
Él lo tenía todo y lo echó todo por
la borda. Gozaba de prestigio dentro de la profesión, y estaba casado con
una gran dama de la escena y buenísima persona. Su hija es una belleza y un
encanto de ser humano, inteligente y dotada de muchos talentos. Además de actriz
su voz es maravillosa, y ella dice que en realidad todos cantan en su familia
pero sólo ella se atrevió a hacerlo en público.
Pero un buen día Daniel Dicenta abandonó a su
familia. Recuerdo hace años cuando se comentaba, ya divorciados, que vivía como
un vagabundo durmiendo en los bancos de los parques. También las muchas
lágrimas de su mujer, que pasó años deprimida, y que usaba sus trabajos
interpretativos para dar rienda suelta a su tristeza con llantos incontables e incontenibles. Llegó a
resultar ya cargante, aunque con una sensibilidad
extrema como la suya no es difícil imaginar lo mucho que le debió costar superar aquello. Ahora se la ve estupenda, casi mejor que cuando era joven, se ha convertido en una mujer
luminosa, tierna, con una gran personalidad, que disfruta de cada día de su vida como nunca consiguió hacerlo antes y, en este sentido, es toda una inspiración.
Lo que no le impidió despacharse
a gusto con el que fuera su marido en su libro de memorias y en todas las entrevistas que le han hecho. Pienso hasta qué
punto es bueno eso. La reputación de Dicenta ya estaba deshecha, y hay que
tener en cuenta lo que puedan sentir los hijos, pues bueno o malo al fin y al cabo era su
padre. Qué
necesidad hay de airear tanto los asuntos íntimos, ni siquiera como terapia. A la
gente del espectáculo le encanta enseñar al mundo todas las facetas de
su vida, sin pudor. Es como si vivieran en perpetua exposición por voluntad
propia, con gusto, como si se fueran a olvidar de ellos si no llaman la
atención constantemente. No se conforman con la exhibición en el escenario,
necesitan también mostrar lo que es privado.
Qué es lo que nos empuja a buscar
nuestra perdición. Yo creo que todos, en un momento dado, nos dejamos llevar
por las turbulencias de nuestra personalidad y nuestras circunstancias, como un
torbellino que nos envuelve y nos arrastra a donde nunca hubiéramos querido ni
pensado. Incluso los que somos de naturaleza reflexiva, de los que no nos
dejamos llevar por el primer impulso, siempre llega un momento en que ya no
podemos más con ciertas cosas de nuestra vida y terminamos tirando por la calle de en medio, a morir por Dios como se suele decir. Y
más si, como Daniel Dicenta, se tiene un
carácter difícil. Nadie merece algo así, ni siquiera él, por mucho mal que
hubiera hecho. Debería haber alguien que pudiera salvarnos de nosotros mismos
cuando fuera necesario, un ángel de la guarda, o algo parecido. Pero no, aquí
estamos en el mundo, con nuestro libre albedrío, que no lo es tanto al estar
condicionado por el origen, el lugar y la familia en la que nacemos, cosas
todas que nosotros no elegimos.
Son las luces y las sombras que a
todos nos acompañan. Recordaremos a Daniel Dicenta en su esplendor, y
procuraremos olvidar todo lo demás, pues sólo a sus allegados importa.
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