viernes, 23 de agosto de 2013

Vacaciones en Ibiza (y III)


Las terrazas, a pie de playa, estaban llenas, y un camarero colocaba un taburete junto a tu sombrilla, a modo de mesita, si querías tomar algo. Comimos en un chiringuito de los que tienen las mesas sobre la misma arena, aunque como no quedaba un sitio libre optamos por estar dentro del local. Corría una corriente de aire fresco por todas las puertas abiertas que incluso tuvimos frío, mojadas como estábamos después del baño. A lo lejos, en el mar, se veía un hombre subido en una pequeña plataforma que se elevaba y descendía por propulsión a chorro de agua, nuevo deporte que ahora está de moda y que ví por 1ª vez en el programa de El hormiguero en el que invitaron a Tom Cruise, al que al final regalaron el artilugio.


Cuando cogimos un taxi para regresar al puerto, el taxista no entendía mis indicaciones y Ana lo resolvió en un momento diciendo: “Donde el Burger King”. Me sorprendió y me hizo mucha gracia su facilidad para entenderse con la gente, ya que por lo visto hay ciertas referencias que son inconfundibles.


Dalt Vila
 


Visitamos Dalt Vila, la zona fortificada donde está la catedral, en lo más alto de la ciudad, y que tiene muchos siglos de antigüedad. Hasta arriba se llega por un entramado de calles llenas de Historia, de piedra antigua y trazado muy empinado, con pequeñas tiendas al principio que son una auténtica preciosidad, recoletas, confortables, sencillas y muy bonitas, decoradas con mucho gusto. Me costó mucho subir, y bajar también, y si lo hice fue gracias a Anita, que a mitad de camino iba tirando de mí. No sabía lo baja de forma que estoy, fue una prueba para mí, un poco desmoralizante.


Nos quedamos sin ver Las Salinas y Es Vedrá, pero tampoco fuimos tantos días como para poder ver todo.




S. Antonio



Una noche visitamos la zona de S. Antonio, que es donde se supone que está la marcha en Ibiza. Pero era mucho suponer, porque se trataba de un pequeño paseo con algunas terrazas, de las que sólo una tenía una música buena. La línea de la playa apenas se veía iluminada, era muy poco vistosa. Las discotecas estaban a 10 minutos de allí, pero en esa zona no había gran cosa. Muchas inglesas vistiendo los pantalones cortos que se llevan este año, altos de cintura y escasos de tela por la parte de abajo del trasero. Son horrendos, no favorecen nada, y los encuentro incluso obscenos, enseñan cosas que normalmente están tapadas y que resultan antiestéticas mostradas así. Acostumbrados a ver cinturillas bajas, esto choca bastante.La gente joven es títere de los diseñadores de moda, que son seguidos al momento en todos sus caprichos creativos, por absurdos que puedan parecer, haciendo y deshaciendo a su antojo.


Había allí un bulevar donde se ponían los consabidos puestos de abalorios y retratistas. Nos dijeron que merecía la pena ver los pasacalles que saca cada discoteca, pero sólo vimos uno, media docena de chicas vestidas con bañador negro y tacones llevando plátanos de goma gigantes. Muy poco lucido.


Como Anita estaba cansada y no podíamos ir a la disco, yo por ser demasiado vieja y ella por ser demasiado joven, no estuvimos mucho más tiempo por allí. Había que guardar cola en una parada de taxis si querías volver, y de vez en cuando gente particular se ofrecía a llevar en su coche a los que esperábamos, en una competencia desleal. A las 5 inglesas muy rubias y carnosas que estaban delante de nosotras, algunas con diademas de flores imitando la época hippy, fumando nerviosas como posesas, se las llevó un chico negro con cara de fastidio.



Playa de Illetas
 
El penúltimo día fuimos a Formentera. El ferry tardaba una hora en llegar, algo que aburrió mucho a Ana, pero mereció la pena. El autobús, después de 10 minutos atravesando caminos estrechos y polvorientos en medio de hermosas salinas y zonas de vegetación, nos dejó en un camino bastante agreste, que seguimos sin saber a dónde nos conducía, junto a otros turistas abandonados también a la buena de Dios, hasta que en poco tiempo llegamos por unas escaleras de madera a la playa de las Illetas, una de las más bonitas que he visto nunca, junto con las de las islas Cíes en Galicia.



Playa de Illetas


El agua era de un verde claro precioso, con una transparencia que sólo he admirado en las fotos que retratan las playas caribeñas, y más allá tenía un turquesa increíble. A lo lejos tres bergantines aguardaban anclados, como si estuviéramos en la época de los piratas y los ingleses, a salir hacia alguna ruta llenos de turistas. La arena era absolutamente blanca. Unos buzos se tiraban desde una embarcación, aunque con esa nitidez del agua hacía falta poco buceo.


Comimos en un chiringuito estratégicamente situado entre el espesor de muchos árboles. Tenía una zona más barata, de pizzas y cosas así, y otra más amplia llena de mesas bajo techado pajizo que era un restaurante bastante caro. Vimos llegar, al cabo de un rato, a una familia muy numerosa que tenía el aspecto fashion y adinerado de la gente chic que sale en las revistas del corazón. Se colocaron en unas mesas corridas, ellas con sus sombreros de paja, sus melenas platino muy cuidadas mecidas con la brisa, sus gafas de sol, sus abalorios y sus ropas típicamente ibicencas.


Me encantan estas playas que tienen vegetación, a las que se llega bajando peldaños de madera, es muy agreste, como si la mano del hombre no hubiera aún invadido la Naturaleza. Le hice muchas fotos a Ana metida en el agua posando. Ella, que está tan guapa y ya es una mujercita, se la veía incomparable, su belleza fundida con la belleza del mar.

Lo que me dejó alucinada fue un chico que en el avión de vuelta (no viajar nunca en Vueling porque los asientos son duros como piedras, una tortura)iba nada más que con un bañador, una camiseta, las chanclas y una toalla sobre un hombro. Se ve que iba con lo puesto, sin equipaje, nada más que a la playa y a la discoteca, y tenía una cara de sueño como si no hubiera dormido en todo el fin de semana, que será probablemente lo que haya hecho. A eso llamo yo despreocupación, la imagen viva de la juventud y el vivir el presente sin más.

Con Anita el viaje fue estupendo, porque aunque la pobre creía que se iba a aburrir, al final no fue para tanto. Me decía todo el rato que todo estaba “muy oc” (por O.K.) y estaba pendiente de mí. Ahora está tan contenta con su peña de amigos en el pueblo de su padre, con gente de su edad, que es como tiene que estar. Sin duda lo mejor de la escapada no fue sólo conocer un sitio nuevo, sino sobre todo estar con ella.




jueves, 22 de agosto de 2013

Vacaciones en Ibiza (II)


Fue muy mágica la noche, al día siguiente de haber llegado, en que nos acercamos a Las Dalias, una zona en las afueras en la que se pone los lunes y martes un mercadillo nocturno que aprovecha el tirón que lo hippy tuvo hace décadas, aunque de aquello quede poco que se pueda considerar auténtico. Recorrimos los puestos de abalorios, ropa y objetos decorativos, algunos muy extravagantes, pero hacía mucho calor porque estaba todo montado bajo un espeso entramado de ramas y hojarasca de unos árboles que son típicos de allí, que no dejaban pasar el aire. Se notaba enseguida quién se ataviaba para parecer hippy y quién lo era de verdad. Yo le señalaba a Ana cuando alguien de los puestos lo era, normalmente mujeres y hombres de cierta edad que aún conservaban ese estilo de vida. Cuando ves a un-una hippy viejo te da la impresión de que es alguien que no ha sabido evolucionar, que se ha quedado detenido en el tiempo, que no ha querido adaptarse a la realidad actual, y que son gente marginal, casi vagabundos. Solemos asociar a la imagen del hippy con la juventud, el amor libre y todos esos tópicos, pero no es así. Ana, cuando le mostraba a alguno-a de ellos, se quedaba mirando muy atentamente y se la veía sentir admiración.

