
Independientemente de la ideología política de cada cual y de las simpatías o rechazos que su figura provoque, lo que es sin duda indiscutible en él es su enorme capacidad de trabajo, su extensísimo bagaje cultural, su arrolladora personalidad y la inquebrantable persistencia de sus convicciones.
Dedicó su vida entera a los demás, su trabajo absorbía sus energías y su tiempo, lo que no le impidió formar una numerosa familia.
Me acuerdo hace años, cuando acababa de perder a su mujer y se le vio aún más entregado si cabe a su labor, en un intento por rehuir la soledad y los recuerdos que ella le había dejado, que comentaba a un periodista que siempre llevaba su almohada consigo en todos los viajes que hacía, porque el descanso era para él impensable sin ese sencillo objeto personal. Algunos lo tildarían de chiflado, o de maniático; en realidad fue siempre un hombre práctico.
Ahora sí que tendrá ocasión de descansar en paz, de reunirse con su esposa y, quién sabe, de seguir dando guerra allá donde se encuentre ahora, reacio a todo lo que signifique inactividad. Aunque sea por los muchos años que ha acompañado nuestras vidas en la escena pública, su persona deja poso en la memoria y en el corazón de todos, y merece todo nuestro respeto, ese incontestable respeto del que se ha hecho merecedor a lo largo de tantos años.

Dudo mucho de que este señor ni ese grupo representen a la mayoría de los ciudadanos catalanes, ni que sea la persona más indicada para pedirle cuentas al Rey además.
Esto ha sido como retroceder a la Edad Media. Hoy en día nadie habla así. Nadie habla de reinos, ni de villas, ni de burgos, ni de nada que se le parezca. Que en el siglo XXI todavía tengamos que estar oyendo este tipo de cosas me parece demencial.
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