miércoles 10 de febrero de 2010

En el campo


Ahora que ya se va acercando la primavera y los días se van alargando un poco más, me vienen a la memoria aquellos fines de semana en los que iba con mi familia al Escorial, lugar de veraneo de mi madre en su infancia y donde nació y se casó su hermano pequeño.
A mí siempre me ha gustado estar en contacto con la Naturaleza, me da igual que sea el campo, el mar o cualquier otro lugar al aire libre. Pero la primera vez que fui recuerdo que me producían pánico las mariposas, no estaba acostumbrada a ellas, como niña de ciudad que era, aquellos insectos me parecían enormes y que volaban sin control, acercándose y alejándose tan deprisa que no había forma de sustraerse a sus movimientos. Hace poco leí un artículo de Juan Manuel de Prada en el que hacía una extensa relación de los tipos de mariposas que él aprendió a conocer desde pequeño, y me cautivó la manera como describió a cada una, según su vuelo y sus colores. Con el tiempo supe yo también a apreciar su belleza y su delicadeza, despertaba mi curiosidad ese polvillo multicolor que desprenden cuando las coges por las alas (sólo con dos dedos y para observarlas, enseguida las dejaba libres otra vez).
Pronto me familiaricé con todos los pequeños animales que en el campo puedes encontrar: las lombrices, las hormigas (cómo se llevaban los restos de comida), las abejas, un pequeño gusano que adoptaba el aspecto semejante a la corteza de un árbol y cuando lo ibas a tocar te llevabas el chasco…
En el campo yo era feliz. Nos poníamos en una zona verde junto a un gran árbol. Bajo sus ramas mi padre improvisaba, con unos tablones que encontró un día por allí, una estrecha mesa y un asiento corrido para la hora de comer. En el pueblo habíamos llenado una botella con vino que vendían en una tienda muy antigua, llena de cubas, que al entrar olía a humedad y a uva fermentada. Siempre estaba fresco, y lo tomábamos mezclado con casera. Mi madre traía cinta de lomo rebozada y abríamos unas latas de fabada asturiana que calentábamos en el camping gas. Cuando venía también mi abuela Pilar recuerdo que traía entre otras cosas una ensalada que aliñaba en el momento con chorros de limón. Qué bien olía.
Los días de invierno en los que el cielo estaba despejado, que me encantaban, nos acercábamos a una tapia que había allí cerca y nos recostábamos sentados en unos poyetes de piedra contra el muro a tomar el sol, como hacían los lagartos que surgían de entre las grietas. Durante una época hicimos amistad con dos hermanas inglesas, treinteañeras, que solían ponerse allí también en camiseta de tirantes y con los pantalones remangados para broncearse. Su piel siempre estaba roja. Hablaban español perfectamente, y cuando no estaban contra la tapia se las podía ver en las inmediaciones del monasterio haciendo lo mismo.
Una vez saltamos con mi padre aquel muro (era altísimo), y vimos vacas y un redil con un toro bravo dentro. Como no se nos ocurrió otra cosa que provocarlo, el animal se enfureció y se llevó por delante la débil portezuela de madera de la cerca y nos persiguió, zafándonos por los pelos de él al encaramarnos a la tapia y trepar con una ligereza que nunca habríamos sospechado en nosotros.
Durante mucho tiempo hubo una pequeña casa abandonada en la que nos refugiábamos cuando llovía, y encendíamos fuego justo debajo del tiro de la chimenea para calentarnos. Estaba llena de deposiciones y no tenía suelo, era todo tierra y piedras. Se ve que todos íbamos allí a hacer lo mismo. Muchos años después la derribaron y en su lugar, con tanto abono natural, crecieron pequeños árboles y matas.
También hacíamos una hoguera a cielo abierto los días de mucho frío, pero luego lo prohibieron. Nos encantaba encontrar ramas para atizar el fuego y que las llamas fueran cada vez más altas.
En primavera el campo se llenaba de amapolas y margaritas, entre otras flores preciosas. Algunas las cortábamos y nos las poníamos en el pelo. Mi hermana y yo nos pasábamos el tiempo soplando dientes de león. La hierba a veces crecía tanto que nos llegaba más arriba de la cintura. Como estaba un poco en pendiente nos tirábamos dando vueltas sobre nosotras mismas hasta que acabábamos mareadas.
En verano llenábamos recipientes con montones de moras negras y enormes que crecían a los lados del camino principal y que estaban dulcísimas. Me gustaba tumbarme boca arriba y mirar las nubes tan blancas pasar en el cielo azul con formas caprichosas que mi imaginación convertía en toda clase de cosas. También observaba de cerca las flores, la hierba y a los bichos diminutos que pululaban alrededor. Solíamos acercarnos a un quiosco que estaba un poco retirado a comprar tarrinas de helado para después de comer. El agua la cogíamos fresquísima de una fuente que había cerca del quiosco, que se surtía de los manantiales que venían de las montañas cercanas.
Las vacas llegaban hasta allí con frecuencia y se quedaban a una distancia prudente, pues eran muy asustadizas. Nos dejaban después las enormes y escatológicas pruebas de su paso. En alguna ocasión me sentaba cerca de ellas, inmóvil, y cuando se acostumbraban a mi presencia y ya casi no me percibían, entonces hacía un movimiento brusco y salían corriendo, aterrorizadas. Recuerdo sus enormes ojos saltones vigilándome de soslayo.
En época de colegio, nos llevábamos nuestros libros y siempre había un rato para estudiar, aunque allí me costaba mucho concentrarme, tantas cosas llamaban mi atención. También jugábamos al tenis con volantines, y dábamos patadas a un balón. Por aquel entonces tenía yo un cañonazo de derecha que daba gusto, tal es así que si me pasaba un poco y tiraba demasiado alto, era fácil que se colara por encima de la tapia.
Siguiendo uno de los senderos, junto a la tapia, se llegaba a un campo de fútbol, que siempre vi vacío, y en el que nos colábamos con mi padre. Allí mi hermana hacía acopio de chapas de cervezas y refrescos que estaban por todas partes formando pequeñas montañas multicolores, para coleccionarlas.
Al regresar atravesábamos campos hasta llegar a las vías, y allí las seguíamos por un lado hasta la estación. La verdad es que era un poco peligroso. Ahora ya no se puede hacer porque han acotado con vallas algunos tramos para que pasten las vacas.
Cuando tuve a los niños nos gustaba ir en primavera, y allí ellos disfrutaban mucho. Pero últimamente errábamos con los pronósticos del tiempo y nos tocó salir corriendo alguna vez por el granizo o la nieve.
El guarda forestal, que tenía casa junto a una de las entradas, tuvo un cachorro de perro al que solíamos dar leche con un biberón. También en el quiosco había gatos pequeños, y les gustaba que les acariciáramos el lomo una y otra vez, se arqueaban de gusto y levantaban la cola larguísima.
Lo que más recuerdo de mis días al aire libre en el campo, además del paisaje tan bonito y las cosas que hacíamos allí, es sentarme a escuchar el rumor del viento entre las ramas de los árboles, tan frondosos por aquel entonces. Me parecía que era como el murmullo de la marea en la playa, avanzando y retrocediendo incansable en la orilla. La tranquilidad que allí se respiraba, sólo alterada por ese viento en las copas de los árboles o el trinar de los pájaros los días en que hacía buen tiempo, es algo que echo mucho en falta, necesito de vez en cuando respirar ese ambiente de paz absoluta, ese aire limpio, dejar perder la vista en la bucólica lejanía campestre, volver a encontrar en la sencillez de las pequeñas grandes cosas de la Naturaleza la esencia de la vida.

