
Doris vivía en una mansión
inmensa llena de obras de arte y otros objetos valiosos, como rica heredera de un magnate del tabaco que era, rodeada de bellos
jardines que ella misma diseñaba. Una de las funciones de Bernard consistía en
cuidar del invernadero, en el que destacaba su colección de orquídeas. Ella le
enseñó cómo trasplantar, limpiar y abonar, y él compartió con ella un pequeño
truco que recordaba de su infancia: trozos de manzana en las macetas para evitar las plagas.
Durante uno de aquellos intercambios de confidencias Doris le confesó que su
madre había matado a su padre dejándole desnudo en su habitación, durante una
convalecencia por neumonía, y abriendo las ventanas para que muriera por
hipotermia. Su padre, que sabía que se había casado con él sólo por su dinero,
la había quitado del testamento y se lo había dejado todo a ella, de modo que
siendo una niña se hizo con una enorme fortuna. Al hacerse mayor tuvo que
demandar a su madre, que intentaba recuperar lo que creía suyo, ganando el
litigio. Bernard le habló a su vez de la prematura muerte de su padre por enfermedad,
cuando él tenía 3 años, y de la de su madre 5 años después por un atropello.
Recordaba haber vuelto del colegio y haber visto muchos curiosos junto a su
casa y a una mujer tirada en el asfalto, con la compra desperdigada por todas
partes, aunque no había sangre. Tardó en darse cuenta que era su madre. También
le descubrió su homosexualidad.

Bernard escuchaba curioso y
admirado lo que Doris decía en las reuniones que tenía con sus asesores, pues
estaba al frente de varias fundaciones y obras de caridad que se llevaban
muchos millones de dólares de su fortuna. Ella lo tenía todo en su cabeza,
sabía en cada momento el estado de sus finanzas sin mirar un papel. Él sentía
una profunda admiración por ella en esos momentos. En una ocasión se permitió
declarar que gracias a uno de aquellos programas de instrucción para gente sin
recursos, de los que estaban hablando, había podido dejar de ser analfabeto
cuando llegó a EE.UU. desde su Irlanda natal.
Doris se pasaba el tiempo
viajando por todo el mundo, asistiendo a fiestas a las que era invitada, o
viviendo en alguna de las muchas casas que tenía repartidas aquí y allá.
Bernard la acompañó en algunos de estos recorridos, y fue especialmente
memorable para ambos cuando conocieron y se llevaron consigo a un gurú que
hasta entonces había vivido en una cueva durante años y cuya filosofía personal
había hechizado a Doris.
Pero la mayor parte del tiempo
Bernard debía permanecer custodiando la mansión, su residencia habitual,
y le mandaba cartas con prolijas instrucciones acerca de lo que hacer en cada
momento. Era muy puntillosa con todo y había que complacerla al momento. Él
deambulaba por la casa, poniendo flores en la habitación de Doris, cuidando los
detalles, transmitiendo las órdenes de ella, encargándose del invernadero. Pero
sin ella le invadía la soledad, que en realidad siempre le había acuciado, pues
se limitaba a vivir las vidas de aquellos a los que servía. Y
entonces reapareció el fantasma de su alcoholismo, un problema que nunca había
sido resuelto.
Se surtía de la enorme bodega de
Doris, que tenía los mejores vinos y jerez, hasta el punto de que incluso
cuando ella estaba en casa no podía evitar estar ebrio, y se tambaleaba con la
bandeja cuando iba a servir la comida o el té. Un día llegó cantando a la
habitación de Doris, completamente borracho, despertándola y cayendo desmayado
junto a su cama. Un miembro de su servicio le desveló el nº de botellas que
Bernard había sustraído, alegando que no habían querido decirle nada por
lo mucho que le apreciaba, lo que hizo que Doris le despidiera, no sabemos si por delator o por permitir el robo.
A Bernard le mandó a un centro de
desintoxicación, pero durante ese tiempo ella cayó enferma y él, una vez
recuperado, corrió a verla al hospital. De vuelta en casa le rogó que le perdonara
y no le despidiera. Él la cuidaría aún más de lo que lo había hecho nunca, pues
la salud de Doris ya nunca volvió a ser la misma: tenía una enfermedad degenerativa del corazón y del hígado.
En uno de sus cumpleaños él se
disfrazó de mujer, se pintó la cara tal y como ella le había enseñado, y bajó
las escaleras con ella en brazos hasta el comedor. Doris le hizo prometer que
cuando ella muriera hiciera el favor de quitarle unas zapatillas que se solía
poner para dormir desde pequeña, porque le avergonzaba que la pudieran ver así,
y que no hubiera oficios religiosos ni pompas fúnebres, sólo que esparcieran
sus cenizas en el agua.
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En el fondo ella era la que daba
sentido a su vida, y ninguna riqueza material podía llenar el vacío que dejó,
esa otra riqueza humana que Doris le había proporcionado. Seguramente nadie le prestó
tanta atención nunca antes, ni nadie se la prestó después. Todo lo que hizo fue
seguirla, allá donde ella estuviera. Nunca antes se vio un ejemplo de lealtad y veneración tan grandes hacia otra persona.
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