Me explayé comprando en uno de los puestos todo tipo de pulseras. Tenían cosas muy bonitas. En otro me compré una sortija, yo que soy de pocos adornos. Anita también se compró algunas, y un colgante. Nos sentamos en una barra circular en medio del mercadillo especializada en bebidas exóticas, y ella se pidió un mojito y yo una naranjada. El camarero lo hacía al momento, picaba el hielo, le añadía las hojas de menta y algunas cosas más. Había varios sitios de descanso, pareciéndome curiosa una zona, la más alejada de la salida, en la que te podías sentar en pufs y sobre alfombras para tomar te moruno, bajo una haima.

En un puesto Ana preguntó lo que valía una pulsera de plata, que era bastante gruesa. Allí se vendía al peso, y todo era muy caro, pero quiso preguntar por curiosidad.

Ya casi al final, había montado un guiñol para entretener a los niños que, sentados en torno al pequeño teatrillo, presenciaban unas historias de unos muñecos que no eran precisamente muy infantiles, pues el personaje femenino, muy hippy, movía las caderas muy sinuosa y el personaje masculino, también con unas pintas, decía cosas muy graciosas relacionadas con porros y alcohol.

También había puestos de abalorios cerca de la playa. Una tarde que estábamos por allí mirando, la dueña de uno de ellos se fijó en la psoriasis de las manos y brazos de Ana y nos dijo que a su cuñada le pasaba lo mismo, por el stress, y que lo mejor para eso era la arcilla verde. Nos indicó un herbolario cercano donde por lo visto vendían saquitos de 1 kg. por 3 €. En Ibiza la gente te aconseja espontáneamente, son muy abiertos y enrollados. No fue la única vez que nos indicaron lo mejor para tal o cual cosa. Anita estuvo un tiempo haciendo la mezcla del polvo con agua y untándosela por casi todo el cuerpo, porque lo tiene muy extendido, pero no tiene paciencia, no es constante, ella quiere ver resultados ya mismo, y al poco de regresar a Madrid la dejó de usar.

Uno de los días lo dedicamos a visitar Ibiza capital. El puerto es precioso, grande, con barcos de todas clases. Había unos yates de lujo de proporciones considerables, especialmente uno que decían que pertenecía a un jeque árabe. Los ferrys son de algunas de las compañías con las que yo trabajo, pues me dedico a las subvenciones al transporte marítimo.

Al llegar recorrimos un largo paseo lleno de apartamentos de lujo, con unos diseños increíbles que yo no había visto nunca. Era una gozada contemplar aquello. La playa que había al final, la de Talamanca, resultó ser muy mala. El agua era verdosa, opaca, caliente, y cuando llegaba a la cintura empezabas a pisar un suelo resbaladizo de algas, lo que produce un asco inmenso. Me recordó al agua de los pantanos, sólo que no estaba helada. A Anita no le gustó nada no ver el fondo, las aguas oscuras en las que no ves por donde vas ni lo que flota en ellas le dan miedo.

Mientras tomábamos el sol aparecieron dos fotógrafos que no dejaban de disparar a un mulato, más bien bajo, que debía ser famoso, aunque ignoro quién sería. Me imaginé, por la pinta y la situación, que era un futbolista. Posó con su mujer, una rubia platino aún más baja que él, con bikini sexy, que enseguida se marchó hacia la zona de tumbonas con el resto de su numerosa familia. Él, para seguir más el rollo, cogió a su hijo, un niño rubito de unos dos años, y lo alzó varias veces, con lo que los fotógrafos no perdían oportunidad de disparar sus cámaras sin cesar.

Una chica argentina vendía unos pañuelos muy grandes, que tenían estampados diferentes por un lado y por el otro, y que se podían atar de muchas maneras diferentes para convertirlos en faldas o vestidos. Durante la demostración se paseaba de aquí para allá ataviada con ellos como si estuviera en una pasarela, alzando los brazos cuando se paraba en un punto, como en un espectáculo circense. Era muy bajita, con la mitad de la cabeza rapada y la otra mitad con una media melena, moda que se lleva ahora. Tenía mucho desparpajo, y consiguió vender alguno, que no eran precisamente baratos, pues decía que estaban hechos con seda salvaje. Rubricaba su actuación mencionando la página web en la que se podía encontrar un video explicativo de las mil y una maneras de colocarse el pañuelo.


miércoles, 21 de agosto de 2013

Vacaciones en Ibiza (I)


Este año quise tener unas vacaciones diferentes, y me organicé un viaje a Ibiza al que pensaba ir con mis dos hijos, pero ya se sabe que los chicos, cuando se van haciendo mayores, prefieren otras cosas, y al final conté sólo con mi hija, que es una estupenda compañera de ruta.

En el avión teníamos delante de nosotras a una pareja de gays que no dejaban de darse besos. Ibiza tiene fama de ser lugar de destino preferido por los homosexuales. Estos eran muy cool, guapos, estilosos y esculturados en gimnasio. Durante el vuelo sentí una gran desorientación, porque al mirar por la ventanilla no había una sola nube, que son puntos de referencias espaciales, y llegó un momento en que me parecía que tanto azul era un vacío absoluto y que lo mismo podíamos estar boca arriba que boca abajo. Cuando nos aproximábamos a la isla, la belleza de las playas y el mar desde arriba me impresionó. Al aterrizar, el piloto tuvo un detalle divertido, pues hizo sonar una música de trompeta como un toque de diana, y anunció que habíamos llegado, lo que despertó un espontáneo entusiasmo general entre los viajeros, que aplaudieron y vitorearon la ocurrencia. La fiesta perpetua en la que se vive en Ibiza encendía los ánimos.

El hotel, que me había recomendado una amiga, estaba muy bien, tenía su puntito de buen gusto y sencillez en la decoración, la comida era rica y el trato muy agradable. Estaba en la zona del puerto deportivo, por lo que había que caminar 10 ó 15 minutos hasta que llegabas a la playa. Santa Eulalia es estrecha y tiene un recorrido ondulante en la línea de costa, poco concurrida, todos extranjeros, alemanes e ingleses sobre todo. Anita se sorprendía de ver a tanta gente leyendo libros bajo las sombrillas, hombres incluídos, no es algo a lo que su vista esté acostumbrada. El agua estaba limpia y a una temperatura maravillosa, no había olas, por lo que se podía nadar a gusto, y corría una brisa constante que refrescaba. En Ibiza cogí un color oscuro que luego no tardó en desaparecer, que no es el que suelo adquirir cuando voy a Benidorm, que es más chocolate y dura más tiempo.


Santa Eulalia

Las boyas estaban situadas cerca de la playa, separando la zona en la que grandes y preciosos barcos particulares estaban atracados. Esto era un inconveniente para mí, que me gusta nadar mar adentro. Me sorprendí de lo limpia que estaba el agua a pesar de haber tantas embarcaciones, ferrys incluídos que no dejaban de salir y llegar del puerto cercano, ni una gota de grasa, ni un desperdicio flotando, ¡increíble!.

El paseo es muy tranquilo, totalmente peatonal, lleno de terrazas de todas clases. En una de ellas estuvimos comiendo uno de los días, entre sol y sombra, y con la brisa que hay siempre allí era una total relajación. Estuve muy a gusto con mi niña sentadas mirando al mar.


La terraza que más me gustó fue una que estaba un poco más allá, que por la noche se iluminaba de un rosa intenso la blanca cúpula del edificio en torno al cual estaba montada, de estilo árabe.

Casi al final del paseo marítimo hay árboles frondosos junto a los que se puede descansar en bancos. Allí, a la sombra, hay un frescor incomparable. Uno de los días, sentadas por la tarde, un chico se nos aproximó corriendo, en bañador y descalzo, limpiándose las lágrimas, y nos preguntó si habíamos visto a un hombre correr con una mochila. Tenía acento argentino y al parecer le habían robado, dejándole con lo puesto. Estaba muy angustiado, y se le vió por allí dando aún algunas vueltas para ver si localizaba al ladrón, pero fue inútil. Si hubiera conocido la zona le habría acompañado a una comisaría a poner una denuncia, pero en ese momento me pilló por sorpresa y no supe reaccionar para ayudarle. Debe ser tremendo estar en otro lugar, y más en un país extranjero, y que te suceda algo así.