martes 9 de febrero de 2010

Publicidad


Lo peor de la televisión de hoy en día es el bombardeo publicitario al que nos somete a diario, ese aluvión de anuncios que reclaman nuestra atención para que consumamos sin parar. Y sin embargo, hay algunos que se quedan grabados en nuestra memoria tanto por lo que de especial puedan tener como por lo horribles que nos parezcan.
Y así pasa que cuando, siendo niña, cambiamos la tele en blanco y negro por otra en color, recuerdo perfectamente que la primera imagen que vimos nada más encenderla fue un anuncio de tomate frito Solís que una mano femenina esparcía generosamente sobre un espléndido huevo frito. Qué impacto visual, qué mezcla de colores.
Hace años me gustaban mucho los anuncios de perfume. Aquel en el que salía una exótica isla de noche, iluminado el mar por una luna llena maravillosa, en medio de una sucesión de diferentes tonalidades de azul tan sugerentes y relajantes, y unos bellísmimos ojos de mujer flotando enormes en el aire sobre la isla. “La mujer es una isla y Fidji su perfume”, decía el slogan. Parecía que sólo por usarlo te transportabas a esos parajes tan lejanos y hermosos. Había otro anuncio de una colonia muy fresca, Alada, cuyo slogan era “una gota, un beso”. La primera vez que lo vi me quedé impactada por la belleza de la modelo protagonista, pues su mirada azul era tan intensa y la perfección de su rostro era tal que causaba una conmoción estética contemplarla. Desde luego hay personas que casi da miedo mirarles a la cara de lo guapas que son. Me pasó lo mismo con Elizabeth Taylor en la escena de “El espejo roto”, cuando se descubre que ella es la autora del crimen, la forma como miró a su interlocutor con sus enormes ojos violetas era de una belleza aterradora.
En la actualidad la publicidad es una constante fuente de placer y de imágenes e ideas sorprendentes. Desde los maravillosos anuncios en los que se ven en primer plano gigantescas olas de helado, masas envolventes de delicioso chocolate y refrescos burbujeantes, hasta ciertos anuncios de colonia de hombre, como aquel en el que el modelo que lo protagonizaba se paseaba como Dios lo trajo al mundo por el loft en el que vivía, y lo hacía de una forma tan natural, su cuerpo era tan bonito y las tomas habían sido hechas con tan buen gusto, que no hería sensibilidad alguna, al contrario, era un regalo para los sentidos. Eso sí, que no me pregunten cuál era la marca de la colonia porque no me acuerdo.
Pero luego hay anuncios que llegan a aburrir, sobre todo los que se refieren a coches, porque cuentan unas historias absurdas que poco tienen que ver con el producto que van a vender. Los de seguros son también tediosos, sobre todo ese de ING Direct, cuando sale un teléfono rojo que va como loco de aquí para allá con un sonido estridente. Y por supuesto los de detergente, mire, compare y si encuentra algo mejor cómprelo. Qué horror, con todas esas señoras que sueltan interminables y monótonos monólogos que ni ellas mismas se creen, y que parecen preguntarse qué hacen ellas allí diciendo esas tonterías. Es como si la limpieza de la ropa, como todo lo que tenga que ver con el hogar, fuera un asunto exclusivamente femenino, y además hacen aparecer mujeres con aspecto corriente y aire aburrido a las que identificamos despectivamente con las mal llamadas marujas. Nunca sale ningún hombre, y si lo hace, se le ve en plan cómico, como si aquello no fuera con él. La virilidad y saber poner una lavadora por lo visto son incompatibles.
También encontraba deplorables esos anuncios de Potitos Bledine, cuando se ve a la madre joven reprochando a la madre mayor que aún prepare la comida de los niños en la cocina, la hace quedar como tonta, como que le gusta perder el tiempo y que no se ha puesto al día con los nuevos adelantos en materia nutricional infantil. Donde esté ese potingue color cagalera, que lleva meses envasado, cuando no años, y que seguramente si tiene algo de alimento son desechos orgánicos, en un batiburrillo incalificable, que se quite la comida casera de toda la vida, recién hecha y con productos frescos.
Y los anuncios de artículos de aseo personal, como los geles de baño, que siempre aparecen mujeres desnudas, o aquel de desodorante, en el que una mujer besaba la axila de un hombre, levantaron en su momento mucha polémica por considerárselos machistas. Todavía el género femenino sigue siendo utilizado como objeto de reclamo para vender.
Hace poco leí que con algunas de las técnicas usadas habitualmente en publicidad no se obtiene el resultado esperado. Así los anuncios en los que se incluyen imágenes sexualmente sugerentes distraen la atención del verdadero objeto del spot, como me ha ocurrido a mí con la colonia de hombre que mencioné antes, o la publicidad incluida en las películas, que suele pasar inadvertida. Asímismo las siniestras advertencias incluidas en las cajetillas de tabaco, en lugar de producir un efecto disuasorio lo que hacen es aumentar la ansiedad del consumidor y, por tanto, su adicción.
Con los efectos especiales creados por ordenador, el campo de acción de la publicidad se ha hecho inabarcable. Se producen auténticas maravillas, hay verdaderos genios trabajando en ésto, y gente con un gusto exquisito. Pero no hay que olvidar que es una forma más de captar nuestra atención y conseguir modificar nuestra conducta en una determinada dirección, y para ello se vale del humor, el sentimentalismo, el horror, como en los anuncios de la DGT, y de lo que haga falta, todo ello aderezado con increíbles gags visuales y una muy escogida música de fondo. Se trata de cautivar nuestros cinco sentidos. Y lo consiguen, vaya si lo consiguen.

