Hay clásicos de la historia del cine que se han considerado desde que fueron creados auténticas joyas del celuloide, consideración inamovible que nadie ha osado contradecir por aquello de no parecer poco entendido o insensible. Lo que los críticos ponen de moda es como un mantra, un sofisma indiscutible, pero no es así en realidad.

En mi juventud me parecía una historia muy romántica, y muy frustrante también, como lo son los amores que nunca llegan a realizarse o a perdurar en el tiempo. Esa mezcla de amor e idealismo político a lo largo de una trama demasiado larga la hace poco digerible con el correr de los años. Tenía buenos actores y el film cosechó un gran éxito en su estreno, pero aunque se ha convertido en un clásico del cine, sobre todo por esa banda sonora incomparable, no creo que resista una revisión en la actualidad.
Mi ojo crítico se ha vuelto despiadado con el paso de los años, y lo que antes creía hermoso ahora se me antoja feo. En esta película lo que se presenta como una manzana roja y reluciente, en realidad es una fruta ponzoñosa que está llena de gusanos por dentro. Doctor Zhivago no es sino la exaltación del adulterio. El protagonista está casado con una mujer dulce y buena aunque no muy agraciada, con la que tiene un hijo, y se enamora de otra mujer, rubia, despampanante, inteligente y atrevida, también casada y con una hija.
Una historia así tendría que haber tenido algún tipo de censura moral: un trío amoroso, hijos por todos lados, un señor de fama reputada que lleva una doble vida, y encima tratado como héroe y mártir. La novela en la que se basa sí sufrió censura, pero por motivos políticos, pues no se publicó en la URSS hasta 30 años después de su creación, al considerarla una crítica al sistema comunista.
Me asombra comprobar la cantidad de ciudades de España que se utilizaron en el rodaje. Cuando ves la película crees que estás en medio de la tundra, con un frío intenso y unas condiciones de vida durísimas, y resulta que a lo mejor estás en Ciudad Lineal, que fue una de las localizaciones. Cierto que tiene un brillo extraño, como de cristales, esa nieve que inunda el interior de la casa en la que transcurre el final de la historia, todo muy artificial.

Un par de escenas han pasado a la memoria colectiva, eso sí, la del negrito pianista junto a un Bogart vestido de un blanco inmaculado e Ingrid Bergman diciendo aquello de “tócala otra vez Sam”, que por lo visto fue traducida así aunque no dijera exactamente eso. La otra es la escena final en el aeropuerto, de noche, la pareja protagonista mirándose a los ojos, el ala del sombrero de ella ligeramente agitada por la brisa, y una avioneta de fondo esperándola.
Es esta una película llena de clichés, que junto con la atmósfera de misterio y pasiones subterráneas, han hecho de ella un film de referencia. Para mi gusto es una exageración, pero como en gustos no hay nada escrito, ahí quedó para la posteridad y disfrute de quien sepa apreciar este tipo de films. Al igual que Doctor Zhivago si en algo destacó fue en la banda sonora, legendaria también.
Fiascos en la historia del cine ha habido unos cuantos, pero me quedo con estos dos por lo llamativo que resultan. No creo que mis ojos vuelvan a detenerse nunca más en sus secuencias.
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