Cala Llonga
Lo mejor de Ibiza son las calas. Visitamos una de las más cercanas, a un cuarto de hora en ferry, Cala Llonga, en la que nada más llegar nos sorprendió el color turquesa de sus aguas y la transparencia. Varias filas de tumbonas y sombrillas pajizas, todo a juego en azul, ocupaban la zona, y allí nos instalamos. El estruendo de una monitora de agua gym de un hotel cercano molestaba al principio, pero en cuanto cesó era maravilloso estar allí contemplando el bosque del monte que cerraba la cala, esa vegetación casi sobre el mar, y escuchar el siseo que la brisa hacía al mover las tiras pajizas que colgaban de las sombrillas, era muy relajante. Fuimos a comer a la terraza de uno de los restaurantes cercanos, y fue una gozada estar allí disfrutando del placer de la comida y de la contemplación del entorno natural, ese verdor que venía del monte hasta la misma playa. Echamos un vistazo a una tienda cercana, en la que Anita se compró algunas cosas y yo me compré un bolso tipo canastillo de mimbre, que en Ibiza se usa mucho, sobre todo en la playa. Mi relax fue tal que yo, que no me duermo en cualquier parte, me quedé un rato dormida en la tumbona, acompañada por la dulce Anita, que al principio estaba un poco fastidiada porque creía que íbamos a una cala paradisíaca y se había puesto muy mona para hacerse algunas fotos que luego subiría al Tuenti, pero a esos sitios sólo se puede ir en coche particular, y no era nuestro caso.


Cala Llonga

Es evidente que el entorno natural está muy explotado en Ibiza, todo está planificado para sacar el máximo provecho al turismo, pero me dio la impresión de que, a pesar de todo, se ha respetado la salvaje Naturaleza de la isla, hay algo de agreste en su paisaje que se ha sabido conservar y que es precisamente su atractivo, lo que permite que la gente quiera visitarla. Los edificios de la costa no son rascacielos, sino que tienen la mayoría 3 ó 4 plantas a lo sumo.



martes, 20 de agosto de 2013

Familias numerosas

Leyendo uno de los últimos posts de Lorza girl, uno de los pocos blogs que sigo, me reía a carcajadas con sus ocurrencias, una vez más, y me traía a la memoria cosas del pasado que a ella que es más joven le están sucediendo ahora. Y además llega a conclusiones hilarantes con las que me identifico totalmente.

Ella, que ha sido madre hace unos meses, está sufriendo el inevitable cuestionario que te hace la gente cuando estás en determinadas fases de tu vida. Son preguntas de Perogrullo típicas de personas de baja extracción que se plantean con dudosa intención. Es como si estuvieras en un concurso y tuvieras que pasar todas las pruebas que se le han hecho al resto del mundo, siempre las mismas, obligatoriamente, y el que pregunta quiere comprobar si eres capaz de superalas, si funcionas como todo quisqui.

En mi familia jamás las hubo, pero sí en mi ex familia política y vecinos de mi barrio. Y te las hacían no una vez sino muchas. Que si tienes novio, hasta que lo tienes, que cuándo te vas a casar, hasta que te casas, que para cuándo el hijo, hasta que te quedas embarazada, que qué prefieres si niño o niña, como si se pudiera elegir, hasta que lo tienes, que para cuándo el siguiente, como si hacer hijos fuera lo mismo que fabricar churros. Y luego se ponen ellos de ejemplo o a gente que conocen. Pues a fulanito le pasó esto, a menganita lo otro, como si le importara a nadie lo que hagan los demás.

Y al llegar a este punto ella se plantea por qué la gente tiene más de un hijo, sobre todo antiguamente, en que abundaban las familias numerosas. Lorz opina sarcástica como suele ser ella que para tener de repuesto por si se te muere alguno o, como dice una amiga suya, para reserva de órganos. Ciertamente lo del hijo de “repuesto” era la mentalidad de hace décadas, aunque no se dijera de esa forma. Los adelantos en medicina no eran los de ahora, y se podía perder fácilmente a algunos de tus vástagos por alguna epidemia, accidente o cualquier otra calamidad que uno se pueda imaginar, incluída una guerra como la que aquí tuvimos, impensable hoy en día pero factible en su momento. Lo de la “reserva de órganos” ya es más actual.

A mí siempre me fascinaron las familias numerosas, me parecía que en ellas nunca cabía el aburrimiento. Esta idealización se agudizó cuando en mi niñez ponían en televisión series como “Con ocho basta” o "Los Walton", pues estaba muy de moda hacer programas edificantes en los que aparecían familias ejemplares que pasaban por multitud de peripecias vitales que siempre lograban solventar, en loor de la unión fraternal. Pero la realidad suele ser otra, una pareja no decide tener tantos hijos para pasárselo bien formando una gran familia, sin tener en cuenta el trabajo que supone y el titánico esfuerzo económico, entre otras cosas.

El dicho aquel de que donde come uno comen tres puede que sea cierto, pero a la comida hay que añadirle hoy en día la hipoteca del piso, las facturas de necesidades tan básicas como la luz que no paran de subir, el coche, los impuestos, las vacaciones, cosas a las que no estamos dispuestos a renunciar, a pesar de la precariedad laboral. Antes la planificación familiar era casi inexistente, por razones culturales o por simple ignorancia se tenían los hijos “que Dios mandara”, que es más o menos lo que preconizan los del Opus Dei aún en la actualidad. Hay que extender el Reino de Dios. Ponerle freno a esa capacidad creadora es oponerse a los designios divinos. Había que dar gracias al Creador por conceder el don de la fertilidad que a otras parejas le había sido negado, para su desgracia. Los hijos son un regalo del Señor. “Dios proveerá”, se decía.

Cuántas penurias se habrían evitado si esta mentalidad hubiera sido otra. Dios no querría que sus hijos vivieran en la miseria, antes al contrario, la responsabilidad de unos padres es hacer que a sus vástagos no les falten las cosas imprescindibles para vivir con dignidad, no hablamos ni siquiera de caprichos a los que hemos mal acostumbrado a los niños de hoy. Y además muchas familias se veían disgregadas al repartir los hijos entre otros parientes por no poder hacerse cargo de todos. Así le pasó a mi abuela materna, que eran 13 hermanos, y mi abuela paterna tampoco se quedó atrás, pues eran 8 hermanos. A ésta última le decía su padre que ojalá hubiera tenido suficiente dinero para mantener a la familia unida y que no se tuviera que casar ninguna, pues casi todas eran hijas, y en aquella época no era costumbre que la mujer trabajara fuera de casa, por lo que suponían una carga.

Con frecuencia el motivo por el que se tenían tantos hijos era para tener mano de obra a la que no había que pagar un sueldo, en zonas rurales para las faenas agrícolas y para cuidar el ganado, algo que en sitios como La India se sigue haciendo.

Lo que no se entiende, con los medios y la información que tenemos en el siglo XXI y en el mundo “civilizado”, es que haya embarazos no deseados y un alto índice de abortos, o que una pareja tenga un hijo para conseguir una ayuda social. A qué extremos hemos llegado, es una aberración.

Yo doy gracias a Dios, ciertamente, por los hijos que he tenido, que no han sido muchos pero sí únicos para mí. Sin ellos ya no sabría vivir.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sor Citroen


Hace poco, haciendo zapping, topé con Sor Citröen, una película que de vez en cuando ponen en televisión y que suelo esquivar, quizá porque verla es como retroceder varios lustros en el pasado, a una zona de la memoria donde se almacenan los recuerdos más empalagosamente nostálgicos. Tenía yo tan sólo un año cuando la hicieron. La música, tan tontorrona, la imagen estrambótica de unas monjas haciendo barbaridades al volante por Madrid (el otro día pensaba qué pocos religiosos se ven por la calle en comparación con los que había hace años), y la estridente voz de Gracita Morales, a la que me acostumbré de niña cuando se prodigaba en el cine, pero que ahora me choca tanto, todo ello hacían que mi 1ª reacción fuera de instintivo rechazo. Pero la dejé puesta, ya bastante empezada, porque casi no me acordaba del argumento, y era como si la viera con ojos nuevos, intrigada por ver qué pasaba.