lunes 8 de febrero de 2010

Justicia


El sistema judicial es uno de los que menos fiscalizado está de entre todos los que existen. Los jueces hacen y deshacen prácticamente a su libre albur, justificando sus decisiones con su supuesto atenimiento a la ley y a la jurisprudencia.
Errores puede haber en el ejercicio de cualquier profesión, pero hay algunos sectores, como el de los médicos o los jueces, en que esos fallos tienen unas consecuencias terribles para el que es objeto de los mismos. Exculpar delincuentes por falta de pruebas y condenar inocentes falsificando testimonios y documentos es una aberración enorme que está a la orden del día.
Ya de por sí que por una misma causa se puedan dictar sentencias radicalmente opuestas, dependiendo de quién las decida, es una incongruencia para la que no logro encontrar explicación alguna. La justicia, sinónimo de equidad e imparcialidad, no puede ser distinta en un lugar o en otro dentro de un mismo sistema judicial, no puede depender de la opinión personal de un juez determinado ni del humor con que se haya levantado de la cama esa mañana. Hace años un compañero de trabajo y amigo que tenía siempre problemas con una vecina desequilibrada con la que estaba cada dos por tres de juicios, se quejaba de que siempre le tocaban juezas y que esa era la causa más probable de que siempre le condenaran a él y la exculparan a ella.
Y es que un juicio suele parecer una pequeña representación teatral, una tragicomedia en la que cada uno expone su caso tan subjetivamente que a veces es difícil desentrañar la verdad. Lo de jurar sobre la Biblia que se dirá la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad no tiene mucho sentido, pues muchos de los que lo hacen no tienen creencia religiosa alguna y es como si les mandaras jurar sobre un libro de cómics o de recetas de cocina.
Da igual cuáles hayan sido los hechos, sólo importan las evidencias, las pruebas materiales, aunque estén falseadas o induzcan a error. La clave está en el letrado que te defienda: si te puedes permitir el lujo de contratar los servicios de un abogado implacable que conozca al dedillo los entresijos del sistema legal, sabes por anticipado que tienes el juicio ganado, da igual si eres culpable o inocente o si tus reclamaciones son procedentes o no.
Hace poco vi una película en la que un juez era invitado a participar en una especie de asociación de jueces que se reunían en secreto para revisar los casos en los que se habían pronunciado con anterioridad ellos u otros jueces conocidos, y darles una sentencia diferente, cuando se había comprobado que la primera había sido errónea. Para hacer cumplir sus nuevos designios se valían de un asesino a sueldo que actuaba con una implacable eficacia, pues la nueva sentencia era indefectiblemente la muerte. Se trataba de eliminar a todos los indeseables que anduvieran por ahí sueltos, pues con ello se hacía un favor a la sociedad. El protagonista pone sobre la mesa su último caso, en el que cree haber liberado, por falta de pruebas pero con evidencias de culpabilidad, a dos violadores y asesinos de niños. Cuando aparecen los verdaderos culpables, busca temerariamente a los dos delincuentes para avisarles de que su vida corre peligro, por lo que también él es sentenciado por el grupo de jueces a morir para no ser delatados. Es como la pescadilla que se muerde la cola.
Resulta muy sorprendente la idea de unos jueces que se juzgan a sí mismos y pretenden rectificar sobre lo ya realizado, y más el hecho de que se conviertan ellos mismos en unos delincuentes al hacerlo. El fin nunca podrá justificar los medios, es como si ellos se consideraran dioses, dueños no sólo de la justicia sino también de la vida y la muerte. Ignoro si un juez puede revisar un caso que él mismo hubiera cerrado con anterioridad y por propia iniciativa. A lo mejor el proceso sería demasiado largo. Pero la frialdad con la que vuelven sobre sus sentencias es casi de psicópata. Si cometen de nuevo un error tampoco pasa nada, al fin y al cabo se trata de la escoria de la sociedad, no se pierde gran cosa. La vida humana tiene un valor relativo.
Pero la posibilidad de que el sistema legal se convierta en una amenaza para el ciudadano en lugar de que siga siendo un medio de defensa para todos nosotros contra posibles abusos, es como una pesadilla.
Imagino que los jueces deben estar hartos de tener que vérselas con criminales, de cómo éstos permanecen un tiempo en la cárcel y vuelven a salir a la calle para volver a delinquir. El número y la variedad de delitos parece no tener fin, y envenenan una sociedad que podría ser casi perfecta si no hubiera quien los cometiera. Un mundo ideal que parece imposible hacer realidad.

