espero que igualmente acogedor.
Los estores, por cierto, tienen una variedad infinita: lisos, estampados, con
fotografías, translúcidos, opacos, venecianos, de bambú, dobles, en fin, la
lista sería interminable.
La verdad es que había multitud
de posibilidades a la hora de decorar. Mirando fotos me encantaban las paredes
tostadas o gris perla combinadas con techos, rodapiés y puertas lacadas en blanco.
También me gusta el panelado en madera a media pared, algo que se llevaba hace
décadas. Prefiero la pintura lisa al gotelé, pero con éste último se notan
menos las manchas e imperfecciones y ya era más gasto. Tampoco
hubiera estado mal un parquet oscuro y brillante, de roble, aunque por mi experiencia es demasiado delicado.

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