Mi hijo miró de soslayo, debió pensar “Vaya, otra de las originalidades de mamá”, y siguió con su videojuego en el portátil. Mi hija, que andaba tecleando en su Whatsapp, le echó un vistazo y dejó escapar una risita burlona. Pero es inevitable, al final el pasado te atrapa. Ves ese Madrid de antaño, con sus taxis negros con raya roja, los guardias de la circulación vestidos de negro con casco blanco, los coches sesenteros de cuando yo nací, y crees que algo ha pasado en el mundo que no es normal. Cómo es posible que en unos cuantos años haya cambiado todo tanto. Es como si fuera otra galaxia, la forma de vestir, los vehículos, las costumbres, la manera de hablar, todo es completamente diferente. Vivir como vivimos ahora es como haber dado un salto en el tiempo y haber aterrizado en otro planeta. 

Contemplar a Jose Luis López Vázquez al lado de Gracita Morales junto al puente de Segovia, antes de que se construyera la M-30, es todo un placer. Había un paseo a los lados del Manzanares, como ahora, pero con menos vegetación. Unos cuantos árboles bastaban para hacer de la zona un lugar muy agradable y para dar frescor en verano. Recuerdo vagamente pasear cerca de casa junto al río con mi familia. El horror de la autopista vino después, y siendo sólo una niña ya me pareció una aberración, un atentado contra la Naturaleza. 

Ver la zona de Banco de España cuando la protagonista, junto a la inefable Rafaela Aparicio, cruza a toda pastilla al volante de ese Citroen que le dio nombre, llevándose por delante el puesto de globos de un jovencísimo José Sacristán, hace inevitable una gran carcajada. Qué actores y actrices tan estupendos aparecían en esta película, cuando aún estaban en la plenitud de sus carreras, y de los que ya casi no queda ninguno. Tremendo, me parece increíble que estos personajes que pulularon mi infancia ya no estén. 

El trasfondo de la película no resiste el paso de los años, es demasiado ñoño y simplón como para que ahora pueda ser de interés, pero fue una seña de identidad más de una época, una forma de ver la vida mucho más inocente y tranquilizadora que la que tenemos ahora. 

El final no me gustó, me pareció que no cuadraba con el resto del film, que era un pegote añadido porque no se sabía cómo acabar una historia que podría haber tenido muchos y mejores finales. Viendo a mi hijo con el portátil y a mi hija con el Whatsapp, pienso en ese tiempo que recrea Sor Citroen, en el que no existían estas nuevas tecnologías. Estábamos más atrasados en muchas cosas, había una sociedad más bien paleta y pacata, pero feliz al fin y al cabo, con unos valores y una forma de ocupar el ocio que ya han desaparecido.


miércoles, 14 de agosto de 2013

Un poco de todo (XXII)


- Me ha dejado muy sorprendida una imagen que he visto en Internet en la que se recreaba una gran plataforma construída sobre las aguas del estanque de El Retiro. Por lo visto, si Madrid es elegida sede de los Juegos Olímpicos de 2020 (esa anticipación del futuro me ha parecido siempre un poco demencial), se hará un estadio para la modalidad de vóley playa con capacidad para doce mil personas. Muy original, desde luego, y muy costoso también. La verdad es que no me imagino alterado de esa manera el paisaje de un lugar tan emblemático como ese. 

- Maravilloso pasear por el Campo del Moro en cualquier época del año, pero ahora en verano es como si transitaras por una selva. Apenas hay gente, el aire está caliente y un poco estancando, las moscas pululan molestando más de lo habitual y un griterío de aves de todas las especies llega desde las copas de las muchas clases de árboles que allí hay. La rosaleda no tiene rosas en los parterres, y en el pequeño estanque con puente dos cisnes negros se pasean majestuosos entre los patos.

Cuando voy a este parque suelo hacer un recorrido concreto, atravesando los lugares que más me gustan. Hay unas vistas magníficas desde ciertos puntos. Paseando junto a las cadenas que impiden el paso a lo más alto del parque, donde está el Palacio Real, se me ocurre pensar qué sucedería si me saltara esos impedimentos, si habrá guardias arriba vigilando y me detendrían. Es lógico que haya esta clase de seguridad, pero no puedo remediar que me moleste que se pongan cotos a los espacios abiertos, y más cuando son tan bellos. 

He leído la historia del famoso moro que se asentó con sus huestes en el parque y cortó el suministro de agua de Madrid con el fin de asediarla y conquistarla, pero con los acuíferos que tiene la ciudad siguió abastecida, y el moro que dio nombre al lugar no consiguió su propósito. También leí que Alfonso XIII salió hacia el exilio atravesando esos jardines para evitar las revueltas que invadían las calles en aquel entonces. Si esas fueron algunas de las últimas imágenes de Madrid que se llevó grabadas en la memoria, al menos fueron hermosas.

- Me hace siempre mucha gracia ver al Papa Francisco en contacto con la gente. Sus avances entre la multitud son siempre azarosos, todo lo que sucede durante esos momentos es imprevisible. Su espontaneidad y su capacidad de improvisación no tienen límites. Hace poco le veía en su visita a Brasil probando un mate desde su papa móvil que alguien le había ofrecido. Su origen argentino le persigue allá donde vaya. También me conmovió su imagen abrazando y hablando con un niño que se saltó las barreras de seguridad para estar cerca de él y decirle que de mayor quería ser sacerdote. El pobre se fue llorando emocionado. 

La simpatía del Papa es utilizada por muchos para hacer negocio, pues alguien que es tan enrollado vende. Su cara aparece ahora en todo tipo de souvenirs, cuyos beneficios dudo mucho que vayan destinados a la Iglesia católica o a causas humanitarias. 

El Papa se puso muy serio hace poco cuando hablaba sobre la reforma de la prelatura y la inspección de las finanzas vaticanas. Casi daba un poco de miedo verlo, acostumbrados como nos tiene a sus sonrisas. Es un hombre valiente, dispuesto a todo, pero sin alardes ni acciones de fuerza. Es muy difícil cambiar lo que lleva tanto tiempo establecido, pero él sabe que hay hacerlo, y alguien lo tiene que hacer, por desagradable que pueda ser. 

Además es un trabajador incansable, ni siquiera se va a ir de vacaciones. Lo cierto es que cualquier foto que mires en la que él aparece, todo el mundo está sonriendo a su alrededor y se les ve feliz. Hacía falta algo así en un lugar tan particular y emblemático como el Vaticano. Que sea por mucho tiempo.


martes, 13 de agosto de 2013

El Retiro


El Retiro es un lugar de visita casi obligada para cualquiera que sea o viva en Madrid. Yo lo he transitado en muy diferentes épocas de mi vida, sobre todo en mis tiempos de universitaria, en los que me pateaba la ciudad sin descanso, descubriendo siempre algo nuevo.
 
Es muy distinto según la estación en la que nos encontremos. Cuando me acerco alguna vez a la hora del desayuno en el trabajo, es un desierto por la mañana, sobre todo en invierno. El estanque aparece como una superficie gris verdosa, sin vida. El hielo detiene la caída del agua en las fuentes, y las copas de los árboles están como adormecidas, durmiendo un sueño eterno. El otoño es una acumulación de marrones, amarillos y verdes, cuando el viento agita las ramas y cubre el suelo de un manto de un tono miel. En primavera es un estallido de color. El estanque refleja el azul del cielo y la gente lo atraviesa sin cesar con multitud de barcas y con un barco turístico, en el que quisiera montar algún día, que lo recorre majestuosamente para solaz del visitante. Los árboles lucen todas las tonalidades del verde posibles, y los jardines se llenan de flores fragantes que extasían la vista y el olfato.
 
Hace poco hice una visita veraniega y vespertina con mi amiga Mª José. Ella había estado comiendo con sus padres, que viven cerca, y quiso que quedáramos después para darnos una vuelta por ese incomparable vergel. Nada mejor para combatir los calores del momento que pasearse por lugares vegetales y húmedos. Entré por una puerta por la que nunca había entrado, acostumbrada a hacerlo siempre por los mismos sitios, y mi amiga me llevó por la rosaleda, inmensa y preciosa, hasta los Jardines de Cecilio Rodríguez, que yo nunca había visitado. Fue como encontrar un oasis en medio de un desierto urbano. El cuidado y el gusto con el que se habían plantado árboles de muchas especies y flores de todas clases, el delicioso trazado de los paseos, la fuente alargada llena de surtidores, la curiosa presencia de algunos pavos reales siempre fotografiados por los turistas, hacían del lugar un sitio incomparable.
 