viernes 5 de febrero de 2010

Americanos


Me hizo gracia el otro día en una película, cuando un sargento del ejército norteamericano (Bill Murray, con su tan particular sentido del humor), arengaba en plan irónico a su tropa hablando sobre las “delicias” de ser americano: un pueblo compuesto por todos los indeseables que hace 200 años no quisieron en ningún otro país del mundo, y que lleva dando la lata militarmente al resto del planeta desde tiempo inmemorial, gente que es capaz de venerar una mecedora muy vieja sólo porque se sentó en ella alguno de sus peculiares presidentes y es como la exigua representación de una historia que apenas tienen.
Y qué son los americanos al fin y al cabo sino descendientes nuestros, europeos que se afincaron allí buscando nuevos territorios y prosperidad. Somos nosotros pero adulterados, mezclados con razas de todo el mundo, como en una inmensa coctelera que se ha convertido casi en un polvorín. EEUU es una gigantesca Babel.
Es divertido ver como hasta ellos se ríen de sí mismos, aunque normalmente se consideren importantes y preeminentes respecto a los demás. Y no sólo por la forma como se presentan a sí mismos en la televisión o en el cine. No tengo más que remontarme a hace unos años cuando echaban el ancla cerca de la costa un par de buques de guerra, en Benidorm, estando yo de vacaciones, y una multitud de marines nos invadían, alterando la tranquilidad del lugar. A mí me parecían un atajo de descerebrados musculados que, hartos de estar en alta mar sin ver tierra, llegaban allí como motos. Recuerdo que una vez, yendo en la “gua-gua”, había unos cuantos con sus uniformes tan blancos, ofreciendo tabaco y chicle a la gente. Me pareció que se comportaban como los visitantes de un zoológico que ofrecen chucherías a los animales. O los turistas que viajan a un país pobre y dan unas cuantas monedas a la nube de desgraciados que se apresuran a rodearlos pidiendo limosna. Nadie va a un país civilizado ofreciendo cosas a los demás, lo normal es intentar adaptarse a las costumbres del sitio que se visita, comportarse con naturalidad y pasar lo más desapercibido posible.
Los americanos nos inspiran cierta desconfianza por la costumbre invasora que es tan consustancial en ellos: el imperialismo yanqui es algo que no tiene parangón con ningún otro afán colonizador conocido actualmente. Cuando nos ofrecen algo nos da la sensación de que lo hacen para que nos confiemos y luego poder caer sobre nosotros y usurparnos lo que es nuestro.
Pero peor que su siniestro interés es su indiferencia. “Bienvenido Mr.Marshall” es un ejemplo muy claro de esto último. Película que he odiado toda mi vida por cierto. Aunque era una crítica muy acertada a la servidumbre del resto del mundo respecto a Norteamérica, y en particular de España en aquel momento, sin embargo el hecho en sí me produce tanta indignación que no lo puedo ni ver. La prepotencia, la grosería del país extranjero que nos visita y del que esperamos a cambio no sé qué parabienes, y la humillación posterior cuando descubrimos que no significamos nada para ellos, que somos tan insignificantes a su lado que no merece la pena ni reparar en nosotros, directamente pasan por encima nuestro. Su indiferencia nos deja en evidencia, y es casi el lógico castigo por tanto servilismo inútil. La cancioncita que pone música de fondo a la película, “Americanos, os recibimos con alegría…” la detesto profundamente.
Pero parece que no hemos evolucionado con el tiempo en este sentido, porque hoy en día seguimos siendo víctimas de su influencia, como el resto del mundo. Ahí están los Burguer King, las películas de Hollywood, sus modas, sus tendencias, todo. Cierto es que los de mi generación hemos crecido y en cierta forma aprendido a vivir con los largometrajes americanos. Por su culpa soñamos con una casa con porche y un pequeño jardín, una cocina con una puerta con acceso a la calle para las mascotas, una buhardilla con su arcón lleno de misterios y nostalgias, chimenea y habitaciones con grandes cristaleras a cuyos pies se sitúen adosadas banquetas acolchadas desde las que contemplar el paisaje. Por su culpa deseamos tener aventuras que muy difícilmente sucederán en nuestra vida cotidiana, y nos han vendido la burra del amor duradero, apasionado y romántico con final feliz. Pero a cambio, han desarrollado nuestra capacidad de soñar, que también es importante. Nos han inculcado su visión de la vida, y su influencia está en nosotros, en todo lo que hacemos y pensamos. Visto así puede parecer un auténtico lavado de cerebro.
Los criticamos, pero en cierta forma los admiramos a un tiempo. Siguen sin localizarnos en el mapa, pero casi mejor que sea así. Nosotros no les quitaremos la vista de encima. Nunca sabemos lo que podemos esperar de ellos.

