
El duque es en realidad Otis, el
que sería inventor del ascensor, y sobre uno de ellos cae en su descenso desde
la otra dimensión, en el edificio donde vive Stuart. Éste le lleva a su
apartamento, en estado inconsciente, y no es hasta la mañana siguiente cuando
despierta y contempla aterrorizado el lugar tan extraño al que ha venido a
parar. Se incorpora en el sillón y aprieta sin querer el mando de la t.v., en
el que observa desconcertantes imágenes. Se vuelve a mover y pulsa el mando del
equipo de música, lo que hace sonar una canción estridente que lo asusta aún
más. El perro de Stuart no para de
ladrar, sumando más confusión a la ya existente.



El hermano de Kate se lleva a
Leopold a una discoteca y allí le presenta a sus amigos. El duque se queda
sorprendido con el pelaje de los que pueblan el local, el ambiente y la música
que suena. Al hermano le gusta una de las chicas del grupo, e intenta sorprenderla, pero
es Leopold el que acapara la atención de todos con sus historias y su forma de
hablar. Eso le molesta, hasta que el duque le enseña el
nº de teléfono que la chica le ha escrito en un papel cuando Leopold le ha
hablado de él. Este a su vez le descubre al mencionar que se nota lo mucho
que le gusta Kate. El chico hace cábalas sobre lo que hacer con el teléfono.
Piensa dejarle un mensaje en el contestador, “y así la pelota estará
en su terreno”. Leopold no está de acuerdo: “Lo que cuenta es que la pelota
esté en tu campo. Trata de complacerla, no de hostigarla”.
Kate asiste a una cena a la que
le invita su jefe, que tiene la intención de seducirla con el pretexto de darle
un ascenso. Leopold, que se percata de las intenciones, acude al encuentro en
el momento justo, llevado por el hermano de Kate, y le planta cara al jefe con
la altanería y la finura que le caracterizan. Kate se molesta por ello, y
Leopold le manda una carta, escrita con una pluma que ha encontrado en el
apartamento, en la que le pide disculpas con las palabras más bellas que nadie
haya podido escoger jamás, invitándola a una cena en la azotea del edificio a
las 8. Ella acepta, sorprendida y encantada con la misiva.

A partir de entonces salen a
diario, durante esa semana que Stuart permanece convaleciente en el hospital,
de donde creía que saldría en un día. Su historia no es creída por nadie, y
termina en la zona psiquiátrica, vigilado por una enfermera, que llora
emocionada por sus sentimientos.
Leopold, en una de sus salidas con Kate, ve el edificio que es la
casa de su tío, que permanece tal y como estaba en medio de otros más modernos.
Entra con Kate y comprueba que lo han convertido en una especie de museo con
salones para convenciones. Sube las escaleras, encontrándose con el cuadro en
el que está retratado él con sus padres, hasta su dormitorio, convertido en una
sala de lectura. Aún permanece el gran espejo de pie ovalado que tenía, y se
mira en él. De la pared extrae, en una cámara escondida que sólo él conoce, una
caja que contiene todo lo que más aprecia, recuerdos de familia, entre ellos
una sortija de su madre, que guarda en un bolsillo.

Kate se da cuenta de las
posibilidades de Leopold en el mundo de la publicidad, por su porte (continua
llevando la ropa que usaba en su época) y su forma de expresarse. Se trata de
anunciar una mantequilla, y todo parece ir bien hasta que el duque la prueba y
se horroriza: dice que parece grasa de untar a las sillas de montar, y a agua
de estanque. Sale del estudio enfadado, perseguido por Kate: “¿Qué le ha pasado
al mundo? Tenemos el confort, las comodidades, pero no hay tiempo para la
integridad”, se lamenta indignado. Pero regresa para no crearle
problemas a Kate: ella está de acuerdo, pero quiere ascender y llevar la vida
llena de esas comodidades de las que habla Leopold, y que dice no haber tenido
nunca. Hay que terminar lo que se ha empezado.
Stuart consigue escapar del
hospital, después de camelarse a su cuidadora, a la que ha conseguido conmover,
y regresa al apartamento. Se lleva a Leopold al puente para que pueda volver al
pasado, pues es el día indicado. Kate, que ha conseguido el ascenso, mira unas
fotos, cuando va a dar el discurso de agradecimiento, y estando en la casa del tío de Leopold en uno de los salones de convenciones, en las que aparece el duque bailando la
noche de la cena de gala en la que habrá de elegir esposa, con todas las
mujeres vestidas de época y el boato que acompaña a esas fiestas en aquel
entonces. Para su sorpresa, se ve a ella misma observando entre la multitud.
Stuart le dice que su destino es estar con él, y la convence para que de el salto
desde el puente. Ella se despide de su hermano antes de saltar, y él le dice
que no se preocupe, que estará bien.

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