
Hace un par de veranos hice su
descubrimiento, no recuerdo si por casualidad o llevada por alguna reseña de algún
crítico literario, que suelo seguir aunque no siempre me haya llevado
por buenos caminos. En esta ocasión, después de releerme los 3 que tenía,
decidí comprarme otros tantos del mismo autor, inéditos para mí. Es
inagotable la fuente de recuerdos de este hombre que, sin ser escritor profesional (él era biólogo), ha conseguido encandilar a millones de lectores
de todo el mundo, haciéndonos pasar ratos inolvidables.
Con las
relecturas, lo mismo que cuando vuelves a ver una película una y otra vez, encuentras en cada ocasión algo distinto de lo que no te habías percatado
antes. Y en realidad estaba todo ahí, desde el principio. Me doy cuenta de que
Gerald Durrell fue un niño solitario pero feliz, algo que no creí nunca
posible, puesto que siempre pensé que una infancia sin la compañía de otros
de tu edad es como un erial. Pero él fue un niño que gozaba con sus
aficiones en las que, si acaso le acompañaba alguien, prefería que fuese siempre
un adulto. Curioso, sensible e inteligente, capaz de
apreciar ciertas cosas que sólo se suelen valorar al llegar a la edad adulta,
es un placer contemplar el mundo a través de sus ojos infantiles y fascinados. Cuánto me identifico con él.

Es imposible no querer a una familia como la de los Durrell a través de las descripciones de Gerald. Todos, cada uno a su manera, conforman un conjunto variopinto, con sus ocurrencias, sus manías y sus gustos, que acaban formando parte de nuestro imaginario como si casi fueran parientes nuestros. Me llama especialmente la atención la parte que dedica a su hermano mayor, Lawrence, que con el tiempo se convertiría, según he leído en internet, en uno de los escritores y poetas más importantes del siglo XX. Pero en aquel entonces, y muy cómicamente descrito por Gerald, era un joven resabiado y petulante que, sin embargo, me ha hecho reir mucho con sus sarcasmos. Se percibe, sin embargo, el amor y la admiración del hermano pequeño por el mayor, algo que se perpetuaría a lo largo de sus vidas.
Es curioso comprobar cómo Gerald Durrell tergirversa la memoria de sus días de infancia omitiendo ciertos detalles, como que Lawrence ya estaba casado cuando se fueron a vivir a Corfú, escenario maravilloso de aquel descubrimiento suyo del mundo. Por ninguna parte aparece aquella 1ª esposa que tuvo su hermano, como si nunca hubiera existido. Lo difícil que debe ser hacer desaparecer de un relato a una determinada persona que, sin duda, participó de todos los acontecimientos que tuvieron lugar. Como tampoco aclara que su hermano no les siguiera en su regreso a Inglaterra, después de 5 años de estancia en la isla. Es como si en todo momento quisiera dar la impresión de que su familia era una piña, un tótem sagrado imposible de romper. Con los años, y ya cada cual haciendo su vida en países diferentes, se vería que la familia casi no se reunía y que incluso cuando murió uno de los hermanos, Leslie, no pudieron asistir a su entierro por sus compromisos y la distancia. Pero en aquel entonces, en tierras griegas, todo era idílico, como suele pasar en la tierna 1ª edad, cuando las familias están aún unidas y las tristezas de la vida (el cabeza de familia murió pronto) se sobrellevan mejor porque permanecen todos juntos.


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