jueves 4 de febrero de 2010

Para Ángel


Me es muy difícil hablar sobre el que fuera mi suegro mientras estuve casada, y más en las presentes circunstancias, sabiendo que está muy enfermo. Vienen a mi mente un montón de imágenes y emociones de muchas clases. Y es que si hubo alguien en la familia de mi ex marido al que llegué a querer de veras fue a él, a Ángel.
Cierto es que, al igual que su hijo, fue siempre un pésimo marido y padre, pues trataba sin respeto a su mujer y nunca ejerció como progenitor, limitándose exclusivamente a traer el dinero a casa. Pero en lo que a mí respecta, me trató siempre con cariño y me acogió en su familia como ninguno de sus otros miembros hizo.
Ángel es un hombre de contrastes extremos, lo que hay de bueno en él es muy bueno y lo que hay de malo es muy malo también, no existen los términos medios. Igual te plantaba un huerto o un precioso jardín, que construía una casa, o hacía las pequeñas viviendas de un belén navideño, con sus muebles en miniatura y todo. Pero también su mal genio traía de cabeza a todos, podía ser una persona completamente irracional como algo se le metiera en la cabeza, e imponía su parecer a la fuerza si era necesario. “Todo lo hago por vosotros”, solía decir a su familia, pero era como el tirano absolutista aquel que afirmaba “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Nunca confiaba en nadie, aunque sus hijos jamás le hubieran dado motivos para ello. A mi suegra nunca la quiso, y le amargó la existencia hasta el último momento. A los perros que tuvo durante una época los trataba a palos cada vez que hacían algo que no le gustara, cuando no le veíamos nadie, para que no le censuráramos. Sin embargo se le saltaron las lágrimas en el mismo altar cuando su hijo y yo nos acabábamos de casar, y también cuando nació nuestro primer vástago. Me cuentan mis padres que subió al nido enseguida y estuvo mirándolo en su cuna largo rato, muy emocionado, llorarando, algo que no le hemos vuelto a ver hacer nunca más.
Él solía decir que era un paleto, y lo decía sin complejos delante de su mujer, que se ponía de mal humor porque estas cosas a ella sí le causaban vergüenza. Nunca ví a nadie que quisiera más al pueblo que le vió nacer, y mira que yo nunca le encontré nada de especial, antes al contrario, me parecía un desierto y la gente muy bruta y maleducada en general, pero para él era el paraíso, la tierra de sus antepasados, y no había paisaje tan incomparable como aquel que se divisaba desde la planta alta del chalet donde vivía, y en el que pasábamos casi todos los fines de semana y algunas fiestas mientras estuve casada.
Disfrutaba viendo que nosotros disfrutábamos: cuando nos bañábamos en la piscina al llegar el verano, cuando hacía barbacoas en el patio, si admiraba las flores que plantaba aquí y allá, pensamientos, tulipanes, lo que fuera. Parece mentira cómo un hombre tan aparentemente tosco para las cosas del mundo sabía apreciar sin embargo la belleza de las plantas, y se admiraba de que en la Naturaleza se pudieran combinar tan armoniosamente los colores, esas tonalidades que la mano del hombre no había sabido imitar.
En invierno le recuerdo especialmente subiendo del patio los trozos de chopo que había cortado y encendiendo con ellos la chimenea. Le gustaba estar cerca del fuego, se abstraía mirándolo.
Le encantaba emprender un viaje, pues a lo largo de su vida no había tenido mucha ocasión de hacerlo, pero su mal humor al tener que regresar era proverbial también.