En un lateral se alza un edifico acristalado de dos plantas, con terraza en el piso superior, que en ese momento estaba cerrado, pero que parecía un lugar de celebraciones (bodas civiles) y de conferencias. Por lo que me dijo mi amiga, supe que sería ese el sitio ideal para ella si alguna vez decidiera volverse a casar.
 
Bordeando el estanque, nos detuvimos un rato a ver una de las muchas actuaciones que suele haber en esa zona, pues el improvisado artista, alzado sobre una bicicleta de una sola rueda con el sillín muy alto, parecía tener mucho éxito con su espectáculo medio circense, rodeado como estaba de una nube de espectadores que no dejaban de reir  aplaudir con sus ocurrencias. Nos sentamos en una de las terrazas cercanas a tomar un refresco. Un tupido entramado de verdes hojas sobre nuestras cabezas nos protegía del calor, rodeadas de árboles recios con muchos años de vida que han sido testigos de la historia de nuestra ciudad desde mucho antes de que naciéramos.
 
Cerca de allí el sol de la tarde iluminaba con un tono dorado las hojas más bajas, y los rayos caían a contraluz sobre uno de los paseos, ya benignos, sin el rigor de las primeras horas, creando una atmósfera relajante que invitaba al descanso y la reflexión. Cuando regresábamos, lentamente, las aguas del estanque parecían un espejo, y despertaban una gran quietud. Pasamos junto al Palacio de Cristal, que yo nunca había visto a esas horas, ya anocheciendo. Algunas luces se encendían aquí y allá y se reflejaban en el pequeño lago junto al que se alza. Muchos visitantes, sentados sobre la hierba entre los árboles, contemplaban mudos y extasiados el espectáculo maravilloso del conjunto. Pensé qué bueno era que cerraran tan tarde, para poderlo disfrutar más, no como otros parques maravillosos, como el Campo del Moro, que cierran más pronto.
 
Es sorprendente lo bien que se conserva este recinto con la cantidad de público que lo visita a diario. Cerca de la salida vi a unos chicos jugando al fútbol sobre la hierba, en una zona tan mal iluminada que no sé ni cómo veían siquiera el balón. El Retiro es un lugar muy trillado por la gente, que ya no tiene la educación de la que lo frecuentaba hace años, pero aún así se mantiene fresco y lozano contra todo pronóstico, como un milagro.




lunes, 12 de agosto de 2013

Orgullo y prejuicio

 
Me encanta la forma como Matthew Macfadyen interpreta al Darcy de Orgullo y prejuicio, personaje tantas veces encarnado por otros actores en otras producciones. Recuerdo que leí el libro de niña, al encontrarlo por casualidad buscando entre los que había en casa de mis padres, legados por mi abuelo paterno al morir, y que solía comprar por lotes en el rastro. Casi todos ellos eran de poca calidad, pero de vez en cuando encontrabas alguna joya, como ésta.
 
Ya entonces me entusiasmó la historia, me pareció muy romántica y al mismo tiempo impactante y llena de fuerza. La 1ª vez que la vi dramatizada en imágenes fue en una serie que emitieron en televisión hace muchos años. En ella el actor que encarnaba al protagonista compuso un personaje aún más seco y desagradable que el de esta última versión cinematográfica. Por eso fue más emocionante cuando dejó caer sus muros para mostrar amor, una debilidad que apenas si podía permitirse por lo visto, y mucho menos contener. El hombre áspero y duro que guarda en su interior un corazón tierno y apasionado.
 
Luego vino la versión encarnada por Colin Firth, que parece especializado en papeles de tipo estirado con cierta dificultad para expresar sus emociones y comunicarse. Muy convincente, como suele ser él.
 
Y la última, la que me ocupa ahora, con un actor inglés al que no conocía, Matthew Macfadyen, que es para mi gusto el que mejor ha entendido la personalidad de ese Darcy eterno, intemporal, que la imaginación de Jane Austen tuvo a bien dejarnos para la posteridad. Sin ser un intérprete especialmente guapo, tiene un aire a la vez ingenuo y adusto que me fascina. Ha elaborado un personaje no tan rígido e inexpresivo como sus antecesores, lo cual es muy de agradecer, sino que dentro de la seriedad que requería el papel ha puesto algunos toques personales muy acertados.
 
Así Darcy no es ese ser implacable y ortopédico al que todos estamos acostumbrados, sino una persona víctima de una educación rigurosa que le ha embebido de orgullo y prejuicio, como indica el título del novelón, al que le cuesta comunicarse con los demás, en una época como aquella en que relacionarse no era algo tan sencillo como hoy en día, con los avances tecnológicos, redes sociales y demás que tanto nos absorben el seso.
 
El Darcy de Matthew Macfadyen se permite dudar, ensimismarse contemplando el horizonte o a la mujer objeto de su amor, esbozar interés y emoción aunque sea sólo con la azul mirada de sus ojos. La fijeza y determinación de esa mirada apabulla y cautiva al mismo tiempo. La contundencia de sus palabras, la forma de expresarse con el rostro y con todo el cuerpo, tienen
un magnetismo que atrae como un imán. La fuerza, la seguridad y el aire tan viril que muestra cuando camina subyuga por completo, sobre todo cuando se le ve atravesando la campiña inglesa, escenario de algunas de las historias más hermosas de la Literatura, que unas veces luce un verde apabullante y otras aparece cubieta por la niebla, como en la escena final de la película, con esa luz dorada del amanecer que envuelve a los protagonistas.
 
Son esos lugares y esas historias los que forman parte del imaginario colectivo de mucha gente, especialmente de nosotras, las mujeres.


viernes, 9 de agosto de 2013

El reality de Lucía Etxebarría


En verano proliferan los tópicos de la estación, no creo que haya ninguna otra estación en la que haya tantos: playa, palmeras, daikiri, mar… Parece que es el momento adecuado para ver películas en las que sus protagonistas, al igual que nosotros, no dejan de transpirar: Fuego en el cuerpo, La jauría humana, De repente el último verano… Me ha parecido siempre que el verano tiene en el cine algo diferente que lo distingue de otras épocas, se crea una atmósfera especial y se ralentiza la cadencia de las historias.
 
Pero estamos en España, y aquí tenemos otros añadidos, esos programas de televisión que son secuelas de la falta de talento e imaginación que el resto del año nos aflige, y que ahora destila aún más si cabe mayor mediocridad. Se lleva la palma de la mano Campamento de verano, otro reality (si es que a eso se le puede llamar realidad) de casi idéntico formato que otros realizados con anterioridad, presentado por el hijo del legendario Joaquín Prat, al que se parece de lejos. La maestría y el talento del padre no los ha heredado su vástago, que tan pronto parece tener mando para dirigir el gallinero y ser muy educado pese a ello, como se descuelga con temas y frases grotescos, fuera de lugar, especialmente cuando se dirige a los concursantes desde el estudio.
 
La calidez y la simpatía del que hacía gala su padre son cualidades que, quizá con la calidad de la programación actual y con el espíritu de los tiempos que corren, serían casi impensables. Yo nunca veo estos programas, pero un día, haciendo zapping, topé con Lucía Etxebarría, que en ese momento, aislada del resto, lloraba y se lamentaba en una cabaña, consolada por algunos de los miembros del equipo que porfiaban para que se quedara, pese a sus intentos por salir de allí lo antes posible y a gran velocidad.
 
Siempre ha sido la escritora carne de cañón, nunca tuvo pelos en la lengua. Es de esas personas a las que pasar desapercibidas les parece algo inconcebible. Pero me pregunté qué hacía alguien como ella en un sitio como ese, por mucho juego que pudiera dar al programa con su forma de ser tan particular y las cosas que se le ocurren. No había más que ver al resto de los concursantes: los desconocidos estaban todos sonados y los famosillos son, como suele pasar en esta clase de realities, gente sin oficio ni beneficio que ha alcanzado cierta popularidad en dudosas circunstancias, y que necesita ganarse la vida. y a ser posible cobrando grandes cantidades, a cambio de la poca dignidad que les quede, pues una ocupación corriente no estaría a su altura.
 
La escritora no es que pase por uno de sus mejores momentos, pero el resto de los que la rodeaban eran impresentables a luces vista. Cuando consiguió salir de allí, declaró en el plató que la razón de su participación era que necesitaba dinero. No lo hizo ni siquiera por curiosidad o por tener una experiencia nueva. Al final el motivo consistía en lo mismo que buscan todos, el vil metal. Lo que ella nunca supuso era que lo iba a pasar tan mal. Aquello de campamento lúdico no tenía nada, era más bien un calvario, un sitio donde la gente va a todo menos a pasarlo bien, a no ser que haya quien se lo pase bien así. Igual que en aquel otro programa, La isla de los famosos, en el que en un enclave privilegiado y maravilloso se atormentaba a los participantes haciéndoles pasar todo tipo de necesidades.
 
Lucía Etxebarría dijo que estaba muy sorprendida por el hecho de que en una sola semana en el concurso había ganado tanto dinero como con dos años de trabajo en uno de sus libros. Luego se recortan presupuestos para hacer programas de calidad o se suprimen cadenas de televisión que funcionaban muy bien, como Telemadrid. Sólo hay pasta para la basura con la que nos alienan los descerebrados que planifican la programación. Sin embargo, tendrá que reconocer la escritora que ese dinero fácil no le reportará nunca las mismas satisfacciones que el ganado con su esfuerzo y su talento, ni el reconocimiento será el mismo. No hay comparación posible.
 
Lucía Etxebarría ha demandado al programa, durante el que ciertamente sufrió todo tipo de vejaciones, pero también se dedica ahora a hacer caja pasando por otros programas donde la invitan a hablar de lo sucedido, y luego lo tuitea todo poniendo a parir a todo el mundo. Y hablar es algo que a ella le encanta, empieza y no acaba nunca. Solía ser interesante todo lo que decía antes de que le pasara esto, y además tiene un sentido del humor muy cáustico que me encanta, pero cuando el tema de conversación es tan penoso y repetitivo ya no mola tanto.
 
La escritora no ha gozado nunca, de todas formas, de un gran equilibrio emocional, y no debe ser una persona fácil tratar. Propensa a la pataleta, y con mucho carácter, no le gusta que la contraríen. Puede ser también dulce, infantil diría, como una niña grande a la que parece haberle faltado siempre algo que no logra encontrar. A lo mejor busca atención mediática con el fin de vender sus libros si andaba un tanto olvidada últimamente, o simplemente necesita el apoyo y el afecto de los demás, porque quién en su vida no siente soledad o incomprensión en algún momento dado.
 
Lucía dará aún mucho que hablar, que me parece que es lo que quería. Su intervención en un programa semejante ha sido algo anodino, una intelectual en un bodrio como ese. Es lamentable e hilarante a partes iguales, y ha servido como punto de inflexión al tedio televisivo tan propio del verano.

jueves, 8 de agosto de 2013

La publicidad del verano


Siempre en verano, época del año en que parece que todo vale, sufrimos las inclemencias del mal gusto allá donde se mire. Contemplando la televisión vemos anuncios en los que, por ejemplo, una conocida y bella actriz española le coge la mano a un no menos atractivo acompañante para, en su puño cerrado, introducirle un tampón de una conocida marca y mostrarle cómo se utiliza, terminando poco después zambulliéndose en una maravillosa piscina. Todo en el anuncio es reprochable: que él metiera la mano en la bolsa de ella, y que ella hiciera semejante simulacro de penetración.
 
Otra conocida actriz española, no tan agraciada como la anterior, anuncia con desparpajo un yogurt que facilita el tracto intestinal, con frecuencia estropeado en época estival. Se la puede ver haciendo cola en una playa ante una caseta de madera, el WC público, exclamando “¡Hala, a la aventura!”. Actores y actrices se dedican ahora a obtener un ingreso extra prestando su imagen para campañas publicitarias de dudoso gusto y escasa imaginación. Y no digamos los presentadores de concursos. A falta de los halagüeños presupuestos con los que se solía contar en el pasado, las empresas que desean anunciarse recurren a soluciones fáciles y más económicas, para castigo del espectador y posible consumidor.
 
Pero no queda ahí la cosa en lo que a ahorrar costes se refiere. Al reclamo de “Me llaman dedo”, la cámara sigue efectivamente a un dedo, a veces limpio, a veces impregnado de diversas sustancias, que se pasea de aquí para allá con el único fin de que lo sigamos, hipnotizados, para terminar haciendo lo que sugiere, o más bien impone, que es nada más y nada menos que beber una determinada marca de cerveza. El susodicho propietario del dedo seguramente ya habría tomado algunas, a juzgar por los mareantes movimientos de cámara.
 
Y no sólo en los spots televisivos podemos ver semejantes muestras de debilidad mental. Presenciamos horrorizados cómo en el telediario de la hora de comer salen imágenes de una playa, en no sé qué sitio de nuestra geografía, en la que se puede estar desnudo o vestido, según se quiera. Es entonces cuando una pareja cuarentona aparece al fondo, tras la locutora, sin ropa, acuclillada en la orilla recibiendo las pequeñas olas que masajean sus partes más íntimas, con gran placer para ellos. En los informativos siempre ponen en estas fechas secuencias playeras en las que parecen inevitables los primeros planos de mujeres en top less, tumbadas sobre la arena o también en la orilla chapoteando. Los cámaras son todos hombres por lo que parece, voyeurs diría yo. Ignoro la clase de selección de personal que hacen en las cadenas de televisión.
 
Lo cierto es que no suelo ver mucha publicidad porque siempre estoy en Digital +, que tiene anuncios pero pocos, a los que no suelo prestar atención, pero cuando alguna vez conecto con los canales habituales raro es el día en que no me sorprendo con alguna nueva "propuesta". ¿Dónde está el modelo que todos los años, con su eterno bañador blanco sobre su escultural cuerpo, anuncia una conocida marca de perfume? El divino solíamos llamarle en casa. ¿O dónde están esas olas de helado que avanzan girando sobre sí mismas para nuestro deleite?
 
Tan sólo los anuncios de buscadores de viajes, vuelos y hoteles nos dan un indicio ilusionante de la época en la que estamos, que parece pasar tan pronto en comparación con la del invierno. Tras la prohibición de anunciar bebidas alcohólicas con graduación superior a 20 grados nos han quitado el placer de ver spots como los que hacía Disaronno, con el que recuerdo especialmente un modelo guapísimo vestido con un traje blanco que iba bajando por unas escaleras al ritmo de una música trepidante y maravillosa, quitándose partes de su indumentaria, como en un descenso del que fuera un ángel hacia los infiernos, donde por lo visto había una marcha increíble y se pasaba mucho mejor que en los cielos. Nos tendremos que conformar con los spots de mojitos y de refrescos.
 
Tienen los anuncios en verano algo especial, chispeante, imaginativo, lleno de color y de sugerencias, acicates para nuestras mentes, cansadas del trabajo de todo el año, que pretenden paliar la sequía de la estación y de nuestros planes vacacionales, sometidos a los rigores de la crisis. Disfrutémoslo como mejor podamos.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Acusados

 
Veía hace poco Acusados, protagonizada por una jovencísima Jodie Foster, película de la que apenas recordaba gran cosa de cuando la estrenaron. Sé que fue un tanto polémica en su momento, pues aparecen escenas de una violación múltiple pero, como todas los films en los que esta actriz trabaja, la historia es muy interesante y da mucho qué pensar. Jodie Foster tiene la facultad de no dejar indiferente a nadie.
 