Con frecuencia recordaba su infancia, y especialmente a su padre, la única persona de la que siempre le oí hablar maravillas. Su carácter debía ser mucho más apacible que el suyo, aunque su vida fuera si cabe más dura que la de él: en la guerra regentaba una taberna y los milicianos se lo quitaron todo. Esa época de su vida la rememoraba con verdadero horror, tal fue la cantidad de escenas terribles que tuvo que presenciar, como la de aquella mujer que fue obligada a arrodillarse en mitad de la calle con las manos detrás de la cabeza, en presencia de su marido y sus hijos, y golpeada en los pechos con la culata de un fusil, o todos aquellos amigos y vecinos que llevaban a los campos para acribillarlos a tiros. Su padre, tras acabar aquel periodo, se dedicó a la pesca furtiva, porque no era fácil encontrar un medio de subsistencia, con tan mala fortuna que uno de los cartuchos que utilizaba tenía la mecha defectuosa y le estalló, amputándole un brazo. Él estaba muy cerca cuando le pasó esto a su padre, y fue desde luego una experiencia traumática. Pocos años después murió. Su madre quiso rehacer su vida con otro hombre, que no gustó a la familia porque veían que sólo se quería aprovechar de ella. Cuando por fin la abandonó, ella perdió la razón y el único de los cinco hijos que la acogió fue Ángel.
Él era el hermano mayor, y tuvo que cuidar de los demás desde pequeño, tanto en las tareas domésticas como con trabajos fuera de casa. De aquel tiempo le quedó su afición a la cocina. Cocinaba a su aire, sin recetas. A veces se inventaba platos sobre la marcha, le gustaba combinar los sabores y ver qué pasaba. Hacía cocina creativa, pero a su manera muy particular. Él no separaba los dientes de ajo y los pelaba, sino que les daba un puñetazo enorme y salían cada uno por su lado, medio pelados. Él no picaba cebolla, le asestaba un golpe tremendo y se medio desmenuzaba sola. Nunca miraba el reloj, ni calculaba cantidades, todo lo hacía a ojo y todo le salía delicioso. Yo fui su pinche en incontables ocasiones, y de él aprendí muchas recetas que aún sigo haciendo.
En el tiempo de la recogida de la aceituna, por estas fechas, era el más entusiasta de todos: tan pronto estaba a los pies de los olivos vareando desde abajo las ramas, como se subía en un momento a la copa de los árboles y lo hacía desde arriba, era el único que se atrevía a subirse a las alturas. Cuando ya no pudo subirse, era el que cocinaba el puchero con el guiso encendiendo una hoguera, que con el frío que hacía en los campos y por estar al aire libre, sabía a gloria bendita.
En política era un conservador a ultranza, y se hacía cruces cuando veía en televisión a políticos de izquierda, siempre decía que tenían las mandíbulas apretadas, que no dialogaban, que había odio y rencor en ellos.
Ángel supo antes que nosotros mismos que nuestro matrimonio iba a naufragar, y me consta que si alguien de aquella familia lo sintió de veras fue él. Me parece mentira que ahora esté enfermo por culpa del cáncer, que esté perdiendo la cabeza y que ya no vuelva a ser nunca más el que era. Me cuesta creer que le quede poco tiempo de vida. Las disputas de aquella familia, sobre todo con él, eran una interminable guerra sin cuartel que no tenía sentido alguno.
Mi suegro podía ser un hombre implacable, brutal diría yo, pero inexplicablemente también emotivo y humano según el momento. Conversábamos mucho, sobre todo en la terraza por la noche, después de cenar, y podíamos estar así hasta la madrugada, sin darnos cuenta de cómo pasaba el tiempo. Él tenía una particular visión del mundo, y aunque decía cosas que se veía que eran fruto de su ignorancia, de otras aprendí mucho porque era un hombre que había pasado mucho en la vida. Como él solía decir “En una vida hay muchas vidas”.
Siento mucho lo que le está pasando y más lo voy a sentir cuando ya no esté. Lamento mucho todo lo que ha pasado en general en los últimos tiempos. Cuánto me hubiera gustado que todo hubiera sido de otra manera.
Sólo espero que el tiempo que le quede sufra lo menos posible. Le tendré en mis oraciones hasta entonces, y confío en que allá donde vaya después nos guarde un sitio a su lado, si es que merecemos alguno ir al cielo. Yo siempre le voy a querer.