Mi hijo la veía conmigo. Él hacía comentarios machistas, un poco para picarme y para ver lo que yo decía. Una chica atractiva y que tiene una actitud provocativa en un sitio público, un lugar de ocio, aún hoy en día parece que sigue considerándose merecedora de una agresión por parte de un hombre o los que se tercien. En la película los culpables son condenados a prisión por unos años, que seguramente serían menos después por aquello del “buen comportamiento” (el comportamiento tenía que haber sido bueno antes). Pero sus abogados negocian que el motivo de la condena tenga otro nombre, porque violación suena demasiado fuerte. La víctima no se conforma con esa sentencia y se encara con su abogada, que ya de por sí se juega el puesto en el bufete de abogados en el que trabaja por haber querido llevar ese caso. Ella lo reabre y consigue que se condene a los delincuentes por la verdadera razón, gracias a un testigo ocular que presenció los hechos y se abstuvo de intervenir en ellos, por temor.
 
El personaje de Jodie, conmovedor, es una chica un poco perdida que vive con un hombre que abusa de su generosidad y la termina abandonando. Parece una mujer que no tiene una autoestima muy alta, a merced de unos y otros, como si su propio valor dependiera del interés que su persona pueda despertar en los hombres. Tontea con los porros y el alcohol, un poco para matar su hastío, su desencanto y su soledad, pues la única amiga que tiene no es capaz de testificar a su favor en el juicio por miedo a las represalias.
 
A raíz de la violación toma conciencia de sí misma, de su integridad como persona, de sus derechos, nadie tiene por qué pasar por encima de ella como una apisonadora, es un ser humano, con sus cualidades y defectos como todo el mundo. Mi hijo se sorprendió de la trayectoria de Jodie Foster, pues no sabía que al principio de su carrera había hecho películas pornográficas. Asociaba esa idea a su papel en la película que estábamos viendo. Puede que ella misma estuviera un poco perdida también, como su personaje de Acusados, en una época en que aún era muy joven y no tenía conciencia exacta de su valor ni del camino a seguir. Luego se ha visto que su verdadera esencia estaba muy lejos de aquellos primeros pasos, pues su talento interpretativo ha destacado por encima de otras muchas estrellas del firmamento hollywoodense, con una personalidad muy particular.
 
Recientemente manifestó pública y escuetamente que es lesbiana, algo que era vox populi y que en realidad no incumbe a nadie más que a ella. Los heterosexuales no declaran ante la opinión pública que lo son. Pequeños lastres de las inseguridades del pasado, que la hacen creer que tiene que dar explicaciones o justificarse. Lejos queda aquella niña a la que un perrito mordisqueaba la braguita del bikini en una playa, y que sirvió de imagen a Coppertone para sus cremas bronceadoras.
 
Jodie Foster despertó conciencias con esta película y suscitó debates que aún siguen vigentes a pesar de los años transcurridos. Con sus trabajos, y desde hace muchos años, hemos ido viendo su evolución, desde que se inicio siendo una niña hasta ahora, en su madurez. Ella nos divierte, nos emociona, nos introduce en mundos terroríficos, es capaz de interpretar cualquier registro, más allá de lo meramente convencional. Parece ahora tan distinta de cuando rodó Acusados, tan ochentera, pero no, a poco que nos fijemos nos damos cuenta de que ya era ella, con su aguda inteligencia, su enorme sensibilidad, sus profundas convicciones, a punto de ser descubierta, para nuestro regocijo.

martes, 6 de agosto de 2013

De Profundis

 
Había oído y leído en muchas ocasiones sobre el juicio al que fue sometido en su día Oscar Wilde por su condición homosexual, algo que siempre había llamado mi atención por lo que de absurdo y atroz tiene, incluso para la época en que tuvo lugar y por tratarse de quien se trataba. Pero desconocía las circunstancias en que se produjo y su alcance personal, ya que la vida del escritor dio un giro radical a partir de entonces: su status social, económico, familiar y profesional ya no volvieron a ser nunca el mismo.
 
Jamás habría imaginado Wilde, sin embargo, que su obra y su reputación permanecerían como estaban antes de aquel huracán mediático, e incluso que se le admiraría aún más por ello, mártir como fue de una sociedad pacata, de estrechas miras y rígida e hipócrita moral, pues le condenó por su orientación sexual y pasó por alto la verdadera culpa que podía recaer sobre sus espaldas, la de marido infiel que traiciona a su esposa e hijos.
 
Mientras estuvo en prisión se vio hundido en la más absoluta de las miserias morales, sin saber que su desgracia revalorizaría aún más su obra. Leyendo De Profundis, la larga carta que escribió desde la cárcel, donde permaneció dos largos años, al causante de su desdicha, se percata uno, más que con cualquiera de sus producciones literarias, del tipo de sensibilidad que poseía y la anchura de sus conocimientos. Pocas personas ha habido con una emotividad como la suya, una inteligencia tan aguda, y una cultura tan vasta.
 
Y es que el Amor, como él lo refiere con mayúscula (así escribe todo lo que para él es importante), le vino en forma de la persona menos adecuada, un hecho bastante corriente en realidad. Se enamoró de quien no debía, y ni su intelecto, ni su talento, ni su experiencia mundana de la vida, hombre cultivado y de mundo como era, le sirvieron para darse cuenta de su error, y cuando fue consciente de ello volvió a caer en la misma trampa, inexorablemente.
 
Quizá Wilde en el fondo se quería poco, a pesar de hacer alarde, en el transcurso de aquella larga misiva, de su superioridad social e intelectual, como persona de éxito reconocido y buena posición. Cómo si no se puede entender que un hombre de su talla retome una relación tan fatídica en cuanto sale de la cárcel. Qué tendría aquel mequetrefe, aparte de ser un aristócrata de dudosa y enfermiza belleza, para embrujarle de aquella manera. Nada escarmentó a Wilde, que volvió a las andadas para ser abandonado final y definitivamente poco después, y terminar muriendo en un país extranjero sin apenas amigos ni sombra de lo que había sido su vida en el pasado.
 
La carta le sirve a Wilde para desahogar sus preocupaciones y angustias, reprochar y lamentarse, y de paso explayarse en otros ámbitos sobre los que da sus opiniones, siempre tan profundas y acertadas, muy ingenuas a veces. Se diría que es un niño grande que aún conserva la inocencia de la edad 1ª, y que ve el mundo como un paraíso, un lugar hecho para nuestro disfrute en el que le parece inconcebible la maldad. Su alma se ve violentada por la cruda realidad que le asalta, y que altera sólo en parte su pensamiento y su personalidad.
 
A pesar de la melancolía y la desesperación que destilan sus palabras, hay momentos para la esperanza y la anticipación de la dicha que habrá de sentir cuando sea de nuevo libre, e incluso para hablar sobre la figura de Jesús. Curiosamente, Wilde era un hombre con creencias religiosas y una visión muy personal de las cosas divinas. Leía cada mañana al levantarse algún pasaje de los Evangelios, como una forma de empezar el día sana y limpia, como él mismo afirma. Quizá esas convicciones estuvieran siempre ahí y sólo salieran a la luz en ocasiones tremendas como aquella, en las que tendemos a encomendarnos al Cielo como una forma de protegernos de todo mal y de ahuyentar el miedo y la desesperación.
 
He aquí algunos de sus pensamientos, entresacados del texto de la carta, perlas maravillosas de su intelecto y su corazón:
 
“La belleza que duerme agazapada en todas las vidas”.
 
“Ser enteramente libre y al mismo tiempo estar sujeto por entero a la ley es la eterna paradoja de la vida humana”.
 
“Sólo aquello que es excelente puede alimentar el Amor. Pero cualquier cosa alimenta el Odio”.
 
“Todo tiene que venirle a uno de su propia naturaleza. De nada sirve decirle a la gente cosas que no puede sentir ni comprender”.
 
“El Odio es desde un punto de vista intelectual la Negación Eterna. Desde el punto de vista de las emociones es una forma de Atrofia”.
 
“A toda costa he de guardar en mi corazón el Amor. Si voy a la cárcel sin Amor, ¿qué será de mi Alma?”.
 
“El Amor no trafica en un mercado ni usa balanza de buhonero. Su gozo, como el gozo del intelecto, es sentirse vivo”.
 
“He atravesado todas la etapas posibles del sufrimiento”.
 
“Ahora encuentro, oculto en mi naturaleza, algo que me dice que nada en el mundo entero carece de sentido, y mucho menos el sufrimiento. Ese algo oculto es la Humildad. De todas las cosas es la más extraña. No se puede regalar, ni te la pueden dar. No se puede adquirir, salvo que uno renuncie a todo cuanto posee. Sólo cuando se han perdido todas las cosas, sabe uno que la tiene”.
 
“Los que tienen mucho suelen ser avariciosos. Los que tienen poco siempre comparten. No me importaría lo más mínimo dormir en verano sobre la hierba fresca, y cuando llegue el invierno resguardarme junto al cálido almiar de paja amontonada o bajo el cobertizo de un granero grande, siempre y cuando tuviera amor en el corazón”.
 
“Si no logro escribir libros hermosos, al menos puedo leer libros hermosos, y ¿existe un gozo mayor?”.
 
“El Alma tiene sus funciones nutritivas también, y puede transformar en formas de pensamiento nobles y pasiones de elevada trascendencia lo que en sí mismo es bajo, cruel y degradante; aún más, quizá encuentre en ello sus más augustos modos de afirmación, y puede a menudo revelarse a sí misma más perfectamente a través de algo que venía con intención de profanar o destruir”.
 
“El logro mayor de Cristo fue haberse hecho amar tanto después de su muerte como se hizo amar durante su vida”.
 
“Sólo se comprende la propia alma librándose de las pasiones ajenas, de la cultura adquirida y de las posesiones externas”.
 
“Cuando uno entra en contacto con su alma, se hace simple como un niño. Resulta trágico cuán pocas personas “poseen su alma” alguna vez antes de morir”.
 
“Cristo no tenía paciencia con los sistemas monótonos, carentes de vida, mecánicos, que tratan a las personas como si fueran cosas”.
 
“El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación. Más que eso. Es el medio por el cual uno altera su propio pasado”.
 
“Las personas cuyo deseo es únicamente la autorrealización jamás saben adónde van. No pueden saberlo. Es, desde luego, necesario conocerse a sí mismo. El misterio final es uno mismo”.
 
“No existe nada en el mundo tan erróneo a lo cual el espíritu de la Humanidad, que es el espíritu del Amor, el espíritu del Cristo que no está en las Iglesias, no pueda convertir en posible de sobrellevar sin demasiada amargura en el corazón”.
 
“Sé que afuera me aguarda mucho de cuanto es muy delicioso, lo que San Francisco de Asís llama “mi hermano el viento” y “mi hermana la lluvia”.
 
“Haber llegado a ser un hombre más profundo es el privilegio de quienes han sufrido”.
 
“Aquel que mira la hermosura del mundo y comparte su dolor se halla en contacto inmediato con las cosas divinas y se ha acercado al secreto de Dios tanto como alguien es capaz de acercarse”.
 
“Las grandes pasiones pertenecen a los grandes de alma”.
 
“La sublimidad de alma no es contagiosa. Los pensamientos y las emociones grandes están aislados en su misma existencia”.
 
“Tengo un extraño anhelo por las cosas grandes y primigenias, como el Mar, que para mí es tan madre como la Tierra”.
 
De entre los reproches que le dirige al causante de su desgracia, me han gustado especialmente unas frases: “No comprendiste que un artista, y especialmente un artista como lo soy yo, es decir, uno cuya calidad en el trabajo depende de la intensificación de la personalidad, requiere para el desarrollo de su arte la comunión de ideas y una atmósfera intelectual, silencio, paz y soledad”.
 
Y también: “Pedías sin elegancia y recibías sin agradecer”. Al final, viéndose obligado a llevar, por culpa de aquel mequetrefe, una vida que no le gustaba, dice: “Para alguien de mi naturaleza y temperamento, era una posición a la vez grotesca y trágica”.
 
Por último un conmovedor párrafo dedicado a su amigo Robbie, que le acompañó incluso en sus horas más bajas, hasta el final, y que fue el que preservó el legado de su obra, para que nada se perdiese. La Amistad fue para Oscar Wilde uno de los más preciados tesoros que tiene el ser humano: “Cuando me condujeron desde la prisión hasta el Tribunal de Quiebras entre dos policías, Robbie aguardó en el largo y fúnebre pasillo para –delante de todo el gentío, al cual dejó mudo una acción tan dulce y sencilla- quitarse gravemente el sombrero a mi paso, mientras yo cruzaba junto a él esposado y con la cabeza gacha. Hay hombres que han ido al cielo por cosas más pequeñas. Fue con ese mismo espíritu y esa misma forma de amor como los santos se arrodillaban para lavarles los pies a los pobres, o se inclinaban para besar al leproso en la mejilla. Nunca le he dicho ni una sola palabra acerca de lo que hizo (…) No es una cosa por la que se puedan dar gracias formales empleando palabras formales. La guardo en el tesoro de mi corazón. La conservo ahí como una deuda secreta que me alegra pensar no tengo posibilidad de devolver nunca. Está embalsamada y se mantiene dulce por la mirra y la casia de numerosas lágrimas. Cuando la Sabiduría me ha resultado inútil, y la Filosofía estéril, y los proverbios y frases de quienes buscaron consolarme fueron como polvo y cenizas en mi boca, el recuerdo de aquel pequeño, humilde y silencioso gesto de Amor me ha abierto todos los pozos de la piedad, ha conseguido que el desierto florezca como una rosa y me ha sacado de la amargura de un mundo solitario para entrar en armonía con el corazón herido, roto y grande del mundo”.

 



lunes, 5 de agosto de 2013

Monólogos de cine (IV): Una mente maravillosa

 
En Una mente maravillosa son muchos los diálogos que merecen ser reproducidos, pues como se suele decir no tienen desperdicio. Con esta película no podemos quedarnos sólo con uno que sea especialmente significativo, como he hecho con otras.
 
Es esta la historia de John Nash, un cerebro portentoso que vio su vida ensombrecida por una esquizofrenia paranoide. Cuando su enfermedad llega a un punto que puede poner en peligro su integridad física y la de su familia, es su esposa la que debe decidir si ingresarlo en un centro psiquiátrico o dejar que permanezca en casa. Él no quiere tomar medicación, porque le produce efectos secundarios que no le gustan, y le dice a todos que intentará por todos los medios controlar su mente, tener a raya esas alucinaciones que le aterrorizan y le hacen confundir realidad y ficción.
 
Cuando él espera en su habitación a que su mujer termine de hablar con el médico que lo trata, mientras sujeta entre sus manos el pañuelo que ella le regaló la 1ª vez que salieron juntos, y se debate entre la angustia, el miedo y la pena por lo que puedan decidir sobre su vida, como si fuera un cordero que va a ser llevado al matadero, ella regresa finalmente a su lado, se acerca a él y le dice: "¿Quieres saber qué es real?. Esto… (le acaricia su rostro). Esto… (toma una de las manos de él y se la pone en su mejilla). Esto… (coloca esa mano sobre su corazón). Esto es real. Tal vez lo que distingue lo real de lo imaginario no está aquí (toca la cabeza de él), sino aquí (toca su corazón). Necesito creer que algo extraordinario es posible". Ambos terminan fundidos en un abrazo.
 
La verdadera historia de John Nash es mucho más truculenta de lo que aparece en la película. Suponemos que en realidad se trata de una versión de su vida, y que no se ha querido mostrar al público todo lo que le sucedió para no crear una atmósfera agobiante.
 
El siguiente monólogo tiene lugar en la entrega de los premios Nobel, en la que John Nash tiene unas palabras para los presentes, pero dirigidas a su mujer. "Siempre he creído en los números, en las ecuaciones y la lógica que conducen a la razón. Pero, después de toda una vida de tales búsquedas, me hago la pregunta: ¿qué es verdaderamente la lógica? ¿quién decide la razón? Mi búsqueda me ha llevado a través de las matemáticas, la metafísica, la ilusión y luego de regreso. He hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el descubrimiento más importante de mi vida. Es sólo en la misteriosa ecuación del amor en donde hay razones lógicas que pueden encontrarse. Estoy aquí esta noche sólo debido a ti (mira a Alicia, su esposa). Tú eres mi razón. Tú eres todas mis razones. Gracias".
 
El mensaje de la película es muy claro: el amor es la fuerza más poderosa que existe, da igual la clase de amor de que se trate, filial, de amistad, pasional, y gracias a él somos capaces de cosas que nunca hubiéramos imaginado.
 
 
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