jueves 28 de enero de 2010

Aprendiendo a conducir


No recuerdo una etapa de mi vida en la que me viera en situaciones tan difíciles y rocambolescas como cuando me saqué el carnet de conducir.
Recuerdo que empecé un verano y acabé en febrero del año siguiente. Al principio el único inconveniente era el calor bestial que hacía a la 4 ó 5 de la tarde, cuando me ponía al volante. Juan, el profesor, andaluz él, me repetía siempre la misma pregunta: “Pili ¿de qué te has vuelto a olvidar?”. Toda mi preocupación era ponerme el cinturón de seguridad y comprobar que los retrovisores estaban en la posición adecuada, pero se me pasaba por alto lo de regular el asiento, pues cada alumno lo ponía en una posición distinta, según sus necesidades.
Mi primer recorrido fue junto a mi casa, bordeando el estadio del Atlético, cuesta abajo. Iba yo muy despacito, con mucho miedo. Él sujetaba un poco el volante, y nunca dejaba sus pies lejos de los pedales que los instructores de las autoescuelas llevan siempre en sus coches. El vehículo que me asignaron no era precisamente pequeño, un Renault 21. Al principio íbamos como a trompicones y el motor se me calaba con frecuencia (algo que me ponía muy nerviosa), pero no tardé mucho en conseguir accionar los pedales y meter las marchas con suavidad. Antes de aprender creía que la conducción era una cosa más automática, menos mecánica. Siempre me ha parecido algo rudimentario, todo a base de pedales y palancas.
Cuando ya me fui soltando, nos alejábamos cada vez más de nuestra zona. Solía llevarme a un gran solar en el que me hacía pisar el acelerador y dar marcha atrás, para que me fuera acostumbrando.
Luego vino la parte difícil, subir calles empinadísimas, sin perder nunca de vista el freno de mano. Eso sí que me daba miedo, constantemente el coche se me iba para atrás y había que estar al quite con los pedales. Me las hizo subir y bajar montones de veces, y yo le decía que tuviera piedad. Él se reía mucho, el muy **//·#”/
La parte que más me gustó fue cuando empezamos a ir por las autopistas. Eso de poder meter la 5ª marcha era lo más. Los pedales parecían más ligeros y la verdad es que dentro del coche no era consciente de la velocidad que alcanzaba. Pero no era capaz de hacer adelantamientos. Dicen que la forma de conducir revela la personalidad del que se pone al volante. Además no confío en las reacciones imprevistas de los demás. Eso le exasperaba al profesor, y tan sólo adelanté a otro coche en una ocasión porque él me lo pidió.
Lo de las enormes ruedas de enormes camiones girando con gran estruendo junto a mi ventanilla era otro de mis terrores. Juan decía que no debía darle importancia, pero yo me veía como una pulga al lado de aquel monstruo, que me parecía que no iba a reparar en mí y me iba a aplastar como a un insecto.
El único percance que tuve fue en una calle cerca de mi casa, en que choqué ligeramente con otro coche y causé algún desperfecto en un faro. El profesor salió inmediatamente, con cara de susto, para ver los daños. Qué corte.
En aquella calle, que era muy tranquila, no sé por qué cada vez que pasaba sucedía algo, como que me daba por circular demasiado cerca de los vehículos que estaban aparcados. Juan viraba el volante ligeramente, temiendo que me llevara por delante todos los espejos retrovisores que me iba encontrando por el camino, y me decía un poco enfadado: “Y cuando te saques el carnet y vayas tú sola ¿vas a hacer estas cosas?”. Se suponía que si me lo daban era porque habría llegado a un nivel en que esas cosas ya no tendrían lugar, pero él no parecía tenerlo tan claro.
Cuando se terminó el verano y empezó el otoño, yo seguía dando vueltas por Madrid como en un tiovivo. Las clases las tenía que dar de noche, ya que por la mañana trabajaba y por la tarde iba a la facultad. Recuerdo lo cansada que estaba, casi me quedaba dormida sobre el volante. Y llegó el invierno y Juan me preguntó: ¿”Te sientes capaz de presentarte ya a los examenes?”. Yo no lo sabía. La mayoría de las veces no lo hacía con la suficiente soltura, tan sólo en ocasiones lo hacía perfecto, no sé por qué, y el profesor se preguntaba escamado el por qué de aquello. Sería que mi capacidad de concentración era limitada.
Alguna vez hice alguna maniobra peligrosa, como cuando me quedé parada en medio de un cruce de cuatro calles con mucho tráfico, sin saber muy bien cómo seguir. Recuerdo que en esas ocasiones miraba la cara del profesor, pálido y desencajado, y le preguntaba si se dedicaría muchos más años a aquella profesión. Él me dijo que no, que buscaría otra cosa, que tenía mujer e hijos y no quería morir joven. La verdad es que aquella era una ocupación de riesgo, no apta para cardiacos.
Juan era un hombre muy hablador y muy simpático, con un gracejo andaluz que yo no sé reproducir aquí cuando menciono algunas de las cosas que me decía, pero a veces sacaba a relucir su carácter como cuando me echó una bronca por saltarme un paso de cebra cuando iba a pasar gente. Dijo que era la infracción más corriente en este país, y era algo que le sacaba de quicio. Yo la verdad es que no lo hice con mala intención, fue un despiste, pero a partir de entonces no se me olvidó, no fuera que se volviera a enfadar otra vez.
Los examenes los tuve que hacer dos veces, tanto el teórico como el práctico. La primera vez que me suspendieron conduciendo lo hice mejor que cuando me aprobaron después, que hasta hice un aparcamiento maravilloso en una cuesta arriba, pero debe ser que tienes que hacerlo de película para que te aprueben nada más presentarte, porque la norma general es ponerlo difícil, no nos vayamos a creer que dan los carnets como churros.
En la segunda ocasión me viene a la memoria una chica muy menuda que se examinó conmigo y que estaba tan nerviosa que cuando terminó el examen y salimos del coche, se olvidó de echar el freno de mano, y mientras estábamos hablando se empezó a mover solo. A la pobre no se le ocurrió otra cosa que salir corriendo y meterse por la ventanilla abierta para deshacer el entuerto, dejando las piernas fuera en una posición poco ortodoxa. Lo malo es que iba con medias negras y minifalda.
El caso es que aunque luego no me compré coche, como era en un principio mi intención, siempre me quedó el gusto por la conducción. Tan sólo en una ocasión, y ya cuando tenía el carnet, me dejó mi cuñado el suyo, que era el mismo modelo con el que yo aprendí, nada menos que en la Cuesta de San Vicente. Recuerdo que se me caló en mitad de la subida, con un tráfico tremendo que había en aquel momento, y todos los coches me pitaban desde atrás como descosidos. Qué espectáculo.
Sé que tarde o temprano volveré a conducir, no sé cuándo. Y entonces, que se preparen.

miércoles 27 de enero de 2010

Bridget Jones


Toda la vida se ha hecho burla y se ha menospreciado a la mujer que habiendo llegado a cierta edad aún no se había casado. El concepto de solterona, aunque ahora se ve de otra manera, parece que aún hoy en día sigue dando qué pensar a muchas féminas.
En “El diario de Bridget Jones” se perpetúa el matiz burlesco, pero es la propia protagonista la que se pone en ridículo y la que se subestima. Se encuentra gorda, fea, tonta, infantil, atolondrada, pirada incluso. Pero aunque es consciente de sus limitaciones, en el fondo se acepta tal como es, y así cuando se tiene que enfrentar a determinadas situaciones termina diciendo y haciendo lo que a nadie más que a ella se le ocurriría decir y hacer.
Curiosamente es cortejada por dos hombres atractivos e inteligentes, uno de ellos su jefe, con personalidades opuestas, y a los que gusta precisamente por todo aquello que la hace distinta de las demás. Primero caerá en las redes del jefe, avezado seductor, divertido, informal, que sabe decir lo que más agrada en cada momento. Cuando por fin se de cuenta de lo impresentable que puede llegar a ser, el otro pretendiente entrará en escena, aunque ella y él, vistos juntos, resultan muy cómicos por lo opuestos que parecen. Lo que sí tienen en común es su inagotable capacidad para inadaptarse a su entorno y meterse en situaciones rocambolescas.
Lo más divertido de todo es la forma como Bridget afronta sus fracasos. Se la ve en su casa, metida en la bañera, quitándose las pestañas postizas mientras hace pucheros. O sentada en el sillón, comiendo sin parar, mientras hace zapping en la televisión, donde no hacen más que aparecer programas en los que las relaciones amorosas y el sexo se muestran en su vertiente más extrema. Películas como “Atracción fatal”, o un documental en el que se puede oir la voz de fondo del narrador hablando en ese momento sobre la cópula de los leones: “El coito es rápido y mecánico”. También gusta de hablar sola, analizando de una forma muy particular todo lo que le pasa, salpicando sus monólogos con alguna que otra palabrota.
También le da por beber, vodka nada menos, y se imagina a sí misma cayendo inconsciente sobre la moqueta por efecto del alcohol y devorada por pastores alemanes.
Cuando decide dar un cambio a su vida, se la ve haciendo bicicleta estática en el gimnasio, incluso cuando ya todo el mundo se ha ido, tira a la basura las botellas de alcohol, las cajetillas de tabaco y los libros que considera perniciosos para su nueva visión del mundo y pone otros más adecuados en las estanterías.
Al dejar su empleo y tenerse que someter a una interminable sesión de entrevistas, sólo conseguirá una nueva ocupación cuando sea sincera sobre los motivos que la llevaron a abandonar su anterior trabajo, por lamentables que sean. Empezará a trabajar como periodista en una emisora de televisión, y la forma tan accidental como lleva a cabo sus reportajes, su manera de trivializarlo todo dándole su personal punto de vista, y su aparente falta de sentido del ridículo, son un éxito entre los telespectadores.
En las reuniones sociales, todas llenas de parejas, parece que el tema principal es su vida amorosa y sobre cómo lleva su soltería.
Para ella es un ejemplo el matrimonio de sus padres, incombustible a pesar de la infidelidad de la madre y su temporal abandono del hogar. “Sin ti no soy nada”, le dice él a su mujer cuando vuelve a casa llorosa y arrepentida.
El nuevo pretendiente de Bridget tampoco tiene desperdicio, vestido en las fiestas que da su familia con los horribles jerseys que le teje su madre y las terribles corbatas que le regala. Antes de iniciar una relación se sinceran mutuamente, dedicándose todo tipo de epítetos poco amables. Él afirma que ella habla diciendo lo primero que se le pasa por la cabeza, sin pensar, y que crea situaciones inapropiadas y ridículas. “Me gustas tal como eres”, le dice sin embargo, al final. Ella afirma que es altivo, antipático, dice lo más inapropiado en cada situación y que debería replantearse la longitud de sus patillas. “Pero eres un buen hombre”, termina diciéndole.
Cuando ella le invita a él a cenar a su casa, siguiendo una receta en la que dice que hay que atar los puerros y el apio con un cordel, no se le ocurre otra cosa que atarlos con unos cordones azules, con lo que la crema se vuelve azulada.
La espontaneidad de ella y la pomposidad de él son una constante fuente de situaciones cómicas.
Bridget Jones puede parecer histriónica y un tanto cargante la primera vez que se la ve, pero si se vuelve a ella más veces es un personaje que, a pesar de su aparente simplicidad y de lo lamentable que llega a resultar, tiene muchas lecturas, y es tan real y auténtico que es difícil no sentirse identificada con algunas de sus facetas: sus bragas enormes, su preocupación por la pérdida de la figura, su torpeza ante determinadas situaciones, la forma como se castiga cuando algo no se sale bien, su ingenuidad, y sin embargo el genio y el valor que demuestra cuando la ocasión lo requiere, buscando siempre la verdad por encima de los convencionalismos. Termina resultando al final una frikie adorable.
La película es una sucesión de situaciones hilarantes e imposibles, de esas que dan vergüenza ajena, no tiene desperdicio. Nos enseña a ver con humanidad nuestras limitaciones y defectos, a no tratarnos con dureza, e incluso a reírnos de nosotros mismos llegado el caso.
 
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